La última leyenda de Paquiro (y III)

III

 Así fueron pasando los años y un día de agosto, el viejo torero enfermó. Falleció unos días más tarde, en la madrugada del día 8 de agosto de 1876. Durante el día, su cuerpo fue expuesto en la capilla de la hacienda, para ser velado en la madrugada. Al filo de la madrugada, cuando los hombres hablaban tranquilamente junto a la pequeña iglesia, repentinamente se levantó un fuerte viento que provocó destrozos en diversas estancias de la hacienda y una llama de un candil, prendió en el pajar que estaba junto a la capilla. Las llamas alcanzaron a ésta que se incendió por completo, así como el ataúd donde reposaba el cadáver del diestro. No sin grandes esfuerzos se consiguió apagar el incendio, pero ya fue demasiado tarde. Solo quedaron de la iglesia, los cuatro muros. Y de Paquiro, las cenizas. El joven Luis Miguel, apesadumbrado, las recogió y las introdujo en una bolsa de pana. Con el mayor de los cariños, como quien guarda las reliquias o recuerdos de un padre, guardó la bolsa en un baúl, donde permanecieron durante algunos años.

Un buen día decidió visitar España y llegar hasta Chiclana. Así, una mañana partió de la hacienda con una pequeña urna de madera y una parte de las cenizas del torero. El resto lo dejó en la bolsa, dentro del baúl. Tomó un barco y llegó a Cádiz y tras pasar el puente de barcas que cruzaba el río Zurraque, llegó a Chiclana en una polvorienta diligencia. En la ciudad, contó, explicó y narró las andanzas de Paquiro en México y su amistad con él. Relató historias que sólo los más antiguos conocían, pero nadie le hizo el menor caso. Se presentó en el Ayuntamiento y no le creyeron. El alcalde don Pedro Ríos, le agradeció el interés que se había tomado, pero le argumentó que no dejaba de ser una leyenda, pues Paquiro hacía años que había muerto en Chiclana. Incluso lo llevaron al nuevo cementerio de la ciudad y le señalaron la tumba, donde permanecía junto a otros restos de la familia Puerto. Más no se rindió el joven mexicano, pues siguió contando la historia en ventas, ventorrillos y aguachos a todos los parroquianos  que quisieron escucharla. Lo cierto fue que,  la mayoría no le creyeron y  le tomaron por un cuentista  o un advenedizo.

Después de dos semanas intentándolo y viendo que muy pocos le creían, una mañana alquiló una barca e indicándole al barquero que se dirigiese al castillo de Sancti Petri, allí, en un lugar desconocido, enterró las cenizas del que fuera el “Hércules de los ruedos”. A la mañana siguiente volvió a coger la polvorienta diligencia de Cádiz, se embarcó rumbo a México y no volvió nunca más.

IV

En 1986, un grupo de chiclaneros amantes del mundo del toro y fieles a la memoria del gran torero de Chiclana, formaron una comisión pro-monumento a Paquiro. La comisión organizó conferencias, exposiciones y rememoraron la Chiclana romántica de los tiempos del diestro. Uno de ellos, Antonio Cebada Panés, teniendo noticias sobre la existencia de la leyenda a través de un familiar que residía en Veracruz, la contó una noche en una de las reuniones semanales de la comisión. El entusiasmo fue tan grande, tan grandes las ilusiones, que de aquella reunión salió la propuesta de enviar a Cebada Panés a Veracruz para que trajese el resto de las cenizas de Paquiro. En los días siguientes, la propuesta se fue convirtiendo en realidad, pues importantes empresarios chiclaneros decidieron correr con los gastos del viaje. De este modo, pronto y sin más dilación, pues el tiempo apremiaba, partió el bueno de Antonio para México. Nunca se había visto en otra como aquella, pero conociendo su carácter de hombre bueno y su formalidad, todos entendieron que su cometido llegaría a buen puerto. En México permaneció diez días, los suficientes para ir a la Hacienda Torre de los sacos, presentarse ante los dueños, referir la historia, localizar y recoger las cenizas y volver a Chiclana.

Antonio llevó cartas y credenciales del alcalde de Chiclana, Sebastián Saucedo Moreno y las garantías de depositar las cenizas debajo del monumento. Una vez conseguidas las cenizas, las introdujo en una pequeña urna funeraria y partió hacia el aeropuerto de Veracruz, pero allí tuvo que esperar más de diez horas como consecuencia de los trámites legales  para la repatriación de las cenizas. Cuando llegó a Chiclana, era noche cerrada, una noche apacible y calurosa de agosto, precisamente la del día 30, fecha de la inauguración. Antonio llegó tarde al acto. El monumento había sido inaugurado solo unas horas antes. Cansado y a la vez decepcionado por no haber llegado a tiempo de enterrar las cenizas bajo el pedestal de la estatua, tomó la urna con las cenizas del torero y la arrojó con fuerza, pero sin rabia, a las aguas del río Iro.

Diecisiete años más tarde, se dragó el río para localizar la urna y exponerla en el museo taurino, sin embargo, la búsqueda fue infructuosa a pesar de que cuentan que, en las noches de luna llena cuando los rayos de luz penetran bajo las aguas del río (en el  supuesto lugar donde cayó la urna) se puede ver un reflejo de luces de tabaco y oro en el fondo, mientras unas tenues olas producen un suave y leve susurro que al compás de la brisa nocturna se transforma en un sonido semejante o parecido a un: olé, olé, olé… Son las voces de unos seres pequeños que viven junto al río, los “chilfoneros”, que ven entre las aguas, torear a Paquiro.

FIN

La última leyenda de Paquiro (II)

II

Aquel mismo día, a las cinco de tarde, se celebraron las exequias por la muerte del torero. El duelo fue multitudinario y el acompañamiento, sentido por todos los habitantes de la villa y muchos que llegaron de Cádiz, además de otros lugares del reino. Alrededor de aquella hora, el diestro se registraba en una posada de La Línea, agotado por el viaje y a la espera de poder embarcar al día siguiente en Gibraltar, en un barco que se dirigía a Portsmouth con escala en La Coruña. Una semana más tarde, hacía lo propio en uno de los paquebotes que realizaban la ruta postal La Coruña-La Habana. La travesía fue larga, monótona y beneficiosa, pues el tiempo transcurría a favor de su salud. Así, fue recuperando la vitalidad perdida por aquellas traicioneras fiebres.

Un Paquiro al que nadie conoce y que viaja bajo el nombre de Francisco Monterrey, llegó a Cuba quince días más tarde. Sus ropas le delataban como hombre de buena posición: comerciante, fabricante o, simplemente un español que venía a la isla para hacer nuevos negocios o acrecentar su fortuna. En La Habana se instaló en un hotelito de segundo orden. Allí permaneció al menos dos meses hasta que compró, a través de unos intermediarios, unas tierras en la provincia de Cienfuegos. En ellas pretendía fundar una ganadería, adquiriendo reses de España. Durante aquel intervalo y esperando la llegada de las reses, dedica su tiempo a pasear por la ciudad, dándose a conocer como un hombre con dinero, culto y elegante. De esta manera, entabló amistad con un próspero comerciante criollo, y este le introdujo en la sociedad ilustrada que, a imitación de la metrópoli, organizaba reuniones en las casas de los más ilustrados y, adinerados. En una de las reuniones de aquella sociedad colonial, conoció a doña Ana María de Velasco, una joven viuda que vivía de las rentas de unas casas alquiladas que le dejó su difunto marido. Era la dama de moda y un buen partido, pero ella no era mujer fácil de conquistar. Sí en cambio lo fue para Paquiro, que restablecido totalmente había recuperado su garbo torero, las ganas de conquista y, además, estaba dispuesto a emprender una nueva vida. Al poco tiempo ya eran amantes de la época, es decir, novios. Cuando la dehesa estuvo preparada para poder vivir en ella, doña Ana María y Paquiro se fue a vivir a ella, rompiendo con la encorsetada vida de la ciudad. Pero aquel romance apenas si duró dos años, pues doña Ana María de Velasco enfermó y murió de tisis.

El torero, inmerso en una terrible depresión, vendió la finca y se marchó a Veracruz (México). Allí encontró trabajo en una hacienda: la Hacienda Torre de los sacos. Como buen conocedor del campo, sus trabajos fueron reconocidos por los que a su lado trabajaban y los patronos le llamaron para que tomase parte de la administración de la hacienda junto a los viejos capataces. Con el transcurrir de los días,  hizo amistad con un muchacho de veintiún años, de nombre Luis Miguel, descendiente de los primeros chiclaneros que llegaron a Veracruz y a quién, por su desgraciado destino, huérfano de padre y madre a la edad de seis años, fue abandonado por su tía paterna, una arpía desalmada, que se quedó con su pequeña  fortuna.

En las noches heladas al calor de la hoguera, y en las tórridas a la luz de las estrellas, Paquiro fue contándole al joven su historia. Le habló de sus éxitos como torero en los ruedos de España, de su relación en la corte, de su fama y, de su huida de España. Así, retomaba incansable el relato de su vida en un melancólico soliloquio que acababa embargándole de una profunda tristeza, pero con el único consuelo de saber que alguien le escuchaba. Y así, noche tras noche, aquel hombre, que al cabo de unos años había llegado a una ancianidad prematura, contaba con una sinceridad pasmosa su historia y, desvelaba sus pensamientos sin rencor ni temor de su vida pasada. Sólo se lamentaba, alguna que otra vez, de haber abandonado a su familia. Un abandono y una pérdida que ahora le molestaba en el corazón y, pensaba mientras sufría, la suerte que habría corrido.

(Continuará) 

La última leyenda de Paquiro (I)

I

 ¿Quién no conoce algunas de las leyendas del afamado, querido y prestigioso lidiador y torero, Francisco Montes, Paquiro? Son muchas las que se conservan en el recuerdo y la memoria de los buenos aficionados al toreo, mucho más en Chiclana, su ciudad natal. No obstante, la que vamos a narrar es la última conocida, fruto de una investigación de hace sólo unos años realizada en la Universidad de Montpellier por el hispanista e historiador  francés François Gabín, de la ciudad de Beziers.

La leyenda se remonta al año 1851 cuando Paquiro volvió a Chiclana, tras la cogida sufrida el año anterior, en la plaza de toros de Madrid. A mediados de marzo unas fiebres intermitentes con fuertes dolores de cabeza le hicieron encamar durante unas semanas. El médico le diagnosticó “fiebres tercianas” instaurándole un tratamiento para atajarlas. Ni el tratamiento ni los remedios empleados, cataplasmas y esencias antiespasmódicas, dieron resultado alguno. Muy al contrario, en los últimos días del mes, las fiebres continuaron debilitando al enfermo. Pero, tras éste progresivo empeoramiento, mejoró súbita y milagrosamente en los primeros días del mes de abril. El día 3, más recuperado, se levantó de la cama aprovechando que su esposa e hijo habían viajado a Cádiz.

Aquel mismo día por la tarde llegó un primo hermano del torero, de gran parecido físico con el diestro,  que trabajaba y vivía en la dehesa del torero cerca de Los Cuartillos del Toril. Había vuelto del campo porque se encontraba enfermo, con fiebre y dolores articulares. El primo le comenta que hace unos días se había pinchado con un alambre mohoso y la herida se le había infectado. Ante el mal estado del enfermo, el mismo Paquiro le ofrece su propia cama. En la mañana del día 4, el matador parte para la dehesa dejando al enfermo en su lecho. Mientras Paquiro paseaba por la dehesa, en casa del diestro, durante la mañana, su primo empeora. La sirvienta, preocupada por la gravedad del que cree que es Paquiro, dio aviso al médico, que creyó que atendía a su paciente de “tercianas”, y no de tétanos. El galeno comprobó su extrema gravedad y piensó que podóa morir. Los síntomas eran alarmantes: rígidez, manchas en la cara y fiebre alta. Su praxis y experiencia le indican que ya no puede hacer nada por él. Los únicos auxilios que necesitaba el paciente eran los espirituales.  Avisado el párraco de San Juan Bautista, acudió presto con dos monaguillos a casa del moribundo para reconfortarle antes del viaje final.

Sin perder un instante, se previene a la familia, que regresa apresuradamente desde Cádiz. Unas horas después, a las cuatro y veinticuatro de la tarde, Francisco Montes Reina, Paquiro fallecía de manera oficial. Era el 4 de abril de 1851. Su cuerpo fue amortajado y vestido con uno de sus trajes de luces más lustrosos y en su pecho se le colocó una cruz con un Santocristo que llevó tantas tarde de gloria por las plazas de España.

La noticia corrió por la villa como un reguero de pólvora y en todas las tertulias de ventas y ventorrillos no se hablaba de otra cosa. Mientras las viejas campanas de la Torre del Reloj tocaban a muerto, los vecinos más piadosos rezaban por el alma del fallecido. Al filo de las ocho de la noche, Paquiro volvía a la villa tras permanecer todo el día en la dehesa. En una venta situada a la entrada del pueblo, al final de la que llamaban la Cuesta de la villa, junto a la fuente de cristalinas aguas donde una gran parte de los habitantes de la villa se abastecían de ella, se entera de la fatal noticia. Paquiro, que venía embozado con una capa negra y un sombrero de ala ancha, no le reconocen en la venta. Mientras apura un vaso de vino, comienzó a urdir un plan. Un plan que desde hacía unos años tenía en su mente. Así, volvió tras sus pasos arreaando a su caballo blanco camino, nuevamente, de la dehesa. Al llegar, se encerró en el casón y, sin encender luz y hoguera, se acuestó. A las cinco de la madrugada, antes de que despuntase el día, se levantó, buscó en un lugar secreto una bolsa de dinero, unos pagarés y otros objetos de valor. Sin más demoras, preparó un saco de mano con algunas ropas y unas alforjas. Dió de comer a su caballo y partió, semioculto por la niebla matutina, hacia el camino de Algeciras.

(Continuará) 

La confesión

LEYENDA ROMÁNTICA

Nunca olvidó la mueca de crueldad en aquellos pequeños y brillantes ojos, a pesar de los pocos años que tenían. Aquel día había llovido durante toda la mañana aunque era a mediados de junio. No era de extrañar, en verano siempre llovía en la ciudad. Una revolución le había llevado hasta allí y ahora casi dos años después en aquella tierra extranjera iba a volver a su patria. Él no llegó, por más que lo intentó, a adaptarse a aquella situación, ni a la ciudad, ni mucho menos al país. Desde los primeros meses sintió añoranza de Madrid y de los que allí quedaron: la familia, los íntimos, los compañeros de lucha… Además de otras cosas y otros recuerdos. Sobre todo los de los últimos días de la revolución: las barricadas en las calles, el fuego ciego de las armas de un bando y otro, el estruendo de las descargas artilleras, los cuerpos ensangrentados sobre las aceras, la carga de la caballería y, el empuje final de una columna humana llena de furia contra caballos y jinetes. Después cayó la tarde, se tomó la plaza, y solo se oyeron los gritos de victoria de los vencedores y el miedo de los vencidos… Luego llegó la noche, la inmensa noche revolucionaria. Y la noche trajo consigo las hogueras, las inquietudes y las indecisiones; los saqueos, las reuniones y un comité deliberando hasta un amanecer pletórico de libertad con un nuevo Gobierno. También llegó el camino del exilio para muchos.

Muchos días sintió él, en la gran urbe londinense, húmeda, gris y cosmopolita la llamada de la patria, pero su obligación estaba allí y así desde el primer día la tomó con la responsabilidad necesaria que requería el encargo. Pero aquella tarde de junio iba a ser su último paseo en la ciudad y le apeteció hacer una caminata más larga de la habitual. Se alejó tanto de la ciudad, que alcanzó los peligrosos arrabales en donde en cada esquina podía acechar un delincuente. Al intuir el peligro dio la vuelta pensando que era demasiado arriesgado. Se volvió y observó que era tarde, aunque las últimas luces crepusculares dejaban sobre el río unos bellísimos colores abanderados de una tarde de verano. Fue, quizás, el día más hermoso que cuantos había vivido en Londres. Por la mañana, la fina lluvia relajando el ambiente mientras firmaba los documentos oficiales, y en aquellos instantes, liberado ya de cualquier protocolo, disfrutando y observando cómo un horizonte despejado con olor a humedad cubría a la ciudad. Así le pareció o tal vez lo sentía en lo más profundo de su corazón. Siguió andando por East End con un andar presuroso. No quería llegar tarde a la reunión con Mr. Wilson.

A la altura de St. James`s Park tropezó con él un jovencito que venía corriendo como huyendo de algo o perseguido por alguien. Sus ojos, unos pequeños ojos claros, estaban desencajados. Delataban una extraordinaria excitación y en cierta forma, miedo. Corría con los brazos extendidos llevando en una de sus manos una navaja de barbero abierta. Nuestro paseante se apartó de su camino, hacia el lado derecho de la acera, y lo dejó pasar. Sin embargo, al cruzarse ambos, un leve roce con su brazo derecho hizo que el jovenzuelo le tocase con la navaja en la bocamanga del gabán. Se miró y vio que tenía sangre a la altura del antebrazo, muy cerca de la mano. Por un instante pensó que le había cortado, pero como no había sentido dolor, se tranquilizó y comprobó que el corte solo afectaba a la bocamanga, por lo que dedujo que la navaja estaba manchada de sangre. Limpió con presteza las gotas de sangre y continuó su paseo. Al pasar por Charing Cross se detuvo un instante para confirmar el horario de trenes del día siguiente. No era necesario porque Sardoal ya se había ocupado de ello, sin embargo, la miró y observó que no había cambios en las salidas. Siguió caminando hasta St. Martin´s para llegar justo a tiempo a la reunión prevista.

                                                                *****

Aún no había amanecido. Por la ventana apenas se divisaba la luz de las farolas que permanecían encendidas, como estáticos vigilantes, indicando el trazado de la calle por donde en breve debería llegar un carruaje. Eran las seis y media de la mañana. Cinco minutos más tarde llamaron a la puerta de su habitación. La abrió y un saludo cortés de Juan Sardoal rompió el silencio matinal de la estancia. “¿Nos vamos?” “Sí, vayámonos” respondió. Abajo, en un carruaje que le llevaría a él junto con Sardoal hasta la estación de Charing Cross, le esperaba Javier Sepúlveda. Fue éste quien llamó su atención cuando comentó la noticia que The Times publicaba en su edición de la mañana: “Murder in St. James´s Park”.

En ella se relataba el asesinato de una prostituta que había sido degollada la tarde anterior en aquel parque. El periódico aseguraba que algunos paseantes vieron correr, por las cercanías, a un chico con una navaja ensangrentada entre sus manos. Scotland Yard solicitaba a otros transeúntes que le hubiesen visto, se pusiesen en contacto con ellos en la comisaría más próxima.

Sorprendido por la noticia, su primer impulso, el más válido, fue contar a los dos funcionarios españoles lo que le había ocurrido en las inmediaciones del parque al regresar de su paseo vespertino. Tenía que acudir a la policía y contar lo que vio. Contar el aspecto del jovenzuelo, su fisonomía, su vestimenta y… sus ojos, aquellos ojos que tanto le llamaron la atención. Pero no sirvió para mucho cuanto dijo a sus dos acompañantes, porque ambos funcionarios le aconsejaron que lo mejor era subir al tren y partir. Los billetes de la agencia marítima no podían canjearse para el día siguiente. Habría que esperar entonces hasta que un nuevo paquebot partiera de Portsmouth dentro de diez o quince días hacia Santander. Y luego claro, un nuevo papeleo para justificar el retraso. Ellos conocían sobradamente como era la burocracia en la oficina londinense de la representación española de Hacienda para la Deuda externa. El ministro, el señor Madoz, no permitía dilación alguna en asuntos tan delicados. La información y los documentos habrían de estar en Madrid en el día y a la hora señalada.

Sobre la bóveda victoriana de la estación sonó con estrépito el silbido agudo de una locomotora a punto de partir, al tiempo que un humo negro inundaba aún más el ambiente contaminado de la estación. La despedida fue corta, cordial y sincera. “Tenga usted un buen viaje, don Antonio” le dijo Sardoal estrechándole la mano cuando con un pie en el pescante el comisario interventor subía al tren. Del mismo modo actuó Sepúlveda. Don Antonio respondió amablemente: “Muchas gracias, amigos”. Los dos funcionarios vieron cómo el tren se ponía en marcha lentamente hasta perderse entre una negra columna de humo y la niebla matinal.

                                                           *****

Nadie mejor que yo puede saber esta historia porque Sardoal y Sepúlveda están bajo sus tumbas y don Antonio pasó a mejor vida hace cinco años. Ahora la narro por las terribles consecuencias que tuvo sin saber nadie lo que pudo haber ocurrido si don Antonio hubiese informado a Scotland Yard. El hecho ocurrió hace muchos años, en 1858, en Londres. El destino o la pura coincidencia; las circunstancias de que yo me hallaba en Madrid en un puesto de redactor y mi relación, mi corta relación, con don Antonio fueron las necesarias para que esto que he contado, me lo contase a mí y a nadie más. Días más tarde de su regreso y, una vez entregado el cargo, los documentos y los informes traídos de Londres, don Antonio quiso hacer un viaje a Andalucía. Hacía años que no regresaba a su país natal y deseoso de ello, se lo contó a su esposa que a regañadientes aceptó quedarse con sus hijos en Madrid. Uno de aquellos días, antes de salir hacia tierra andaluza, andaba yo por los mentideros literarios de la Puerta del Sol en busca de alguna noticia que insertar en el periódico en el que era redactor, La Correspondencia de España, cuando me tropecé con él. Nos saludamos como antiguos compañeros de antaño en El Eco del Comercio y nos fuimos andando hasta el café Suizo, donde fue recibido con alegría por sus íntimos. Entre los que reconocí se encontraban Tomás Rodríguez Rubí, Antonio Ferrer del Río, Adelardo López de Ayala y el avezado Bretón de los Herreros, que en un rincón junto a una de las ventanas leía El Clamor del Público.

Después de una y mil cosas, de despachar con simpatía a todos y de contar algunos chascarrillos ocurridos en Londres tomamos de aquel café que a su parecer le supo a gloria aunque le hubiesen puesto de la misma leche que daba la osa madrileña. ¡Ganas tenía de tomarse un café en compañía de sus amigos! También llegó, envejecido me pareció, a don Antonio Gil y Zárate. Contó que no se hablaba bien de salud aunque sus males no eran de cuidado. Puesto al día por sus amigos de algunas noticias políticas pasaron pronto a la cuestión literaria y para sorpresa de casi todos y a excepción de Ferrer del Río, que dijo que como le conocía bien y por eso ya lo había intuido, dijo que no había escrito nada importante en Londres. Era ya de noche cuando nos despedimos. Antes del saludo final y cuando todos se habían marchado me comentó que al cabo de unos días haría un viaje a Cádiz. Me invitó a que le acompañara si mi periódico me lo permitía y así durante el camino me hablaría de sus proyectos futuros. Acepté con la condición que el periódico me diese licencia y pagase los pasajes y la estancia, el resto correría de nuestra parte. A cambio don Antonio escribiría dos artículos sobre el viaje.

No habían pasado ni tres días cuando quedamos para salir al día siguiente a las cinco y media de la mañana y tomar la diligencia de Andalucía. Antes de la hora yo ya estaba en la casa de postas con mi bolso de viaje y mi maletín de mano. Le vi llegar, alto y garboso, con su andar peculiar y su sonrisa franca, su mostacho y sus empañados lentes azules. Tardamos más de lo previsto en salir, pues tuvimos que esperar al embarque de las maletas, las sombrereras de las señoras pasajeras y los sacos de noche. “Tengo que decirte algo, amigo Manrique” me dijo en tono confidencial. Esperé la confidencia con impaciencia. Luego continuó: “Yo me mareo en el coche cuando hago un recorrido de varias leguas si me quedo en las plazas centrales de la diligencia. Así que pediré una plaza de alguna de las ventanas”. No hubo reparo por mi parte y esperamos al resto de los viajeros a pie de coche.

Los mozos no tardaron en enganchar el tiro y una vez hecha la maniobra partimos a la voz potente del mayoral que sonó tras un silbido del látigo, tan común como preciso para que los caballos comenzaran a tirar de la pesada diligencia. Sentados cada viajero en su lugar, don Antonio cayó sobre la ventanilla derecha y yo, en medio de él y de una joven señora que, con un niño de seis años, viajaba hasta Aranjuez. Al otro lado, un comerciante de mermelada de Murcia. Enfrente, una señora distinguida y regordeta, su marido, un alto capitán de barco y por último, un viajante de comercio de Sevilla. “Me temo que este viaje será interesante” me espetó. “Me encanta escuchar las conversaciones de los pasajeros. No imaginas lo valiosas que son para nuestro oficio”. Asentí con la cabeza sin hablar. Mientras tanto dejábamos atrás la capital.

Como estaba previsto hicimos nuestra primera parada en Aranjuez, cambiamos de tiro y se bajaron la señora y el niño. Subieron un padre de mediana edad y un hijo, que iban hasta Jerez, de siete u ocho años con cara de pillo y ojos… ojos muy despiertos y vivarachos. Tengo que contarte algo, Manrique, que me sucedió hace poco en Londres”. Yo estaba a punto de contestarle: “Lo que usted quiera don Antonio” pero se adelantó y antes de terminar mi pensamiento continuó: “Cada vez que veo unos ojos claros y tan despiertos de un jovenzuelo me llega un recuerdo nefasto y bastante desagradable. Y cada vez me asalta la duda y hasta me horrorizo”. No dijo nada y sacó la cabeza  por la ventanilla como para coger una bocanada de aire, no sé si para que le despertara de la somnolencia del viaje, para tomar fuerza o porque se sentía fatigado. No conocía suficientemente a don Antonio, pero sí sabía de sus arranques humorísticos. Me dije: “Quiere entretenernos con una de sus historias y asustar al joven”. Esperé muy paciente que reanudara sus palabras, pero no llegaron en un buen rato y cuando alcanzó a hablar fue de un asunto bien distinto del que nos traíamos entre manos.

Al día siguiente continuamos nuestro camino felizmente, sin contratiempos, y con un fuerte espíritu de resistencia sabiendo lo que faltaba para llegar a Despeñaperros: nuestra segunda parada y nuevo cambio de tiro. Durante aquel largo viaje me convirtió en su confidente y le escuché como un confesor escucha a un pecador. Así iba yo haciendo cálculos y tomaba notas de cuanto me relataba mientras nos acercábamos a Andalucía. En la segunda noche de parada, en aquella posada de mal parar me habló de lo sucedido en Londres en su último día y de su desasosiego sobre un misterioso crimen cometido en Saint James´s Park. “Nunca olvidaré aquellos ojos vivaces y claros que parecían salirse de sus órbitas”. “Y luego, con el transcurrir del tiempo, me viene de vez en cuando a la memoria, sueño con ellos, con aquellos ojos tan enigmáticos como amenazantes”. “No sé, tal vez sea autosugestión, pero cada vez que lo pienso, ya te lo he dicho: me aterroriza.”

Yo también soñé aquella noche con las circunstancias de aquel crimen hasta el punto de despertarme agobiado y sudoroso. Miré por el ventanuco de mi camarote y escuché los sonidos de la noche mientras miraba la clara luz de la luna iluminar aquellos montes. Sentía un trasiego de pasos y movimientos que a mí me parecieron extraños, pero que eran de lo más natural en las posadas. Oía arrastrar algo pesado, como un gran baúl que por la mañana comprobé que era un tonel de vino y un martilleo continuo o el sonido de un hacha sobre una mesa de madera. Sentí sollozar a un niño y a un búho cantar. Una molestia en mi espalda, a pesar del cansancio del viaje, no me dejaba dormir y volvió mi mente sobre la historia que don Antonio me había contado. Imaginé Londres, con calles oscuras y siniestras, y pensé cómo sería en aquellos instantes la noche allí.

Los siguientes días no fueron más torturadores que los anteriores aunque a mí me lo pareciesen. El dolor de espalda con el continuo vaivén de la diligencia no ayudaba a mi salud, que veía por momentos menguada. El propio don Antonio se sintió preocupado por ella e incluso me aconsejó que me apease en la primera posada que parásemos. No estaba yo tan mal como él me creía y valerosamente insistí en hacer el viaje completo.

Cuando dejamos el camino de Puerto Real a Cádiz y nos dirigíamos derechitos por medio de las salinas hacia Chiclana me sentí aliviado con fuerza para respirar profundamente y decir, sin que nadie me preguntase: “Huele a mar.” Se hizo un silencio que me pareció prolongado, pero que fue interrumpido por las palabras de don Antonio: “No, huele a sal; la sal de la tierra”.

La entrada a Chiclana me pareció bella, a pesar de los socavones del camino, con aquellos álamos blancos tan bien alineados, las simétricas huertas a ambos lados de la alameda y las primeras casitas blancas. La parada, en una cuadrangular alameda de frondosos árboles, estaba bulliciosa a la hora en que arribamos a ella. Nos apeamos y desentumecimos nuestros huesos que a estas alturas estaban tan destrozados como los huesos de un pollo en una recova. Al pisar Chiclana, don Antonio recordó con nostalgia su niñez por aquellas calles y campos; la ribera del río y sus barcos, el cerro de Santa Ana. Y su calle. Allí  nos dirigimos a casa de su nonagenario tío Francisco para abrazarlo después de muchos años sin hacerlo. Aún vivía en la misma casa y en la misma calle donde don Antonio había nacido.

Y allí, sentado en la casapuerta en una silla de enea, su bastón y su cigarro entre los labios se encontraba el viejo tío Paco, al que tanto había querido y al que tan pocas veces había abrazado durante tantos años. Su padre antes de morir en Cádiz le pidió que fuese a visitarle; que no se olvidara de él, pues no sabía cuanto le quería y cuanto le admiraba su tío. Pareció que cayó en saco roto el consejo postrero del anciano padre, sin embargo, don Antonio nunca lo olvidó. Y henos ahora aquí los dos, delante del tío Paco. “Tío Paco no sé si me reconoces después de estos años, soy tu sobrino Antonio, el hijo de tu hermano Antonio. Me pareció que el anciano no le había escuchado. Pero solo fue mi parecer porque el viejo levantó la cabeza y dijo: “¿Antoñito…Antoñito?” “Sí tío, soy Antoñito”. Y ya no hubo más palabras que las de un ininteligible balbuceo del viejo y las lágrimas que don Antonio derramaba sobre el hombro de su tío. Yo me retiré prudentemente y salí a la calle buscando un lugar donde hospedarnos esa misma noche. Cuando volví sonaba una guitarra en la casa y un canturreo de un mozo que decía así: “Toito te lo consiento / menos que te metas con mi mare / que mare no hay más que una / y a ti te encontré en la caye”.

Mi presencia paralizó el cante, calló la guitarra y don Antonio me presentó a la tertulia allí reunida. A continuación me dijo: “¿Sabes, amigo Manrique, que soy poeta gracias a mi tío Paco? El me enseñó cantares como el que acabas de oír, o la seguiriya que recordé el día del triunfo de El trovador y que dice así: “No soy de esta tierra / ni en ella nasí: / la fortuniya, roando, roando, / m´ha traío hasta aquí.” Yo en mi afán de emularlos empecé a componer a mi manera. Después vinieron las lecturas y la afición por Meléndez Valdés, pero eso ya fue viviendo en Cádiz”.

Al caer la tarde bajamos hasta una calle que le llamaban “De la Vega” por estar cerca de la vega del río y aunque no hay ricas casas señoriales como en otras calles, solo en su principio, es una calle llena de comercios. Allí se encuentran sombrererías, tiendas de paños, tiendas de vino y agüachos, y una librería donde vimos en su escaparate varias obras del poeta. Cuando vino la noche, regresamos junto al viejo tío y antes de las once estábamos descansando en nuestros jergones. Al mediodía partimos hacia Cádiz y allí don Antonio abrazó a su madre y a sus hermanos y permanecimos varios días de asueto, descanso y encuentros con sus amigos. No había pasado más de una semana en Cádiz cuando tuvimos que partir nuevamente hacia Madrid. No quiero recordar, por la emotividad, los abrazos y los besos de la despedida. Su madre lloraba en silencio y don Antonio, por no llorar, no quiso ni decir adiós.

A la vuelta pasamos una noche en Écija. Antes de la cena y paseando ambos por los alrededores de la villa, desde un pequeño otero mirando hacia la plaza dijo don Antonio: “Écija reposa envuelta / en el manto de la noche / y el cielo ya no dibuja / sus almenajes y torres”. En mi ignorancia quise hacer un cumplido al vate y a las estrofas que acababa de pronunciar, pensando que las había compuesto para el momento. Con sonrisa socarrona y de muy buen humor de respondió: “Gracias compañero de viaje por tu franqueza y admiración, pero aún te queda mucho por leer. Amigo Manrique, estos versos los compuse hace ya muchos años, pero no me extraña que no los conozca, fue en 1842”. Finalmente llegamos a Madrid y cada cual cumplió con lo acordado con el periódico: don Antonio escribiendo sus dos artículos y yo una extensa crónica en varios capítulos del viaje, pero en ninguno de ellos mencioné la confesión de don Antonio.

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En 1886, veintiocho años más tarde de aquel viaje, llegué como corresponsal del periódico El Globo a Londres. Por aquellos días, al margen de las noticias de Egipto y las alabanzas a la administración de lord Cromer tuve que cubrir una que, por escueta, pasó desapercibida en un primer momento para la prensa española acreditada en la city londinense. No fue hasta el segundo crimen cuando se difundió más y cuando yo recordé la historia que me contó don Antonio en el inolvidable viaje a Andalucía. De forma inmediata relacioné los hechos ocurridos treinta años antes e indagué por mi cuenta preguntando en Scotland Yard. Después a la gente de  los comercios que quiso hablarme en el distrito de Whitechapel y me atreví incluso a preguntar a personas prostibularias o cercanas al mundo de los latrocinios. Anduve por aquellas calles sembradas por el terror de un desconocido descuartizador de prostitutas al que comenzaron a llamarle Jack El Destripador por la forma en que mutilaba los cadáveres de sus víctimas. Me entrevisté con un médico que andaba a la caza de la misma noticia que yo. Se llamaba Arthur Conan y tenía poca clientela, por lo que en su tiempo de consulta sin pacientes compartimos información suficiente para que él escribiese una segunda novela sobre un detective, que luego sería famoso y al que apodó Holmes, y yo diversos artículos sobre aquellos asesinatos en El Globo a los que les puse todo el interés periodístico necesario para que el público español siguiese con el mismo entusiasmo y atención que los británicos. Fueron crónicas exhaustivas llenas de detalles e indagación periodística, pero tuve la torpeza de aventurarme sobre la identidad del asesino y los círculos, cercanos al poder, de donde yo sospechaba que provenía. Estas crónicas, a la postre, fueron las últimas que escribí desde Londres y que pondrían fin a mi carrera de reporter. Un cablegrama desde Madrid exigía mí vuelta a la capital de España con un nuevo destino: los archivos del periódico. Mis superiores me dijeron que allí tendría tiempo para seguir investigando o fantaseando, dijo en tono de sorna el subdirector, crímenes sin resolver en esta capital. Y aquí me tienen amigos lectores investigando la muerte de doña Petra García, portera de una casa de huéspedes de la calle de la Reina. Fue degollada con una navaja barbera una noche de junio de 1858, sin apenas humedad ni niebla, cuando pasaba por los jardines de la ribera derecha del Manzanares, justo por donde cruzan los cazadores de Madrid cuando un domingo de caza enfilan los bosques en busca de sus presas.