Crónica de la riada de 1965 en Chiclana de la Frontera (I)

TODOS FUERON VALIENTES

En el casco histórico los más previsores buscaban las tablas y el yeso para evitar lo que cada otoño sucedía con un simple chaparrón. Era el 19 de octubre de 1965 y ese día, como otros, comenzó a desbordarse el río sin saber ni preveer nadie, lo que iba a suceder unos minutos más tarde. Dicen que fue una gota fría. Para colmo de males, a ello se unió la pleamar. Y vino lo que vino: la mayor, la más terrible, la más grave de cuantas inundaciones había azotado a la ciudad. Desde entonces será el acontecimiento, de mediados del siglo XX, más recordado en Chiclana.

Un viejo refrán castellano dice “que dejan recuerdos espantosos los octubres que comienzan tormentosos”. Un gran recuerdo espantoso dejó entre los habitantes de Chiclana aquel mes de octubre, a pesar de que no fue tormentoso, pues las temperaturas permanecieron más altas de lo habitual y no había venido con grandes lluvias. Pero eso fue hasta que llegó aquel día. Y llegó con mucha agua. Llovió copiosamente durante la noche y la mañana. Se recordaba la riada e inundación de diciembre de 1962 y otras anteriores. Los mayores incluso recordaban la de junio de 1930. Sin embargo, en esta ocasión la ciudad iba a verse muy comprometida por tanta agua como bajada por el río; el río Iro. Un río desbordado por unas aguas con una fuerza capaz de arrastrar paredes, muros, adoquines, animales, árboles y enseres, y que alcanzarían, en algunos lugares, hasta seis metros de altura. Ni hubo pérdidas humanas, pero sí muchos valientes. Valientes fueron las gentes corriente que lo perdieron todo; verdaderos héroes anónimos llenos de coraje fueron los que ofrecieron su mano a los que estaban en apuros; familias enteras solidarias que dieron lo mejor de sí mismos para ayudar y socorrer a sus vecinos, a los más próximos, pero también a los más apartados y desconocidos. Fueron personas anóminas cuyos gestos quedaron en el corazón de sus vecinos o de sus familias y, aunque no fueron reconocidos, ni nombrados ni mentados, fueron unos valientes. De todos los dramáticos episodios de aquel día, la gesta heroica que destaca sobre todos ellos es el salvamento de los cincuenta niños del comedor infantil de Auxilio Social. Este drama, felizmente resuelto, es el eje central de la tragedia, el más conocido, aunque también hubo otros dignos del mismo merecimiento que abordaremos a lo largo de nuestra narración.

Durante estos cincuenta años, el suceso ha quedado anidado en la memoria colectiva de los habitantes de la ciudad. Y ya sea a través de ellos o de las crónicas periodísticas, se han ido construyendo unos relatos que merecen una mayor profundidad histórica. Nosotros también hemos querido construir un relato, a caballo entre la crónica etnográfica y la historia, para aportar y añadir ciertos datos documentales guardados en nuestro importante Archivo Histórico Municipal. Así, hemos elaborado una crónica municipal y al mismo tiempo nos hemos centrado en las actas capitulares y en los expedientes incoados a unos valientes que, a riesgo de perder sus vidas, la expusieron para salvar la de otros. Sus nombres han quedado en escritos, oficios y comparecencias. La gran mayoría en expedientes sin acabar que, el tiempo ha amarilleado.

Hoy encaja bien, para estos tiempos de hipermodernidad recordar, con nostalgia, los sucesos del pasado. Pero éste en particular no debe, dentro del “todo-conmemorativo” hipermoderno, exaltar el pasado, ni entrar en el frenesí conmemorativo, ni incluso revivir aquel tiempo, porque éste es más intimista que otros; que otros momentos de la Historia, pero llega a tener un poder de evocación tan grande que, desde los más jóvenes hasta los más viejos siguen recordándolo sin la borrosidad que el tiempo da a la memoria. Y si bien es un hecho de la memoria individual de cada chiclanero que vivió aquellos terribles momentos, hoy pertenece a toda una comunidad.

Publicado en el libro Barro y lágrimas por el autor. Navarro Editorial. Chiclana, 2015.

La última leyenda de Paquiro (y III)

III

 Así fueron pasando los años y un día de agosto, el viejo torero enfermó. Falleció unos días más tarde, en la madrugada del día 8 de agosto de 1876. Durante el día, su cuerpo fue expuesto en la capilla de la hacienda, para ser velado en la madrugada. Al filo de la madrugada, cuando los hombres hablaban tranquilamente junto a la pequeña iglesia, repentinamente se levantó un fuerte viento que provocó destrozos en diversas estancias de la hacienda y una llama de un candil, prendió en el pajar que estaba junto a la capilla. Las llamas alcanzaron a ésta que se incendió por completo, así como el ataúd donde reposaba el cadáver del diestro. No sin grandes esfuerzos se consiguió apagar el incendio, pero ya fue demasiado tarde. Solo quedaron de la iglesia, los cuatro muros. Y de Paquiro, las cenizas. El joven Luis Miguel, apesadumbrado, las recogió y las introdujo en una bolsa de pana. Con el mayor de los cariños, como quien guarda las reliquias o recuerdos de un padre, guardó la bolsa en un baúl, donde permanecieron durante algunos años.

Un buen día decidió visitar España y llegar hasta Chiclana. Así, una mañana partió de la hacienda con una pequeña urna de madera y una parte de las cenizas del torero. El resto lo dejó en la bolsa, dentro del baúl. Tomó un barco y llegó a Cádiz y tras pasar el puente de barcas que cruzaba el río Zurraque, llegó a Chiclana en una polvorienta diligencia. En la ciudad, contó, explicó y narró las andanzas de Paquiro en México y su amistad con él. Relató historias que sólo los más antiguos conocían, pero nadie le hizo el menor caso. Se presentó en el Ayuntamiento y no le creyeron. El alcalde don Pedro Ríos, le agradeció el interés que se había tomado, pero le argumentó que no dejaba de ser una leyenda, pues Paquiro hacía años que había muerto en Chiclana. Incluso lo llevaron al nuevo cementerio de la ciudad y le señalaron la tumba, donde permanecía junto a otros restos de la familia Puerto. Más no se rindió el joven mexicano, pues siguió contando la historia en ventas, ventorrillos y aguachos a todos los parroquianos  que quisieron escucharla. Lo cierto fue que,  la mayoría no le creyeron y  le tomaron por un cuentista  o un advenedizo.

Después de dos semanas intentándolo y viendo que muy pocos le creían, una mañana alquiló una barca e indicándole al barquero que se dirigiese al castillo de Sancti Petri, allí, en un lugar desconocido, enterró las cenizas del que fuera el “Hércules de los ruedos”. A la mañana siguiente volvió a coger la polvorienta diligencia de Cádiz, se embarcó rumbo a México y no volvió nunca más.

IV

En 1986, un grupo de chiclaneros amantes del mundo del toro y fieles a la memoria del gran torero de Chiclana, formaron una comisión pro-monumento a Paquiro. La comisión organizó conferencias, exposiciones y rememoraron la Chiclana romántica de los tiempos del diestro. Uno de ellos, Antonio Cebada Panés, teniendo noticias sobre la existencia de la leyenda a través de un familiar que residía en Veracruz, la contó una noche en una de las reuniones semanales de la comisión. El entusiasmo fue tan grande, tan grandes las ilusiones, que de aquella reunión salió la propuesta de enviar a Cebada Panés a Veracruz para que trajese el resto de las cenizas de Paquiro. En los días siguientes, la propuesta se fue convirtiendo en realidad, pues importantes empresarios chiclaneros decidieron correr con los gastos del viaje. De este modo, pronto y sin más dilación, pues el tiempo apremiaba, partió el bueno de Antonio para México. Nunca se había visto en otra como aquella, pero conociendo su carácter de hombre bueno y su formalidad, todos entendieron que su cometido llegaría a buen puerto. En México permaneció diez días, los suficientes para ir a la Hacienda Torre de los sacos, presentarse ante los dueños, referir la historia, localizar y recoger las cenizas y volver a Chiclana.

Antonio llevó cartas y credenciales del alcalde de Chiclana, Sebastián Saucedo Moreno y las garantías de depositar las cenizas debajo del monumento. Una vez conseguidas las cenizas, las introdujo en una pequeña urna funeraria y partió hacia el aeropuerto de Veracruz, pero allí tuvo que esperar más de diez horas como consecuencia de los trámites legales  para la repatriación de las cenizas. Cuando llegó a Chiclana, era noche cerrada, una noche apacible y calurosa de agosto, precisamente la del día 30, fecha de la inauguración. Antonio llegó tarde al acto. El monumento había sido inaugurado solo unas horas antes. Cansado y a la vez decepcionado por no haber llegado a tiempo de enterrar las cenizas bajo el pedestal de la estatua, tomó la urna con las cenizas del torero y la arrojó con fuerza, pero sin rabia, a las aguas del río Iro.

Diecisiete años más tarde, se dragó el río para localizar la urna y exponerla en el museo taurino, sin embargo, la búsqueda fue infructuosa a pesar de que cuentan que, en las noches de luna llena cuando los rayos de luz penetran bajo las aguas del río (en el  supuesto lugar donde cayó la urna) se puede ver un reflejo de luces de tabaco y oro en el fondo, mientras unas tenues olas producen un suave y leve susurro que al compás de la brisa nocturna se transforma en un sonido semejante o parecido a un: olé, olé, olé… Son las voces de unos seres pequeños que viven junto al río, los “chilfoneros”, que ven entre las aguas, torear a Paquiro.

FIN

La última leyenda de Paquiro (II)

II

Aquel mismo día, a las cinco de tarde, se celebraron las exequias por la muerte del torero. El duelo fue multitudinario y el acompañamiento, sentido por todos los habitantes de la villa y muchos que llegaron de Cádiz, además de otros lugares del reino. Alrededor de aquella hora, el diestro se registraba en una posada de La Línea, agotado por el viaje y a la espera de poder embarcar al día siguiente en Gibraltar, en un barco que se dirigía a Portsmouth con escala en La Coruña. Una semana más tarde, hacía lo propio en uno de los paquebotes que realizaban la ruta postal La Coruña-La Habana. La travesía fue larga, monótona y beneficiosa, pues el tiempo transcurría a favor de su salud. Así, fue recuperando la vitalidad perdida por aquellas traicioneras fiebres.

Un Paquiro al que nadie conoce y que viaja bajo el nombre de Francisco Monterrey, llegó a Cuba quince días más tarde. Sus ropas le delataban como hombre de buena posición: comerciante, fabricante o, simplemente un español que venía a la isla para hacer nuevos negocios o acrecentar su fortuna. En La Habana se instaló en un hotelito de segundo orden. Allí permaneció al menos dos meses hasta que compró, a través de unos intermediarios, unas tierras en la provincia de Cienfuegos. En ellas pretendía fundar una ganadería, adquiriendo reses de España. Durante aquel intervalo y esperando la llegada de las reses, dedica su tiempo a pasear por la ciudad, dándose a conocer como un hombre con dinero, culto y elegante. De esta manera, entabló amistad con un próspero comerciante criollo, y este le introdujo en la sociedad ilustrada que, a imitación de la metrópoli, organizaba reuniones en las casas de los más ilustrados y, adinerados. En una de las reuniones de aquella sociedad colonial, conoció a doña Ana María de Velasco, una joven viuda que vivía de las rentas de unas casas alquiladas que le dejó su difunto marido. Era la dama de moda y un buen partido, pero ella no era mujer fácil de conquistar. Sí en cambio lo fue para Paquiro, que restablecido totalmente había recuperado su garbo torero, las ganas de conquista y, además, estaba dispuesto a emprender una nueva vida. Al poco tiempo ya eran amantes de la época, es decir, novios. Cuando la dehesa estuvo preparada para poder vivir en ella, doña Ana María y Paquiro se fue a vivir a ella, rompiendo con la encorsetada vida de la ciudad. Pero aquel romance apenas si duró dos años, pues doña Ana María de Velasco enfermó y murió de tisis.

El torero, inmerso en una terrible depresión, vendió la finca y se marchó a Veracruz (México). Allí encontró trabajo en una hacienda: la Hacienda Torre de los sacos. Como buen conocedor del campo, sus trabajos fueron reconocidos por los que a su lado trabajaban y los patronos le llamaron para que tomase parte de la administración de la hacienda junto a los viejos capataces. Con el transcurrir de los días,  hizo amistad con un muchacho de veintiún años, de nombre Luis Miguel, descendiente de los primeros chiclaneros que llegaron a Veracruz y a quién, por su desgraciado destino, huérfano de padre y madre a la edad de seis años, fue abandonado por su tía paterna, una arpía desalmada, que se quedó con su pequeña  fortuna.

En las noches heladas al calor de la hoguera, y en las tórridas a la luz de las estrellas, Paquiro fue contándole al joven su historia. Le habló de sus éxitos como torero en los ruedos de España, de su relación en la corte, de su fama y, de su huida de España. Así, retomaba incansable el relato de su vida en un melancólico soliloquio que acababa embargándole de una profunda tristeza, pero con el único consuelo de saber que alguien le escuchaba. Y así, noche tras noche, aquel hombre, que al cabo de unos años había llegado a una ancianidad prematura, contaba con una sinceridad pasmosa su historia y, desvelaba sus pensamientos sin rencor ni temor de su vida pasada. Sólo se lamentaba, alguna que otra vez, de haber abandonado a su familia. Un abandono y una pérdida que ahora le molestaba en el corazón y, pensaba mientras sufría, la suerte que habría corrido.

(Continuará) 

Relatos de Campano (I)

EL AMIGO PROUST

 Se sabe por sus libros, sobre todo por Salones de París, y también por su biografía, que el escritor francés Marcel Proust frecuentaba los salones del hotel Majestic; el mismo donde el marqués tenía como residencia en París. Uno de aquellos días de 1908 en que el señor marqués se hallaba en París alojado en el hotel Majestic tuvo lugar esta historia que a hurtadillas escuchó muchos años después una sirvienta de la señora. También contó algo la sirvienta de Proust, mademoiselle Céleste Albaret, pero sin decir nombres.

 Abrió el periódico por la página de las noticias internacionales y descubrió en una de ellas, una litografía que reproducía un rostro que le era familiar. Por eso, desde el otro extremo de la mesa, le comentó a su mujer:

–¡Qué sorpresa, Paca! A este escritor lo conocemos; lo conocemos de París, del Majestic.

Y señaló con el índice la página en la que aparecía el rostro de un joven escritor, al tiempo que le pasaba el periódico a doña Francisca, que poniéndose las gafas, se acercó y dijo de manera rotunda y certera:

–¡Claro que sí! Es Marcel, el del Majestic.

–Pues acaban de concederle el Goncourt por su libro, A la sombra de las muchachas en flor. Un premio literario muy imporante en Francia –continuó el marqués– aunque de escaso valor económico.

Y le vino a la memoria los recuerdos de un pasado próximo cuando vivieron en París antes de la Gran Guerra. Ahora había acabado y después de aquella brutal pesadilla, los europeos veían un nuevo horizonte distinto, cambiante, en el que ya nada sería igual. Pero para los marqueses, que descansaban en Campano una larga temporada, París, el París que dejaron, era el París de siempre y solo pensaban en viajar de nuevo a la ciudad donde fueron tan felices. Estaban a la espera que en cualquier momento las fronteras se abriesen con normalidad.

Ellos amaban París por muchas cosas y deseaban volver cuantos antes. Porque París antes de la guerra, además de ser la ciudad más bella del mundo, era el centro del mismo mundo. Y la plaza de la ópera, el centro neurálgico, el encuentro de la alta sociedad europea. Esa misma sociedad a la que tan bien retrató ese joven que acababan de concederle el premio, Marcel Proust.

Unos años antes, en una de aquellas tardes grises, cuando la lluvia caía persistente y fina sobre la ciudad, bajaron las escaleras desde el primer piso del Majestic hasta el hall. La marquesa iba ataviada elegantemente con un traje fino de faldas superpuestas –hasta el tobillo–, ajustado corsé y un collar de perlas sobre el cuello. El marqués, no menos elegante, iba vestido de frac y sombrero de copa. Y de golpe se tropezaron con un joven de cabellos largos que entraba al hall con un paraguas mojado en la mano. Éste, al ver a la marquesa con la sombrilla, le sonrió y le dijo:

–Madame, le cambio la sombrilla por el paraguas. No la necesitará hoy.

La marquesa, sorprendida ante las palabaras de aquel desconocido, tuvo la tentación de llamarle descarado, pero una dama como ella no se dirigía a desconocidos. Optó por mirar a su marido, que reía a su lado tapándose la boca con una mano.

¿Era el Proust retratado por Blanche? No. Ese joven Proust tímido y recatado ya había muerto y el que estaba por venir, el Proust novelista, nadie lo esperaba. Era un joven snob más de aquella época.

Igual que muchos de sus conocidos, los marqueses desconocían el talento que ocultaba aquel hombre que en aquellos días estaba escribiendo, curiosamente, En busca del tiempo perdido. Proust era un snob que, como una gasa, absorbía cuanto le rodeaba de los más diversos personajes que pululaban por la vida social parisiense en aquel tiempo feliz de 1908.

Excusez-moi la broma, madame y monsieur, dijo. –Presentándose a continuación–.

–Marcel Proust, poeta.

–Queda usted excusado, monsieur Proust –respondió el marqués–. Somos los marqueses de Bertemati, de España.

–¡Ah, de España! como la duquesa de León. Enchanté.

Y así nació una amistad, corta, pero entrañable amistad que duró hasta poco antes de que se declarase la Gran Guerra. Después, no volvieron a verse nunca más.

La última leyenda de Paquiro (I)

I

 ¿Quién no conoce algunas de las leyendas del afamado, querido y prestigioso lidiador y torero, Francisco Montes, Paquiro? Son muchas las que se conservan en el recuerdo y la memoria de los buenos aficionados al toreo, mucho más en Chiclana, su ciudad natal. No obstante, la que vamos a narrar es la última conocida, fruto de una investigación de hace sólo unos años realizada en la Universidad de Montpellier por el hispanista e historiador  francés François Gabín, de la ciudad de Beziers.

La leyenda se remonta al año 1851 cuando Paquiro volvió a Chiclana, tras la cogida sufrida el año anterior, en la plaza de toros de Madrid. A mediados de marzo unas fiebres intermitentes con fuertes dolores de cabeza le hicieron encamar durante unas semanas. El médico le diagnosticó “fiebres tercianas” instaurándole un tratamiento para atajarlas. Ni el tratamiento ni los remedios empleados, cataplasmas y esencias antiespasmódicas, dieron resultado alguno. Muy al contrario, en los últimos días del mes, las fiebres continuaron debilitando al enfermo. Pero, tras éste progresivo empeoramiento, mejoró súbita y milagrosamente en los primeros días del mes de abril. El día 3, más recuperado, se levantó de la cama aprovechando que su esposa e hijo habían viajado a Cádiz.

Aquel mismo día por la tarde llegó un primo hermano del torero, de gran parecido físico con el diestro,  que trabajaba y vivía en la dehesa del torero cerca de Los Cuartillos del Toril. Había vuelto del campo porque se encontraba enfermo, con fiebre y dolores articulares. El primo le comenta que hace unos días se había pinchado con un alambre mohoso y la herida se le había infectado. Ante el mal estado del enfermo, el mismo Paquiro le ofrece su propia cama. En la mañana del día 4, el matador parte para la dehesa dejando al enfermo en su lecho. Mientras Paquiro paseaba por la dehesa, en casa del diestro, durante la mañana, su primo empeora. La sirvienta, preocupada por la gravedad del que cree que es Paquiro, dio aviso al médico, que creyó que atendía a su paciente de “tercianas”, y no de tétanos. El galeno comprobó su extrema gravedad y piensó que podóa morir. Los síntomas eran alarmantes: rígidez, manchas en la cara y fiebre alta. Su praxis y experiencia le indican que ya no puede hacer nada por él. Los únicos auxilios que necesitaba el paciente eran los espirituales.  Avisado el párraco de San Juan Bautista, acudió presto con dos monaguillos a casa del moribundo para reconfortarle antes del viaje final.

Sin perder un instante, se previene a la familia, que regresa apresuradamente desde Cádiz. Unas horas después, a las cuatro y veinticuatro de la tarde, Francisco Montes Reina, Paquiro fallecía de manera oficial. Era el 4 de abril de 1851. Su cuerpo fue amortajado y vestido con uno de sus trajes de luces más lustrosos y en su pecho se le colocó una cruz con un Santocristo que llevó tantas tarde de gloria por las plazas de España.

La noticia corrió por la villa como un reguero de pólvora y en todas las tertulias de ventas y ventorrillos no se hablaba de otra cosa. Mientras las viejas campanas de la Torre del Reloj tocaban a muerto, los vecinos más piadosos rezaban por el alma del fallecido. Al filo de las ocho de la noche, Paquiro volvía a la villa tras permanecer todo el día en la dehesa. En una venta situada a la entrada del pueblo, al final de la que llamaban la Cuesta de la villa, junto a la fuente de cristalinas aguas donde una gran parte de los habitantes de la villa se abastecían de ella, se entera de la fatal noticia. Paquiro, que venía embozado con una capa negra y un sombrero de ala ancha, no le reconocen en la venta. Mientras apura un vaso de vino, comienzó a urdir un plan. Un plan que desde hacía unos años tenía en su mente. Así, volvió tras sus pasos arreaando a su caballo blanco camino, nuevamente, de la dehesa. Al llegar, se encerró en el casón y, sin encender luz y hoguera, se acuestó. A las cinco de la madrugada, antes de que despuntase el día, se levantó, buscó en un lugar secreto una bolsa de dinero, unos pagarés y otros objetos de valor. Sin más demoras, preparó un saco de mano con algunas ropas y unas alforjas. Dió de comer a su caballo y partió, semioculto por la niebla matutina, hacia el camino de Algeciras.

(Continuará) 

El marqués de Bertemati y Campano (II)

Una nueva entrada del próximo libro: El marqués de Bertemati y Campano, el sueño de un liberal. En esta ocasión, la entrada número 69 (sin fotos).

LA EXPROPIACIÓN

Uno de los momentos más comprometedores y cruciales de Campano fue su posible expropiación. Te puede decir que la preocupación por la expropiación de la hacienda dejó a don José Baleyron muchas noches sin concilar el sueño. El gobierno de la República, dada la necesidad imperiosa de dar respuesta al campesinado ante la gran crisis agropecuaria, había previsto una importante reforma agraria. Las primeras disposiciones que se dictaron fueron sobre la revisión de rentas de fincas rústicas. Sin embargo, ello provocó numerosas protestas, pues éstas no aclaraban algunos aspectos o bien se omitían otros, por lo que en la Gaceta de 1 de noviembre de 1931 apareció, en un solo decreto, todo cuanto se refería a la revisión de rentas rústicas. Campano, con una importante superficie de cabida para arrendamientos[1] de entre dos y tres años, se vería afectada. Y me dirás: ¿en qué modo?

Don José Baleyron estudió con detenimiento el decreto y pronto encontró soluciones. Sin embargo, en el horizonte aparecía otra de las preocupaciones, tal vez la más acuciante, la que vino con la Ley de la Reforma agraria, que no vería la luz hasta septiembre[2] de 1932. Era una Orden de la Dirección General de Reforma Agraria[3] que establecía la declaración de toda finca afectada por dicha reforma. La orden aparecía en la Gaceta[4]. La finca de Campano, como las grandes fincas de Chiclana, tuvo que registrarse para determinar si se hallaba afectada por dicha ley. Así, casi un mes después[5], don José Baleyron, como apoderado y en nombre de don Manuel José de Bertemati y Pareja, marqués de Bertemati, presentaba ante el registrador de la propiedad de Chiclana, don Antonio García Trevijano[6] la Declaración de Fincas afectadas por la Ley de la Reforma Agraria[7].

Don José no se daba por vencido y se afanaba en demostrar los avances de la hacienda, como si en aquellos momentos estuviese a pleno rendimiento, con un marqués joven y activo, dueño de su extraordinaria iniciativa y experiencia en una tierra que comenzaba a dar sus frutos. Al margen de ello había redactado las “excepciones que afectaban a la finca” y por las cuales Campano no sería expropiado. Aludía en el primer punto a los terrenos dedicados a explotaciones forestales, verdadera riqueza en aquellos momentos. Continuaba con las dehesas de pastos y monte bajo y las de puro pasto, así como los baldíos, eriales y espartizales, pues no eran susceptibles de un cultivo permanente en un setenta y cinco por ciento de su extensión superficial. Y en tercer lugar justificaba que Campano como otras fincas, por su ejemplar explotación o transformación, podía ser considerada como modelo de perfección técnica y económica. En este tercer punto clasificaba a la hacienda[8] por cultivos, contabilizando cada hectárea, centiárea y área cada uno de ellos.

Y añadía que, si no se modificasen las excepciones, no serían expropiables las explotaciones forestales[9] de eucaliptos, el pinar[10] de tercera clase, ni monte bajo, también no susceptible de cultivo permanente en un elevado tanto por ciento de la extensión[11]. Y como de las restantes porciones se tenía derecho a conservar una parte equivalente[12], según marcase la Junta Provincial, de tierras dedicadas al cultivo herbáceo y teniendo en cuenta el coeficiente de Campano en cuanto a cultivos herbáceos, la hacienda perdería la viña, los cereales y frutales, y el olivar completo.

Pero realizado el estudio, se llegaba a la conclusión de que tal vez no fuese expropiada, según el apartado número trece que en la sexta base especificaba:

Quedarán exceptuadas de la adjudicación temporal y de la expropiación las siguientes fincas: B) Los terrenos dedicados a explotaciones forestales. C) Las dehesas de pastos y monte bajo y las de puro pasto, así como los baldíos, eriales y espartizales  no susceptibles de un cultivo permanente de su extensión superficial[13]. D) Las fincas que por su ejemplar explotación técnica o transformación puedan ser consideradas como tipo de buen cultivo técnico o económico.

 Y exponía don José:

 Es mi parecer que se debe solicitar que se incluya esta finca en el párrafo (D) de la base sexta; pero no tengo confianza alguna de que se consiga. Ahora sí creo que no ofrecerá duda la aplicación de las excepciones indicadas en los párrafos (B) y (C) de la misma base.

 La declaración la firmaba don José en Campano en septiembre de 1932. Ya se encontraba enfermo, pues a partir de 1931 su enfermedad[14] se fue agravando teniendo que guardar cama cada cierto tiempo. Todo el estudio fue minuciosamente supervisado a la espera de noticias la Junta Provincial; noticias que, como comprenderás, nunca llegaron a Campano ni a ninguna otra finca de la lista de expropiables en Chiclana.

Llegaron otros gobiernos republicanos y llegó la guerra, y los braceros y jornaleros pasaron de la posibilidad real de una distribución de tierras –legalizadas por la República– al “mito del reparto” que tantos años pervivió en la mente popular campesina –auspiciada por el Partido Comunista– hasta mediados de los años setenta con la recién estrenada democracia en el reinado de Juan Carlos I.



[1] 2.981 y media aranzadas. [2] El día 15 de septiembre de 1932. [3] Del día 30 de diciembre de 1932. [4] Gaceta del día 1 de enero de 1933. [5] El día 30 de enero de 1933 a las doce y cuarenta y cinco. [6] Antonio García Trevijano fue alcalde de Chiclana entre el 10 de abril de 1938 al 24 de noviembre de 1939. [7] Declaración de Fincas afectadas por la Ley de Reforma Agraria presentada el 30 de enero de 1930. (Anexo nº 17) [8] Superficie total: 1.349 hectáreas, 52 áreas y 51 centiáreas. [9] 80 hectáreas y 11 áreas. [10] 101 hectáreas, 59 áreas y 34 centiáreas. [11] Ello correspondía el 75% de la extensión: 725 hectáreas y 48 centiáreas. Todo ello sumaba un total de 925 hectáreas, 7 áreas y 88 centiáreas. [12] Entre 300 y 600 hectáreas. [13] En un 75%. [14] Desconocemos dicha enfermedad, pues solo hemos podido encontrar una pequeña  referencia en el periódico de Chiclana La Semana: “Se ha visto obligado a guardar cama desde hace varios días bastante molesto del mal que le aqueja, el digno administrador de Campano don José María Baleyron”.

Manuel José de Bertemati y Campano (I)

A punto de terminar mi último y nuevo libro, Manuel José de Bertemati y Campano, el sueño de un liberal, mi último viaje entorno a la historia de Campano, publico las tres primeras entradas. El libro consta de dos partes. La primera es un relato en el que el autor narra a un amigo –real– que vivió en Campano, cómo era la hacienda, desde su fundación hasta la llegada de los salesianos. En la segunda parte se transcriben un importante número de documentos hallados, algunos rescatados de las llamas en el último momento, que han servido para construir el relato. Las fotografías están intercaladas en las páginas que corresponde al relato.

 HOY…

Tú y yo, aquí, contemplando este paisaje; bueno, parte de él, claro está, transformado por la voluntad de un hombre hace más de cien años. ¿Te has preguntado alguna vez, qué seríamos los dos sin esa lejana intervención humana? No creo que sea consecuencia del efecto mariposa, pero sí de un cúmulo de elementos y situaciones que han hecho que tú y yo formemos parte de este territorio geográfico y sentimental. Porque para nosotros es mucho más que un lugar, que un bonito paisaje. Es un tiempo de Historia, y de nuestra intrahistoria.

Mira allá a lo lejos con evocación, y verás otro tiempo y a otras personas, a los tuyos, a ti mismo. Es como un viaje en el tiempo. Yo así me veo y los veo. ¡Ahí están nuestros mayores! No son imágenes fabuladas, son imágenes de nuestra memoria que se superponen unas encimas de otras, en distintos planos, en distintos niveles.

Hoy, amigo, quiero recordarte las figuras de los marqueses de Bertemati y relatarte algunas de las historias que me contaron de nuestro de Campano. También otras que he descubierto, auténticas serendipias[1], en documentos y papeles antiguos de la que fue, la Colonia Vitícola de Campano; aquella que esparcía su emperadora cola sobre el océano, en el finisterre de unas tierras, desde el pie de la histórica torre de El Puerco hasta donde manaba una fuente clara y escondida en el rocadal milenario.

 ERA CAMPANO…

En 1883, desde su principio hasta su fin, en el legendario mar de Alcides[2], un paraje idílico, como una tierra mítica soñada. Porque fue un sueño, como una Atlántida imaginada o un Tartessos desaparecido y enigmático. Era allí donde el dios Pan velaba por pastores y cabras antes de que un hombre comenzase a proyectar, sobre ella, sus sueños; sueños sobre unas rudas arenas y una selvática vegetación, solo interrumpida, por pequeñas hijuelas y veredas. Allí donde la matemática mano del agrimensor trazó líneas sobre esta tierra virginal para convertir, en Campos Elíseos, lo que fue improductivo durante siglos; donde Vesta virginal habría de repartir fecundidad. Allí, en una tierra donde crecería el trigo, la avena y la cebada; donde la alondra cantaba al viento y las gaviotas anidaban en los huecos de las torrenteras; donde convivían la retama, la salvia, la carrasca, el mirto y el lentisco entre un océano azul y un mar de pinos verdes con sus islas de alcornoques.

 FUE EN UN FLORIDO MES DE MAYO…

De 1884, que el calendario sorprendió en martes, cuando el arado Oliver[3]clavó su incisiva reja –con la fuerza del vapor– sobre la piel áspera y seca de la tierra para abrir el primer surco. Entonces y solo entonces, el sol, el dulce sol de mayo, penetró hasta el fondo dejando ver la riqueza acumulada durante siglos. Ante aquel milagro del progreso y, de la naturaleza, los invitados al gran espectáculo lanzaron un ¡Ohhhhhh! prolongado que como una letanía fue de boca en boca; de unos a otros y, todos comprendieron, que aquel surco era el principio de la modernidad en aquel pago agrario. La prensa jerezana, el importante periódico El Guadalete, recogió para la historia el momento de la inauguración:

Es grande y levantado el propósito que al Sr. Bertemati ha guiado en su proyecto. La rica comarca andaluza, tan bendecida por el cielo como mal tratada por los hombres, carece mucho de población rural, y por tanto, el perfeccionamiento de los sistemas agrícolas, es de marcha lenta y fatigada en ella (…) Salvando todos los escollos el Sr. Bertemati en empresa tan ardua como la que acomete con noble y generoso ánimo, y dando pruebas de singular patriotismo, funda una colonia, que debe considerarse como un paso más en la senda de la prosperidad nacional[3].

 La idea de la colonia, no era nueva y se basaba en otras[4] repartidas por el territorio nacional amparadas por la ley de colonización agraria de 1868. Fueron también otros marqueses, condes y algún político, los poseedores de estas colonias agrícolas nacidas para el progreso y que hoy forman parte de la Historia y del patrimonio industrial y cultural de nuestro país.


[1] Serendipia: Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o causal (RAE). [2] Me refiero a Hércules o Heracles llamado en su juventud Alceo o Alcides en honor de su abuelo llamado Alceo. [3] El Guadalete, periódico político y literario. Jerez de la Frontera, 29 de mayo de 1884. [4] Además de Campano-Chiclana, propiedad del marqués de Bertemati) fueron modelos de colonias: El Plantío de Remisa-Aravaca, del marqués de Remisa; Santa Eulalia-Sax, del conde de Alcudia; San Pedro de Alcántara-Marbella del marqués del Duero; Dehesa Campoamor-Orihuela del poeta y político Ramón de Campoamor. (Juárez Sánchez Rubio, C. y Canales Martínez, G.: Colonización agraria y modelos de hábitat (siglos XVIII-XX).

La confesión

LEYENDA ROMÁNTICA

Nunca olvidó la mueca de crueldad en aquellos pequeños y brillantes ojos, a pesar de los pocos años que tenían. Aquel día había llovido durante toda la mañana aunque era a mediados de junio. No era de extrañar, en verano siempre llovía en la ciudad. Una revolución le había llevado hasta allí y ahora casi dos años después en aquella tierra extranjera iba a volver a su patria. Él no llegó, por más que lo intentó, a adaptarse a aquella situación, ni a la ciudad, ni mucho menos al país. Desde los primeros meses sintió añoranza de Madrid y de los que allí quedaron: la familia, los íntimos, los compañeros de lucha… Además de otras cosas y otros recuerdos. Sobre todo los de los últimos días de la revolución: las barricadas en las calles, el fuego ciego de las armas de un bando y otro, el estruendo de las descargas artilleras, los cuerpos ensangrentados sobre las aceras, la carga de la caballería y, el empuje final de una columna humana llena de furia contra caballos y jinetes. Después cayó la tarde, se tomó la plaza, y solo se oyeron los gritos de victoria de los vencedores y el miedo de los vencidos… Luego llegó la noche, la inmensa noche revolucionaria. Y la noche trajo consigo las hogueras, las inquietudes y las indecisiones; los saqueos, las reuniones y un comité deliberando hasta un amanecer pletórico de libertad con un nuevo Gobierno. También llegó el camino del exilio para muchos.

Muchos días sintió él, en la gran urbe londinense, húmeda, gris y cosmopolita la llamada de la patria, pero su obligación estaba allí y así desde el primer día la tomó con la responsabilidad necesaria que requería el encargo. Pero aquella tarde de junio iba a ser su último paseo en la ciudad y le apeteció hacer una caminata más larga de la habitual. Se alejó tanto de la ciudad, que alcanzó los peligrosos arrabales en donde en cada esquina podía acechar un delincuente. Al intuir el peligro dio la vuelta pensando que era demasiado arriesgado. Se volvió y observó que era tarde, aunque las últimas luces crepusculares dejaban sobre el río unos bellísimos colores abanderados de una tarde de verano. Fue, quizás, el día más hermoso que cuantos había vivido en Londres. Por la mañana, la fina lluvia relajando el ambiente mientras firmaba los documentos oficiales, y en aquellos instantes, liberado ya de cualquier protocolo, disfrutando y observando cómo un horizonte despejado con olor a humedad cubría a la ciudad. Así le pareció o tal vez lo sentía en lo más profundo de su corazón. Siguió andando por East End con un andar presuroso. No quería llegar tarde a la reunión con Mr. Wilson.

A la altura de St. James`s Park tropezó con él un jovencito que venía corriendo como huyendo de algo o perseguido por alguien. Sus ojos, unos pequeños ojos claros, estaban desencajados. Delataban una extraordinaria excitación y en cierta forma, miedo. Corría con los brazos extendidos llevando en una de sus manos una navaja de barbero abierta. Nuestro paseante se apartó de su camino, hacia el lado derecho de la acera, y lo dejó pasar. Sin embargo, al cruzarse ambos, un leve roce con su brazo derecho hizo que el jovenzuelo le tocase con la navaja en la bocamanga del gabán. Se miró y vio que tenía sangre a la altura del antebrazo, muy cerca de la mano. Por un instante pensó que le había cortado, pero como no había sentido dolor, se tranquilizó y comprobó que el corte solo afectaba a la bocamanga, por lo que dedujo que la navaja estaba manchada de sangre. Limpió con presteza las gotas de sangre y continuó su paseo. Al pasar por Charing Cross se detuvo un instante para confirmar el horario de trenes del día siguiente. No era necesario porque Sardoal ya se había ocupado de ello, sin embargo, la miró y observó que no había cambios en las salidas. Siguió caminando hasta St. Martin´s para llegar justo a tiempo a la reunión prevista.

                                                                *****

Aún no había amanecido. Por la ventana apenas se divisaba la luz de las farolas que permanecían encendidas, como estáticos vigilantes, indicando el trazado de la calle por donde en breve debería llegar un carruaje. Eran las seis y media de la mañana. Cinco minutos más tarde llamaron a la puerta de su habitación. La abrió y un saludo cortés de Juan Sardoal rompió el silencio matinal de la estancia. “¿Nos vamos?” “Sí, vayámonos” respondió. Abajo, en un carruaje que le llevaría a él junto con Sardoal hasta la estación de Charing Cross, le esperaba Javier Sepúlveda. Fue éste quien llamó su atención cuando comentó la noticia que The Times publicaba en su edición de la mañana: “Murder in St. James´s Park”.

En ella se relataba el asesinato de una prostituta que había sido degollada la tarde anterior en aquel parque. El periódico aseguraba que algunos paseantes vieron correr, por las cercanías, a un chico con una navaja ensangrentada entre sus manos. Scotland Yard solicitaba a otros transeúntes que le hubiesen visto, se pusiesen en contacto con ellos en la comisaría más próxima.

Sorprendido por la noticia, su primer impulso, el más válido, fue contar a los dos funcionarios españoles lo que le había ocurrido en las inmediaciones del parque al regresar de su paseo vespertino. Tenía que acudir a la policía y contar lo que vio. Contar el aspecto del jovenzuelo, su fisonomía, su vestimenta y… sus ojos, aquellos ojos que tanto le llamaron la atención. Pero no sirvió para mucho cuanto dijo a sus dos acompañantes, porque ambos funcionarios le aconsejaron que lo mejor era subir al tren y partir. Los billetes de la agencia marítima no podían canjearse para el día siguiente. Habría que esperar entonces hasta que un nuevo paquebot partiera de Portsmouth dentro de diez o quince días hacia Santander. Y luego claro, un nuevo papeleo para justificar el retraso. Ellos conocían sobradamente como era la burocracia en la oficina londinense de la representación española de Hacienda para la Deuda externa. El ministro, el señor Madoz, no permitía dilación alguna en asuntos tan delicados. La información y los documentos habrían de estar en Madrid en el día y a la hora señalada.

Sobre la bóveda victoriana de la estación sonó con estrépito el silbido agudo de una locomotora a punto de partir, al tiempo que un humo negro inundaba aún más el ambiente contaminado de la estación. La despedida fue corta, cordial y sincera. “Tenga usted un buen viaje, don Antonio” le dijo Sardoal estrechándole la mano cuando con un pie en el pescante el comisario interventor subía al tren. Del mismo modo actuó Sepúlveda. Don Antonio respondió amablemente: “Muchas gracias, amigos”. Los dos funcionarios vieron cómo el tren se ponía en marcha lentamente hasta perderse entre una negra columna de humo y la niebla matinal.

                                                           *****

Nadie mejor que yo puede saber esta historia porque Sardoal y Sepúlveda están bajo sus tumbas y don Antonio pasó a mejor vida hace cinco años. Ahora la narro por las terribles consecuencias que tuvo sin saber nadie lo que pudo haber ocurrido si don Antonio hubiese informado a Scotland Yard. El hecho ocurrió hace muchos años, en 1858, en Londres. El destino o la pura coincidencia; las circunstancias de que yo me hallaba en Madrid en un puesto de redactor y mi relación, mi corta relación, con don Antonio fueron las necesarias para que esto que he contado, me lo contase a mí y a nadie más. Días más tarde de su regreso y, una vez entregado el cargo, los documentos y los informes traídos de Londres, don Antonio quiso hacer un viaje a Andalucía. Hacía años que no regresaba a su país natal y deseoso de ello, se lo contó a su esposa que a regañadientes aceptó quedarse con sus hijos en Madrid. Uno de aquellos días, antes de salir hacia tierra andaluza, andaba yo por los mentideros literarios de la Puerta del Sol en busca de alguna noticia que insertar en el periódico en el que era redactor, La Correspondencia de España, cuando me tropecé con él. Nos saludamos como antiguos compañeros de antaño en El Eco del Comercio y nos fuimos andando hasta el café Suizo, donde fue recibido con alegría por sus íntimos. Entre los que reconocí se encontraban Tomás Rodríguez Rubí, Antonio Ferrer del Río, Adelardo López de Ayala y el avezado Bretón de los Herreros, que en un rincón junto a una de las ventanas leía El Clamor del Público.

Después de una y mil cosas, de despachar con simpatía a todos y de contar algunos chascarrillos ocurridos en Londres tomamos de aquel café que a su parecer le supo a gloria aunque le hubiesen puesto de la misma leche que daba la osa madrileña. ¡Ganas tenía de tomarse un café en compañía de sus amigos! También llegó, envejecido me pareció, a don Antonio Gil y Zárate. Contó que no se hablaba bien de salud aunque sus males no eran de cuidado. Puesto al día por sus amigos de algunas noticias políticas pasaron pronto a la cuestión literaria y para sorpresa de casi todos y a excepción de Ferrer del Río, que dijo que como le conocía bien y por eso ya lo había intuido, dijo que no había escrito nada importante en Londres. Era ya de noche cuando nos despedimos. Antes del saludo final y cuando todos se habían marchado me comentó que al cabo de unos días haría un viaje a Cádiz. Me invitó a que le acompañara si mi periódico me lo permitía y así durante el camino me hablaría de sus proyectos futuros. Acepté con la condición que el periódico me diese licencia y pagase los pasajes y la estancia, el resto correría de nuestra parte. A cambio don Antonio escribiría dos artículos sobre el viaje.

No habían pasado ni tres días cuando quedamos para salir al día siguiente a las cinco y media de la mañana y tomar la diligencia de Andalucía. Antes de la hora yo ya estaba en la casa de postas con mi bolso de viaje y mi maletín de mano. Le vi llegar, alto y garboso, con su andar peculiar y su sonrisa franca, su mostacho y sus empañados lentes azules. Tardamos más de lo previsto en salir, pues tuvimos que esperar al embarque de las maletas, las sombrereras de las señoras pasajeras y los sacos de noche. “Tengo que decirte algo, amigo Manrique” me dijo en tono confidencial. Esperé la confidencia con impaciencia. Luego continuó: “Yo me mareo en el coche cuando hago un recorrido de varias leguas si me quedo en las plazas centrales de la diligencia. Así que pediré una plaza de alguna de las ventanas”. No hubo reparo por mi parte y esperamos al resto de los viajeros a pie de coche.

Los mozos no tardaron en enganchar el tiro y una vez hecha la maniobra partimos a la voz potente del mayoral que sonó tras un silbido del látigo, tan común como preciso para que los caballos comenzaran a tirar de la pesada diligencia. Sentados cada viajero en su lugar, don Antonio cayó sobre la ventanilla derecha y yo, en medio de él y de una joven señora que, con un niño de seis años, viajaba hasta Aranjuez. Al otro lado, un comerciante de mermelada de Murcia. Enfrente, una señora distinguida y regordeta, su marido, un alto capitán de barco y por último, un viajante de comercio de Sevilla. “Me temo que este viaje será interesante” me espetó. “Me encanta escuchar las conversaciones de los pasajeros. No imaginas lo valiosas que son para nuestro oficio”. Asentí con la cabeza sin hablar. Mientras tanto dejábamos atrás la capital.

Como estaba previsto hicimos nuestra primera parada en Aranjuez, cambiamos de tiro y se bajaron la señora y el niño. Subieron un padre de mediana edad y un hijo, que iban hasta Jerez, de siete u ocho años con cara de pillo y ojos… ojos muy despiertos y vivarachos. Tengo que contarte algo, Manrique, que me sucedió hace poco en Londres”. Yo estaba a punto de contestarle: “Lo que usted quiera don Antonio” pero se adelantó y antes de terminar mi pensamiento continuó: “Cada vez que veo unos ojos claros y tan despiertos de un jovenzuelo me llega un recuerdo nefasto y bastante desagradable. Y cada vez me asalta la duda y hasta me horrorizo”. No dijo nada y sacó la cabeza  por la ventanilla como para coger una bocanada de aire, no sé si para que le despertara de la somnolencia del viaje, para tomar fuerza o porque se sentía fatigado. No conocía suficientemente a don Antonio, pero sí sabía de sus arranques humorísticos. Me dije: “Quiere entretenernos con una de sus historias y asustar al joven”. Esperé muy paciente que reanudara sus palabras, pero no llegaron en un buen rato y cuando alcanzó a hablar fue de un asunto bien distinto del que nos traíamos entre manos.

Al día siguiente continuamos nuestro camino felizmente, sin contratiempos, y con un fuerte espíritu de resistencia sabiendo lo que faltaba para llegar a Despeñaperros: nuestra segunda parada y nuevo cambio de tiro. Durante aquel largo viaje me convirtió en su confidente y le escuché como un confesor escucha a un pecador. Así iba yo haciendo cálculos y tomaba notas de cuanto me relataba mientras nos acercábamos a Andalucía. En la segunda noche de parada, en aquella posada de mal parar me habló de lo sucedido en Londres en su último día y de su desasosiego sobre un misterioso crimen cometido en Saint James´s Park. “Nunca olvidaré aquellos ojos vivaces y claros que parecían salirse de sus órbitas”. “Y luego, con el transcurrir del tiempo, me viene de vez en cuando a la memoria, sueño con ellos, con aquellos ojos tan enigmáticos como amenazantes”. “No sé, tal vez sea autosugestión, pero cada vez que lo pienso, ya te lo he dicho: me aterroriza.”

Yo también soñé aquella noche con las circunstancias de aquel crimen hasta el punto de despertarme agobiado y sudoroso. Miré por el ventanuco de mi camarote y escuché los sonidos de la noche mientras miraba la clara luz de la luna iluminar aquellos montes. Sentía un trasiego de pasos y movimientos que a mí me parecieron extraños, pero que eran de lo más natural en las posadas. Oía arrastrar algo pesado, como un gran baúl que por la mañana comprobé que era un tonel de vino y un martilleo continuo o el sonido de un hacha sobre una mesa de madera. Sentí sollozar a un niño y a un búho cantar. Una molestia en mi espalda, a pesar del cansancio del viaje, no me dejaba dormir y volvió mi mente sobre la historia que don Antonio me había contado. Imaginé Londres, con calles oscuras y siniestras, y pensé cómo sería en aquellos instantes la noche allí.

Los siguientes días no fueron más torturadores que los anteriores aunque a mí me lo pareciesen. El dolor de espalda con el continuo vaivén de la diligencia no ayudaba a mi salud, que veía por momentos menguada. El propio don Antonio se sintió preocupado por ella e incluso me aconsejó que me apease en la primera posada que parásemos. No estaba yo tan mal como él me creía y valerosamente insistí en hacer el viaje completo.

Cuando dejamos el camino de Puerto Real a Cádiz y nos dirigíamos derechitos por medio de las salinas hacia Chiclana me sentí aliviado con fuerza para respirar profundamente y decir, sin que nadie me preguntase: “Huele a mar.” Se hizo un silencio que me pareció prolongado, pero que fue interrumpido por las palabras de don Antonio: “No, huele a sal; la sal de la tierra”.

La entrada a Chiclana me pareció bella, a pesar de los socavones del camino, con aquellos álamos blancos tan bien alineados, las simétricas huertas a ambos lados de la alameda y las primeras casitas blancas. La parada, en una cuadrangular alameda de frondosos árboles, estaba bulliciosa a la hora en que arribamos a ella. Nos apeamos y desentumecimos nuestros huesos que a estas alturas estaban tan destrozados como los huesos de un pollo en una recova. Al pisar Chiclana, don Antonio recordó con nostalgia su niñez por aquellas calles y campos; la ribera del río y sus barcos, el cerro de Santa Ana. Y su calle. Allí  nos dirigimos a casa de su nonagenario tío Francisco para abrazarlo después de muchos años sin hacerlo. Aún vivía en la misma casa y en la misma calle donde don Antonio había nacido.

Y allí, sentado en la casapuerta en una silla de enea, su bastón y su cigarro entre los labios se encontraba el viejo tío Paco, al que tanto había querido y al que tan pocas veces había abrazado durante tantos años. Su padre antes de morir en Cádiz le pidió que fuese a visitarle; que no se olvidara de él, pues no sabía cuanto le quería y cuanto le admiraba su tío. Pareció que cayó en saco roto el consejo postrero del anciano padre, sin embargo, don Antonio nunca lo olvidó. Y henos ahora aquí los dos, delante del tío Paco. “Tío Paco no sé si me reconoces después de estos años, soy tu sobrino Antonio, el hijo de tu hermano Antonio. Me pareció que el anciano no le había escuchado. Pero solo fue mi parecer porque el viejo levantó la cabeza y dijo: “¿Antoñito…Antoñito?” “Sí tío, soy Antoñito”. Y ya no hubo más palabras que las de un ininteligible balbuceo del viejo y las lágrimas que don Antonio derramaba sobre el hombro de su tío. Yo me retiré prudentemente y salí a la calle buscando un lugar donde hospedarnos esa misma noche. Cuando volví sonaba una guitarra en la casa y un canturreo de un mozo que decía así: “Toito te lo consiento / menos que te metas con mi mare / que mare no hay más que una / y a ti te encontré en la caye”.

Mi presencia paralizó el cante, calló la guitarra y don Antonio me presentó a la tertulia allí reunida. A continuación me dijo: “¿Sabes, amigo Manrique, que soy poeta gracias a mi tío Paco? El me enseñó cantares como el que acabas de oír, o la seguiriya que recordé el día del triunfo de El trovador y que dice así: “No soy de esta tierra / ni en ella nasí: / la fortuniya, roando, roando, / m´ha traío hasta aquí.” Yo en mi afán de emularlos empecé a componer a mi manera. Después vinieron las lecturas y la afición por Meléndez Valdés, pero eso ya fue viviendo en Cádiz”.

Al caer la tarde bajamos hasta una calle que le llamaban “De la Vega” por estar cerca de la vega del río y aunque no hay ricas casas señoriales como en otras calles, solo en su principio, es una calle llena de comercios. Allí se encuentran sombrererías, tiendas de paños, tiendas de vino y agüachos, y una librería donde vimos en su escaparate varias obras del poeta. Cuando vino la noche, regresamos junto al viejo tío y antes de las once estábamos descansando en nuestros jergones. Al mediodía partimos hacia Cádiz y allí don Antonio abrazó a su madre y a sus hermanos y permanecimos varios días de asueto, descanso y encuentros con sus amigos. No había pasado más de una semana en Cádiz cuando tuvimos que partir nuevamente hacia Madrid. No quiero recordar, por la emotividad, los abrazos y los besos de la despedida. Su madre lloraba en silencio y don Antonio, por no llorar, no quiso ni decir adiós.

A la vuelta pasamos una noche en Écija. Antes de la cena y paseando ambos por los alrededores de la villa, desde un pequeño otero mirando hacia la plaza dijo don Antonio: “Écija reposa envuelta / en el manto de la noche / y el cielo ya no dibuja / sus almenajes y torres”. En mi ignorancia quise hacer un cumplido al vate y a las estrofas que acababa de pronunciar, pensando que las había compuesto para el momento. Con sonrisa socarrona y de muy buen humor de respondió: “Gracias compañero de viaje por tu franqueza y admiración, pero aún te queda mucho por leer. Amigo Manrique, estos versos los compuse hace ya muchos años, pero no me extraña que no los conozca, fue en 1842”. Finalmente llegamos a Madrid y cada cual cumplió con lo acordado con el periódico: don Antonio escribiendo sus dos artículos y yo una extensa crónica en varios capítulos del viaje, pero en ninguno de ellos mencioné la confesión de don Antonio.

                                                                *****

En 1886, veintiocho años más tarde de aquel viaje, llegué como corresponsal del periódico El Globo a Londres. Por aquellos días, al margen de las noticias de Egipto y las alabanzas a la administración de lord Cromer tuve que cubrir una que, por escueta, pasó desapercibida en un primer momento para la prensa española acreditada en la city londinense. No fue hasta el segundo crimen cuando se difundió más y cuando yo recordé la historia que me contó don Antonio en el inolvidable viaje a Andalucía. De forma inmediata relacioné los hechos ocurridos treinta años antes e indagué por mi cuenta preguntando en Scotland Yard. Después a la gente de  los comercios que quiso hablarme en el distrito de Whitechapel y me atreví incluso a preguntar a personas prostibularias o cercanas al mundo de los latrocinios. Anduve por aquellas calles sembradas por el terror de un desconocido descuartizador de prostitutas al que comenzaron a llamarle Jack El Destripador por la forma en que mutilaba los cadáveres de sus víctimas. Me entrevisté con un médico que andaba a la caza de la misma noticia que yo. Se llamaba Arthur Conan y tenía poca clientela, por lo que en su tiempo de consulta sin pacientes compartimos información suficiente para que él escribiese una segunda novela sobre un detective, que luego sería famoso y al que apodó Holmes, y yo diversos artículos sobre aquellos asesinatos en El Globo a los que les puse todo el interés periodístico necesario para que el público español siguiese con el mismo entusiasmo y atención que los británicos. Fueron crónicas exhaustivas llenas de detalles e indagación periodística, pero tuve la torpeza de aventurarme sobre la identidad del asesino y los círculos, cercanos al poder, de donde yo sospechaba que provenía. Estas crónicas, a la postre, fueron las últimas que escribí desde Londres y que pondrían fin a mi carrera de reporter. Un cablegrama desde Madrid exigía mí vuelta a la capital de España con un nuevo destino: los archivos del periódico. Mis superiores me dijeron que allí tendría tiempo para seguir investigando o fantaseando, dijo en tono de sorna el subdirector, crímenes sin resolver en esta capital. Y aquí me tienen amigos lectores investigando la muerte de doña Petra García, portera de una casa de huéspedes de la calle de la Reina. Fue degollada con una navaja barbera una noche de junio de 1858, sin apenas humedad ni niebla, cuando pasaba por los jardines de la ribera derecha del Manzanares, justo por donde cruzan los cazadores de Madrid cuando un domingo de caza enfilan los bosques en busca de sus presas.

Antonio García Gutiérrez y la crítica literaria en la prensa madrileña

CONFERENCIA-COLOQUIO PRONUNCIADA EL 19 DE OCTUBRE DE 2013 EN EL MUSEO DE LA CIUDAD ORGANIZADA POR EL ATENEO DE CHICLANA Y EL BICENTENARIO DEL POETA

TRES AUTORES EN BUSCA DE GARCÍA GUTIÉRREZ

A don Vicente Palacio Atard, in memoriam.

Buenas tardes a todos. Antes que nada dar las gracias al Ateneo, al que me honro pertenecer desde su fundación, por invitarme a esta charla-coloquio, así como al coordinador del Bicentenario de García Gutiérrez, mi amigo Juan Carlos Rodríguez. Tras la intervención de mis dos compañeros que me han precedido, Quino y Pedro, yo quiero comenzar  parafraseando el inicio de El trovador que dice: “Nadie mejor que yo conoce esa historia”. Me refiero a lo que acaba de señalar Pedro González sobre el cuadro de Esquivel donde se hallan todos los románticos de la época a excepción de Larra, Espronceda y García Gutiérrez. Hace muchos años, en 1973, conocí la referida obra del pintor sevillano y estuve convencido que Aureliano Fernández Guerra era García Gutiérrez. Gran chasco me llevé cuando aquel mismo año, en viaje de estudios a Madrid, vi por primera vez el gran óleo en el Casón del Buen Retiro y pude comprobar que no era nuestro querido don Antonio. Un poco después y tras la lectura de una aproximación biográfica sobre nuestro poeta comprendí que era imposible que estuviese plasmado en el cuadro, pues se hallaba en Hispanoamérica.

Mi intervención tratará sobre García Gutiérrez y sus obras dramáticas en la prensa madrileña (nacional), sin mencionar sus comedias y solamente una zarzuela. Serán  unas pinceladas, pues sería extensa si pretendiésemos analizar tan solo la mitad de sus obras. Por ello haremos un rápido bosquejo por sus éxitos más importantes y por sus fracasos más sonados, que de todo tuvo don Antonio.

En términos generales podemos decir que la crítica periodística le trató bien. Tanto a él como persona, como a sus obras. De manera coloquial y usando el argot popular tenemos que decir que el de Chiclana siempre “tuvo la prensa en el bolsillo”.Y es que, el bueno de don Antonio, recibió a lo largo de su vida pocas críticas severas, que las tuvo, y algunas más, negativas cómo no. El resto, la inmensa mayoría, fueron favorables alcanzando amplias abalanzas y comparándolo, en más de una ocasión, con Moreto, Lope de Vega y Calderón.

La gran primera referencia, cronológicamente, fue la de Mariano José de Larra tras el apoteósico triunfo de El trovador. Se publicó en el periódico El Español los días 4 y 5 de marzo de 1836: El plan “es rico, valientemente concebido y admiráblemente desenvuelto (…) Todos los defectos de El trovador nacen de la poca experiencia dramática del autor (…) Hay muchas entradas y salidas que están justificadas (…) El drama tiene “sabor caballeresco y calderoriano díficil de igualar (…) reconocemos un instinto dramático seguro, y que nos es fiador de que no será éste el último triunfo del autor (…) Como modelos de ternura y de dulcísima y fácil versificación (…)

Eugenio de Ochoa en la revista El Artista escribió de El trovador: “Si el drama no hubiera sido bueno, el triunfo del poeta no hubiera sido un triunfo literario, sino un triunfo de circunstancias, un triunfo de un voluntario de Isabel II. Pero el público al aplaudir a El trovador no ha pensado más que en su mérito real y positivo, ni podía ser de otra manera”. El trovador le inspiraba al público: “… sensaciones profundas como se las han inspirado obras de los que están acostumbrado a mirar como los maestros del arte y el saber”.

El periódico El Semanario pintoresco, que dirigía Ramón Mesonero Romanos, al segundo drama de García Gutiérrez, El paje, le achacaba estar carente de filosofía: “pensamos más bien que se limitó al objeto de tejer una fábula que le ofrecía situaciones de efecto…” Y señalaba que aún así, “el mecanismo literario del drama, sus bien conducidas escenas; su aminado diálogo” eran buenos. Y del autor: “… tiene en él un digno intérprete, el habla de Calderón y de Moreto, un feliz continuador”.

En 1837, el drama Magdalena, que no fue aprobado por la Junta de lectura, pues opinó “que el drama no era digno de salir a la palestra”. Sin embargo, la prensa se posicionó en contra esta decisión considerando injusta su desaprobación. El diario El Español argumentaba: “No es de la Magdalena, a nuestro parecer, de donde el señor García Gutiérrez espera el renombre literario que tiempo ha conquistó y hoy disfruta; pero mucho menos puede temer por ella descrédito ni mengua alguna en su opinión, si aquel drama (como nosotros lo entendemos) es sobradamente digno de otros muchos aplaudidos de su género. Este drama debía merecer, ya que no el entusiasmo, a lo menos la estimación general. Su autor es una garantía de éxito de la pieza”. Y así fue, pues la obra se imprimió. El autor vendió sus derechos al editor José María Repullés y se publicó aquel mismo año obteniendo una gran acepción por parte del público. Se reeditó en junio de 1844.

 Antes de finalizar el año de 1837, el de Chiclana volvía con un nuevo drama a los escenarios. Se trataba del drama, El rey monje. La crítica elogió al autor: “…sus composiciones, aunque en corto número, no han dejado de ir selladas con aquella marca de suave colorido que distingue el estilo de este afectuoso poeta…” Del drama afirmaba: “…los tres primeros actos del nuevo drama compiten en belleza, distribución y poesía con lo más florido del Trovador, y a todas luces, según nuestro juicio, aventajan a cuantas escenas posee nuestro teatro moderno”.

Los siguientes años son difíciles para García Gutiérrez. No consigue el éxito con ninguno de sus nuevos dramas. Como resulta evidente la crítica le fue adversa. En 1842 se estrena Zaida. Fue un error o una de sus muchas precipitaciones. Era sosa y anodina. La Gazeta dijo: “El análisis de Zaida se hace en siete palabras: es mala y ha estado mal ejecutada (…) silbada sin oposición y con justicia por el público madrileño”. En La Iberia musical dieron de ella: “Medianamente versificada, su argumento ofrece mezquino interés para el espectador” Y ello unido a mal papel de los actores resultó que fue terriblemente silbada. Y aconsejaba a su autor: No dejarse llevar “por momentos de irreflexión dando a la escena producciones de semejante naturaleza”.

Sin embargo, un año más tarde iba a conseguir un nuevo éxito con un drama que la prensa saludaría con grandes titulares, Simón Bocanegra. El periódico El Reflejo manifestaba en sus páginas: “Adelantándonos a anunciar lo primero la feliz acogida por parte del público, prevenimos el mal sentido de algunos demasiados cavilosos pudieran dar a la opinión que vamos a emitir (…) descubriremos en él mucho genio, mucha poesía, dotes no vulgares en un escritor dramático.  Y el conservador  El Heraldo declaraba oportunamente: “… la versificacion hace recordar los mejores trozos de Lope de Vega, por su gala, facilidad y hermosura. Pocos habrán que igualen en estas dotes al señor García Gutiérrez, y ninguno seguramente que le aventaje…”.

En el drama, Un duelo a muerte, las opiniones de la crítica estuvieron enfrentadas. El Contemporáneo insistía en el talento del autor: “… el señor García Gutiérrez ha señalado el rumbo, y fijado el derrotero de la dramática española, con el peso de su gloria y la autoridad de su ejemplo”. Por su parte, el liberal, El Clamor del público puntualizaba: “Escasa novedad, la fábula imaginada por el señor García Gutiérrez, se desliza lánguidamente hasta el segundo acto (…) El señor García Gutiérrez no ha brillado nunca por la riqueza de la inventiva…”.

Otro de sus grandes triunfos, Venganza catalana, tan apotéosico como El trovador (siempre presente en la crítica) fue elogiada desde la noche del estreno, el 4 de febrero de 1864, hasta su última representación después de 57 noches consecutivas en el teatro Español. El redactor de La Correspondencia de España dijo del drama: “…es un monumento literario, un esfuerzo de genio, de talento, que solo es dado a proivilegiadas naturalezas”. Y La Iberia: “… es sin duda la más brillante hoja de su corona de poeta”. El periódico La España por su parte: “El señor García Gutiérrez no se pertenece ya después de su último triunfo, es nuestro, pertenece a España, pertenece al catálogo de genios del teatro”. Y la revista hispano-americana La Violeta: “Es una creación titánica, inmensa, es uno de los mayores esfuerzos gigantescos del arte moderno”.

 Apenas había transcurrido un año del éxito de Venganza catalana cuando se estrenó Juan Lorenzo . Fue uno de sus grandes fracasos, de público y de crítica. La Gaceta Oficial señalaba: “No es la obra más acabada de su autor pero encierra magníficos trozos de elevada poesía. El argumento ofrece escasa novedad y el desenlace es sobrado lento”.

De sus zarzuelas son pocas las críticas favorables. Siempre se le criticó el porqué escribía tantas zarzuelas. Incluso después de ingresar en la Real Academia Española. Había una gran razón, al menos para García Gutiérrez: necesitaba recurrir a ellas para subsistir. Como ejemplo, La cacería real, de la que El Clamor del público dijo que era una “composición drámatica de escaso mérito, y que además adolece de un realismo exagerado y aún ridículo (…) carece de enredo y acción (…) la fábula trivial, camina sin orden ni concierto, porque no hay en ella personajes que interesen”. Tal vez la más apreciada fue El grumete.

En su último período creativo aún tuvo algunos éxitos entonados, pero sin la trascendencia de los anteriores y menos lisonjeros. La crítica le siguió aclamando. Fue el caso de Un grano de arena, su última  obra. Los elogios fueron desmesurados, claro que se trataba un insigne y consagrado Antonio García Gutiérrez. La Correspondencia de España la catalogó de “verdadera joya literaria y joya en verdad de peregrino valor y de gran precio”.

Al final de su vida literaria y de su trayectoria vital se le juzgaba más por su persona y por el peso adquirido a lo largo de los años, que por sus últimas obras. Es cierto que escribió mucho. Él mismo lo dijo: “Creo que he escrito demasiado”. Tal vez por ello, algunas de ellas carezcan del gran talento que nuestro paisano poseía. Pero no denostemos a nuestro poeta ni a nuestro Romanticismo español, cosa que con frecuencia ocurre en nuestro país, salvo ilustrísimas excepciones. Tomemos el ejemplo de otros países, sobre todo Estados Unidos, donde se estudia e investiga con interés e inquietudes este período de la literatura española. Entre los últimos estudios críticos recordamos a voz de pronto a nuestra compatriota en la Universidad de Pensilvania, María Luisa Guardiola Tey.

Antes de finalizar quiero recordar, porque además está de plena actualidad, las palabras con que Mariano José de Larra terminaba el análisis de El trovador: “En un país donde la literatura apenas tiene más premio que la gloria, sea ese siquiera lo más lato posible; acostumbrémosno a honrar públicamente el talento, que esa es la primera protección que puede dispensarle un pueblo, y es la única también que no pueden los gobiernos arrebatarle”.

Antonio García Gutiérrez, el romántico castizo

 CONFERENCIA PRONUNCIADA EL 3 DE OCTUBRE DE 2013 EN LA CASA DE CULTURA DE CHICLANA DE LA FRONTERA ORGANIZADA POR LA FUNDACIÓN FERNANDO QUIÑONES

Buenas noches señoras y señores, amigos todos. Gracias por vuestra presencia. Antes de continuar, quisiera dar las gracias a la Fundación Fernando Quiñones por invitarme a dar esta conferencia que, con el título de García Gutiérrez, un romántico castizo, como le llamó Menéndez Pelayo, vamos a desarrollar. Gracias y enhorabuena a mi compañero Pedro, por la introducción sobre el Romanticismo y los románticos que vivieron o visitaron Chiclana durante este interesante período de la Literatura Española.

Comienzo con un poema de amor: El corazón habitado:

    Abrirme el corazón con un cuchillo, 
echarte dentro y y luego recoser  
  de nuevo el pecho mío y casa tuya 
          para que siempre en él y nunca en otro,
   lo habitaras como un pájaro blanco 
                hasta los días de la resurrección y el juicio. 

Este poema no es de Antonio García Gutiérrez sino de Fernando Quiñones, de su libro Las crónica de Al-andalus y está basado en un texto del poeta andalusí Ibn Hazm, nacido en el 994 y fallecido en 1063. Es mi pequeño homenaje a Fernando.

Al hablar de García Gutiérrez tenemos que decir, que gozó en vida de un gran predicamento en el teatro; desde su triunfo con El trovador  hasta su última obra, Un grano de arena -si bien con matices muy distintos-, pues en ésta última y ya consagrado como figura nacional del teatro, los elogios fueron hiperbólicos. Sin embargo, toda esta fama conseguida en vida, con el transcurrir del tiempo su obra y su figura se han ido diluyendo hasta perderse entre otros poetas y dramaturgos menos significativos que él. Si hoy es desconocida su obra, más desconocida es su obra romántica, y más desconocida es su vida a pesar de ser uno de esos “andaluces de relámpago” como escribió Miguel Hernández muchos años después. Un “hombre de luz que a los hombres /almas de hombres les dio.” Lo que si es bien cierto, sin discusión alguna, es que García Gutiérrez  y El trovador fueron “una de las piedras blancas en el camino del romanticismo español”, como dijo el crítico Jenaro Artiles en el siglo pasado. Su aportación al Romanticismo fue, haber sido el mejor poeta dramático de su época, solo superándole Zorrilla en lo lírico.

García Gutiérrez es un caso de vocación temprana. Terminado el grado de bachiller su padre le matricula en el Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz, sin embargo no suspiraba por las ciencias, sino por las letras y su corazón de poeta ya rebosaba de versos en aquellos años de adolescencia. Aunque integrado en la vida cultural y literaria de la ciudad, no se hallaba satisfecho. El cierre de la universidad por un decreto de Fernando VII, su descontento en Cádiz y la pérdida de su primer amor, Laura, fueron ingredientes suficientes para decidir salir de la ciudad hacia Madrid. Antes de partir le escribe a su amor, que marcharía a la América española con su familia, el poema Soledad.

                                           ¡Adiós, Laura infeliz! Mientras huyendo  
                                           del seno de tu amor busca los mares  
                                           tu faz de rosa en lágrima bañada,  
                                           yo, yo cuitado, de dolor expiro.
                                           ¡Con funesto rigor la suerte impía  
                                           hoy me ha robado tu beldad que adoro…!  
                                           No cese nunca el canto de agonía;  
                                           jamás se extinga mi incesante lloro.  

 Viaja a pie hasta Madrid junto con un compañero. Pronto recorre los mentideros literarios frecuentando la vida bohemia y literaria del Madrid de 1833, el año de la muerte del monarca absolutista y el año del inicio en España del Romanticismo según Allison Peers, aunque otros autores hablaban de 1835 con Don Álvaro y la fuerza del sino, o La conjuración de Venecia un año antes.

En el Café de Levante y en el del Príncipe, al que llamaban El Parnasillo conoce a escritores inmersos en la nueva escuela romántica: Larra, Espronceda, Ventura de la Vega, Escosura y Ferrer del Río, amigo y primer biógrafo y de quien tenemos el primer retrato del poeta: “…un joven de pálido semblante, de anteojos y poblada melena, desaliñadamente vestido y dotado de un alma accesible al enternecimiento y al entusiasmo…”. Es el momento histórico de la proclamación de Isabel II como reina de  España. Todos los románticos apoyaban a la reina-niña; se era romántico en la medida que se era liberal y García Gutiérrez lo era plenamente. En aquellos días compone, mentalmente primero, unos versos que más tarde escribirá en su habitación en donde malvive, sin quitar o poner una coma. Son aquellos versos que dicen así:

                                           ¡Ven al trono de España, niña inocente,   
                                           de libertad y unión precioso emblema!   
                                           Ven y coloca en tu tranquila frente      
                                           tu envidiada magnífica diadema. 

Es un ejemplo paradigmático de los románticos. Para los románticos la imaginación no ordena, crea. Así nacen sus composiciones y su primer drama, El trovador, que fue el verdadero triunfo del Romanticismo en España. Con El trovador se rompieron las cadenas del Neoclasicismo; la ruptura con todas reglas del teatro anterior, cuyas algunas de sus obras perduraban. Hay que recordar que aún en 1833, Larra escribió una crítica sobre una de las representaciones de El sí de las niñas de Moratín, que tuvo en considerable éxito.

El trovador no solo rompe las reglas, sino que instaura en España dos costumbres extranjeras: la francesa de salir el autor a saludar al final de la obra y la británica de que ofrecer la empresa teatral una función extraordinaria en beneficio del autor. ¡Bendita costumbre para aquellos autores que casi se morían, como nuestro autor, de hambre. Este triunfo de El trovador no significó, en modo alguno, que el nuevo teatro solo se habría de basar, como eje fundamental el amor, bien sentimental, bien pasional con un trasfondo más o menos histórico cuya acción se desarrollaba en la Edad Media. También era importante los pensamientos que contenía la obra, cierta filosofía, sin querer con ello pretender filosofar; nada más lejos del pensamiento romántico.

Después de aquel gran triunfo escribió nuevos dramas, El Paje, El rey monje con los que alcanzó medianamente el éxito. Pero irremediablemente llegaron, como no, los fracasos y las desilusiones: Magdalena (prohibida por la censura), El bastardo, Samuel, o el desdicho Juan de Suavia, drama escrito en prosa junto con Isidoro Gil. La mayor parte de ellos pecan de ligereza y precipitación. Y toma conciencia de que si quiere ser original y seguir triunfando no puede repetirse. El contratiempo de Magdalena, tal vez le hizo entrar en cierta depresión. Pensó en irse a América. Sin embargo, esperó un nuevo éxito. No fue por un nuevo drama original, sino por la reposición de El trovador en el teatro de la Cruz, en 1842. El éxito fue indiscutible. La crítica dijo: “Si el Romanticismo ha pasado de moda, el señor García Gutiérrez se ha salvado del anatema, y el público busca sensaciones fuertes con El trovador.

En el intervalo de este éxito y el que vendría dos años después, escribe uno de sus mayores  fracasos: Zaida. Fue tachada de sosa y con personajes anodinos. La fuerte crítica tal vez le sirvió para enderezar el rumbo. Y como escribió de su carácter su amigo Ferrer del Río, a García Gutiérrez: “Le caracteriza una tenacidad incontrastable, caprichosa y rebelde (…) poderoso en el primer empuje dirigido a abrirse calle, rompe con todo…”  Esa tenacidad incontrolable le llevará, en 1843, otra vez al éxito con una de sus mejores obras: Simón Bocanegra, de la cual Verdi haría su segunda ópera, superior a Il trovatore. pero menos popular. Con Simón Bocanegra rompe con esquemas anteriores aunque mantiene sus temas favoritos: una guerra civil, una venganza y unos amores desdichados. Siete años le habían costado alcanzar nuevamente el triunfo. La critica dijo: “Dramas como Simón Bocanegra no mueren nunca y mantienen el interés de la moderna escuela”. Nos hallamos en 1843 a punto de finalizar, de una manera más o menos cronológica, el apogeo del Romanticismo. Hecho que no significa que fuese su fin como movimiento literario y político, pues éste habría de perdurar al menos dos décadas más.

Retomando las palabras de Ferrer del Río y después de desaparecida la fuerza con la que creó Simón Bocanegra, García Gutiérrez cayó en la apatía: “Su desidia le induce a tenderse a la larga: necesita que le lleven de una mano a remolque, y aún así al menor descuido retrocede lo andado, y se entretiene en tortuosos rodeos. Este es el rasgo clave de todas las vicisitudes y glorias en su vida…” Un año después del triunfo de Simón Bocanegra decide viajar a Hispanoamérica. Los motivos eran varios y aludía a que no le gustaba el raro ambiente teatral de aquel tiempo en Madrid. También por sentirse algo despechado por no recibir recompensa del Gobierno conservador de Narváez. Éste había concedido ciertos puestos en instituciones culturales a algunos escritores más conocidos y él, liberal, se quedó fuera. Tal vez se fuese a buscar nuevas fuentes de inspiración. A sus íntimos les dijo que quería visitar México para componer un poemas épico relativo a la conquista de Nueva España por Hernán Cortés. Algo curioso en un romántico, pues los románticos silenciaban en sus composiciones la conquista española de América. Nadie, ni su propia mujer, Carmen Martínez Zorrilla pudo convencerle para que se quedara.

Es un tiempo, este de mediados de siglo, propicio para las grandes aventuras, propias del siglo y de un romántico como García Gutiérrez. Parte de España a principios de enero de 1844, solo con su fama. Allí en América le esperaban admirados y seguidores de su obra. En el mismo puerto de La Habana es recibido por miembros del Liceo Artístico y Literario. Trabaja como periodista en La Habana, además escribe un nuevo drama: La mujer valerosa. Pasa posteriormente a México y se instala en Mérida de Yucatán (poema sobre la conquista de Nueva España).

Más tarde vuelve a La Habana escribe Los alcaldes de Valladolid y una parodia de El trovador: Los hijos del tío Tronera. Otra vez a Mérida (El duende de Valladolid, El secreto del ahorcado). Es acogido con cariño e interés por la elite cultural meridana entre los que se halla un grupo de jóvenes poetas yucatecos como José Antonio Cisneros. Éste en su Diego El mulato reconoce y agradece al poeta de Chiclana, sus enseñanzas. Participa en la guerra México-Estado Unidos (1847) atendiendo a un herido en la Batalla de Churubusco; episodio más que romántico, humano, del español que sentía cómo se derramaba su sangre, la sangre hermana mexicana.

Ausente ya varios años de la patria, en ese mismo de 1847 escribe un poema titulado España publicado en México D.F. Años más tarde, en 1865, próxima la revolución, escribirá un nuevo poema titulado A España de fondo y sentido distinto lleno de pesimismo ante la crítica situación de España:

                                          ¿Por qué funesto error, por qué demencia    
                                           hemos venido a tan infame estado     
                                           que a disfrazar las llagas del pecado   
                                           No basta ya la hipócrita apariencia?   

                                           La virtud, la hidalgía, en la experiencia
                                           de su estéril valor se han estrellado,  
                                           y mi patria infeliz es ya un mercado  
                                           en que se vende a gritos la conciencia.  

                                           No hay gloria, no hay dolor, no hay sacrificio  
                                           que por viles parásitos hambrientos  
                                           no se convierta en propio beneficio;

                                           Ya la gangrena avanza por momentos    
                                            y bajo el ancho pedestal del vicio 
                                            restallan del estado los cimientos.      
                                           

Es un soneto que, curiosamente, nos acerca a la realidad actual casi 150 años después. Parece que la gran hipérbole de la Historia se ha convertido por un momento en una traicionero círculo del que difícilmente puede salir nuestro país.

De México vuelve a la isla de Cuba y lo encontramos como director, efímero director, de una revista para damas en La Habana llamada El Colibrí. Allí escribe varios poemas y composiciones netamente románticas de un exquisito lirismo como El Lirio azul:

                      No escondas, hermosa, / velando la frente   
              la lágrima ardiente / que nubla tu faz.    
                             No escondas el rostro / do en tristes dolores      
       si pinta de amores / el fuego voraz.

                                            Jamás tu hermosura / lució tan ufana,    
                                            brillante y galana, / al sol de tu amor    
                                            como hoy que se nubla / la luz de tus ojos       
                                            con tristes enojos / de llanto y dolor…  

Regresa a España a finales de octubre de 1849 y vez por primera vez a su hija Magdalena, una niña de cinco años nacida durante su estancia en América. El encuentro fue uno de los momentos más emotivos y sentimentales del poeta. De sus dos hijos, Magdalena y Ricardo, ella fue su preferida.

En 1850 comienza intercalar dramas y comedias en su producción. Si hasta 1847 había compuesto veintisiete dramas originales y cinco comedias, a parir de ésta década escribe trece comedias, quince zarzuela y tan solo siete dramas hasta 1880, fecha de Un grano de arena.

El giro en su producción no deja de tener contenidos o aspectos románticos. No hay que olvidar que la comedia, la alta comedia en esta época, es fruto o participa de muchos conceptos del drama romántico. Y la zarzuela, es una “zarzuela restaurada romántica” o “zarzuela grande” a diferencia de las zarzuelas del tiempo de Calderón en la que se llamó ópera cómica. No fue el primero de los románticos en escribir libretos para zarzuelas. Con anterioridad lo habían hecho Mariano José de Larra (1831), Bretón de los Herreros (1839), Ventura de la Vega (1851) y Tomás Rodríguez Rubí.

Esta evolución es fruto del momento literario, del Romanticismo ecléctico como le llamó Allisons Peers. Es un Romanticismo intermedio, mesetario, que llegará hasta 1854. Ese mismo año tendría lugar la revolución de 54 contra el gobierno del conde de San Luis, “la última revolución romántica” como le apodó Bécquer y en la que García Gutiérrez participa activamente.

En 1855 no consigue triunfar con la zarzuela La cacería real. Ese mismo año, su participación en la revolución se ve premiada con un importante cargo: Comisario-interventor de la Deuda española en Londres. A su vuelta de Londres dos años después estrena Un duelo a muerte. La crítica la alaba y le pide que abandone la extravagancia de la zarzuela. Habían pasado quince años del éxito su drama La mujer valerosa y ocho de La Baltasara que no consiguió convencer ni al público ni a los críticos.

Su Ingreso en la Real Academia Española, en 1862, con el discurso nada romántico: La poesía vulgar castellana no le hará desistir de la zarzuela, uno de sus medios de subsistencia y también de fama.

En los últimos estertores del Romanticismo escribe sus dos últimas grandes obras románticas. En febrero 1864 Venganza catalana , con un rotundo y espectacular éxito; hasta cincuenta y siete representaciones conseguidas. Y un año después llega, el fracaso de Juan Lorenzo. Tal vez el más conseguido de sus dramas; el preferido del poeta. Tras el triunfo de la revolución de 1868, La Gloriosa, escribe ¡Abajo los Borbones! Son versos de circunstancia como le ha llamado Ricardo Navas-Ruiz. Es en realidad, un himno contra Isabel II a la que culpa de todos los males del país. Le llama: “… esa desdichada fanática y vulgar”.

Es el final del Romanticismo en nuestro país, que desde 1866 parecía agotado o superado. A las puertas de la revolución nace un nuevo movimiento literario: el Realismo y aparece en el panorama nacional de las letras la generación del 68 con Pedro Antonio de Alarcón, José María Pereda, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós y Leopoldo Alas, Clarín. Estos dos últimos harán referencias a García Gutiérrez en sus obras (Mendizábal y La estafeta romántica y, La regenta).

El nuevo Gobierno le nombra cónsul en Bayona, que posteriormente permutará por Génova. Apoya fervientemente la monarquía de Amadeo I. En 1872 ostenta la dirección del Museo Arqueológico Nacional y se repone El trovador en el teatro del Circo, treinta y cinco años después de su estreno en el del Príncipe. Ese mismo año se estrenará su último drama histórico, Doña Urraca de  Castilla. Tras el efímero reinado de Amadeo I se proclama la I República y tres 11 meses de gobierno republicano el 29 de diciembre de 1875 se restaura la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII, quien le respeta el puesto oficial en el Museo. Durante este período, García Gutiérrez deja prácticamente de escribir. Tras la muerte de la reina María de las Mercedes, escribe un soneto de circunstancias, para una  corona poética, más sentimental que romántico:

                                            Ayer corona temporal ceñía    
                                            al pasar por la vida transitoria;    
                                            hoy goza en el alcázar de la gloria       
                                            los resplandores del eterno día. 

                                            Fue hasta ayer amorosa compañía     
                                            del esposo real con breve historia,     
                                            y dejándonos sólo su memoria,      
                                            hoy se eleva a más alta jerarquía. 

                                            Fue como el ave que remonta el vuelo    
                                            en demanda del sol, dejando el nido      
                                            que acaloraba con amante celo.  

                                            El pecho de su esposo ha malherido   
                                            su breve fin, y queda sin consuelo.  
                                            Le ha dejado el dolor y no el olvido.       

El 26 de agosto de 1884, García Gutiérrez fallece en casa de su hija Lena en la madrileña calle Fuencarral, 139, actualmente 125. Él quiso un entierro humilde, pero no su pudo cumplir con su deseo. La Correspondencia de España le llamó: “… rey inmortal de la dramática española”. El redactor de El Día describía la habitación donde se hallaba el cadáver: “Cuatro blandones de cera le alumbraban, y sus reflejos, saliendo de la estancia mortuoria, penetraban en otra situada en frente de ellas, y llegaban hasta iluminar un estante de libros donde estaban las obras en que se encierra el genio del hombre ilustre que le dio vida. La cruz, el signo santo de la Redención, dominaba en el triste cuadro, y parecía señalar al extender sus brazos, el término de la vida muy el principio de la inmortalidad”. El Globo decía de él: “¡Insigne introductor del romanticismo en nuestra patria! (…) gobernó en ella como indiscutible soberano! García Gutiérrez fue el ideal de toda una generación (…) Es que el genio goza de inmortalidad… Y García Gutiérrez era un genio”.

Lo había adelantado Larra dos días después del triunfo de El trovador en 1836 en su famoso artículo en el diario El Español: “Hijo del genio y aristócrata del talento”.

Sin embargo, Antonio García Gutiérrez pasó de la inmortalidad al olvido. Pero hoy aquí no nos resignamos a dejar en el olvido aquel que fue el poeta romántico más castizo de la dramaturgia española del siglo XIX.

Muchas gracias.