Relatos de Campano (I)

EL AMIGO PROUST

 Se sabe por sus libros, sobre todo por Salones de París, y también por su biografía, que el escritor francés Marcel Proust frecuentaba los salones del hotel Majestic; el mismo donde el marqués tenía como residencia en París. Uno de aquellos días de 1908 en que el señor marqués se hallaba en París alojado en el hotel Majestic tuvo lugar esta historia que a hurtadillas escuchó muchos años después una sirvienta de la señora. También contó algo la sirvienta de Proust, mademoiselle Céleste Albaret, pero sin decir nombres.

 Abrió el periódico por la página de las noticias internacionales y descubrió en una de ellas, una litografía que reproducía un rostro que le era familiar. Por eso, desde el otro extremo de la mesa, le comentó a su mujer:

–¡Qué sorpresa, Paca! A este escritor lo conocemos; lo conocemos de París, del Majestic.

Y señaló con el índice la página en la que aparecía el rostro de un joven escritor, al tiempo que le pasaba el periódico a doña Francisca, que poniéndose las gafas, se acercó y dijo de manera rotunda y certera:

–¡Claro que sí! Es Marcel, el del Majestic.

–Pues acaban de concederle el Goncourt por su libro, A la sombra de las muchachas en flor. Un premio literario muy imporante en Francia –continuó el marqués– aunque de escaso valor económico.

Y le vino a la memoria los recuerdos de un pasado próximo cuando vivieron en París antes de la Gran Guerra. Ahora había acabado y después de aquella brutal pesadilla, los europeos veían un nuevo horizonte distinto, cambiante, en el que ya nada sería igual. Pero para los marqueses, que descansaban en Campano una larga temporada, París, el París que dejaron, era el París de siempre y solo pensaban en viajar de nuevo a la ciudad donde fueron tan felices. Estaban a la espera que en cualquier momento las fronteras se abriesen con normalidad.

Ellos amaban París por muchas cosas y deseaban volver cuantos antes. Porque París antes de la guerra, además de ser la ciudad más bella del mundo, era el centro del mismo mundo. Y la plaza de la ópera, el centro neurálgico, el encuentro de la alta sociedad europea. Esa misma sociedad a la que tan bien retrató ese joven que acababan de concederle el premio, Marcel Proust.

Unos años antes, en una de aquellas tardes grises, cuando la lluvia caía persistente y fina sobre la ciudad, bajaron las escaleras desde el primer piso del Majestic hasta el hall. La marquesa iba ataviada elegantemente con un traje fino de faldas superpuestas –hasta el tobillo–, ajustado corsé y un collar de perlas sobre el cuello. El marqués, no menos elegante, iba vestido de frac y sombrero de copa. Y de golpe se tropezaron con un joven de cabellos largos que entraba al hall con un paraguas mojado en la mano. Éste, al ver a la marquesa con la sombrilla, le sonrió y le dijo:

–Madame, le cambio la sombrilla por el paraguas. No la necesitará hoy.

La marquesa, sorprendida ante las palabaras de aquel desconocido, tuvo la tentación de llamarle descarado, pero una dama como ella no se dirigía a desconocidos. Optó por mirar a su marido, que reía a su lado tapándose la boca con una mano.

¿Era el Proust retratado por Blanche? No. Ese joven Proust tímido y recatado ya había muerto y el que estaba por venir, el Proust novelista, nadie lo esperaba. Era un joven snob más de aquella época.

Igual que muchos de sus conocidos, los marqueses desconocían el talento que ocultaba aquel hombre que en aquellos días estaba escribiendo, curiosamente, En busca del tiempo perdido. Proust era un snob que, como una gasa, absorbía cuanto le rodeaba de los más diversos personajes que pululaban por la vida social parisiense en aquel tiempo feliz de 1908.

Excusez-moi la broma, madame y monsieur, dijo. –Presentándose a continuación–.

–Marcel Proust, poeta.

–Queda usted excusado, monsieur Proust –respondió el marqués–. Somos los marqueses de Bertemati, de España.

–¡Ah, de España! como la duquesa de León. Enchanté.

Y así nació una amistad, corta, pero entrañable amistad que duró hasta poco antes de que se declarase la Gran Guerra. Después, no volvieron a verse nunca más.

El marqués de Bertemati y Campano (II)

Una nueva entrada del próximo libro: El marqués de Bertemati y Campano, el sueño de un liberal. En esta ocasión, la entrada número 69 (sin fotos).

LA EXPROPIACIÓN

Uno de los momentos más comprometedores y cruciales de Campano fue su posible expropiación. Te puede decir que la preocupación por la expropiación de la hacienda dejó a don José Baleyron muchas noches sin concilar el sueño. El gobierno de la República, dada la necesidad imperiosa de dar respuesta al campesinado ante la gran crisis agropecuaria, había previsto una importante reforma agraria. Las primeras disposiciones que se dictaron fueron sobre la revisión de rentas de fincas rústicas. Sin embargo, ello provocó numerosas protestas, pues éstas no aclaraban algunos aspectos o bien se omitían otros, por lo que en la Gaceta de 1 de noviembre de 1931 apareció, en un solo decreto, todo cuanto se refería a la revisión de rentas rústicas. Campano, con una importante superficie de cabida para arrendamientos[1] de entre dos y tres años, se vería afectada. Y me dirás: ¿en qué modo?

Don José Baleyron estudió con detenimiento el decreto y pronto encontró soluciones. Sin embargo, en el horizonte aparecía otra de las preocupaciones, tal vez la más acuciante, la que vino con la Ley de la Reforma agraria, que no vería la luz hasta septiembre[2] de 1932. Era una Orden de la Dirección General de Reforma Agraria[3] que establecía la declaración de toda finca afectada por dicha reforma. La orden aparecía en la Gaceta[4]. La finca de Campano, como las grandes fincas de Chiclana, tuvo que registrarse para determinar si se hallaba afectada por dicha ley. Así, casi un mes después[5], don José Baleyron, como apoderado y en nombre de don Manuel José de Bertemati y Pareja, marqués de Bertemati, presentaba ante el registrador de la propiedad de Chiclana, don Antonio García Trevijano[6] la Declaración de Fincas afectadas por la Ley de la Reforma Agraria[7].

Don José no se daba por vencido y se afanaba en demostrar los avances de la hacienda, como si en aquellos momentos estuviese a pleno rendimiento, con un marqués joven y activo, dueño de su extraordinaria iniciativa y experiencia en una tierra que comenzaba a dar sus frutos. Al margen de ello había redactado las “excepciones que afectaban a la finca” y por las cuales Campano no sería expropiado. Aludía en el primer punto a los terrenos dedicados a explotaciones forestales, verdadera riqueza en aquellos momentos. Continuaba con las dehesas de pastos y monte bajo y las de puro pasto, así como los baldíos, eriales y espartizales, pues no eran susceptibles de un cultivo permanente en un setenta y cinco por ciento de su extensión superficial. Y en tercer lugar justificaba que Campano como otras fincas, por su ejemplar explotación o transformación, podía ser considerada como modelo de perfección técnica y económica. En este tercer punto clasificaba a la hacienda[8] por cultivos, contabilizando cada hectárea, centiárea y área cada uno de ellos.

Y añadía que, si no se modificasen las excepciones, no serían expropiables las explotaciones forestales[9] de eucaliptos, el pinar[10] de tercera clase, ni monte bajo, también no susceptible de cultivo permanente en un elevado tanto por ciento de la extensión[11]. Y como de las restantes porciones se tenía derecho a conservar una parte equivalente[12], según marcase la Junta Provincial, de tierras dedicadas al cultivo herbáceo y teniendo en cuenta el coeficiente de Campano en cuanto a cultivos herbáceos, la hacienda perdería la viña, los cereales y frutales, y el olivar completo.

Pero realizado el estudio, se llegaba a la conclusión de que tal vez no fuese expropiada, según el apartado número trece que en la sexta base especificaba:

Quedarán exceptuadas de la adjudicación temporal y de la expropiación las siguientes fincas: B) Los terrenos dedicados a explotaciones forestales. C) Las dehesas de pastos y monte bajo y las de puro pasto, así como los baldíos, eriales y espartizales  no susceptibles de un cultivo permanente de su extensión superficial[13]. D) Las fincas que por su ejemplar explotación técnica o transformación puedan ser consideradas como tipo de buen cultivo técnico o económico.

 Y exponía don José:

 Es mi parecer que se debe solicitar que se incluya esta finca en el párrafo (D) de la base sexta; pero no tengo confianza alguna de que se consiga. Ahora sí creo que no ofrecerá duda la aplicación de las excepciones indicadas en los párrafos (B) y (C) de la misma base.

 La declaración la firmaba don José en Campano en septiembre de 1932. Ya se encontraba enfermo, pues a partir de 1931 su enfermedad[14] se fue agravando teniendo que guardar cama cada cierto tiempo. Todo el estudio fue minuciosamente supervisado a la espera de noticias la Junta Provincial; noticias que, como comprenderás, nunca llegaron a Campano ni a ninguna otra finca de la lista de expropiables en Chiclana.

Llegaron otros gobiernos republicanos y llegó la guerra, y los braceros y jornaleros pasaron de la posibilidad real de una distribución de tierras –legalizadas por la República– al “mito del reparto” que tantos años pervivió en la mente popular campesina –auspiciada por el Partido Comunista– hasta mediados de los años setenta con la recién estrenada democracia en el reinado de Juan Carlos I.



[1] 2.981 y media aranzadas. [2] El día 15 de septiembre de 1932. [3] Del día 30 de diciembre de 1932. [4] Gaceta del día 1 de enero de 1933. [5] El día 30 de enero de 1933 a las doce y cuarenta y cinco. [6] Antonio García Trevijano fue alcalde de Chiclana entre el 10 de abril de 1938 al 24 de noviembre de 1939. [7] Declaración de Fincas afectadas por la Ley de Reforma Agraria presentada el 30 de enero de 1930. (Anexo nº 17) [8] Superficie total: 1.349 hectáreas, 52 áreas y 51 centiáreas. [9] 80 hectáreas y 11 áreas. [10] 101 hectáreas, 59 áreas y 34 centiáreas. [11] Ello correspondía el 75% de la extensión: 725 hectáreas y 48 centiáreas. Todo ello sumaba un total de 925 hectáreas, 7 áreas y 88 centiáreas. [12] Entre 300 y 600 hectáreas. [13] En un 75%. [14] Desconocemos dicha enfermedad, pues solo hemos podido encontrar una pequeña  referencia en el periódico de Chiclana La Semana: “Se ha visto obligado a guardar cama desde hace varios días bastante molesto del mal que le aqueja, el digno administrador de Campano don José María Baleyron”.

Manuel José de Bertemati y Campano (I)

A punto de terminar mi último y nuevo libro, Manuel José de Bertemati y Campano, el sueño de un liberal, mi último viaje entorno a la historia de Campano, publico las tres primeras entradas. El libro consta de dos partes. La primera es un relato en el que el autor narra a un amigo –real– que vivió en Campano, cómo era la hacienda, desde su fundación hasta la llegada de los salesianos. En la segunda parte se transcriben un importante número de documentos hallados, algunos rescatados de las llamas en el último momento, que han servido para construir el relato. Las fotografías están intercaladas en las páginas que corresponde al relato.

 HOY…

Tú y yo, aquí, contemplando este paisaje; bueno, parte de él, claro está, transformado por la voluntad de un hombre hace más de cien años. ¿Te has preguntado alguna vez, qué seríamos los dos sin esa lejana intervención humana? No creo que sea consecuencia del efecto mariposa, pero sí de un cúmulo de elementos y situaciones que han hecho que tú y yo formemos parte de este territorio geográfico y sentimental. Porque para nosotros es mucho más que un lugar, que un bonito paisaje. Es un tiempo de Historia, y de nuestra intrahistoria.

Mira allá a lo lejos con evocación, y verás otro tiempo y a otras personas, a los tuyos, a ti mismo. Es como un viaje en el tiempo. Yo así me veo y los veo. ¡Ahí están nuestros mayores! No son imágenes fabuladas, son imágenes de nuestra memoria que se superponen unas encimas de otras, en distintos planos, en distintos niveles.

Hoy, amigo, quiero recordarte las figuras de los marqueses de Bertemati y relatarte algunas de las historias que me contaron de nuestro de Campano. También otras que he descubierto, auténticas serendipias[1], en documentos y papeles antiguos de la que fue, la Colonia Vitícola de Campano; aquella que esparcía su emperadora cola sobre el océano, en el finisterre de unas tierras, desde el pie de la histórica torre de El Puerco hasta donde manaba una fuente clara y escondida en el rocadal milenario.

 ERA CAMPANO…

En 1883, desde su principio hasta su fin, en el legendario mar de Alcides[2], un paraje idílico, como una tierra mítica soñada. Porque fue un sueño, como una Atlántida imaginada o un Tartessos desaparecido y enigmático. Era allí donde el dios Pan velaba por pastores y cabras antes de que un hombre comenzase a proyectar, sobre ella, sus sueños; sueños sobre unas rudas arenas y una selvática vegetación, solo interrumpida, por pequeñas hijuelas y veredas. Allí donde la matemática mano del agrimensor trazó líneas sobre esta tierra virginal para convertir, en Campos Elíseos, lo que fue improductivo durante siglos; donde Vesta virginal habría de repartir fecundidad. Allí, en una tierra donde crecería el trigo, la avena y la cebada; donde la alondra cantaba al viento y las gaviotas anidaban en los huecos de las torrenteras; donde convivían la retama, la salvia, la carrasca, el mirto y el lentisco entre un océano azul y un mar de pinos verdes con sus islas de alcornoques.

 FUE EN UN FLORIDO MES DE MAYO…

De 1884, que el calendario sorprendió en martes, cuando el arado Oliver[3]clavó su incisiva reja –con la fuerza del vapor– sobre la piel áspera y seca de la tierra para abrir el primer surco. Entonces y solo entonces, el sol, el dulce sol de mayo, penetró hasta el fondo dejando ver la riqueza acumulada durante siglos. Ante aquel milagro del progreso y, de la naturaleza, los invitados al gran espectáculo lanzaron un ¡Ohhhhhh! prolongado que como una letanía fue de boca en boca; de unos a otros y, todos comprendieron, que aquel surco era el principio de la modernidad en aquel pago agrario. La prensa jerezana, el importante periódico El Guadalete, recogió para la historia el momento de la inauguración:

Es grande y levantado el propósito que al Sr. Bertemati ha guiado en su proyecto. La rica comarca andaluza, tan bendecida por el cielo como mal tratada por los hombres, carece mucho de población rural, y por tanto, el perfeccionamiento de los sistemas agrícolas, es de marcha lenta y fatigada en ella (…) Salvando todos los escollos el Sr. Bertemati en empresa tan ardua como la que acomete con noble y generoso ánimo, y dando pruebas de singular patriotismo, funda una colonia, que debe considerarse como un paso más en la senda de la prosperidad nacional[3].

 La idea de la colonia, no era nueva y se basaba en otras[4] repartidas por el territorio nacional amparadas por la ley de colonización agraria de 1868. Fueron también otros marqueses, condes y algún político, los poseedores de estas colonias agrícolas nacidas para el progreso y que hoy forman parte de la Historia y del patrimonio industrial y cultural de nuestro país.


[1] Serendipia: Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o causal (RAE). [2] Me refiero a Hércules o Heracles llamado en su juventud Alceo o Alcides en honor de su abuelo llamado Alceo. [3] El Guadalete, periódico político y literario. Jerez de la Frontera, 29 de mayo de 1884. [4] Además de Campano-Chiclana, propiedad del marqués de Bertemati) fueron modelos de colonias: El Plantío de Remisa-Aravaca, del marqués de Remisa; Santa Eulalia-Sax, del conde de Alcudia; San Pedro de Alcántara-Marbella del marqués del Duero; Dehesa Campoamor-Orihuela del poeta y político Ramón de Campoamor. (Juárez Sánchez Rubio, C. y Canales Martínez, G.: Colonización agraria y modelos de hábitat (siglos XVIII-XX).

Campano, el sueño de un liberal

En 1884, Manuel José de Bertemati, futuro marqués de Bertemati, emprende  una histórica revolución, un viaje hacia el progreso en el campo gaditano con la fundación de la Colonia Vitícola de Campano en el término municipal de Chiclana de la Frontera. Se abrían nuevos horizontes para los jornaleros y campesinos de la comarca que habían sufrido en años anteriores la penuria, la escasez y el hambre en un campo andaluz anacrónico y, atrasado técnica y socialmente. Su sueño viajero durará menos de cuatro décadas, pero siempre su espíritu de innovación industrial y social prevalecerá al económico. No obstante, sus grandes miras de futuro y su deseo de crear una Escuela Práctica de Agricultura hará que tras su muerte y, en una situación tan grave como fue la guerra civil española, su viuda Francisca Misa Busheroy, done la colonia a la Congregación Salesiana para la fundación de una escuela agrícola. Así, de la mano de los salesianos, el sueño de los marqueses toma vida con la construcción y puesta en funcionamiento de la Escuela Agrícola Salesiana de Campano. En los siguientes años, el colegio se convertirá en un referente educativo en todo el país por la calidad de sus enseñanzas. Las palabras premonitorias del marqués se hacían realidad: “…una Escuela Práctica de Agricultura, de la que saldrán hombres virtuosos e industriosos, fieles a Dios y útiles a sus semejantes”. Así, Campano se transformó en un cauce lleno de vida y de futuro.

Chiclana, 9 de febrero de 2006