Crónica de la riada de 1965 en Chiclana de la Frontera (I)

TODOS FUERON VALIENTES

En el casco histórico los más previsores buscaban las tablas y el yeso para evitar lo que cada otoño sucedía con un simple chaparrón. Era el 19 de octubre de 1965 y ese día, como otros, comenzó a desbordarse el río sin saber ni preveer nadie, lo que iba a suceder unos minutos más tarde. Dicen que fue una gota fría. Para colmo de males, a ello se unió la pleamar. Y vino lo que vino: la mayor, la más terrible, la más grave de cuantas inundaciones había azotado a la ciudad. Desde entonces será el acontecimiento, de mediados del siglo XX, más recordado en Chiclana.

Un viejo refrán castellano dice “que dejan recuerdos espantosos los octubres que comienzan tormentosos”. Un gran recuerdo espantoso dejó entre los habitantes de Chiclana aquel mes de octubre, a pesar de que no fue tormentoso, pues las temperaturas permanecieron más altas de lo habitual y no había venido con grandes lluvias. Pero eso fue hasta que llegó aquel día. Y llegó con mucha agua. Llovió copiosamente durante la noche y la mañana. Se recordaba la riada e inundación de diciembre de 1962 y otras anteriores. Los mayores incluso recordaban la de junio de 1930. Sin embargo, en esta ocasión la ciudad iba a verse muy comprometida por tanta agua como bajada por el río; el río Iro. Un río desbordado por unas aguas con una fuerza capaz de arrastrar paredes, muros, adoquines, animales, árboles y enseres, y que alcanzarían, en algunos lugares, hasta seis metros de altura. Ni hubo pérdidas humanas, pero sí muchos valientes. Valientes fueron las gentes corriente que lo perdieron todo; verdaderos héroes anónimos llenos de coraje fueron los que ofrecieron su mano a los que estaban en apuros; familias enteras solidarias que dieron lo mejor de sí mismos para ayudar y socorrer a sus vecinos, a los más próximos, pero también a los más apartados y desconocidos. Fueron personas anóminas cuyos gestos quedaron en el corazón de sus vecinos o de sus familias y, aunque no fueron reconocidos, ni nombrados ni mentados, fueron unos valientes. De todos los dramáticos episodios de aquel día, la gesta heroica que destaca sobre todos ellos es el salvamento de los cincuenta niños del comedor infantil de Auxilio Social. Este drama, felizmente resuelto, es el eje central de la tragedia, el más conocido, aunque también hubo otros dignos del mismo merecimiento que abordaremos a lo largo de nuestra narración.

Durante estos cincuenta años, el suceso ha quedado anidado en la memoria colectiva de los habitantes de la ciudad. Y ya sea a través de ellos o de las crónicas periodísticas, se han ido construyendo unos relatos que merecen una mayor profundidad histórica. Nosotros también hemos querido construir un relato, a caballo entre la crónica etnográfica y la historia, para aportar y añadir ciertos datos documentales guardados en nuestro importante Archivo Histórico Municipal. Así, hemos elaborado una crónica municipal y al mismo tiempo nos hemos centrado en las actas capitulares y en los expedientes incoados a unos valientes que, a riesgo de perder sus vidas, la expusieron para salvar la de otros. Sus nombres han quedado en escritos, oficios y comparecencias. La gran mayoría en expedientes sin acabar que, el tiempo ha amarilleado.

Hoy encaja bien, para estos tiempos de hipermodernidad recordar, con nostalgia, los sucesos del pasado. Pero éste en particular no debe, dentro del “todo-conmemorativo” hipermoderno, exaltar el pasado, ni entrar en el frenesí conmemorativo, ni incluso revivir aquel tiempo, porque éste es más intimista que otros; que otros momentos de la Historia, pero llega a tener un poder de evocación tan grande que, desde los más jóvenes hasta los más viejos siguen recordándolo sin la borrosidad que el tiempo da a la memoria. Y si bien es un hecho de la memoria individual de cada chiclanero que vivió aquellos terribles momentos, hoy pertenece a toda una comunidad.

Publicado en el libro Barro y lágrimas por el autor. Navarro Editorial. Chiclana, 2015.

Paquiro y las coplas populares

Hoy viajamos al mundo de las coplas populares. Y dentro de ellas hacemos mención especial a dos coplas decimonónicas referentes al torero romántico chiclanero, Francisco Montes “Paquiro”.  La primera recogida por Francisco Rodríguez Marín en 1882 en su extensa obra, Cantos populares españoles. En ella solo se hace mención al torero:

Para sabio, Salomón;
Paquiro para torero;
Para gobernar a España,
Don Baldomero Espartero.

Del mismo modo, también fue recopilada por el hispanista Gerald Brenan en su inacabado libro, La copla popular española imprimido y publicado el pasado año. Una larga espera, pero ya felizmente editado bajo la supervisión y estudio de Antonio José López López.

La segunda, fue recogida por Federico García Lorca en Canciones populares antiguas en la década de los treinta del siglo pasado. Es la popularísima El café de Chinitas. Copla que, curiosamente, como consecuencia de la confusa oralidad, García Lorca transcribió mal su primera estrofa al entender que decía hermano, cuando en realidad era “germano” y así, a partir de  Lorca ha pasado al cancionero.

En el café de Chinitas dijo Paquiro a su hermano.
En el café de Chinitas dijo Paquiro a su hermano:
“Soy más valiente que tú más torero y mas gitano.”
“Soy más valiente que tú más torero y mas gitano.”

En el café de Chinitas dijo Paquiro a Frascuelo.
En el café de Chinitas dijo Paquiro a Frascuelo:
“Soy más valiente que tú más gitano y más torero.”
“Soy más valiente que tú más gitano y más torero.” 

Sacó Paquiro el reló y dijo de esta manera.
Sacó Paquiro el reló y dijo de esta manera:
“Este toro ha de morir antes de las cuatro y media.”
“Este toro ha de morir antes de las cuatro y media.”

Al dar las cuatro en la calle se salieron del café
Al dar las cuatro en la calle se salieron del café
y era Paquiro en la calle un torero de cartel.
y era Paquiro en la calle un torero de cartel.

Son dos muestras de la popularidad del torero romántico.
Sin embargo, no todo queda ahí, pues la figura de Paquiro trascendió al mundo del pasodoble español del siglo XX. Ejemplo de ello es el famosísimo Paquiro, de Montoro y Solano, que tan magistralmente cantaba la desaperecida Gracia de Triana.
Chiclana, 19 de enero de 2012.

El pintor Eduardo Vassallo Dorronzoro y su familia

En la Chiclana revolucionaria de 1868 nacía, el 28 de noviembre, el pintor Eduardo Vassallo Dorronzoro. Hoy se cumplen por tanto 140 años del nacimiento del genial pintor. Es conocido por la mayoría de los chiclaneros por ser uno de los tres grandes pintores que nacieron durante el siglo XIX en Chiclana y uno de nuestros más queridos y afamados artistas plásticos. Muestra de ello es el homenaje pictórico que hace tan sólo unos años, en el 2003, tuvimos la ocasión de poder ver y contemplar en las salas de exposiciones de la Casa de Cultura entre el 27 de febrero y el 28 de marzo. Una escogida muestra de una parte de su obra que tuvo por título: ”Eduardo Vasallo Dorronzoro, el pintor y su tiempo” y que magistralmente expuso su comisario, el gaditano José Antonio Merino Calvo.

Eduardo fue el cuarto hijo de una familia acomodada de Cádiz que vivía en la calle Duque de Tetuán número 13 de la capital gaditana. Su padre, Eduardo Vasallo O´Lawlor, era primer oficial de administración civil que trabajaba como tal en el Gobierno provincial. Su madre, María Antonia Dorronzoro, fue hija de un doctor en Jurisprudencia que había trabajado como Auditor titular del Juzgado del Tercio y provincia marítima de Cádiz. Desde pequeña, Maria Antonia recibió clases de dibujo convirtiéndose en una pintora que destacó en algunos círculos artísticos del Cádiz de mediados del siglo XIX. Buena constancia de ello son varios cuadros que cuelgan en la parroquia de San Antonio en Cádiz y uno en el colegio de abogados de Cádiz. La familia tenía casa en Chiclana en la entonces calle Alcalá Galiano –actualmente Corredera Alta- número 14 donde nació el pintor.

Unos meses antes de nacer el pintor, cuando estalla la Revolución del 68 (La Gloriosa) en Cádiz, la familia se hallaba en Chiclana. Así, una de las primera noticias públicas que tenemos de la familia Vassallo Dorronzoro la encontramos en la sesión de cabildo del 25 de septiembre. Al terminar el punto undécimo, se leyó: “…una sentida y bien escrita comunicación dirigida á este Junta por el Sr. D. Eduardo Vasallo O´Lawlor, pidiendo á la misma se ocupe de la importantísima cuestion del Ferro-carril de Chiclana y proponiendo los medios de que á su entender debe valerse la Junta para conseguirlo, acordándose en vista de ella, nombrar una Comisión que estudiase dicha comunicación y emitiese dictamen sobre ella…”  para lo cual fueron nombrados el vicepresidente y varios vocales, además del asociado Leopoldo de Alba Salcedo (que sería diputado en el período de la Restauración y al que Chiclana le debe una parte del título de ciudad) para que se dispusiera las formas. Al tiempo, se le daban las gracias al señor Vassallo por sus trabajos y buenos deseos a favor del pueblo de Chiclana.

En la siguiente sesión de cabildo, la del 3 de octubre de 1868, una proposición del secretario de la Junta Revolucionaria, Guillermo Autrán de los Palacios, el padre de José Guillermo, exponía la necesidad de: “colocar bajo el dosel del testero principal del Salon de sesiones un gran cuadro con el escudo de armas de la Villa y donde constasen los nombres de los individuos que componen la Junta revolucionaria de Chiclana y que fueron elegidos por la voluntad del pueblo”. Así fue acordado por la Junta y una comisión compuesta por los señores Martínez, Cañizares, Núñez, Alba y Autrán quedó constituida para: “invitar á la distinguida artista Dª María Antonia Dorronzoro de Vasallo por si se dignaba hacerse cargo de dicha pintura”. Así se hizo, pero no consta que dicho cuadro se realizase y, menos aún, que fuese doña María Antonia Dorronzo, pues en aquellos momentos se encontraba embarazada, precisamente del futuro pintor que nacería, como hemos señalado anteriormente, el 28 de noviembre, tan sólo unos meses después. El viernes 4 de diciembre el neonato recibía el bautismo en la Parroquia de San Juan Bautista de nuestra ciudad.

Durante los diez años siguientes, el niño vivió entre las dos ciudades –Chiclana y Cádiz- hasta el traslado de la familia a Sevilla. Allí realizaría el bachillerato y continuaría con sus clases particulares de dibujo, perspectiva, anatomía pictórica, colorido y composición. En 1885 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla desarrollando en los años siguientes una exquisita técnica pictórica. Muestra de ello fueron varios bodegones de motivos florales y frutas. En 1892 Eduardo regresó a Cádiz junto con sus padres y hermanos, y volvieron a Chiclana a pasar largas temporadas, sobre todo sus padres. Mientras, el joven pintor, asentado y dispuesto a desarrollar su arte comenzó una primera y fructífera etapa pictórica. A partir de 1894 comenzaría a recibir sus primeros galardones. En marzo de 1896 contraería matrimonio en la parroquia de San Antonio de Cádiz con María Dolores Parodi Rosas, al tiempo que impartía clases en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Cádiz. Al llegar el verano pasaron la temporada en la casa de Chiclana. En estos años pintaría para la iglesia de San Juan Bautista de nuestra ciudad dos grandes lienzos sobre temas eucarísticos -actualmente en paradero desconocido- así como diversos bodegones.

El 6 de septiembre de 1898 falleció en Chiclana la madre del pintor. También nacería, en Cádiz, su segundo hijo –el primero, una niña falleció con tres años de edad- y mermaría su economía familiar, por lo cual solicitó plaza como ayudante en varias Escuelas de Artes en diversas ciudades españolas. De este modo, la familia se trasladó a Santiago de Compostela, volviendo a Cádiz más tarde, después a Madrid y finalmente a Córdoba. A partir de 1900 disminuyó su quehacer pictórico realizando tan sólo dos obras hasta su muerte. En Córdoba vivió quince años encontrando cierta estabilidad profesional, social y económica. En 1912 fue nombrado académico de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Noble. Finalmente, se trasladó a Baeza en 1922 y, tras una difícil etapa (enfermó de tuberculosis) llena de vicisitudes, falleció en la ciudad jiennense en 1932.

Publicado en Chiclana Información, el 28 de noviembre de 2008

Vipren: del fordismo al mecenazgo

Fue Henry Ford quien a principios de los años veinte del siglo pasado puso las bases de la división científica técnica del trabajo moderno. Con su invención de la cadena de montaje en su fábrica de automóviles en Detroit creó un modelo socioeconómico que ha pasado a la historia con el nombre de “fordismo”. Años más tarde, Taylor fue más allá con su innovación en la organización del trabajo basado en la administración científica y, los japoneses de Toyota a mediados de los años ochenta introdujeron un nuevo modelo de división técnica del trabajo, el “toyotismo” o trabajo “just a temp” (justo a tiempo) que tendría importantes repercusiones laborales, sobre todo en los momentos de huelga. Son los tres modelos clásicos que la Antropología del Trabajo estudia para la comprensión de la evolución o transformación del trabajo en el siglo XX y que de una u otra forma perviven en el mundo laboral actual.

Sin embargo, el mundo de la empresa y por extensión de la economía ha cambiado en el último cuarto de siglo pasado en relación al trabajo y a la posición e interrelación entre trabajadores y empresarios. Logradas las históricas reivindicaciones obreras del siglo XIX, el mundo laboral  ha conseguido durante el XX -en la mayoría de los casos- alcanzar cotas aceptables para la mejora y bienestar del trabajador por cuenta ajena. En cuanto a las empresas: pequeñas, medianas y grandes corporaciones empresariales, el liberalismo económico, satisfecho, ha permitido un mercado con grandes posibilidades de obtener importantes plusvalías. Tanto es así que, son imposibles de cuantificarlas, por lo que el neocapitalismo vive una extraordinaria época de bonanza que se refleja en un alto crecimiento exponencial a nivel global de las mismas, sobre todo en países desarrollados. No obstante, siempre existen empresas que, al margen del beneficio económico propio destinan una parte de los mismos en fondos de proyectos de cooperación con organizaciones sociales no gubernamentales o bien creando fundaciones. Es este, el caso que nos ocupa y que traemos a colación con motivo de  conmemorarse el cuarenta aniversario de la empresa Vipren. Cuarenta años y parece que ya fuese centenaria su existencia.

Desde aquel lejano día en que José Antonio González emprendiera el camino, y nunca mejor dicho, del emprendedor chiclanero, Vipren viajó seguro y partió en busca de la conquista de lo económico-laboral  y de lo socio-cultural. Ya en sus inicios demostró que Vipren iba a ser mucho más que una empresa al uso. Hoy es una institución señera en el ámbito económico de Chiclana con expansión en toda España, pero también es una punta de lanza, que  ha abierto caminos y logrado grandes metas en lo social, deportivo y cultural. Si en el terreno económico es fuente de riqueza para su ciudad, bienestar para sus trabajadores y ejemplo de seriedad en sus compromisos, en el ámbito cultural-deportivo es, el mayor exponente de mecenazgo en la bahía de Cádiz y en Andalucía. Nunca en Chiclana tuvimos el ejemplo tan desprendido de una familia que, desde su generosidad, dan vida a proyectos deportivos y culturales. Desde el deportista que comienza a entrenar con fe y tesón dispuesto a alcanzar el éxito de la plusmarca o la victoria en equipo, hasta el joven escritor, poeta, novelista, historiador o científico que mira con satisfacción cómo su obra, la obra nacida del esfuerzo y creación de su intelecto ve la luz editorial gracias a la Fundación Vipren.

Con tan solo ocho años de  fructífera y apasionada vida, la Fundación abarca un amplio espectro  social, humano, cultural y deportivo. Y todo ello encaminado al interés de la sociedad, desde la solidaridad y el compromiso social que ha venido marcando desde la fundación del Grupo Deportivo que comenzó con el patrocinio de un equipo de jóvenes ciclistas en 1983 y que llegaron a competir en las más altas esferas del deporte español en su categoría consiguiendo una medalla de oro en los campeonatos de España de cadetes. Una medalla que fue premonitoria, pues nueve años más tarde, Chiclana se convertía en la primera ciudad española con una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona’92 gracias a nuestro José Manuel Moreno Periñan. Un joven campeón que se había formado en los equipos de Vipren. Desde entonces, el  ciclismo en Chiclana es un deporte emblemático y Vipren su patrocinador más importante, como lo es la gran gala del deporte.

Y en el ámbito netamente cultural, iniciado algo más tarde, hay que destacar la  importantísima trayectoria editorial con más de sesenta libros editados que alcanzan la cifra de sesenta mil ejemplares. Cifras que cada año se incrementan con nuevas iniciativas como el premio de investigación histórica local “Dionisio Montero” o la colección de libros solidarios, ambas estrenadas el pasado año. También patrocina conferencias, conciertos, convenio de colaboración con el Ateneo de Chiclana, el certamen de jóvenes cantautores y el certamen de pintura de otoño. Por último, recordar la interesante muestra de arte contemporáneo que alberga la sala de exposiciones de la Fundación, así como su biblioteca que cuenta con más de veinte mil ejemplares y una precisa e interesante hemeroteca, en la que tiene un lugar especial nuestro semanario Chiclana Información, encuadernado y conservado con esmero desde su primer número hasta el actual.

A todo esto tendremos que preguntarnos, que quién es José Antonio González que tanto hace por el deporte y la cultura. Pues bien, sus formas le delatan, porque es un  hombre sencillo en el sentido extenso de la palabra. Un hombre del pueblo hecho así mismo, que reivindica el esfuerzo del trabajo, la constancia y la imaginación para alcanzar los proyectos que, almacenado en su mente, pone en funcionamiento práctico cada día. El ejemplo más claro lo encontramos en Vipren, que se ha convertido en algo más que una fábrica con una cadena de montaje fordiana; que va más allá de una fábrica japonesa de “jus a temp”.Y no sólo es capaz de liderar su sector, sino que también, el espíritu emprendedor de José González se hace notar con la creación de otras empresas en el campo de la agricultura, ganadería y acuicultura.

Por todo ello no es de extrañar que José Antonio González,  luzca en su solapa la medalla de oro de la ciudad de Chiclana, pues en Chiclana tiene el honor de ser querido y admirado por sus paisanos,  algo que a veces es tan difícil de conseguir en el propio terruño. Enhorabuena a la familia González Saucedo por tan feliz aniversario y gracias por cuanto hace por Chiclana y para con los chiclaneros.

Publicado en Chiclana Información, el 26 de octubre de 2007.

Fin de la ocupación francesa en Chiclana

A mediados de agosto de 1812, tras la batalla de Arapiles, Madrid fue liberado por el ejército angloespañol al mando de lord Arthur Wellesley (futuro duque de Wellington). Chiclana se vería libre de la opresión francesa unas semanas después. No fue, en esta ocasión, una entrada triunfal del ejército aliado en la villa chiclanera, como lo fue en la capital de España (que sería recuperada por los franceses en noviembre del mismo año) sino el desmantelamiento del gran campamento militar existente en la villa.

Después de treinta meses de ocupación, los chiclaneros de entonces, se vieron libres de la presencia del invasor francés que se había acantonado en la villa a partir del 7 de febrero de 1810. Era un cuerpo de ejército compuesto por conscriptos bisoños junto a veteranos de otros campos de guerra europeos que, al mando del mariscal Victor, no pudieron tomar la Isla de León ni entrar en Cádiz. Así se estableció en Chiclana el cuartel general del Primer cuerpo del ejército imperial del Mediodía de España, a la espera de poder atacar y asaltar al pequeño reducto –la Isla de León y Cádiz- que todavía no se encontraba bajo las águilas imperiales de Napoleón. Una espera que se haría larga y, a la postre, infructuosa, pues ese trozo de suelo patrio jamás sería tomado por los “vencedores de Austerliz”. Durante todo el período de ocupación los franceses gravaron con pesadas cargas a la villa, además de la obligación de acoger y mantener a soldados y oficiales en las casas de los vecinos, así como la imposición de contribuciones excepcionales para mantener, no sólo a la tropa, sino al sostenimiento general de la guerra. Y si bien en un principio habían sido requisados los bienes a los emigrados (aquellas personas que abandonaron la villa antes de la llegada de los franceses) a Cádiz, ante la enorme demanda de víveres y pertrechos necesarios para mantener al ejército, fue insuficiente para las demandas que exigían las autoridades francesas. Nuevas exigencias hicieron que los franceses naturalizados en Chiclana sirvieran de interlocutores ante el todopoderoso duque de Bellune, el mariscal Victor, para que tuviera en consideración el gran esfuerzo económico que estaban realizando los vecinos de la villa y perdonase ciertos tributos.

Sin embargo, en agosto de 1812, la pesadilla estaba a punto de llegar a su fin. El ejército imperial iniciaba un viaje sin retorno. En días anteriores al levantamiento del campamento, se habían visto partir hacia El Puerto de Santa María más de 9.000 soldados, señal inequívoca de que algo trascendente estaba cambiando el signo de la guerra en la península. El movimiento de tropas imperiales era la consecuencia inmediata de la cada vez más importante y vital intervención y ayuda inglesa, además de la declaración de guerra de Napoleón a Rusia y su posterior ocupación cuando la Gran Armée cruzó el río Niemen, el 24 de junio de 1812. La necesidad de soldados para la campaña rusa hizo que Napoleón sacase de la península ibérica alrededor de 50.000 soldados. Así, dejó desguarnecidas ciertas zonas ocupadas de España, entre ellas, las provincias de los cuatro reinos de Andalucía. No obstante, la guerra continuaría en el Centro, en el Levante español y en el Norte hasta 1814.

Unos días antes de la partida, el comandante de la plaza de Chiclana, el general Cassagnne, se había reunido con la Junta Local para tomar ciertas decisiones relativas a la marcha, entre ellas, el nombramiento de varios vecinos: “…comisionados para recibir los efectos pertenecientes a la Artillería del Exército Imperial a Sr. D. Nicolás Tocino, Sr. D. Thomás Manjón y Sr. D. Josef Quecuti en calidad de vecinos.” Unas horas después, al amanecer del día 25, los chiclaneros más madrugadores vieron salir de la villa lo que quedaba de aquel Primer cuerpo del ejército francés que partía hacia Sevilla con los pertrechos, mujeres y niños que podía llegar consigo. Aquel amanecer, preludio de una libertad efímera -que usurparía Fernando VII-, fue de júbilo, de alegría y llanto. Sentimientos todos ellos verdaderos y sentidos, pues cuentan las crónicas que muchos fueron los padecieron y muchos –soldados barbilucios imperiales- los que dejaron amores y amoríos en esta tierra y, otros muchos, los que aliviaron su economía como fue el caso de taberneros y cantineros.

Una vez libre la villa de franceses, los representantes de la Junta Local pusieron en conocimiento de las autoridades de Cádiz la liberación, sucediéndose en los siguientes días diversos escritos y bandos desde Cádiz, donde aun permanecía la Regencia, y en los que conminaban a las autoridades municipales de Chiclana a normalizar la vida de los vecinos. Así, el 2 de septiembre, se  recibió en la villa un decreto para “que se jure en las dos parroquias existentes en la villa la Constitución Política de la Monarquía Española”. Del mismo modo, el 3 de  septiembre, don Antonio Cano Manuel, Secretario de la Regencia de Gracia y Justicia enviaba una notificación al juez de primera instancia de la villa de Chiclana, don Miguel Antonio Rodrigo para que implantase el decreto de 16 de julio de 1812 en cuanto al cese de circulación de moneda francesa”, pues tanto en Chiclana como en otros pueblos ocupados circulaba moneda francesa de oro y plata. A pesar de ello, tardaría en normalizarse la vida de los chiclaneros y mucho más su economía, pues durante la ocupación los franceses habían acabado con la agricultura, con el incipiente tejido industrial y con las obras de infraestructuras dejando a Chiclana totalmente arruinada.

Publicado en Chiclana Información, el 31 de agosto de 2007. (Refundido para el blog).

Alistamientos, alegaciones y deserciones

Bailén no fue, ni mucho menos, el fin del ejército napoleónico en la península. La derrota francesa supuso que, el propio emperador, tomase las riendas de la guerra en España. Así, el 6 de noviembre de 1808 se puso a la cabeza de un ejército de 80.000 hombres. Unos días después, Soult entraba en Burgos; el general británico Blake era derrotado en Espinosa de los Monteros. El día 19 cayó Santander en manos francesas y unos días más tarde, Lannes vencía a Castaños y caía Tudela. El día 30, la victoria de Napoleón en la batalla de Somosierra abrió las puertas de Madrid al ejército imperial y capituló, honrosamente, el 4 de diciembre. En ese tiempo, la guerra se había desencadenado sin cuartel, una guerra de aniquilamiento y llena de crueldades.

La población chiclanera, lejos de la guerra, vivía con cierta inquietud los últimos acontecimientos bélicos y la entrada en Madrid del ejército francés. Desde septiembre, se había recibido una comunicación de la Junta Suprema de Sevilla y un ejemplar para el alistamiento en la que se prevenía la necesidad de soldados útiles, de armas,  y voluntarios de la villa. Así se hizo por edictos y pregones en los sitios y formas de costumbre llamando a “…todos los Mozos solteros, casados y viudos sin hijos de la edad de diez y seis hasta cuarenta y cinco años desde el día once por el término de diez desde la oración en adelante de cada noche para que se  presenten á exponer las exenciones que le asistan que le serán oídas y decididas verbalmente siendo conformes á el espíritu del mandato de la Suprema Junta..” De esta manera, se formarían por parte del cabo de la Partida de Milicias de la villa, una lista de hombres que habrían de partir para formar parte del ejército español. Se inició un período de alegaciones que habrían de presentar los llamados a filas en las Casas Consistoriales –ayuntamiento y lugar donde se celebraban los cabildos- que considerasen que podrían ser eximidos del servicio activo, como fue el caso del conductor de la valija de correspondencia de la villa a través de su jefe y administrador que exponía estaba “exento de alistamiento por estar en Correos”. La comisión municipal le exceptuó, con la coletilla “mientras lo fuese”.

Sin embargo, un hecho curioso ocurrió durante este período. Un número determinado de alegaciones que realizaban un grupo de hombres, en las que manifestaban que sus esposas se encontraban embarazadas. El médico de la comisión reconoció a seis embarazadas. “…reconocidas atentamente supuesto el principio que no hay signo seguro de concepción, sin embargo, que todas están bien instruidas en los síntomas que padecen las embarazadas, no obstante, que cada una padece en el modo y en las ocurrencias de los embarazos por distintos términos me obliga á expresar que todas son iguales en la relación quándo sus síntomas como asimismo en todas ellas menos en una hallo que ó ellas favorecieron el mes de Septiembre ó el mes de Septiembre las favorecieron a ellas, en cuanto á sus relaciones, con el bien entendido que de estos dos es María del Rosario Ruiz y María Palacios reconocido y tocado sus vientres con bastante cuidado les encuentro una ligerísima tumefacción en la situación del útero; y así mediante á que está misma mantiene varias equivocaciones no puedo afirmar que sean lexitimos embarazos, y así no se les debe dar crédito a sus expresiones (…)  Por lo que respecta á Leonor Manuela González Mujer de Antonio Quiñones la juzgo embarazada de seis meses pues demuestra si hay en este punto alguna lextimidad ó firmeza para ser acompañada de los signo mas ciertos. Chiclana 13 de diciembre de mil ochocientos y ocho”.

Estas valoraciones tocológicas del médico contrastaba con los diagnósticos realizados por la matrona de partos, titular de la villa, Josefa Domínguez que comparecía ante el secretario cumpliendo lo mandado por la Junta: “… que manifestó haber reconocido a las Mujeres que constan en la nota devuelta que asimismo le entregaron á las que les  aseguró haberlas hallado a todas embrazadas de tres a quatro meses y un de seis. Y  por no saber firmar lo ejecuto yo el Secretario, en Chiclana á trece de Diciembre de mil ochocientos y ocho.” ¿Quién mentía y quién decía la verdad? Cualquier artimaña era válida para no ir a la guerra.

Los prófugos y desertores eran buscados entre las casas y campos de sus familiares, por lo que se dictaron bandos con decretos y órdenes rigurosas para los mismos y para los encubridores. Además, se les aplicaba las leyes militares con un juicio sumarísimo que acababa, si se demostraba su deserción, en la pena capital. En el alistamiento de diciembre de 1808, cincuenta y cuatro mozos  chiclaneros fueron inscritos en los Batallones de Marina y cinco en el de Caballería de Voluntarios de Sevilla. Al finalizar el año, quince eran prófugos. Sin embargo, a pesar de todas estas severas medidas muchos soldados, que ya habían participado en alguna batalla, desertaban del Ejército refugiándose donde podían. Una parte de ellos se integraban en las diversas partidas de guerrilleros repartidas por el territorio y otros buscaban escondite por los campos lejos de la guerra. Por ello, no extrañó un edicto de finales de diciembre en el que se insistía en los mismos términos y avisaba a todos los vecinos: “luego que sepan que en esta Villa se abrigan Soldados ú Oficiales de los extraviados y dispersos del combate de Somosierra, den inmediatamente cuenta a cualquiera de los Señores Vocales de esta Junta particular para proceder contra ellos a lo que lugar”.

 

La villa de Chiclana ante la Guerra de la Independencia

El día 28 de mayo de 1808, aunque oficialmente declarada el 6 de junio, la Junta Suprema de Sevilla proclamaba en toda la nación española el anuncio de guerra contra el Gobierno francés. La guerra, fue, por tanto, una guerra proclamada cuando ya no había más atisbo de esperanza, cuando la sospecha de la usurpación se convirtió en cruda realidad. En su cautiverio de la isla de Santa Elena, Napoleón llegó a decirle a Las Cases, su amigo y compañero de cautividad: “La guerra de España me ha perdido”. No fue la única vez que el corso se lamentó de haber provocado la guerra en España. Y, siempre que lo hizo, se manifestó con desdén, con frustración y con el sabor amargo de la derrota.

Hasta la villa chiclanera y desde Sevilla llegaba, por vereda, una orden en los siguientes términos: “La Suprema Junta de Gobierno, en desempeño de su soberana representación, y en defensa de su legítimo Rey el Señor Don Fernando Séptimo, habiendo roto los Vínculos que la unían con la Francia, por injusto proceder de su Emperador, ha resulto dar principio á la Guerra más activa contra aquel Gobierno…” Ante semejante orden, se reunió el Consejo, en sesión de cabildo, el 2 de junio 1808 bajo la presidencia de Josef María Gómez, abogado de los Reales Consejos, corregidor y capitán de guerra de la villa de Chiclana; don Nicolás Morales y don Francisco Pascual Morales, alcaldes ordinarios; don Bartolomé Hariza, Don Fernando Tirado y don Juan Pérez Regidores; don Antonio Jurado y don Francisco García, diputados de abastos; don Gerónimo Aragón y Cristóbal de Segovia, síndico procurador general y personero del común. El presidente e individuos que componían el Consejo de Justicia y Regimiento de esta Villa trataron, resolvieron y acordaron formar la Junta Local de Chiclana y, mediante un bando municipal (el bando número uno de la guerra) dirigido a la población,  solicitar voluntarios para el ejército, apelando a la “defensa  de la Patria, Religión y nuestro rey don Fernando”.

La Junta Local comienza dictando un número determinado de medidas para organizar, en caso necesario, la defensa de la villa, así como abrir una suscripción voluntaria de todos los vecinos para contribuir a la guerra esperando: “Que la necesidad exiga no acudir a préstamos forzados ni de otra manera violenta; pero que sería justa, atendidas las circunstancias del día”. Para ello, y por dar ejemplo, se elaboró una lista de comunidades, hermandades y particulares a quienes se le había de oficiar para el donativo voluntario en auxilio de las tropas españolas, a la vez que se pasaba un oficio al vicario “para que con arreglo á el bando número primero se celebre rogativa por tres días de la Proxima Pascua de Pentecostés, implorando a el todo Poderoso, el asierto de la Suprema Junta en sus disposiciones y felicidad de las Tropas Españolas…” A este respeto hay que decir, que en la mayoría de las iglesias de los pueblos de España, los curas párrocos leían las proclamas incitando al levantamiento popular como había sucedido en las grandes ciudades del país. Pero en el mayor de los casos, no hubo reacción alguna de los habitantes, salvo en las elites y aquellos que ostentaban el poder local.

Unos días después, el día 10 de junio, sólo dos vecinos se alistaron voluntariamente. La gran mayoría de los ciudadanos proseguían con sus tareas cotidianas, particularmente los campesinos, que andaban por aquellas fechas ajetreados en la recogida de la cosecha, sobre todo la de los cereales, pues 1808 fue un año de una gran cosecha de trigo. La inmediatez de guerra abierta hacía necesaria la premura del alistamiento, así como las constantes demandas y órdenes que llegaban de la Isla de León, motivos suficientes para que la Junta Local dictase una nueva proclama que sería leída en todas la iglesias de la villa y puestas a lectura pública en los lugares habituales: “¿Dónde está el entusiasmo, amor y lealtad con que proclamasteis a nuestro Rey Fernando? ¿Quién no diría que seríais los primeros en ofreceros voluntariamente a tomar las Armas? Solo dos vecinos han sido tan generosos, ¿Y qué queréis, seguir una inacción tan culpable? ¡No permita Dios, que los vecinos de esta leal Villa, sean marcados con semejante divisa! La Junta de Gobierno os llama, y os invita para que luego os alistéis baxo las Banderas que ya caminan a tomar una justa satisfacción del Enemigo en defensa de la Religión, y de la Patria.”

Se insiste de tal manera, que en el cabildo siguiente, se designan los nombramientos de dos diputados de la Junta Local: Francisco Pascual Morales y Bartolomé Hariza, ambos alcaldes ordinarios, quedando los demás capitulares (concejales) para acompañarlos con el fin de poder ejecutar con la mayor celeridad que se requería en tales circunstancias el alistamiento de voluntarios. Sin embargo, las preocupaciones de los ciudadanos eran otras, como la petición de un buen número de vecinos que solicitaban al Consejo, se tomarán las medias necesarias para evitar que los presos indultados del penal de Cádiz por la Junta Suprema –con motivo del estado de guerra- anduviesen por el término cometiendo desmanes y delitos. Así el Cabildo, con el ánimo de mantener la calma decidió organizar una “cuadrilla de Tiradores con destino al Campo compuesta por todos los que se ganen su vida en esta profesión”  y se nombró a Josef  Meléndez como cabo de la partida. Y para el interior de la villa, además de las Rondas de policía -que saldrían todas las noches- se nombraría una ronda de vecinos presidida por los capitulares con la colaboración de ciudadanos en calidad de “vecinos honrados” para que “ronden y celen al pueblo y sus mercancías a fin de evitar conmociones e inquietudes: haciendo separar los corrillos en que haya más de cinco individuos y tomen todas aquellas reglas de precaución que les dicte su zelo y amor por el bien y quietud pública”.

Mientras tanto en Cádiz, el 14 de junio, y tras el asesinato del general Solano (el único que se opuso en mayo a los deseos de los franceses) la escuadra del almirante francés Rosilly, que se encontraba fondeada en la rada del puerto de Cádiz, fue atacada y neutralizada por la artillería gaditana. Se iniciaban así, las hostilidades contra el agresor francés en una guerra que, como en todos los tiempos y todas las épocas de la historia, ha sido un factor desencadenante y consecuente de grandes miserias, catástrofes y pérdidas inútiles de vidas humanas. El escritor francés, Stendhal, en su juicio sobre Napoleón diría: “Fue un hombre dotado de extraordinarios talentos y de una peligrosa ambición (…) estuvo comprometido en varias guerras que hicieron correr ríos de sangre, aunque en ninguna, si se exceptúa la guerra de España, fue el agresor”.

Publicado en Chiclana Información, el 13 de junio de 2008

Chiclana, mayo de 1808

No podía pasar desapercibido para nuestro Semanario, la histórica y trascendental fecha del 2 de mayo de 1808. Fecha muy señalada que se conmemorará en toda  España, sobre todo en Madrid, y que significó el primer revés para el ejército imperial napoleónico. La primera chispa de la guerra contra el altivo francés. Así comenzaban a truncarse los designios de Napoleón sobre España y, ante un pueblo, el de Madrid, que instigado o no por la nobleza y el partido fernandino, se enfrentaba a los soldados del lugarteniente general del reino y presidente de la Junta de Gobierno, Joaquín Murat, gran duque de Berg y cuñado de Napoleón.

Todo comenzó en la mañana de ese día en las puertas del Palacio Real de Madrid cuando, por orden de Napoleón, el resto de la Familia Real debía viajar a Francia. Entre sus miembros se encontraban el tío de Fernando VII -el infante don Antonio- y el joven infante don Francisco de Paula, hermano menor del Rey. Al grito de: ¡Traición, se llevan al Infante! los madrileños allí congregados zarandearon a los soldados franceses que intentaban subir al carruaje a don Francisco de Paula, el cuál se resistía. Hasta un centenar de madrileños se agruparon penetrando en palacio sin ninguna oposición de la Guardia Real. El infante don Francisco, se asomó, por un instante a uno de los balcones, lo que hizo exaltar aún más los ánimos. Y a continuación se oyó una voz desde una de las ventanas de palacio: “¡Vasallos a las armas, que se llevan al Infante!” La muchedumbre se abalanzó hacia los franceses mientras un oficial español intentó apaciguarla. La reacción francesa fue inmediata. El propio Murat envió un batallón de granaderos al Palacio Real con piezas de artillería que abrió fuego sobre la turba. Los sucesos se precipitaron y el pueblo de Madrid, mal armado, pero lleno de coraje, se echó a la calle. Y la calle se llenó de sangre y odio contra los franceses. Después de una desigual lucha vendrían la represión y los fusilamientos.

La noticia de los graves disturbios de Madrid llegó a Chiclana unos días después en diversas versiones procedentes de Sevilla. El rumor y la noticia se extendieron por las tabernas y se formaron corrillos en las calles. Sin embargo, Madrid estaba muy lejos de Chiclana y la vida diaria seguía su ritmo en un pueblo preocupado, por alcanzar un cierto bienestar, después de la gran epidemia de principios de siglo. Una muestra de normalidad fue el Cabildo celebrado el día 3 de mayo cuando aún se desconocían las noticias de Madrid. En él se leyó literalmente, en primer lugar y por parte del escribano del Ayuntamiento, una orden del capitán  general e intendente interino de la provincia, Manuel de Lapeña. Y se trataron y deliberaron otros asuntos locales como: el precio del trigo y de la hogaza de pan; un contencioso sobre dos tablajeros de carne y, la proposición “liberada” del duque de Medina Sidonia, señor de Chiclana, Francisco de Borja Álvarez de Toledo y Gonzaga sobre el empleo de alcaide del castillo –el castillo de Sancti Petri- que había quedado vacante al fallecer el anterior titular. También se dio lectura de otra orden, esta vez del general Francisco Miguel Solano –amigo del Magistral Cabrera y benefactor de Chiclana- sobre la necesidad de pagar las contribuciones relativas a la manutención de presos. Por último, un “memorial” de un médico de la villa para que se le renumerase y gratificase el excesivo trabajo que tenía al atender a los heridos y muertos de la villa, tanto en el pueblo como en el campo. Asuntos todos ellos relativos a la municipalidad que y eran habituales en un cabildo ordinario.

Días más tarde desde Sevilla y fechada el día 12, se recibió “por vereda” –forma común, entonces, de llegar las órdenes a los pueblos y villas- una orden del  capitán general de Andalucía, Francisco Miguel Solano en la que se daba cuenta del acuerdo extraordinario celebrado el día 3 en Madrid por los señores Regentes y Oidores de la Real Audiencia. La orden decía así: “De acuerdo de la Junta de Gobierno participo al Consejo Real, que esta mañana al amanecer ha partido de esta capital para Bayona el Serenísimo Señor el Infante D. Antonio, dexando prevenido por escrito á la misma Junta, que en virtud de órden del Rey emprende su viage, y que ella debe seguir ejerciendo las mismas funciones que quando S. A. la presidía…”  Con esta orden publicada por el Consejo tras la celebración de un pleno extraordinario el día 4, se dejaba claro que el infante partía con el beneplácito de Fernando VII y no por imposición de Napoleón. O así se quería hacer entender. Recibida en Sevilla, el general Solano la envió imprimir con el añadido final: “Cuya Órden fue obedecida en el respeto debido, mandaba guardar y cumplir, y que se imprimiese y comunicase por Vereda á los Pueblos del territorio de este Tribunal, para su inteligencia”.

No obstante, la orden no logró calmar el estado de inquietud de los pueblos. Así, el 11 de mayo, Joaquín Murat mandaba imprimir una orden para todos los Justicias del reino de Sevilla –ya en la capital sevillana se habían producidos algunos disturbios- y sus pueblos, llamando a la calma: “… que los Vecinos de esa Ciudad á pretesto de defender al Rey y á la Patria se han alborotado de manera que han turbado su tranquilidad; y S. A. I. y R. que se halla á la Cabeza del Gobierno, quiere por quantos medios sean dables restablecerla, y evitar que pequeños movimientos producidos por personas de ordinario inconsideración se propaguen y produzcan con el tiempo un trastorno universal del Estado”. La preocupación de Murat era ya grande y temía lo peor, como así sucedió. Por ello, apelaba a: “las autoridades constituidas y a las personas mas condecoradas, cuyo influxo obra poderosamente en las acciones del baxo Pueblo, procuren con el mayor zelo y actividad destruir estas conmociones…” La orden se fechaba en Madrid el día 11 de mayo, imprimiéndose en Sevilla el 17 y venía firmada por el general Solano.

Es de suponer que esta orden se leería en el siguiente cabildo. Sin embargo, aunque recibida, no se incluyó en los puntos de la orden del día de la sesión de cabildo del día 20 de mayo. En la misma se deliberaron varios asuntos. Pero ninguno relativo al clima prebélico que ya, entonces, recorría al país.
Así, la preocupación por la cosecha de cereales, a pesar de las circunstancias, era el primer asunto de aquella sesión: “… estando proxima la recolección de grano es indispensable establecer un metodo con que evitar el perjuicio que causan en ellos los Cerdos por aprovecharse de los rastrojos…” El segundo: una queja de varios vecinos de que algunos mozos de la carnicería de la villa quitaba parte de carne al ganado vacuno. Y en última instancia, el permiso para la representación de varias piezas teatrales en el teatro de la villa “por una compañía cómica con licencia y previa censura”. De este modo, mientras que la vida continuaba apaciblemente para los 1.572 vecinos de la villa de Chiclana, una parte de la nación se encendía en llamas. Sólo hasta el cabildo del día 2 de junio no se leyeron las órdenes que llegaron de la Junta Suprema de Sevilla en relación con el estado de guerra.

Publicado en Chiclana Información, el 2 de mayo de 2008 (Refundido para el Blog).

Enero de 1808, el preámbulo de una revolución

Comienza este año de 2008 con la vista puesta en las distintas actividades que tendrán lugar en nuestro país para conmemorar los doscientos años del estallido de la Guerra de la Independencia. Una guerra cuyo antecedente fue la revolución “popular” iniciada el 2 de mayo en Madrid. Una revolución donde el pueblo fue el gran protagonista de principio a fin. Y, además, fue el más afectado por la tragedia. Una revolución que provocó, antes que nada y contra el invasor, un sentimiento de usurpación (de hecho en los primeros años y tras la contienda, se le llamó la “Guerra de la Usurpación”) y, posteriormente, un sentimiento o toma de conciencia nacional. Fue, sin lugar a dudas, una usurpación generalizada de la vida y la hacienda de los españoles de entonces. Y ante la usurpación y la compra de voluntades nacieron varias tendencias que perduran hasta la actualidad.

Así, la lucha contra el francés despertó un sentimiento de pertenencia, de unión. Pero a su vez provocó una separación entre dos cosmovisiones bien distintas: los conservadores y los liberales. Fue de algún modo, una guerra civil y una revolución que, larvada durante más de un siglo, alcanzaría su cenit en la guerra civil española de 1936-1939. De hecho cuando acabó ésta, Franco utilizará los mitos de la Guerra de la Independencia como una parte de la historia de España que entroncaba con el momento del “glorioso movimiento nacional”. Otra usurpación de la historia de un general que se decía a sí mismo ser responsable de sus actos, solo ante Dios y ante la historia. Pues bien, tanto la una como la otra hoy son herencias históricas que hay que asumir. Las dos forman parte de nuestra memoria histórica.

Los antecedentes de la guerra son bien conocidos. España, aliada de Francia, sufrió en Trafalgar ante los británicos, su derrota naval más severa, al menos la que le dejó incapacitada para dejar de ser una potencia naval capaz de afrontar su defensa y la de sus colonias de ultramar. Una alianza, un pacto ambicioso que Godoy, con la quiescencia de Carlos IV, había planeado a propuesta de Napoleón. Así, el 18 de octubre de 1807, las primeras fuerzas  imperiales francesas entraban en España por los Pirineos al mando del general Junot. Llegaban antes incluso de la firma del Tratado de Fontainebleau, que no sería efectivo hasta su firma en Madrid el día 27, cuando los batallones imperiales, el 10 por ciento del total de sus tropas disponibles en Europa, habían ocupado una parte significativa del norte. Pero además, esta alianza dejó debilitado el Ejército español con la salida de los hombres del marqués de la Romana hacia el norte de Europa. Así, España convertida en uno de los países satélites de Napoleón dejó de ser dueña de su destino para tomar el que le tenía reservado el emperador de los franceses.

La envidia y los odios que suscitaba Godoy, el favorito de la regia pareja formada por Carlos IV y María Luisa de Parma, tendrán como consecuente más inmediato que una parte de la nobleza, la más vil y canalla, comenzara a intrigar entre el pueblo, con el apoyo de Fernando, el príncipe de Asturias. El heredero al trono de España. Un joven e inmaduro, nada ilustrado, desquiciado por los celos y con una extraña personalidad entre esquiva y desconfiada. Rodeado de su camarilla de conspiradores pensaba que el tiempo jugaba a su favor, pero los vientos soplaban a favor de Napoleón que estaba minando, gracias a su diplomacia en contra de los Borbones, las relaciones de hispano-galas. Mientras tanto, Godoy, gran admirador del emperador aspiraba  convertirse en rey de una parte de Portugal.  Sin embargo, los planes de Napoleón eran otros y sus tentáculos se iban extendiendo pacífica y lentamente sobre la península.

El Primer ejército francés ocupaba, a mediados de noviembre, Portugal camino hacia Lisboa y, el Segundo cuerpo de observación de la Gironda, se instalaba en Burgos el 21 de noviembre para proteger la vanguardia. En la vieja Salamanca, un destacamento de 5.000 franceses tomaba pacíficamente la ciudad. El 9 de enero, un nuevo cuerpo de ejército, el denominado de Las Costas del Océano, al mando del mariscal Moncey, alcanzaba la frontera española. El  6 de febrero la División de observación de los Pirineos occidentales se asentaba en Pamplona tomando la fortaleza de la ciudad y más tarde la de San Sebastián. La vitola de ejército invencible en Europa, la marcialidad de sus soldados con sus impecables uniformes y sus brillantes charreteras suscitaba una gran curiosidad entre el pueblo. Incluso en muchas personas despertaba simpatías. Con la miopía política reinante en la aparente Corte carolina, nadie pondrá en sobreaviso a los reyes, a sus consejeros y al propio Godoy. Cuando así suceda, la ocupación será un hecho consumado. Entonces, un ejército imperial formado por 80.000 hombres se encontrará acantonado sobre la piel de toro. Será cuando la preocupación y el pánico sacudan al Gobierno del favorito.

Aquella gran ambición personal de Godoy, va a ser a la postre, la causa que desencadene el enfrentamiento armado. Serán pues, los nobles, humillados por el favorito durante largos años, quienes subleven a un pueblo ignorante, hasta entonces público pasivo, que tomará las armas sin saber por quién y para qué. Pronto, “en el campo de batalla, la guerra se cobrará su amargo e inútil sacrifico.” El inútil y amargo sacrificio del pueblo liso y llano. Será la hora para que el pueblo español entre en la Historia. Por ello, estamos bien seguro que en este bicentenario, las revisiones historiográficas se ceñirán más en la historia social y humana de aquellos españoles, que sufrieron y padecieron la Guerra de la Usurpación, la Guerra de la Independencia.

Publicado en Chiclana Información, el 25 de enero de 2008 (Refundido para el blog).

La custodia de los prisioneros franceses de Bailén

La vida cotidiana de los chiclaneros, en octubre de 1808, transcurría con las preocupaciones propias de una villa agraria y la incertidumbre de los últimos acontecimientos de la guerra. Las noticias llegaban con retraso, pero eran un cúmulo de información que pronto corrían de boca en boca por la población. En la villa, se había instaurado una economía de guerra ante la necesidad de resistir la embestida del Ejército enemigo en la zona Norte, donde aún se mantenían varios sitios. Por ello, la Junta Suprema de Sevilla enviaba a la villa, órdenes y requerimientos en las que se obligaba a la población, al margen de los inevitables alistamientos, realizar grandes esfuerzos y sacrificios, como eran la entrega de caballerías e incluso de pequeñas armas blancas y otras de fuego que tuviesen en sus casas los vecinos. La Junta Local estaba compuesta por: José María Gómez abogado de los Reales Consejos, corregidor y capitán de guerra; Juan José Montiel y Nicolás de Olmedo Morales, presbíteros; Francisco Pascual Morales, Diego Sánchez Rendón y el abogado de los Reales Consejos, Francisco Aragón de los Ríos. Todos ellos hacían lo posible para asegurar el cumplimiento de las órdenes, al tiempo que mantenían un cierto equilibro conciliador con los vecinos a fin de evitar motines y revueltas.

La guerra, después de la Batalla de Bailén parecía menos andaluza. Sin embargo, era un espejismo, pues el mismo hecho de la victoria en Bailén, ya era en sí una complicación más tras la llegada, en agosto, de un grupo de prisioneros franceses a la villa chiclanera. Las cargas del sostenimiento, mantenimiento y vigilancia de los prisioneros franceses provocaban un cierto malestar. La organización de doce compañías –de cuatro hombres cada una de ellas- de milicias ciudadanas para poder custodiarlos las veinticuatro horas del día suponía un añadido más a los esfuerzos económicos personales. La mayoría no pusieron impedimento alguno, otros se implicaron como buenos patriotas y otros buscaron excusas de todo tipo. Los médicos y los sacerdotes eran, con la expedición de certificados, los “salvadores” de algunos ciudadanos para evitar las tareas de vigilancia y control a los prisioneros. Un ejemplo de ello lo encontramos en un certificado médico extendido por uno de los facultativos de la villa: “Certifico y juro que el señor don Lorenzo Conde adolece y padece en todas las quatro estaciones del año una dispnea o falta de respiración (…) se le ha prohibido todo exercicio violento, se le ha encargado la quietud de las pasiones íntimas y que se abstenga de andar al sol…” También, por enfermedad, Juan Seco Castañeda presentó en el ayuntamiento un escrito –memorial- dirigido a la Junta Local en el que exponía que no podía hacer las guardias por: “Padecer de unas llagas en una pierna con tal estrago que la tiene esta casi toda negra (…) y una cicatriz de resultas de un tumor que adoleció quando pequeño”.  En estos casos, la Junta se reunía y dictaminaba si se concedía el revelo o no del ciudadano. Nos consta que en el segundo caso se dictaminó, que fuese relevado de hacer las guardias y sustituido por otro miliciano civil.

Todo era válido para eximirse del servicio de guardia a los prisioneros. Incluso una estanquera se dirigió mediante un oficio a la Junta Local para que el mozo que tenía empleado en su negocio y que gozaba de toda su confianza dejase de hacer guardia y así poder atender el servicio que prestaba en el estanco. Del mismo modo, el ayudante de la Escuela de primeras letras solicitaba su exención del servicio en una de las compañías para seguir atendiendo a los niños de la escuela. La Junta le concedió una libranza especial de guardias durante las horas del día que trabajaba en la escuela, el resto de las horas tendría que hacer la guardia correspondiente. Otras personas como “el caballero comandante” de la cuarta compañía, José María Mon Hierro, hijo del conde del Pinar, se excusaba de seguir formando parte de dicha compañía al tener que viajar a Madrid con su familia.

Para el sostenimiento y suministros de los prisioneros, se elaboró una lista de personas pudientes de la población, para que éstas pudiesen socorrer a necesidades más perentorias, pues todos los objetos de valor, así como monedas extranjeras y nacionales le fueron incautadas a la llegada. Pero los donativos fueron pocos e insuficientes. Así, en un oficio enviado desde Cádiz, se comunicaba a la Junta Local que sólo alcanzaban para cuatro días de manutención. Ante tal situación, días más tarde llegó una orden de Tomás de Morla, capitán general e intendente de la provincia de Cádiz en la que especificaba  cómo se debía de utilizar el dinero aprehendido a los franceses y que estaban en las oficinas del depósito de rentas reales. Al mismo tiempo, daba el visto bueno para que se comprasen en Jerez 200 fanegas de trigo. A finales de octubre, la Junta Local exigió a las personas que se habían comprometido a dar los donativos que se apresuraran a darlos, pues si no lo hacían “incurrirían en penas” según había dictado la superioridad de Cádiz. La situación era insostenible, incluso se exigió al administrador del arca del Pósito parte del dinero en él depositado para asistir a la manutención, sobre todo para pan, leña y aceite.

Por otro lado, algunos individuos aprovechaban el momento para hacer negocio con los franceses y solicitaban permiso para abrir una pequeña tienda de comestibles y vino junto al cuartel de los prisioneros, algo que fue denegado. Otros vecinos se quejaban de que habían sido desalojados de la habitación en donde vivían por ser extranjeros, concretamente, genoveses. Algunos incluso trataron de engañar a los soldados franceses o robarles. Un ciudadano fue sentenciado a una pena de tres días de prisión y veinte ducados de multa por robarle un reloj a un prisionero. La relación con los prisioneros debería de ser mínima y se sospechaba de todo aquel que mantuviese conversaciones con ellos. Un día apareció en la villa una mujer procedente del ejército francés, Ursula Dilrey que fue detenida y alojada en la cárcel pública. Era la viuda de un sargento de infantería que había muerto en la batalla de Bailén. La Junta solicitaba al intendente Tomás de Morla qué se debía de hacer. Días más tarde se recibió una orden para que fuese conducida  al hospicio de Cádiz. Mientras tanto, entre requerimientos, órdenes y austeridad, la Junta Local de la “invicta y noble” villa de Chiclana organizaba el alistamiento de los chiclaneros que engrosarían las filas del Ejército español.

Publicado en Chiclana Información, el 31 de octubre de 2008