Una ciudad bajo las aguas (I)

La riada de 1965

Qué poco acertado estuvo el norteamericano Keith Clark cuando escribió al pasar por Chiclana, en 1913, estas palabras: “…cruzamos el Lirio, que pudo alguna vez haber sido un río”. No sabía el bueno de Clark que el Iro dormitaba como un ser mitológico y esperaba, agazapado, la ocasión para renacer; surgir impetuoso en momentos oportunos de la Historia y convertir a la ciudad, en una ciudad sumergida en las aguas. Desconocía que era un río mareable, que había sido navegable y gracias a él fenicios, cartagineses y romanos se asentaron sobre la zona más alta del territorio. No sabía que, unos años después, el río, que tenía memoria y título de tal, se desbordaría a su paso por la ciudad. Era junio de 1930 cuando, unos días antes de la Feria y Fiestas de San Antonio, se inundaron varias calles del centro, la plaza de abastos, algunos paseos y destrozada una gran parte de la muralla del río Iro –en su margen izquierda– próxima al puente de Isabel II: el Puente Grande. Sin embargo, el recién construido Puente Chico desafió la gran avenida de agua de lluvia permaneciendo incólume ante ella. La riada fue tan grande, de tan gran calado, que el Ayuntamiento solicitó auxilio y ayuda inmediata a la Capitanía General del Departamento de San Fernando, que no tardó en servir efectivos y materiales a la ciudad anegada, prestando, inmediatamente, sus servicios a los afectados y evitando posibles desgracias personales.

Treinta y cinco años después, el 19 de octubre de 1965, el río Iro nuevamente se desbordaba por el mismo lugar provocando la mayor inundación conocida hasta entonces en la ciudad; la mayor catástrofe natural del siglo XX. Todo ocurrió tan pronto, tan deprisa, que nadie pensó en la cantidad ni en la fuerza que traían aquellas aguas. Solo unos años antes, en diciembre de 1962, el río ya había anunciado sobre la precariedad de su estrecho y sucio cauce, y del único e insuficiente ojo del Puente Grande. Fue un aviso precursor, anticipativo, del cataclismo que habría de venir. Y vino, iremediablemente, en aquel mes de octubre, porque el agua llegó como nunca antes había venido: sorpresiva, abundante, invasora.

Todos los que vivieron la riada y tenían uso de razón por entonces, coinciden al recordar que aquel día no llovió exageradamente en la ciudad; y es cierto, solo se recogieron algo más de veinte metros por metro cuadrado. Sin embargo, nadie cayó, intuyó, pensó lo que había llovido en la comarca, en la zona de Medina. Los cuatro afluentes que nutren al río Iro venían rebosantes y cargados de cuantos materiales encontraban en sus cauces secos; el verano había sido largo y el comienzo del otoño, con temperaturas suaves o altas a nivel del suelo para la época, no había sido pródigo en lluvias. Pudo haber seguido siendo el río de otros otoños, de otros inviernos lluviosos, pero se desbordó de manera inusual pasado ya el mediodía y se fue convirtiendo en un mar.

La ciudad, en plena actividad comercial, vivía en su rutina diaria, casi sin saber que en menos de dos horas sería invadida por las aguas que la tendría secuestrada cerca de ocho. En ese transcurrir, durante esas horas, sucedió todo. El agua llegó en forma de tromba, con un sonido desconsiderado, rompiendo con fuerza. La barriada de El Pilar fue la primera en sufrir el embate, la estampida feroz de las aguas. A muchas mujeres les cogió preparando la comida del mediodía, mientras otras volvían de la plaza de abastos… Una gran inquietud se apoderó de ellas: los niños más pequeños y los ancianos estaban en casa y temían por ellos y por sus hogares. No obstante, la robustez de la barriada y la rápida acción de los vecinos evitó la tragedia. Uno a uno fueron subiendo a las azoteas y refugiadas allí serían rescatadas, en barca, por José Barberá y el guardia civil Manuel Pérez, entre otros. Sin embargo, es preciso recordar que todavía existían por la zona chozas y caserones. Los más bajos, los próximos a la carretera, fueron arrastrados por la corriente, así como sus enseres y animales domésticos, sobre todo cerdos, que se engordaban en un agujero de tierra junto a la infravivienda.

No pararon ahí las aguas, pues siguieron como enloquecidas en busca del cauce natural del río, hacia el meandro más pronunciado, el más próximo al Puente Grande. Pero el puente, aunque mayestático, ya había comenzado a dar síntomas de atascamiento en su único ojo, por la enorme cantidad de restos de todo tipo que venía arrastrando el río desde varios kilómetros atrás. Así, al provocarse la retención, un verdadero tapón, las aguas rebosaron por sus dos orillas: una, la de la parte de El Lugar, tomó dirección hacia las huertas más inmediatas de la zona del antiguo cementerio y hacia la calle de la Plata bajando en dirección a la calle Huerta Chica –antes Sagasta– y en la otra orilla, la de la Banda, arrastrando chozas y paretillas hasta alcanzar las casas próximas a la Fuente Vieja afectando severamente a la Escalereta y a la muralla de contención de la calle Carmen Picazo. De esta manera, ambas orillas se vieron comprometidas seriamente, así como las calles de la Huerta Chica, Plaza de España, Marqués de los Castillejos, Paseo de José Antonio, La Vega, Magistral Cabrera, Nuestra Señora de los Remedios, Constitución –antes General Franco– Joaquín Santos, Mendaro y Retortillo, todas ellas en El Lugar. Entretanto, en la otra ribera –en La Banda– el agua corría con fuerza hacia las calles Carmen Picazo y Paciano del Barco destrozando el Campo Municipal de Fútbol e inundando en su totalidad la Barriada de El Carmen. En su camino hasta su primitivo cauce desbordó las salinas de los alrededores y a la altura del Buey, uno de los meandros más cerrados que tenía el río, se produjo un nuevo atasco de materiales que impedirían más tarde, el desagüe natural.

Volviendo al Lugar, tenemos que decir que las aguas llegaron a inundar todas las casas bajas de las más importantes calles del centro histórico: del Iro, Fraile, Padre Caro, Nuestra Señora de los Remedios, Arroyuelo –antes Rivero– Cádiz, Concepción, Caraza y toda la zona de las Albinas incluidas las bodegas y pequeñas industrias, carpinterías, talleres y la Fábrica de Muñecas. Desde las zonas más altas, ríos de agua callejeros corrían en dirección al centro. El ímpetu de la corriente arrancó piedras del adoquinado de la calle Hormaza –antes San Juan Bautista de La Salle– y se fue acumulando frente a la iglesia de Jesús Nazareno.

La noticia tuvo que llegar pronto a Cádiz y San Fernando, porque las acciones de salvamento se iniciaron a plena luz del día y dio tiempo suficiente para que llegasen los helicópteros de la Base de Rota, los anfibios de la Marina, los camiones y jeeps del Ejército, el camión de los bomberos de Cádiz –el Denni– y la Policia Armada. Todos se desplazaron con la rapidez que daba el momento y así comenzaron las tareas de auxilios y el rescate de los vecinos alojados en los tejados y lugares más peligrosos.

A medida que avanzaba el día y el nivel del agua subía los vecinos, alertados, fueron tomando los mejores lugares para evitar la inundación. Nunca se pensó que sería tan grande. Primero, lo primero; los colchones, la ropa: todo en alto. ¿Pero hasta que punto, hasta qué lugar? Muchos vecinos ya estaban habituados a las inundaciones y los más previsores tenían su propio dispositivo para salvar lo importante. Sin embargo, esta vez todo cuanto hiciesen iba a resultar inútil. A partir de ahí, se trataba de salvar la vida; de no ser arrastrado por la fuerte corriente. Así, unas manos ayudaron a otras… primero los niños, después los mayores: todos a la azotea más próxima, a la más alta.

Los guardias municipales y la Guardia Civil acudían donde podían para poner a salvo a los más rezagados; en el mismo cuartel de la calle Rivero también entró el agua. En un momento dado, tres guardias civiles se arrojaron a las aguas para rescatar a una familia de una muerte segura. Mientras tanto, en la calle de la Plaza, la tragedia estaba a punto de aparecer: los niños del comedor de Auxilio Social se vieron atrapados en el local. Se dio aviso a los municipales para que viniesen al rescate. Uno de ellos, junto con Cristóbal Vela –conductor del camión de José Antonio González– acudió a la puerta del comedor donde les esperaba Victoria Baro y Leonor, la cocinera, con los niños. Si difícil fue montarlos en el camión, más lo fue, y peligroso, subirlos hasta el balcón de la casa de los Cañizares, en el número tres de la calle, y de allí la mitad de ellos a la de Luis Barberá. No parecían suficientes las cuerdas ni la escalera, pues el camión se deslizaba de un lado a otro movido por la turbulencia de las aguas que lo arrastraba hacia el final de la calle de La Plaza. Más de tres horas estuvieron los niños encima de la batea: empapados de agua, con frío y miedo. Los padres agustinos desde un balcón les dieron la extremaunción pensando en que se podía producir una gran tragedia. Uno de los padres, el padre Francisco, intentó en varias ocasiones, de manera infructuosa, tirarse al agua y acudir a los párvulos, pero le fue imposible. Solo el arrojo de Victoria Baro junto a las maniobras que tuvieron que hacer los dos vecinos, Manuel Cañizares y su esposa, salvaron a los niños indefensos de morir ahogados.

Caía la tarde y con ella bajaba el nivel de las aguas: el peligro había pasado. Al filo de las ocho finalizaron los trabajos de evacuación y salvamento; la ciudad era una ciudad muerta. Sin embargo, nadie falleció, ni hubo graves accidentes. Solo unos días más tarde fallecía en el Hospital de Mora de Cádiz, un neonato de nueve meses víctima de una enfermedad respiratoria aguda, al permanecer cerca del agua durante algún tiempo, mientras subía el agua. Bajo la noche, la inmensa noche oscura de octubre, los rostros permanecieron grises, quietos, pálidos de miedo en una invisible calma esperando, con frío, la llegada del nuevo día. Los camiones del Ejército y de la Armada mantuvieron durante toda la noche sus faros encendidos dando luz a las penumbrosas calles de la ciudad, al tiempo que la Guardia Civil velaba por la seguridad en distintos puntos de la localidad. Los panaderos también trabajaron toda la noche para que al día siguiente no les faltase el pan a los vecinos. La panadería de Butrón, una de las más afectadas, después de un intenso y laborioso trabajo de limpieza, abría sus puertas como cada mañana.

Cuando amaneció el día, la ciudad presentaba una terrible imagen desoladora: barro y fango en muchas casas, en las calles afectadas, en comercios e industrias y pérdidas de bienes en el campo. En la alameda los daños eran visibles y afectaron a tres iconos; tres símbolos de aquella época: el Puente Chico, el kiosco de la música y el teatro García Gutiérrez. Ninguno de los tres ya existen. Sin embargo, también era el día de comenzar la recuperación: ¡Chiclana, día cero! Era el día de la resignación, pero sin sucumbir a ella, sin rendirse. Así, al “empuje de sus brazos”, como dice una de las estrofas del Himno a Chiclana, se fue retornando a la vida; a sus hogares; a sus trabajos diarios y a sus negocios. Nadie mejor que ellos conocen esta historia.

Algo semejante debe decirse del Ayuntamiento. El alcalde, don Tomás Collantes Ceballos, al frente de la Corporación Municipal, vivió días enteros sin salir del edificio municipal para atender, al instante, cualquier demanda o petición de ayuda mientras se gestionaban otras en distintas administraciones del Estado. No cabe duda del esfuerzo y del tesón en que se llevaron las gestiones, pues tres años más tarde, entre los restos aún visibles de la tragedia, la ciudad emergía con fuerza buscando la prosperidad arrebatada. Y a fe que la encontró.

(Continuará)

Publicado en el catálogo de la exposición: El río de la memoria: 50 años de la riada. Ayuntamiento de Chiclana de la Frontera, noviembre de 2015.