Chiclana durante la ocupación francesa en la Guerra de la Independencia (I)

Chiclana durante la ocucpación francesa-1sc0004a941CONFERENCIA PRONUNCIADA EL 5 DE MARZO DE 2016 EN EL PATIO DE LA BIBLIOTECA MUNICIPAL DE CHICLANA CON MOTIVO DEL 205 ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE CHICLANA

Antes de comenzar me gustaría agradecer vuestra presencia, queridos amigos, esta tarde aquí, después del acto institucional de la ofrenda floral a los caídos en la batalla. Así mismo, agradecer a nuestro Ateneo de Chiclana por invitarme a impartirla; a Juan Gómez, como representante del Ateneo, aquí en la mesa, y a Miguel González, mi presentador, que evidentemente se ha excedido con sus elogiosas palabras en la presentación; se nota que es mi amigo, por tanto no se lo tengo en cuenta.

En 1895 Herbert George Wells puso en boca del protagonista de su famosa novela, La máquina del tiempo, la siguiente frase: “Temo no poder transmitir las peculiares sensanciones del viaje a través del tiempo…” Temió el viajero y yo temo lo mismo que él, porque hoy vamos a viajar a través de un tiempo relativamente cercano, pues doscientos años en la Historia no son nada. Hoy día 5 de marzo de 2016 recordamos la Batalla de Chiclana o Batalla de la Barrosa como prefieren llamarla los británicos. Y lo vamos hacer centrándonos en el período de la ocupación francesa en nuestra ciudad: desde el 7 de febrero de 1810 hasta el día 25 de agosto de 1812. Pero antes viajemos, para conocer los antecedentes, al año de 1808, durante la etapa final del reinado de Carlos IV. Es el 17 de marzo, vísperas del día de san José. En Aranjuez, población cercana a Madrid, se ha producido un motín popular en contra del favorito del rey y primer ministro, Manuel Godoy. Sin embargo, el motín no es un motín popular, tiene unos cabecillas, visibles, que pretenden poner en el trono al Príncipe de Asturias, y lo consiguen el 19 de marzo. Fernando inicia su primer y corto reinado regresando a Madrid como rey, pero Murat y los franceses habían llegado a la capital el día anterior. Desde París llega el general Savary que tiene orden de llevar a Fernando ante Napoleón. El 20 de abril, el rey cruza la frontera del Bidasoa y se entrevista con el emperador en Bayona. El 30 de abril llegaban los viejos monarcas. Ante Napoleón padre e hijo discuten sus desavenencias y finalmente Fernando abdica ante su padre y éste entrega la corona a Napoleón que la pone en la cabeza de su hermano mayor, José y no en la de su cuñado Murat, como él esperaba. Con los ancianos reyes –además de su favorito– y Fernando en Bayona, la idea del emperador es traer al resto de la familia Real a Francia. Sin embargo, la salida del Palacio Real, la mañana del 2 de mayo de 1808, del infante Francisco de Paula provocó el levantamiento de una parte del pueblo de Madrid. Ante ello Murat, decididamente, envió un destacamento de la Guardia imperial y varias piezas de artillería. La desproporcionada fuerza provocó que el levantamiento se extendiese a toda la villa y de estos sucesos surgió la llama de la insurrección en toda España. En cada pueblo, en cada ciudad, se crea una Junta local. En septiembre, se constituye a nivel nacional, la Junta Suprema Central que estará activa hasta enero de 1810.

El 19 de mayo se convoca en Bayona a un número importante de hombres de los diversos estamentos que componían la sociedad del Antiguo Régimen, para formar asamblea constituyente de una carta otorgada, en forma de estatuto, que finalmente se aprobaría el 6 de julio de 1808 con el nombre de Constitución, denominada así por los franceses y afrancesados. Sería la forma legal por la que hermano del emperador, José Napoleón Bonaparte reinará como José I y que llevará por sobrenombres: El Intruso, el Usurpador, Pepe Botella, Pepe Plazuela, etc.

El 19 de julio en Bailén, el Ejército imperial conocerá su primera gran derrota en Europa. El general Castaños, captura tres águilas imperiales y vence a Dupont que rinde su Ejército ante el español. Además, 17.600 soldados franceses son hechos prisioneros. Pero poco duró la alegría de la victoria de Bailén porque vendrían las derrotas de Somosierra el 30 de noviembre de 1808 con 250 bajas y 3.000 prisioneros y Ocaña, el 19 de noviembre de 1809, donde se sufrió otra derrota con más de 4.000 bajas y cerca de 20.000 soldados prisioneros.

Todas estas derrotadas han mermado el poder contraofensivo del Ejército español que ve como la Gran Armée se supera en los campos de batalla. Ante este dominio francés, el mariscal Soult pone en marcha, en enero de 1810, una gran ofensiva contra Andalucía. El Ejército imperial no va a encontrar grandes obstáculos, y en su vertiginosa carrera llega hasta Córdoba, que es saqueada, y después a Sevilla, pero Victor se detiene en la ciudad hispalense tres días para recoger su artillería. Tres días cruciales que van a permitir al duque de Alburquerque llegar a la villa de la Isla de León con sus tropas, cortar el acceso al puente Suazo y fortificar la entrada a ella, lo que a la postre resultaría vital para los intereses de España. Cuando Victor llega hasta las inmediaciones, le es imposible pasar u opta por levantar un cerco. Así, Chiclana volvía a ser un pueblo que haría honor de su nombre completo: de la Frontera.

En un lugar en el Sur, la denominada “noble e invicta villa de Chiclana” que en aquel año de 1810 vivía en paz y dispuesta a olvidar la difícil coyuntura por la que acababa de pasar: la terrible epidemia de peste amarilla que había acabado con un tercio de su población, y que como escribió nuestro poeta Antonio García Gutiérrez: “Gracias que estaban en paz, / y que era todo alegría”. Estando así, en ese estado, pronto llegarían los “perturbadores de aquella armonía”. No eran esta vez ingleses, sino franceses. Al conocerse la noticia de la llegada de Soult a Sevilla y de la huida de la Junta Suprema a Cádiz, en enero se avisa al Cabildo mediante una carta-orden del marqués de las Hormaza para que tomen las medidas necesarias y envíen a la Isla de León el mayor número posible de hombres que puedan luchar. Se exime de ello a las mujeres, niños y ancianos. El 31 de enero se presenta ante el Cabildo un escrito de los franceses no avecindados en la villa suplicando no se le expulse de ella a pesar de la orden del gobernador militar de Cádiz:

 Será posible, Señores, que Chiclana, este pueblo para nosotros, hasta ahora, tan benigno y hopitalario, pueda en un instante de innato carácter, y nos repela de sus seno en un tiempo en que mas necesitamos de su amparo y protección?”

También se recibe una nueva carta-orden del marqués de las Hormazas, en otro tono bien distinto, pues la situación se ha complicado bastante y es inminente la llegada del Ejército imperial. En esta nueva carta-orden se solicita:

“Se remitan (…) á la Real Isla de León, todos los víveres, armas y demás efectos de que se pueden aprovecharse los enemigos; que se prevengan a los Salineros y á todos los Mozos y gente capaz de tomar las Armas, que se trasladen á aquella Isla; y que cuando acometa á este Pueblo el Enemigo, se le reciba con prudencia”.

Inevitablemente, la tarde del 7 de febrero de 1810, una patrulla de soldados imperiales entran, sin oposición alguna, en Chiclana. Y hallan a una villa sin apenas hombres en edad para luchar. Son recibidos con indiferencia sin grandes muestras de júbilo o alegrías. Un bando del Cabildo advertía a la población:

“A todos los habitantes de la Villa tengan las puertas de sus casas francas para admitir como deberán gustosamente en ella el alojamiento de las Tropas Francesas, como amigas y aliadas, sin causar la menor vexación facilitándoles los auxilios que sean correspondientes, evitando toda controversia que puedan pervertir el orden y la tranquilidad…”

La primera acta capitular que encontramos en el Archivo Histórico Municipal de Chiclana, después de la entrada de los franceses, es del día 8 de febrero. Ratificados los miembros del Cabildo, la primera orden de los ocupantes fue la petición de carne para avituallar al Ejército. Así, de esta manera, comenzaban las requisiones de bienes a los chiclaneros.

El 19 de febrero llega José Napoleón Ia Chiclana. El Cabildo, el clero y los vecinos pudientes le reciben a la entrada de la villa, en la alameda de Solano. Esa noche, en la casa de Josef Sibelo, recibe a las autoridades, que le rinden pleitesía, y al día siguiente parte de nuevo hacia El Puerto de Santa María.

Una de las primeras órdenes de los ocupantes es apremiante y estricta y es costumbre, hecha norma, en las guerras napoleónicas para evitar epidemias:

“Que cada vecino ó habitante de esta villa asee el frente de su casa, juntando la bazura en medio de la Calle, para que sea quitada por bestias, baxo la pena de un ducado por la primera vez, doble por la segunda y triple por la tercera … o quatro dias de carcel”.

Chiclana, con una población de 7.000 habitantes se ve de la noche a la mañana con la necesidad de alojar y atender a un ejército, en un principio, con cuatro regimientos de infantería de línea –el nº 27, el nº 63, el nº 94 y el 95– del Primer Cuerpo del Ejército del Medio en España, con un total de 6.391 soldados, comandados por el general Villatte. La villa se dividió, administrativamente, en cinco cuarteles. El alojamiento, por tanto, se hizo en las casas particulares de los chiclaneros, así como la alimentación y la manutención, tanto de hombres como a los animales. Fue un problema desde el primer día y no solo lo fue para los franceses sino también para los ocupados. El impacto económico-social fue tremendo.

Los primeros repartos de reses para carne, y forraje para los animales, determinados en carretas, y los préstamos forzosos de los vecinos pudientes provocan descontento entre los ciudadanos. Estos protestaron ante el Cabildo aduciendo que según ley impuesta por los ocupantes las primeras requisiciones les correspondía a los bienes de los vecinos o propietarios llamados “emigrados a la Isla o Cádiz”, aquellos que habían huido o refugiados en ambas ciudades. Ellos iban a ser los primeros en sufrir el secuestro de sus bienes y así continuarían durante toda la ocupación, a pesar de que los apoderados o representantes siempre exponían sus quejas ante la Municipalidad. Por ello, aunque se llevaron a cabo algunas de ellas, no fueron todas las que verdaderamente, les correspondían. Hemos de decir que de entre los miembros del Cabildo se halla, entre otros, el apoderado en la villa del conde del Pinar, Ramón González y por tanto velada, de una u otra forma, por el patrimonio del conde. No obstante, una de las primeras requisiciones fue una subasta para vender sus pinos y olivos.

Ante estos primeros repartimientos los vecinos pudientes, como hemos señalado, se quejaron ante la Municipalidad. Sin embargo, no tuvieron otra opción que entregar lo solicitado por las autoridades militares francesas. Y como en aquellas primeras semanas la dificultad de entendimiento verbal, pues de la otra se supone que hubo poca, se nombró a un nacional, Juan Francisco Peny, como traductor, y a algunos de los franceses no avecindados en la villa, a aquellos que se les permitió vivir en sus casas sin salir a la calle en los días previos a la ocupación. Ellos se ofrecieron a mediar y a servir de intérpretes ante los ocupantes.

Entretanto, los imperiales comienzan sus primeros desmanes contra la población. Tantos y tantos que no respetaban, ni a las autoridades civiles chiclaneras (que habían jurado el Estatuto de Bayona y eran considerados juramentados y otros, afrancesados). Ante ello el Cabildo dictaminó:

“Todos los que la componen usasen un distintivo que se resolvió fuese una banda encarnada al pecho del hombro derecho al lado izquierdo con el letrero bordado de seda negra que diga Municipal”.

La escasez de alimentos y sobre todo la del pan provocó un incremento de su precio. Esta cuestión será una constante a lo largo del período de ocupación. Al mismo tiempo, los franceses comienzan el registro exhaustivo de todas las bodegas de la población. Nada quedaba que no fuese codiciado por el invasor.

Los embargos también afectaron a la iglesia, en concreto a los bienes de la iglesia de San Telmo. Los padres agustinos fueron exclaustrados y sus bienes requisados. Mientras, en el campo de Chiclana, la mayoría de las cosechas se habían perdido. Unas por el abandono de los campos, pues los hombres se hallaban en la Isla y otras como consecuencia del pillaje de los imperiales que incluso se comerían hasta las uvas y por consiguiente, en ese año no habría vendimia. El propio Victor animó a la población a la recogida de la poca cosecha porque sabía que el próximo invierno sin ella sería nefasto para su ejército. Tras varias representaciones –escritos de la Municipalidad­– Victor toma la decisión de que cese la tala en el Pinar de Hierro.

Alimentar a un ejército de cerca de siete mil hombres no era asunto baladí. Para ello era necesario una gran cantidad de alimentos. El pan y la carne de vacuno eran imprescindibles. En junio se vuelve a repartir, entre los vecinos pudientes, la entrega al ejército francés de un buen número de reses. Durante el verano, la Municipalidad, por orden expresa de la Prefectura de Jerez, mandó formar la Milicia Cívica que tendrá como capitán a un hijo del regidor, José María Gómez, y que como veremos más adelante, nunca acabará por formarse como cuerpo de seguridad local.

A Cádiz y la Isla han llegado las noticias de los embargos a los emigrados. Muchos de ellos justifican su ausencia de la villa, y otros como el conde del Parque, Antonio Pisano, la marquesa de Montecorto o la casa de Rabasquiero que sin ser todos ellos vecinos, se le consideraban emigrados…

Los meses transcurrían mientras que la villa se debatía entre la humillación y la pronta miseria a la que se vería abocada. En este período, julio de 1810, el general Cassange emite una orden de registro y requisición de bienes del convento de las Madres Agustinas Recoletas en busca del oro, la plata, obras de artes y muebles, de los posibles vecinos pudientes que la hubiesen escondido en él. Abiertas las puertas y viendo el ayudante del comandante de la plaza la total disposición por parte de la madre priora y las demás monjas, tras una rápida observación se decidió suspender el registro. ¿Existían en realidad los objetos codiciados en el convento? Tal vez, o tal vez no, pero a pesar de ello no pudieron dar con el botín esperado.

Un número indeterminado de hombres que habían quedado en la villa se “echan al monte” y forman las primeras partidas de guerrilleros “brigans” –bandidos– como le llaman los franceses. Tal es el acoso a las patrullas imperiales que una orden desde la Prefectura de Jerez manda que la Municipalidad contribuya a su destrucción con la ayuda de la fuerza militar francesa.

El día 15 de agosto, se celebraba el cuadragésimo primer cumpleaños del emperador. Los munícipes, a pesar de estar expresamente invitados, presentaron sus excusas y no acudieron a la solemne misa ni al banquete. Unos días antes llegó a la Municipalidad, una orden del duque de Belluno a través de la prefectura jerezana que, como algo especial, le participaba que se entregaría una dote de ocho mil reales a una doncella casadera la villa de reconocida virtud y buena familia y del mozo que se le destine como esposo. Y así fue como cayó, tan importante regalo, en la mocita Beatriz Saucedo Tocino que casaría con Tomas Hariza García. Aún hoy, en nuestra ciudad, sigue muy presente su estirpe.

A la escasez de alimentos se unían nuevos arbitrios municipales que gravaron los aguardientes y licores. No solo la hambruna era ya visible, sino que la carestía de vida era insoportable y, más aún lo sería. A esto respondieron los vecinos con varios memoriales. En ellos solicitaban la disminución de los impuestos o exoneración a los vecinos más empobrecidos. También la precariedad de las arcas municipales y la exigencia de las autoridades franceses llevó a la Municipalidad a la determinación de subastar la dehesa de la Nava para su arrendameinto o su venta a principios de verano.

Se acercaba la época de las calores y en una población superpoblada como lo era la villa de Chiclana, estos podían provocar fácilmente una epidemia; epidemia que tendría consecuencias fatales para chiclaneros y galos, al tiempo que podía peligrar el asedio a las islas gaditanas. Por ello, las autoridades militares insistieron en la limpieza diaria de las casas. Así, en el acta capitular del 8 de agosto, el comisario de policía, Pedro Tanto, presentaba un memorial relativo a las ordenes recibidas de los jefe militares sobre el aseo y limpieza de las casas y calles. Todavía en octubre se temía por una epidemia de peste amarilla y por ello se dictaron nuevas normas.

La guerrilla, mientras tanto, continuaba hostigando a las patrullas francesas hasta tal punto que desde Jerez se envió una carta-orden para que en un bando la Municipalidad diese a conocer a la población las medidas de indulto de todos aquellos que regresaran a sus casas dispuestos a vivir en paz.

Desde hacía unos meses, el corregidor se hallaba enfermo y no asistía a las sesiones de cabildo. Por ello, en agosto, tomaba posesión, de manera interina, como corregidor y presidente de la Municipalidad, un conocido afrancesado: Juan Bautista Hernández. A tan solo dos leguas de distancias, en la Isla de León, el 24 de septiembre tenía lugar la solemne apertura de las Cortes extraordinarias y la jura de los 102 diputado presentes.

Llegado el otoño, en octubre, un memorial de varios vecinos campesinos manifestaban la dificultad de la próxima sementara pues no les quedaban simientes y la tropa les habían matado hasta los bueyes de labor y por tanto solicitaba el amparo de la Muncipalidad para evitar tales desórdenes en el campo.

En otro orden cosas, hay que decir que la normalidad militar se vio alterada cuando el 26 de octubre muere, ante la batería Villatte, el general de artillería Senarmont y dos oficiales artilleros que le acompañaban. Sus exequias y entierro fueron y han sido, sin lugar a dudas, el más significativo e importante que ha tenido lugar hasta el día de la fecha en Chiclana. Fue enterrado en la ermita de Santa Ana, cuartel de artillería entonces.

En la tarde del 5 de noviembre el mariscal Soult, duque de Dalmacia, llegaba a Chiclana. Al día siguiente una representación municipal acudía a presentar sus respetos ante tan importante persona. Antes de partir dejó una orden impresa en la que mandaba arrrasar tapias, muros y vallas, casa y cortijos donde pudiesen refugirse los brigans.

Las quejas de los vecinos por las altas contribuciones llegaban a Cabildo el 19 de noviembre, así como el aumento del precio del pan. Y en diciembre volvía la Municipalidad a exponer al comandante:

“La pobreza e infeliz situacion a que ha quedado reducida por la existencia del Quartel general del Exército, en ella, tan dilatado tiempo y penurias que ha ocasionado a su no feliz vecindario, debía tener consideracion”.

Así iba finalizando aquel año de 1810, y como escribiría años después nuestro poeta: “…Y así fue, que sobre ella / cayó enemiga mano desoladora…”