Chiclana durante la ocupación francesa en la Guerra de la Independencia (I)

Chiclana durante la ocucpación francesa-1sc0004a941CONFERENCIA PRONUNCIADA EL 5 DE MARZO DE 2016 EN EL PATIO DE LA BIBLIOTECA MUNICIPAL DE CHICLANA CON MOTIVO DEL 205 ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE CHICLANA

Antes de comenzar me gustaría agradecer vuestra presencia, queridos amigos, esta tarde aquí, después del acto institucional de la ofrenda floral a los caídos en la batalla. Así mismo, agradecer a nuestro Ateneo de Chiclana por invitarme a impartirla; a Juan Gómez, como representante del Ateneo, aquí en la mesa, y a Miguel González, mi presentador, que evidentemente se ha excedido con sus elogiosas palabras en la presentación; se nota que es mi amigo, por tanto no se lo tengo en cuenta.

En 1895 Herbert George Wells puso en boca del protagonista de su famosa novela, La máquina del tiempo, la siguiente frase: “Temo no poder transmitir las peculiares sensanciones del viaje a través del tiempo…” Temió el viajero y yo temo lo mismo que él, porque hoy vamos a viajar a través de un tiempo relativamente cercano, pues doscientos años en la Historia no son nada. Hoy día 5 de marzo de 2016 recordamos la Batalla de Chiclana o Batalla de la Barrosa como prefieren llamarla los británicos. Y lo vamos hacer centrándonos en el período de la ocupación francesa en nuestra ciudad: desde el 7 de febrero de 1810 hasta el día 25 de agosto de 1812. Pero antes viajemos, para conocer los antecedentes, al año de 1808, durante la etapa final del reinado de Carlos IV. Es el 17 de marzo, vísperas del día de san José. En Aranjuez, población cercana a Madrid, se ha producido un motín popular en contra del favorito del rey y primer ministro, Manuel Godoy. Sin embargo, el motín no es un motín popular, tiene unos cabecillas, visibles, que pretenden poner en el trono al Príncipe de Asturias, y lo consiguen el 19 de marzo. Fernando inicia su primer y corto reinado regresando a Madrid como rey, pero Murat y los franceses habían llegado a la capital el día anterior. Desde París llega el general Savary que tiene orden de llevar a Fernando ante Napoleón. El 20 de abril, el rey cruza la frontera del Bidasoa y se entrevista con el emperador en Bayona. El 30 de abril llegaban los viejos monarcas. Ante Napoleón padre e hijo discuten sus desavenencias y finalmente Fernando abdica ante su padre y éste entrega la corona a Napoleón que la pone en la cabeza de su hermano mayor, José y no en la de su cuñado Murat, como él esperaba. Con los ancianos reyes –además de su favorito– y Fernando en Bayona, la idea del emperador es traer al resto de la familia Real a Francia. Sin embargo, la salida del Palacio Real, la mañana del 2 de mayo de 1808, del infante Francisco de Paula provocó el levantamiento de una parte del pueblo de Madrid. Ante ello Murat, decididamente, envió un destacamento de la Guardia imperial y varias piezas de artillería. La desproporcionada fuerza provocó que el levantamiento se extendiese a toda la villa y de estos sucesos surgió la llama de la insurrección en toda España. En cada pueblo, en cada ciudad, se crea una Junta local. En septiembre, se constituye a nivel nacional, la Junta Suprema Central que estará activa hasta enero de 1810.

El 19 de mayo se convoca en Bayona a un número importante de hombres de los diversos estamentos que componían la sociedad del Antiguo Régimen, para formar asamblea constituyente de una carta otorgada, en forma de estatuto, que finalmente se aprobaría el 6 de julio de 1808 con el nombre de Constitución, denominada así por los franceses y afrancesados. Sería la forma legal por la que hermano del emperador, José Napoleón Bonaparte reinará como José I y que llevará por sobrenombres: El Intruso, el Usurpador, Pepe Botella, Pepe Plazuela, etc.

El 19 de julio en Bailén, el Ejército imperial conocerá su primera gran derrota en Europa. El general Castaños, captura tres águilas imperiales y vence a Dupont que rinde su Ejército ante el español. Además, 17.600 soldados franceses son hechos prisioneros. Pero poco duró la alegría de la victoria de Bailén porque vendrían las derrotas de Somosierra el 30 de noviembre de 1808 con 250 bajas y 3.000 prisioneros y Ocaña, el 19 de noviembre de 1809, donde se sufrió otra derrota con más de 4.000 bajas y cerca de 20.000 soldados prisioneros.

Todas estas derrotadas han mermado el poder contraofensivo del Ejército español que ve como la Gran Armée se supera en los campos de batalla. Ante este dominio francés, el mariscal Soult pone en marcha, en enero de 1810, una gran ofensiva contra Andalucía. El Ejército imperial no va a encontrar grandes obstáculos, y en su vertiginosa carrera llega hasta Córdoba, que es saqueada, y después a Sevilla, pero Victor se detiene en la ciudad hispalense tres días para recoger su artillería. Tres días cruciales que van a permitir al duque de Alburquerque llegar a la villa de la Isla de León con sus tropas, cortar el acceso al puente Suazo y fortificar la entrada a ella, lo que a la postre resultaría vital para los intereses de España. Cuando Victor llega hasta las inmediaciones, le es imposible pasar u opta por levantar un cerco. Así, Chiclana volvía a ser un pueblo que haría honor de su nombre completo: de la Frontera.

En un lugar en el Sur, la denominada “noble e invicta villa de Chiclana” que en aquel año de 1810 vivía en paz y dispuesta a olvidar la difícil coyuntura por la que acababa de pasar: la terrible epidemia de peste amarilla que había acabado con un tercio de su población, y que como escribió nuestro poeta Antonio García Gutiérrez: “Gracias que estaban en paz, / y que era todo alegría”. Estando así, en ese estado, pronto llegarían los “perturbadores de aquella armonía”. No eran esta vez ingleses, sino franceses. Al conocerse la noticia de la llegada de Soult a Sevilla y de la huida de la Junta Suprema a Cádiz, en enero se avisa al Cabildo mediante una carta-orden del marqués de las Hormaza para que tomen las medidas necesarias y envíen a la Isla de León el mayor número posible de hombres que puedan luchar. Se exime de ello a las mujeres, niños y ancianos. El 31 de enero se presenta ante el Cabildo un escrito de los franceses no avecindados en la villa suplicando no se le expulse de ella a pesar de la orden del gobernador militar de Cádiz:

 Será posible, Señores, que Chiclana, este pueblo para nosotros, hasta ahora, tan benigno y hopitalario, pueda en un instante de innato carácter, y nos repela de sus seno en un tiempo en que mas necesitamos de su amparo y protección?”

También se recibe una nueva carta-orden del marqués de las Hormazas, en otro tono bien distinto, pues la situación se ha complicado bastante y es inminente la llegada del Ejército imperial. En esta nueva carta-orden se solicita:

“Se remitan (…) á la Real Isla de León, todos los víveres, armas y demás efectos de que se pueden aprovecharse los enemigos; que se prevengan a los Salineros y á todos los Mozos y gente capaz de tomar las Armas, que se trasladen á aquella Isla; y que cuando acometa á este Pueblo el Enemigo, se le reciba con prudencia”.

Inevitablemente, la tarde del 7 de febrero de 1810, una patrulla de soldados imperiales entran, sin oposición alguna, en Chiclana. Y hallan a una villa sin apenas hombres en edad para luchar. Son recibidos con indiferencia sin grandes muestras de júbilo o alegrías. Un bando del Cabildo advertía a la población:

“A todos los habitantes de la Villa tengan las puertas de sus casas francas para admitir como deberán gustosamente en ella el alojamiento de las Tropas Francesas, como amigas y aliadas, sin causar la menor vexación facilitándoles los auxilios que sean correspondientes, evitando toda controversia que puedan pervertir el orden y la tranquilidad…”

La primera acta capitular que encontramos en el Archivo Histórico Municipal de Chiclana, después de la entrada de los franceses, es del día 8 de febrero. Ratificados los miembros del Cabildo, la primera orden de los ocupantes fue la petición de carne para avituallar al Ejército. Así, de esta manera, comenzaban las requisiones de bienes a los chiclaneros.

El 19 de febrero llega José Napoleón Ia Chiclana. El Cabildo, el clero y los vecinos pudientes le reciben a la entrada de la villa, en la alameda de Solano. Esa noche, en la casa de Josef Sibelo, recibe a las autoridades, que le rinden pleitesía, y al día siguiente parte de nuevo hacia El Puerto de Santa María.

Una de las primeras órdenes de los ocupantes es apremiante y estricta y es costumbre, hecha norma, en las guerras napoleónicas para evitar epidemias:

“Que cada vecino ó habitante de esta villa asee el frente de su casa, juntando la bazura en medio de la Calle, para que sea quitada por bestias, baxo la pena de un ducado por la primera vez, doble por la segunda y triple por la tercera … o quatro dias de carcel”.

Chiclana, con una población de 7.000 habitantes se ve de la noche a la mañana con la necesidad de alojar y atender a un ejército, en un principio, con cuatro regimientos de infantería de línea –el nº 27, el nº 63, el nº 94 y el 95– del Primer Cuerpo del Ejército del Medio en España, con un total de 6.391 soldados, comandados por el general Villatte. La villa se dividió, administrativamente, en cinco cuarteles. El alojamiento, por tanto, se hizo en las casas particulares de los chiclaneros, así como la alimentación y la manutención, tanto de hombres como a los animales. Fue un problema desde el primer día y no solo lo fue para los franceses sino también para los ocupados. El impacto económico-social fue tremendo.

Los primeros repartos de reses para carne, y forraje para los animales, determinados en carretas, y los préstamos forzosos de los vecinos pudientes provocan descontento entre los ciudadanos. Estos protestaron ante el Cabildo aduciendo que según ley impuesta por los ocupantes las primeras requisiciones les correspondía a los bienes de los vecinos o propietarios llamados “emigrados a la Isla o Cádiz”, aquellos que habían huido o refugiados en ambas ciudades. Ellos iban a ser los primeros en sufrir el secuestro de sus bienes y así continuarían durante toda la ocupación, a pesar de que los apoderados o representantes siempre exponían sus quejas ante la Municipalidad. Por ello, aunque se llevaron a cabo algunas de ellas, no fueron todas las que verdaderamente, les correspondían. Hemos de decir que de entre los miembros del Cabildo se halla, entre otros, el apoderado en la villa del conde del Pinar, Ramón González y por tanto velada, de una u otra forma, por el patrimonio del conde. No obstante, una de las primeras requisiciones fue una subasta para vender sus pinos y olivos.

Ante estos primeros repartimientos los vecinos pudientes, como hemos señalado, se quejaron ante la Municipalidad. Sin embargo, no tuvieron otra opción que entregar lo solicitado por las autoridades militares francesas. Y como en aquellas primeras semanas la dificultad de entendimiento verbal, pues de la otra se supone que hubo poca, se nombró a un nacional, Juan Francisco Peny, como traductor, y a algunos de los franceses no avecindados en la villa, a aquellos que se les permitió vivir en sus casas sin salir a la calle en los días previos a la ocupación. Ellos se ofrecieron a mediar y a servir de intérpretes ante los ocupantes.

Entretanto, los imperiales comienzan sus primeros desmanes contra la población. Tantos y tantos que no respetaban, ni a las autoridades civiles chiclaneras (que habían jurado el Estatuto de Bayona y eran considerados juramentados y otros, afrancesados). Ante ello el Cabildo dictaminó:

“Todos los que la componen usasen un distintivo que se resolvió fuese una banda encarnada al pecho del hombro derecho al lado izquierdo con el letrero bordado de seda negra que diga Municipal”.

La escasez de alimentos y sobre todo la del pan provocó un incremento de su precio. Esta cuestión será una constante a lo largo del período de ocupación. Al mismo tiempo, los franceses comienzan el registro exhaustivo de todas las bodegas de la población. Nada quedaba que no fuese codiciado por el invasor.

Los embargos también afectaron a la iglesia, en concreto a los bienes de la iglesia de San Telmo. Los padres agustinos fueron exclaustrados y sus bienes requisados. Mientras, en el campo de Chiclana, la mayoría de las cosechas se habían perdido. Unas por el abandono de los campos, pues los hombres se hallaban en la Isla y otras como consecuencia del pillaje de los imperiales que incluso se comerían hasta las uvas y por consiguiente, en ese año no habría vendimia. El propio Victor animó a la población a la recogida de la poca cosecha porque sabía que el próximo invierno sin ella sería nefasto para su ejército. Tras varias representaciones –escritos de la Municipalidad­– Victor toma la decisión de que cese la tala en el Pinar de Hierro.

Alimentar a un ejército de cerca de siete mil hombres no era asunto baladí. Para ello era necesario una gran cantidad de alimentos. El pan y la carne de vacuno eran imprescindibles. En junio se vuelve a repartir, entre los vecinos pudientes, la entrega al ejército francés de un buen número de reses. Durante el verano, la Municipalidad, por orden expresa de la Prefectura de Jerez, mandó formar la Milicia Cívica que tendrá como capitán a un hijo del regidor, José María Gómez, y que como veremos más adelante, nunca acabará por formarse como cuerpo de seguridad local.

A Cádiz y la Isla han llegado las noticias de los embargos a los emigrados. Muchos de ellos justifican su ausencia de la villa, y otros como el conde del Parque, Antonio Pisano, la marquesa de Montecorto o la casa de Rabasquiero que sin ser todos ellos vecinos, se le consideraban emigrados…

Los meses transcurrían mientras que la villa se debatía entre la humillación y la pronta miseria a la que se vería abocada. En este período, julio de 1810, el general Cassange emite una orden de registro y requisición de bienes del convento de las Madres Agustinas Recoletas en busca del oro, la plata, obras de artes y muebles, de los posibles vecinos pudientes que la hubiesen escondido en él. Abiertas las puertas y viendo el ayudante del comandante de la plaza la total disposición por parte de la madre priora y las demás monjas, tras una rápida observación se decidió suspender el registro. ¿Existían en realidad los objetos codiciados en el convento? Tal vez, o tal vez no, pero a pesar de ello no pudieron dar con el botín esperado.

Un número indeterminado de hombres que habían quedado en la villa se “echan al monte” y forman las primeras partidas de guerrilleros “brigans” –bandidos– como le llaman los franceses. Tal es el acoso a las patrullas imperiales que una orden desde la Prefectura de Jerez manda que la Municipalidad contribuya a su destrucción con la ayuda de la fuerza militar francesa.

El día 15 de agosto, se celebraba el cuadragésimo primer cumpleaños del emperador. Los munícipes, a pesar de estar expresamente invitados, presentaron sus excusas y no acudieron a la solemne misa ni al banquete. Unos días antes llegó a la Municipalidad, una orden del duque de Belluno a través de la prefectura jerezana que, como algo especial, le participaba que se entregaría una dote de ocho mil reales a una doncella casadera la villa de reconocida virtud y buena familia y del mozo que se le destine como esposo. Y así fue como cayó, tan importante regalo, en la mocita Beatriz Saucedo Tocino que casaría con Tomas Hariza García. Aún hoy, en nuestra ciudad, sigue muy presente su estirpe.

A la escasez de alimentos se unían nuevos arbitrios municipales que gravaron los aguardientes y licores. No solo la hambruna era ya visible, sino que la carestía de vida era insoportable y, más aún lo sería. A esto respondieron los vecinos con varios memoriales. En ellos solicitaban la disminución de los impuestos o exoneración a los vecinos más empobrecidos. También la precariedad de las arcas municipales y la exigencia de las autoridades franceses llevó a la Municipalidad a la determinación de subastar la dehesa de la Nava para su arrendameinto o su venta a principios de verano.

Se acercaba la época de las calores y en una población superpoblada como lo era la villa de Chiclana, estos podían provocar fácilmente una epidemia; epidemia que tendría consecuencias fatales para chiclaneros y galos, al tiempo que podía peligrar el asedio a las islas gaditanas. Por ello, las autoridades militares insistieron en la limpieza diaria de las casas. Así, en el acta capitular del 8 de agosto, el comisario de policía, Pedro Tanto, presentaba un memorial relativo a las ordenes recibidas de los jefe militares sobre el aseo y limpieza de las casas y calles. Todavía en octubre se temía por una epidemia de peste amarilla y por ello se dictaron nuevas normas.

La guerrilla, mientras tanto, continuaba hostigando a las patrullas francesas hasta tal punto que desde Jerez se envió una carta-orden para que en un bando la Municipalidad diese a conocer a la población las medidas de indulto de todos aquellos que regresaran a sus casas dispuestos a vivir en paz.

Desde hacía unos meses, el corregidor se hallaba enfermo y no asistía a las sesiones de cabildo. Por ello, en agosto, tomaba posesión, de manera interina, como corregidor y presidente de la Municipalidad, un conocido afrancesado: Juan Bautista Hernández. A tan solo dos leguas de distancias, en la Isla de León, el 24 de septiembre tenía lugar la solemne apertura de las Cortes extraordinarias y la jura de los 102 diputado presentes.

Llegado el otoño, en octubre, un memorial de varios vecinos campesinos manifestaban la dificultad de la próxima sementara pues no les quedaban simientes y la tropa les habían matado hasta los bueyes de labor y por tanto solicitaba el amparo de la Muncipalidad para evitar tales desórdenes en el campo.

En otro orden cosas, hay que decir que la normalidad militar se vio alterada cuando el 26 de octubre muere, ante la batería Villatte, el general de artillería Senarmont y dos oficiales artilleros que le acompañaban. Sus exequias y entierro fueron y han sido, sin lugar a dudas, el más significativo e importante que ha tenido lugar hasta el día de la fecha en Chiclana. Fue enterrado en la ermita de Santa Ana, cuartel de artillería entonces.

En la tarde del 5 de noviembre el mariscal Soult, duque de Dalmacia, llegaba a Chiclana. Al día siguiente una representación municipal acudía a presentar sus respetos ante tan importante persona. Antes de partir dejó una orden impresa en la que mandaba arrrasar tapias, muros y vallas, casa y cortijos donde pudiesen refugirse los brigans.

Las quejas de los vecinos por las altas contribuciones llegaban a Cabildo el 19 de noviembre, así como el aumento del precio del pan. Y en diciembre volvía la Municipalidad a exponer al comandante:

“La pobreza e infeliz situacion a que ha quedado reducida por la existencia del Quartel general del Exército, en ella, tan dilatado tiempo y penurias que ha ocasionado a su no feliz vecindario, debía tener consideracion”.

Así iba finalizando aquel año de 1810, y como escribiría años después nuestro poeta: “…Y así fue, que sobre ella / cayó enemiga mano desoladora…”

El 5 de marzo de 1812, un año después de la batalla

A comienzos de marzo de 1812 la situación en la Chiclana ocupada era insostenible. La miseria, el hambre y la desolación se habían apoderado de la población, mientras que el ejército imperial, transcurrido un año de la batalla, aún se sentía inseguro y amenazado en sus posiciones  ante la posibilidad de un nuevo ataque angloespañol, pues la Batalla de Chiclana supuso, al margen de las 2.300 bajas francesas, un grave inconveniente para los soldados imperiales acantonados en la villa chiclanera: poner la línea en estado de máxima alerta.

A mediados de febrero llegaba a Chiclana el mariscal Victor y sus edecanes para realizar, una visita de inspección a la localidad y comprobar  in situ el lento ritmo de trabajo del cerramiento de la villa y de la construcción de los nuevos cuarteles. Fue hospedado  en una de las mejores casas y agasajado por la Municipalidad con los máximos honores que se le podía dispensar. Días después, se recibía un decreto del propio mariscal, que pasaba el comandante de la plaza, con  “las reglas para la formación y organización de las Milicia Cívica”. La Municipalidad respondía a tal orden con un oficio en el que exponía la grave situación del “pueblo en las actuales circunstancias de miseria e imposibilidad en que se halla con la formación de la referida milicia…” y le recordaba una anterior orden en la que se excluían de dicho servicio a los pueblos de Puerto Real y la propia Chiclana.

En las sesiones de los cabildos de los días 6 y 7 de marzo, los asuntos a tratar fueron órdenes del comandante de la plaza. Una de ellas era relativa a la reparación de un horno de brea “que en las Casa de las Monjas sita en los carriles (actual calle Bailén) que había inutilizado Dn. Nicolás Tocino”. Se desconoce el motivo o los motivos que llevaron a este vecino pudiente a destrozar el horno de las monjitas, pero algo tuvo que acontecer de extraño cuando  fue llevado a cabildo y, una vez deliberado el asunto, fue multado con 50 ducados, además de ser obligado a reparar el horno. Otro de los asuntos importantes fue la decisión de realizar una representación (documento escrito) dirigido al general comandante de las Divisiones del Centro en la que se exponía la imposibilidad suministrar al ejército de 10 bueyes, 30 carneros y 15 cerdos para salar.

Estas contribuciones se hacían cada día más difíciles, pues la esquilma durante los meses anteriores fue exagerada y los vecinos pudientes, los que podían contribuir, estaban al borde de la ruina y la miseria. Por ello, la Municipalidad no cesaba de enviar representaciones, tanto al mariscal Victor como al todopoderoso mariscal Soult. Solo por mediación del general Villatte, la villa chiclanera se libró de ciertas contribuciones. Pero a pesar de ello, la firmeza del invasor era monolítica. Así, la difícil coyuntura por la que transcurría la población, no permitía a sus habitantes un solo resquicio, ni para la alegría, ni para el lamento.

Orden del general Villatte para la fortificación de la villa

Ante la seria amenaza de una nueva ofensiva aliada, los generales franceses aumentaron las medidas de seguridad poniendo en alerta a toda la línea de bloqueo. También llegó nuevo material bélico, sobretodo granadas y obuses, que utilizaron contra Cádiz. No obstante, de nada sirvieron aquellos nuevos artefactos. En Chiclana, se reforzó la línea, se aseguraron los fuertes y reductos, y se redobló la guardia en la puerta imperial, única entrada y salida permitida a partir de aquellos momentos. Del mismo modo, se establecieron normas más severas para el control de los habitantes de la villa, así como la meticulosidad en los pasaportes de los ciudadanos que entraban y salían de ella. Sin embargo, el general Villatte, consideró todas aquellas medidas insuficientes, por lo que ordenó cerrar y fortificar Chiclana, que se hallaba sin amurallar desde su fundación como villa. En su orden incluía además, la construcción de nuevos cuarteles para la tropa. Pero, a pesar de dicha orden, tal proyecto no fue de fácil de acometer, porque el pueblo de Chiclana lo impidió con su intervención pasiva.

A finales de abril del año anterior, 1811, en la sesión de cabildo del día 25, el corregidor leyó un oficio dirigido a la Municipalidad con una tajante orden que el general Villatte había dictado. Ésta terminaba de manera amenazadora diciendo que se comenzaran con urgencia: “de lo contrario serían muy funestas las consequencias”. Ante tan taxativa orden, los miembros capitulares asistentes, convencidos de que no había otra solución que obedecerla y, careciendo de fondos municipales, entendieron, después de un largo debate, que la única forma de llevar a cabo las obras que el general había “proyectado” era poner en pública subasta la dehesa de La Nava, perteneciente a los Propios de la villa y solicitar a los vecinos pudientes un préstamo forzoso.

Todo parecía que posible y realizable. No obstante, las trabas comenzaron desde el principio, a pesar de que se nombró diputado a un munícipe afrancesado, Lucas Seré, para que diese cuenta a la Municipalidad del desarrollo de ellas. Un mes más tarde, no se había recaudado todo el dinero del préstamo forzoso solicitado, pues estaba por recolectar la cosecha y no tenían caudal para el empréstito; por otro lado, el expediente de la enajenación de la dehesa de La Nava fue devuelto por el prefecto por forma indebida, por lo cual hubo de presentarse uno nuevo, un mes más tarde. En julio, la guerrilla asestó uno de los grandes golpes de efecto de toda la ocupación: el robo de 83 bueyes del “Ingenio, Parque y trabajos del Exército y a otros particulares que le auxiliaban”.

En octubre quedaba suspendida la subasta pública de La Nava por no haberse celebrado el cabildo abierto decretado por el prefecto de la provincia. Ese mismo mes, la Municipalidad solicitaba al prefecto, mediante representación, que le suplicase al mariscal Victor, duque de Bellune, que se suspendiesen las obras por falta de liquidez municipal, a lo que contestó el prefecto que se abstuviesen de ello, pues era indispensable y necesaria. Un mes más tarde, en noviembre, el propio general Villatte pedía un nuevo esfuerzo económico a los vecinos pudientes de la villa para que aportasen 15 carretas y 32 bueyes para las obras del cerramiento del pueblo y la construcción de cuarteles. A comienzos de 1812, en enero, el comandante de la plaza prevenía de las irregularidades que se cometían con las carretas y bueyes destinadas a las obras. También en ese mismo mes llegaban nuevas tropas a Chiclana y se tenía necesidad de atenderlas y alojarlas.  Asimismo, el presidente de la Junta de obras exponía a la Municipalidad, a través de un oficio del capitán encargado de las obras, de la falta de interés en el cobro de los arbitrios y del desorden y faltas en el suministro de las carretas. Los munícipes le respondieron que ello se debía a los continuos robos de los “insurgentes”. Se nombró a un nuevo corregidor, Antonio Lozano, que protestó mediante recurso, pero no fue aceptada su protesta por las autoridades francesas. Al mismo tiempo, varios vecinos presentaron memoriales ante el Cabildo para que se les exonerasen de una nueva aportación extraordinaria para el servicio de las carretas. En febrero se apremiaba al capataz de las carretas por la falta de cinco de ellas. Al mes siguiente, una orden dictaba que era necesaria la sustitución de los vecinos que habían trabajado durante siete meses en las obras porque “era justo descansar” y obligaba a que se eligiese una nueva Junta para que nombrase nuevos vecinos en cabildo abierto para sustituir a los anteriores.

Un año más tarde de dar comienzo las obras, en abril de 1812, se volvía a sustituir al corregidor. Esta vez el elegido fue el afrancesado, Juan Bautista Hernández. En el decreto de nombramiento del mariscal Soult, duque de Dalmacia, se incluía la disposición de: “indemnizar (al nuevo corregidor) los 46 bueyes que le fueron robados el día 9 (…) por los Brigans (guerrilleros) en los alrededores de la Villa…” Aun así, los chiclaneros continuaban saboteando las obras. En el cabildo del 11 de junio, el corregidor manifestó: “Instado por los Señores General y Comandante de la Plaza para hacer reparar qualquier ruina que se note en las paredes y murallas que sirven de cierro al Pueblo y particularmente para que tapen los agujeros, que en adelante se adecenten en el Barrio Nuevo y Sn. Sebastián…” pues tenían “presunciones casi ciertas que estos son abiertos por los vecinos…” Por ello, las autoridades militares obligaron a la Municipalidad,  que fuesen los vecinos quienes los reparasen a su cargo. Asimismo se leyó un oficio del capitán Barrabino, encargado de las obras, en el que instaba a la Municipalidad “a la conclusión de las obras y de las forma en que las proyectó el Mayor de Ingeniero, Sr. Legantil”. Los munícipes, una vez más justificaron la miserable situación en que se hallaba la villa y sus habitantes: “que quiza si a los trabajadores se les socorriese con raciones de pan y carne podría la Municipalidad ayudarles a la verificación…”

A principios de agosto, la falta de carretas en la conducción de materiales para las obras hizo que el corregidor propusiese que, seis de ellas encargadas de los suministros del ejército imperial, fuesen destinadas a las obras. Sin embargo, los vecinos no cumplieron la orden. Al cabildo siguiente, los munícipes determinaron que se multasen con 50 ducados cada uno de ellos y el dinero recaudado, aplicado a los gastos del amurallado. No fue necesaria dicha medida, pues una representación de los vecinos acudió a la siguiente sesión y se comprometieron a repartir la carga entre todos. El día 11 el, presidente y el diputado de la Junta de obras (munícipes ambos) presentaban ante la Municipalidad los documentos justificativos del manejo de las cuentas y sus cargos, al tiempo que pedían se les admitiese su dimisión y exoneración. También el corregidor presentaba varios documentos en los que se acreditaban las obras “hechas en la muralla del Pueblo”.  Se acordó  asimismo “se satisfaga al respecto lo que se debe a los operarios y se reserven los documentos de justificación…” Los días en Chiclana, del Primer Cuerpo del Ejército del Mediodía, estaban contados. Todas las justificaciones serían pocas para presentarse ante las nuevas autoridades, pues todos tendrían que rendir cuentas de la ocupación.

El 25 de agosto de 1812, los franceses se marchaban de Chiclana sin haber podido finalizar el cierre total de la villa. Un gran esfuerzo de los chiclaneros, que no sirvió para nada útil. Tras 30 meses de ocupación, el ejército imperial francés emprendía un viaje sin retorno… Al menos durante los once siguientes años.

Presentación del libro “Chiclana de la Frontera durante la ocupación francesa”

José Luis Aragón Panés firmará en La Librería Navarro su nueva obra: “Chiclana de Frontera durante la ocupación francesa en la Guerra de la Independencia”

El próximo 8 de junio, a partir de las 18h., contaremos con la presencia del reputado escritor José Luis Aragón Panes. Conocido, entre otros, por sus títulos sobre la historia de Chiclana, este autor chiclanero firmará en la Librería Navarro su nueva obra titulada: “Chiclana de Frontera durante la ocupación francesa en la Guerra de la Independencia”.

La obra destaca por ser la crónica más completa, hasta el momento, de lo que fue este período para la ciudad. En ella podemos hallar, y podemos leer entre líneas, lo que sucedió en aquella Chiclana ocupada por el ejército imperial francés desde 1810 a 1812.

José Luis Aragón Panés también ha escrito títulos como “Campano, El Cauce de La Vida” o Chiclana, de Villa a Ciudad”. El autor nos confiesa que tanto la historia de Chiclana como la ciudad en sí, son sus fuentes de inspiración.

Fin de la ocupación francesa en Chiclana

A mediados de agosto de 1812, tras la batalla de Arapiles, Madrid fue liberado por el ejército angloespañol al mando de lord Arthur Wellesley (futuro duque de Wellington). Chiclana se vería libre de la opresión francesa unas semanas después. No fue, en esta ocasión, una entrada triunfal del ejército aliado en la villa chiclanera, como lo fue en la capital de España (que sería recuperada por los franceses en noviembre del mismo año) sino el desmantelamiento del gran campamento militar existente en la villa.

Después de treinta meses de ocupación, los chiclaneros de entonces, se vieron libres de la presencia del invasor francés que se había acantonado en la villa a partir del 7 de febrero de 1810. Era un cuerpo de ejército compuesto por conscriptos bisoños junto a veteranos de otros campos de guerra europeos que, al mando del mariscal Victor, no pudieron tomar la Isla de León ni entrar en Cádiz. Así se estableció en Chiclana el cuartel general del Primer cuerpo del ejército imperial del Mediodía de España, a la espera de poder atacar y asaltar al pequeño reducto –la Isla de León y Cádiz- que todavía no se encontraba bajo las águilas imperiales de Napoleón. Una espera que se haría larga y, a la postre, infructuosa, pues ese trozo de suelo patrio jamás sería tomado por los “vencedores de Austerliz”. Durante todo el período de ocupación los franceses gravaron con pesadas cargas a la villa, además de la obligación de acoger y mantener a soldados y oficiales en las casas de los vecinos, así como la imposición de contribuciones excepcionales para mantener, no sólo a la tropa, sino al sostenimiento general de la guerra. Y si bien en un principio habían sido requisados los bienes a los emigrados (aquellas personas que abandonaron la villa antes de la llegada de los franceses) a Cádiz, ante la enorme demanda de víveres y pertrechos necesarios para mantener al ejército, fue insuficiente para las demandas que exigían las autoridades francesas. Nuevas exigencias hicieron que los franceses naturalizados en Chiclana sirvieran de interlocutores ante el todopoderoso duque de Bellune, el mariscal Victor, para que tuviera en consideración el gran esfuerzo económico que estaban realizando los vecinos de la villa y perdonase ciertos tributos.

Sin embargo, en agosto de 1812, la pesadilla estaba a punto de llegar a su fin. El ejército imperial iniciaba un viaje sin retorno. En días anteriores al levantamiento del campamento, se habían visto partir hacia El Puerto de Santa María más de 9.000 soldados, señal inequívoca de que algo trascendente estaba cambiando el signo de la guerra en la península. El movimiento de tropas imperiales era la consecuencia inmediata de la cada vez más importante y vital intervención y ayuda inglesa, además de la declaración de guerra de Napoleón a Rusia y su posterior ocupación cuando la Gran Armée cruzó el río Niemen, el 24 de junio de 1812. La necesidad de soldados para la campaña rusa hizo que Napoleón sacase de la península ibérica alrededor de 50.000 soldados. Así, dejó desguarnecidas ciertas zonas ocupadas de España, entre ellas, las provincias de los cuatro reinos de Andalucía. No obstante, la guerra continuaría en el Centro, en el Levante español y en el Norte hasta 1814.

Unos días antes de la partida, el comandante de la plaza de Chiclana, el general Cassagnne, se había reunido con la Junta Local para tomar ciertas decisiones relativas a la marcha, entre ellas, el nombramiento de varios vecinos: “…comisionados para recibir los efectos pertenecientes a la Artillería del Exército Imperial a Sr. D. Nicolás Tocino, Sr. D. Thomás Manjón y Sr. D. Josef Quecuti en calidad de vecinos.” Unas horas después, al amanecer del día 25, los chiclaneros más madrugadores vieron salir de la villa lo que quedaba de aquel Primer cuerpo del ejército francés que partía hacia Sevilla con los pertrechos, mujeres y niños que podía llegar consigo. Aquel amanecer, preludio de una libertad efímera -que usurparía Fernando VII-, fue de júbilo, de alegría y llanto. Sentimientos todos ellos verdaderos y sentidos, pues cuentan las crónicas que muchos fueron los padecieron y muchos –soldados barbilucios imperiales- los que dejaron amores y amoríos en esta tierra y, otros muchos, los que aliviaron su economía como fue el caso de taberneros y cantineros.

Una vez libre la villa de franceses, los representantes de la Junta Local pusieron en conocimiento de las autoridades de Cádiz la liberación, sucediéndose en los siguientes días diversos escritos y bandos desde Cádiz, donde aun permanecía la Regencia, y en los que conminaban a las autoridades municipales de Chiclana a normalizar la vida de los vecinos. Así, el 2 de septiembre, se  recibió en la villa un decreto para “que se jure en las dos parroquias existentes en la villa la Constitución Política de la Monarquía Española”. Del mismo modo, el 3 de  septiembre, don Antonio Cano Manuel, Secretario de la Regencia de Gracia y Justicia enviaba una notificación al juez de primera instancia de la villa de Chiclana, don Miguel Antonio Rodrigo para que implantase el decreto de 16 de julio de 1812 en cuanto al cese de circulación de moneda francesa”, pues tanto en Chiclana como en otros pueblos ocupados circulaba moneda francesa de oro y plata. A pesar de ello, tardaría en normalizarse la vida de los chiclaneros y mucho más su economía, pues durante la ocupación los franceses habían acabado con la agricultura, con el incipiente tejido industrial y con las obras de infraestructuras dejando a Chiclana totalmente arruinada.

Publicado en Chiclana Información, el 31 de agosto de 2007. (Refundido para el blog).

Alistamientos, alegaciones y deserciones

Bailén no fue, ni mucho menos, el fin del ejército napoleónico en la península. La derrota francesa supuso que, el propio emperador, tomase las riendas de la guerra en España. Así, el 6 de noviembre de 1808 se puso a la cabeza de un ejército de 80.000 hombres. Unos días después, Soult entraba en Burgos; el general británico Blake era derrotado en Espinosa de los Monteros. El día 19 cayó Santander en manos francesas y unos días más tarde, Lannes vencía a Castaños y caía Tudela. El día 30, la victoria de Napoleón en la batalla de Somosierra abrió las puertas de Madrid al ejército imperial y capituló, honrosamente, el 4 de diciembre. En ese tiempo, la guerra se había desencadenado sin cuartel, una guerra de aniquilamiento y llena de crueldades.

La población chiclanera, lejos de la guerra, vivía con cierta inquietud los últimos acontecimientos bélicos y la entrada en Madrid del ejército francés. Desde septiembre, se había recibido una comunicación de la Junta Suprema de Sevilla y un ejemplar para el alistamiento en la que se prevenía la necesidad de soldados útiles, de armas,  y voluntarios de la villa. Así se hizo por edictos y pregones en los sitios y formas de costumbre llamando a “…todos los Mozos solteros, casados y viudos sin hijos de la edad de diez y seis hasta cuarenta y cinco años desde el día once por el término de diez desde la oración en adelante de cada noche para que se  presenten á exponer las exenciones que le asistan que le serán oídas y decididas verbalmente siendo conformes á el espíritu del mandato de la Suprema Junta..” De esta manera, se formarían por parte del cabo de la Partida de Milicias de la villa, una lista de hombres que habrían de partir para formar parte del ejército español. Se inició un período de alegaciones que habrían de presentar los llamados a filas en las Casas Consistoriales –ayuntamiento y lugar donde se celebraban los cabildos- que considerasen que podrían ser eximidos del servicio activo, como fue el caso del conductor de la valija de correspondencia de la villa a través de su jefe y administrador que exponía estaba “exento de alistamiento por estar en Correos”. La comisión municipal le exceptuó, con la coletilla “mientras lo fuese”.

Sin embargo, un hecho curioso ocurrió durante este período. Un número determinado de alegaciones que realizaban un grupo de hombres, en las que manifestaban que sus esposas se encontraban embarazadas. El médico de la comisión reconoció a seis embarazadas. “…reconocidas atentamente supuesto el principio que no hay signo seguro de concepción, sin embargo, que todas están bien instruidas en los síntomas que padecen las embarazadas, no obstante, que cada una padece en el modo y en las ocurrencias de los embarazos por distintos términos me obliga á expresar que todas son iguales en la relación quándo sus síntomas como asimismo en todas ellas menos en una hallo que ó ellas favorecieron el mes de Septiembre ó el mes de Septiembre las favorecieron a ellas, en cuanto á sus relaciones, con el bien entendido que de estos dos es María del Rosario Ruiz y María Palacios reconocido y tocado sus vientres con bastante cuidado les encuentro una ligerísima tumefacción en la situación del útero; y así mediante á que está misma mantiene varias equivocaciones no puedo afirmar que sean lexitimos embarazos, y así no se les debe dar crédito a sus expresiones (…)  Por lo que respecta á Leonor Manuela González Mujer de Antonio Quiñones la juzgo embarazada de seis meses pues demuestra si hay en este punto alguna lextimidad ó firmeza para ser acompañada de los signo mas ciertos. Chiclana 13 de diciembre de mil ochocientos y ocho”.

Estas valoraciones tocológicas del médico contrastaba con los diagnósticos realizados por la matrona de partos, titular de la villa, Josefa Domínguez que comparecía ante el secretario cumpliendo lo mandado por la Junta: “… que manifestó haber reconocido a las Mujeres que constan en la nota devuelta que asimismo le entregaron á las que les  aseguró haberlas hallado a todas embrazadas de tres a quatro meses y un de seis. Y  por no saber firmar lo ejecuto yo el Secretario, en Chiclana á trece de Diciembre de mil ochocientos y ocho.” ¿Quién mentía y quién decía la verdad? Cualquier artimaña era válida para no ir a la guerra.

Los prófugos y desertores eran buscados entre las casas y campos de sus familiares, por lo que se dictaron bandos con decretos y órdenes rigurosas para los mismos y para los encubridores. Además, se les aplicaba las leyes militares con un juicio sumarísimo que acababa, si se demostraba su deserción, en la pena capital. En el alistamiento de diciembre de 1808, cincuenta y cuatro mozos  chiclaneros fueron inscritos en los Batallones de Marina y cinco en el de Caballería de Voluntarios de Sevilla. Al finalizar el año, quince eran prófugos. Sin embargo, a pesar de todas estas severas medidas muchos soldados, que ya habían participado en alguna batalla, desertaban del Ejército refugiándose donde podían. Una parte de ellos se integraban en las diversas partidas de guerrilleros repartidas por el territorio y otros buscaban escondite por los campos lejos de la guerra. Por ello, no extrañó un edicto de finales de diciembre en el que se insistía en los mismos términos y avisaba a todos los vecinos: “luego que sepan que en esta Villa se abrigan Soldados ú Oficiales de los extraviados y dispersos del combate de Somosierra, den inmediatamente cuenta a cualquiera de los Señores Vocales de esta Junta particular para proceder contra ellos a lo que lugar”.

 

La villa de Chiclana ante la Guerra de la Independencia

El día 28 de mayo de 1808, aunque oficialmente declarada el 6 de junio, la Junta Suprema de Sevilla proclamaba en toda la nación española el anuncio de guerra contra el Gobierno francés. La guerra, fue, por tanto, una guerra proclamada cuando ya no había más atisbo de esperanza, cuando la sospecha de la usurpación se convirtió en cruda realidad. En su cautiverio de la isla de Santa Elena, Napoleón llegó a decirle a Las Cases, su amigo y compañero de cautividad: “La guerra de España me ha perdido”. No fue la única vez que el corso se lamentó de haber provocado la guerra en España. Y, siempre que lo hizo, se manifestó con desdén, con frustración y con el sabor amargo de la derrota.

Hasta la villa chiclanera y desde Sevilla llegaba, por vereda, una orden en los siguientes términos: “La Suprema Junta de Gobierno, en desempeño de su soberana representación, y en defensa de su legítimo Rey el Señor Don Fernando Séptimo, habiendo roto los Vínculos que la unían con la Francia, por injusto proceder de su Emperador, ha resulto dar principio á la Guerra más activa contra aquel Gobierno…” Ante semejante orden, se reunió el Consejo, en sesión de cabildo, el 2 de junio 1808 bajo la presidencia de Josef María Gómez, abogado de los Reales Consejos, corregidor y capitán de guerra de la villa de Chiclana; don Nicolás Morales y don Francisco Pascual Morales, alcaldes ordinarios; don Bartolomé Hariza, Don Fernando Tirado y don Juan Pérez Regidores; don Antonio Jurado y don Francisco García, diputados de abastos; don Gerónimo Aragón y Cristóbal de Segovia, síndico procurador general y personero del común. El presidente e individuos que componían el Consejo de Justicia y Regimiento de esta Villa trataron, resolvieron y acordaron formar la Junta Local de Chiclana y, mediante un bando municipal (el bando número uno de la guerra) dirigido a la población,  solicitar voluntarios para el ejército, apelando a la “defensa  de la Patria, Religión y nuestro rey don Fernando”.

La Junta Local comienza dictando un número determinado de medidas para organizar, en caso necesario, la defensa de la villa, así como abrir una suscripción voluntaria de todos los vecinos para contribuir a la guerra esperando: “Que la necesidad exiga no acudir a préstamos forzados ni de otra manera violenta; pero que sería justa, atendidas las circunstancias del día”. Para ello, y por dar ejemplo, se elaboró una lista de comunidades, hermandades y particulares a quienes se le había de oficiar para el donativo voluntario en auxilio de las tropas españolas, a la vez que se pasaba un oficio al vicario “para que con arreglo á el bando número primero se celebre rogativa por tres días de la Proxima Pascua de Pentecostés, implorando a el todo Poderoso, el asierto de la Suprema Junta en sus disposiciones y felicidad de las Tropas Españolas…” A este respeto hay que decir, que en la mayoría de las iglesias de los pueblos de España, los curas párrocos leían las proclamas incitando al levantamiento popular como había sucedido en las grandes ciudades del país. Pero en el mayor de los casos, no hubo reacción alguna de los habitantes, salvo en las elites y aquellos que ostentaban el poder local.

Unos días después, el día 10 de junio, sólo dos vecinos se alistaron voluntariamente. La gran mayoría de los ciudadanos proseguían con sus tareas cotidianas, particularmente los campesinos, que andaban por aquellas fechas ajetreados en la recogida de la cosecha, sobre todo la de los cereales, pues 1808 fue un año de una gran cosecha de trigo. La inmediatez de guerra abierta hacía necesaria la premura del alistamiento, así como las constantes demandas y órdenes que llegaban de la Isla de León, motivos suficientes para que la Junta Local dictase una nueva proclama que sería leída en todas la iglesias de la villa y puestas a lectura pública en los lugares habituales: “¿Dónde está el entusiasmo, amor y lealtad con que proclamasteis a nuestro Rey Fernando? ¿Quién no diría que seríais los primeros en ofreceros voluntariamente a tomar las Armas? Solo dos vecinos han sido tan generosos, ¿Y qué queréis, seguir una inacción tan culpable? ¡No permita Dios, que los vecinos de esta leal Villa, sean marcados con semejante divisa! La Junta de Gobierno os llama, y os invita para que luego os alistéis baxo las Banderas que ya caminan a tomar una justa satisfacción del Enemigo en defensa de la Religión, y de la Patria.”

Se insiste de tal manera, que en el cabildo siguiente, se designan los nombramientos de dos diputados de la Junta Local: Francisco Pascual Morales y Bartolomé Hariza, ambos alcaldes ordinarios, quedando los demás capitulares (concejales) para acompañarlos con el fin de poder ejecutar con la mayor celeridad que se requería en tales circunstancias el alistamiento de voluntarios. Sin embargo, las preocupaciones de los ciudadanos eran otras, como la petición de un buen número de vecinos que solicitaban al Consejo, se tomarán las medias necesarias para evitar que los presos indultados del penal de Cádiz por la Junta Suprema –con motivo del estado de guerra- anduviesen por el término cometiendo desmanes y delitos. Así el Cabildo, con el ánimo de mantener la calma decidió organizar una “cuadrilla de Tiradores con destino al Campo compuesta por todos los que se ganen su vida en esta profesión”  y se nombró a Josef  Meléndez como cabo de la partida. Y para el interior de la villa, además de las Rondas de policía -que saldrían todas las noches- se nombraría una ronda de vecinos presidida por los capitulares con la colaboración de ciudadanos en calidad de “vecinos honrados” para que “ronden y celen al pueblo y sus mercancías a fin de evitar conmociones e inquietudes: haciendo separar los corrillos en que haya más de cinco individuos y tomen todas aquellas reglas de precaución que les dicte su zelo y amor por el bien y quietud pública”.

Mientras tanto en Cádiz, el 14 de junio, y tras el asesinato del general Solano (el único que se opuso en mayo a los deseos de los franceses) la escuadra del almirante francés Rosilly, que se encontraba fondeada en la rada del puerto de Cádiz, fue atacada y neutralizada por la artillería gaditana. Se iniciaban así, las hostilidades contra el agresor francés en una guerra que, como en todos los tiempos y todas las épocas de la historia, ha sido un factor desencadenante y consecuente de grandes miserias, catástrofes y pérdidas inútiles de vidas humanas. El escritor francés, Stendhal, en su juicio sobre Napoleón diría: “Fue un hombre dotado de extraordinarios talentos y de una peligrosa ambición (…) estuvo comprometido en varias guerras que hicieron correr ríos de sangre, aunque en ninguna, si se exceptúa la guerra de España, fue el agresor”.

Publicado en Chiclana Información, el 13 de junio de 2008

Chiclana, mayo de 1808

No podía pasar desapercibido para nuestro Semanario, la histórica y trascendental fecha del 2 de mayo de 1808. Fecha muy señalada que se conmemorará en toda  España, sobre todo en Madrid, y que significó el primer revés para el ejército imperial napoleónico. La primera chispa de la guerra contra el altivo francés. Así comenzaban a truncarse los designios de Napoleón sobre España y, ante un pueblo, el de Madrid, que instigado o no por la nobleza y el partido fernandino, se enfrentaba a los soldados del lugarteniente general del reino y presidente de la Junta de Gobierno, Joaquín Murat, gran duque de Berg y cuñado de Napoleón.

Todo comenzó en la mañana de ese día en las puertas del Palacio Real de Madrid cuando, por orden de Napoleón, el resto de la Familia Real debía viajar a Francia. Entre sus miembros se encontraban el tío de Fernando VII -el infante don Antonio- y el joven infante don Francisco de Paula, hermano menor del Rey. Al grito de: ¡Traición, se llevan al Infante! los madrileños allí congregados zarandearon a los soldados franceses que intentaban subir al carruaje a don Francisco de Paula, el cuál se resistía. Hasta un centenar de madrileños se agruparon penetrando en palacio sin ninguna oposición de la Guardia Real. El infante don Francisco, se asomó, por un instante a uno de los balcones, lo que hizo exaltar aún más los ánimos. Y a continuación se oyó una voz desde una de las ventanas de palacio: “¡Vasallos a las armas, que se llevan al Infante!” La muchedumbre se abalanzó hacia los franceses mientras un oficial español intentó apaciguarla. La reacción francesa fue inmediata. El propio Murat envió un batallón de granaderos al Palacio Real con piezas de artillería que abrió fuego sobre la turba. Los sucesos se precipitaron y el pueblo de Madrid, mal armado, pero lleno de coraje, se echó a la calle. Y la calle se llenó de sangre y odio contra los franceses. Después de una desigual lucha vendrían la represión y los fusilamientos.

La noticia de los graves disturbios de Madrid llegó a Chiclana unos días después en diversas versiones procedentes de Sevilla. El rumor y la noticia se extendieron por las tabernas y se formaron corrillos en las calles. Sin embargo, Madrid estaba muy lejos de Chiclana y la vida diaria seguía su ritmo en un pueblo preocupado, por alcanzar un cierto bienestar, después de la gran epidemia de principios de siglo. Una muestra de normalidad fue el Cabildo celebrado el día 3 de mayo cuando aún se desconocían las noticias de Madrid. En él se leyó literalmente, en primer lugar y por parte del escribano del Ayuntamiento, una orden del capitán  general e intendente interino de la provincia, Manuel de Lapeña. Y se trataron y deliberaron otros asuntos locales como: el precio del trigo y de la hogaza de pan; un contencioso sobre dos tablajeros de carne y, la proposición “liberada” del duque de Medina Sidonia, señor de Chiclana, Francisco de Borja Álvarez de Toledo y Gonzaga sobre el empleo de alcaide del castillo –el castillo de Sancti Petri- que había quedado vacante al fallecer el anterior titular. También se dio lectura de otra orden, esta vez del general Francisco Miguel Solano –amigo del Magistral Cabrera y benefactor de Chiclana- sobre la necesidad de pagar las contribuciones relativas a la manutención de presos. Por último, un “memorial” de un médico de la villa para que se le renumerase y gratificase el excesivo trabajo que tenía al atender a los heridos y muertos de la villa, tanto en el pueblo como en el campo. Asuntos todos ellos relativos a la municipalidad que y eran habituales en un cabildo ordinario.

Días más tarde desde Sevilla y fechada el día 12, se recibió “por vereda” –forma común, entonces, de llegar las órdenes a los pueblos y villas- una orden del  capitán general de Andalucía, Francisco Miguel Solano en la que se daba cuenta del acuerdo extraordinario celebrado el día 3 en Madrid por los señores Regentes y Oidores de la Real Audiencia. La orden decía así: “De acuerdo de la Junta de Gobierno participo al Consejo Real, que esta mañana al amanecer ha partido de esta capital para Bayona el Serenísimo Señor el Infante D. Antonio, dexando prevenido por escrito á la misma Junta, que en virtud de órden del Rey emprende su viage, y que ella debe seguir ejerciendo las mismas funciones que quando S. A. la presidía…”  Con esta orden publicada por el Consejo tras la celebración de un pleno extraordinario el día 4, se dejaba claro que el infante partía con el beneplácito de Fernando VII y no por imposición de Napoleón. O así se quería hacer entender. Recibida en Sevilla, el general Solano la envió imprimir con el añadido final: “Cuya Órden fue obedecida en el respeto debido, mandaba guardar y cumplir, y que se imprimiese y comunicase por Vereda á los Pueblos del territorio de este Tribunal, para su inteligencia”.

No obstante, la orden no logró calmar el estado de inquietud de los pueblos. Así, el 11 de mayo, Joaquín Murat mandaba imprimir una orden para todos los Justicias del reino de Sevilla –ya en la capital sevillana se habían producidos algunos disturbios- y sus pueblos, llamando a la calma: “… que los Vecinos de esa Ciudad á pretesto de defender al Rey y á la Patria se han alborotado de manera que han turbado su tranquilidad; y S. A. I. y R. que se halla á la Cabeza del Gobierno, quiere por quantos medios sean dables restablecerla, y evitar que pequeños movimientos producidos por personas de ordinario inconsideración se propaguen y produzcan con el tiempo un trastorno universal del Estado”. La preocupación de Murat era ya grande y temía lo peor, como así sucedió. Por ello, apelaba a: “las autoridades constituidas y a las personas mas condecoradas, cuyo influxo obra poderosamente en las acciones del baxo Pueblo, procuren con el mayor zelo y actividad destruir estas conmociones…” La orden se fechaba en Madrid el día 11 de mayo, imprimiéndose en Sevilla el 17 y venía firmada por el general Solano.

Es de suponer que esta orden se leería en el siguiente cabildo. Sin embargo, aunque recibida, no se incluyó en los puntos de la orden del día de la sesión de cabildo del día 20 de mayo. En la misma se deliberaron varios asuntos. Pero ninguno relativo al clima prebélico que ya, entonces, recorría al país.
Así, la preocupación por la cosecha de cereales, a pesar de las circunstancias, era el primer asunto de aquella sesión: “… estando proxima la recolección de grano es indispensable establecer un metodo con que evitar el perjuicio que causan en ellos los Cerdos por aprovecharse de los rastrojos…” El segundo: una queja de varios vecinos de que algunos mozos de la carnicería de la villa quitaba parte de carne al ganado vacuno. Y en última instancia, el permiso para la representación de varias piezas teatrales en el teatro de la villa “por una compañía cómica con licencia y previa censura”. De este modo, mientras que la vida continuaba apaciblemente para los 1.572 vecinos de la villa de Chiclana, una parte de la nación se encendía en llamas. Sólo hasta el cabildo del día 2 de junio no se leyeron las órdenes que llegaron de la Junta Suprema de Sevilla en relación con el estado de guerra.

Publicado en Chiclana Información, el 2 de mayo de 2008 (Refundido para el Blog).

Enero de 1808, el preámbulo de una revolución

Comienza este año de 2008 con la vista puesta en las distintas actividades que tendrán lugar en nuestro país para conmemorar los doscientos años del estallido de la Guerra de la Independencia. Una guerra cuyo antecedente fue la revolución “popular” iniciada el 2 de mayo en Madrid. Una revolución donde el pueblo fue el gran protagonista de principio a fin. Y, además, fue el más afectado por la tragedia. Una revolución que provocó, antes que nada y contra el invasor, un sentimiento de usurpación (de hecho en los primeros años y tras la contienda, se le llamó la “Guerra de la Usurpación”) y, posteriormente, un sentimiento o toma de conciencia nacional. Fue, sin lugar a dudas, una usurpación generalizada de la vida y la hacienda de los españoles de entonces. Y ante la usurpación y la compra de voluntades nacieron varias tendencias que perduran hasta la actualidad.

Así, la lucha contra el francés despertó un sentimiento de pertenencia, de unión. Pero a su vez provocó una separación entre dos cosmovisiones bien distintas: los conservadores y los liberales. Fue de algún modo, una guerra civil y una revolución que, larvada durante más de un siglo, alcanzaría su cenit en la guerra civil española de 1936-1939. De hecho cuando acabó ésta, Franco utilizará los mitos de la Guerra de la Independencia como una parte de la historia de España que entroncaba con el momento del “glorioso movimiento nacional”. Otra usurpación de la historia de un general que se decía a sí mismo ser responsable de sus actos, solo ante Dios y ante la historia. Pues bien, tanto la una como la otra hoy son herencias históricas que hay que asumir. Las dos forman parte de nuestra memoria histórica.

Los antecedentes de la guerra son bien conocidos. España, aliada de Francia, sufrió en Trafalgar ante los británicos, su derrota naval más severa, al menos la que le dejó incapacitada para dejar de ser una potencia naval capaz de afrontar su defensa y la de sus colonias de ultramar. Una alianza, un pacto ambicioso que Godoy, con la quiescencia de Carlos IV, había planeado a propuesta de Napoleón. Así, el 18 de octubre de 1807, las primeras fuerzas  imperiales francesas entraban en España por los Pirineos al mando del general Junot. Llegaban antes incluso de la firma del Tratado de Fontainebleau, que no sería efectivo hasta su firma en Madrid el día 27, cuando los batallones imperiales, el 10 por ciento del total de sus tropas disponibles en Europa, habían ocupado una parte significativa del norte. Pero además, esta alianza dejó debilitado el Ejército español con la salida de los hombres del marqués de la Romana hacia el norte de Europa. Así, España convertida en uno de los países satélites de Napoleón dejó de ser dueña de su destino para tomar el que le tenía reservado el emperador de los franceses.

La envidia y los odios que suscitaba Godoy, el favorito de la regia pareja formada por Carlos IV y María Luisa de Parma, tendrán como consecuente más inmediato que una parte de la nobleza, la más vil y canalla, comenzara a intrigar entre el pueblo, con el apoyo de Fernando, el príncipe de Asturias. El heredero al trono de España. Un joven e inmaduro, nada ilustrado, desquiciado por los celos y con una extraña personalidad entre esquiva y desconfiada. Rodeado de su camarilla de conspiradores pensaba que el tiempo jugaba a su favor, pero los vientos soplaban a favor de Napoleón que estaba minando, gracias a su diplomacia en contra de los Borbones, las relaciones de hispano-galas. Mientras tanto, Godoy, gran admirador del emperador aspiraba  convertirse en rey de una parte de Portugal.  Sin embargo, los planes de Napoleón eran otros y sus tentáculos se iban extendiendo pacífica y lentamente sobre la península.

El Primer ejército francés ocupaba, a mediados de noviembre, Portugal camino hacia Lisboa y, el Segundo cuerpo de observación de la Gironda, se instalaba en Burgos el 21 de noviembre para proteger la vanguardia. En la vieja Salamanca, un destacamento de 5.000 franceses tomaba pacíficamente la ciudad. El 9 de enero, un nuevo cuerpo de ejército, el denominado de Las Costas del Océano, al mando del mariscal Moncey, alcanzaba la frontera española. El  6 de febrero la División de observación de los Pirineos occidentales se asentaba en Pamplona tomando la fortaleza de la ciudad y más tarde la de San Sebastián. La vitola de ejército invencible en Europa, la marcialidad de sus soldados con sus impecables uniformes y sus brillantes charreteras suscitaba una gran curiosidad entre el pueblo. Incluso en muchas personas despertaba simpatías. Con la miopía política reinante en la aparente Corte carolina, nadie pondrá en sobreaviso a los reyes, a sus consejeros y al propio Godoy. Cuando así suceda, la ocupación será un hecho consumado. Entonces, un ejército imperial formado por 80.000 hombres se encontrará acantonado sobre la piel de toro. Será cuando la preocupación y el pánico sacudan al Gobierno del favorito.

Aquella gran ambición personal de Godoy, va a ser a la postre, la causa que desencadene el enfrentamiento armado. Serán pues, los nobles, humillados por el favorito durante largos años, quienes subleven a un pueblo ignorante, hasta entonces público pasivo, que tomará las armas sin saber por quién y para qué. Pronto, “en el campo de batalla, la guerra se cobrará su amargo e inútil sacrifico.” El inútil y amargo sacrificio del pueblo liso y llano. Será la hora para que el pueblo español entre en la Historia. Por ello, estamos bien seguro que en este bicentenario, las revisiones historiográficas se ceñirán más en la historia social y humana de aquellos españoles, que sufrieron y padecieron la Guerra de la Usurpación, la Guerra de la Independencia.

Publicado en Chiclana Información, el 25 de enero de 2008 (Refundido para el blog).

La custodia de los prisioneros franceses de Bailén

La vida cotidiana de los chiclaneros, en octubre de 1808, transcurría con las preocupaciones propias de una villa agraria y la incertidumbre de los últimos acontecimientos de la guerra. Las noticias llegaban con retraso, pero eran un cúmulo de información que pronto corrían de boca en boca por la población. En la villa, se había instaurado una economía de guerra ante la necesidad de resistir la embestida del Ejército enemigo en la zona Norte, donde aún se mantenían varios sitios. Por ello, la Junta Suprema de Sevilla enviaba a la villa, órdenes y requerimientos en las que se obligaba a la población, al margen de los inevitables alistamientos, realizar grandes esfuerzos y sacrificios, como eran la entrega de caballerías e incluso de pequeñas armas blancas y otras de fuego que tuviesen en sus casas los vecinos. La Junta Local estaba compuesta por: José María Gómez abogado de los Reales Consejos, corregidor y capitán de guerra; Juan José Montiel y Nicolás de Olmedo Morales, presbíteros; Francisco Pascual Morales, Diego Sánchez Rendón y el abogado de los Reales Consejos, Francisco Aragón de los Ríos. Todos ellos hacían lo posible para asegurar el cumplimiento de las órdenes, al tiempo que mantenían un cierto equilibro conciliador con los vecinos a fin de evitar motines y revueltas.

La guerra, después de la Batalla de Bailén parecía menos andaluza. Sin embargo, era un espejismo, pues el mismo hecho de la victoria en Bailén, ya era en sí una complicación más tras la llegada, en agosto, de un grupo de prisioneros franceses a la villa chiclanera. Las cargas del sostenimiento, mantenimiento y vigilancia de los prisioneros franceses provocaban un cierto malestar. La organización de doce compañías –de cuatro hombres cada una de ellas- de milicias ciudadanas para poder custodiarlos las veinticuatro horas del día suponía un añadido más a los esfuerzos económicos personales. La mayoría no pusieron impedimento alguno, otros se implicaron como buenos patriotas y otros buscaron excusas de todo tipo. Los médicos y los sacerdotes eran, con la expedición de certificados, los “salvadores” de algunos ciudadanos para evitar las tareas de vigilancia y control a los prisioneros. Un ejemplo de ello lo encontramos en un certificado médico extendido por uno de los facultativos de la villa: “Certifico y juro que el señor don Lorenzo Conde adolece y padece en todas las quatro estaciones del año una dispnea o falta de respiración (…) se le ha prohibido todo exercicio violento, se le ha encargado la quietud de las pasiones íntimas y que se abstenga de andar al sol…” También, por enfermedad, Juan Seco Castañeda presentó en el ayuntamiento un escrito –memorial- dirigido a la Junta Local en el que exponía que no podía hacer las guardias por: “Padecer de unas llagas en una pierna con tal estrago que la tiene esta casi toda negra (…) y una cicatriz de resultas de un tumor que adoleció quando pequeño”.  En estos casos, la Junta se reunía y dictaminaba si se concedía el revelo o no del ciudadano. Nos consta que en el segundo caso se dictaminó, que fuese relevado de hacer las guardias y sustituido por otro miliciano civil.

Todo era válido para eximirse del servicio de guardia a los prisioneros. Incluso una estanquera se dirigió mediante un oficio a la Junta Local para que el mozo que tenía empleado en su negocio y que gozaba de toda su confianza dejase de hacer guardia y así poder atender el servicio que prestaba en el estanco. Del mismo modo, el ayudante de la Escuela de primeras letras solicitaba su exención del servicio en una de las compañías para seguir atendiendo a los niños de la escuela. La Junta le concedió una libranza especial de guardias durante las horas del día que trabajaba en la escuela, el resto de las horas tendría que hacer la guardia correspondiente. Otras personas como “el caballero comandante” de la cuarta compañía, José María Mon Hierro, hijo del conde del Pinar, se excusaba de seguir formando parte de dicha compañía al tener que viajar a Madrid con su familia.

Para el sostenimiento y suministros de los prisioneros, se elaboró una lista de personas pudientes de la población, para que éstas pudiesen socorrer a necesidades más perentorias, pues todos los objetos de valor, así como monedas extranjeras y nacionales le fueron incautadas a la llegada. Pero los donativos fueron pocos e insuficientes. Así, en un oficio enviado desde Cádiz, se comunicaba a la Junta Local que sólo alcanzaban para cuatro días de manutención. Ante tal situación, días más tarde llegó una orden de Tomás de Morla, capitán general e intendente de la provincia de Cádiz en la que especificaba  cómo se debía de utilizar el dinero aprehendido a los franceses y que estaban en las oficinas del depósito de rentas reales. Al mismo tiempo, daba el visto bueno para que se comprasen en Jerez 200 fanegas de trigo. A finales de octubre, la Junta Local exigió a las personas que se habían comprometido a dar los donativos que se apresuraran a darlos, pues si no lo hacían “incurrirían en penas” según había dictado la superioridad de Cádiz. La situación era insostenible, incluso se exigió al administrador del arca del Pósito parte del dinero en él depositado para asistir a la manutención, sobre todo para pan, leña y aceite.

Por otro lado, algunos individuos aprovechaban el momento para hacer negocio con los franceses y solicitaban permiso para abrir una pequeña tienda de comestibles y vino junto al cuartel de los prisioneros, algo que fue denegado. Otros vecinos se quejaban de que habían sido desalojados de la habitación en donde vivían por ser extranjeros, concretamente, genoveses. Algunos incluso trataron de engañar a los soldados franceses o robarles. Un ciudadano fue sentenciado a una pena de tres días de prisión y veinte ducados de multa por robarle un reloj a un prisionero. La relación con los prisioneros debería de ser mínima y se sospechaba de todo aquel que mantuviese conversaciones con ellos. Un día apareció en la villa una mujer procedente del ejército francés, Ursula Dilrey que fue detenida y alojada en la cárcel pública. Era la viuda de un sargento de infantería que había muerto en la batalla de Bailén. La Junta solicitaba al intendente Tomás de Morla qué se debía de hacer. Días más tarde se recibió una orden para que fuese conducida  al hospicio de Cádiz. Mientras tanto, entre requerimientos, órdenes y austeridad, la Junta Local de la “invicta y noble” villa de Chiclana organizaba el alistamiento de los chiclaneros que engrosarían las filas del Ejército español.

Publicado en Chiclana Información, el 31 de octubre de 2008