Una ciudad bajo las aguas (y II)

La riada de 1965

Cincuenta años más tarde, cuando la transformación social y económica de Chiclana ha sido portentosa y, a pesar que el horizonte gris de la crisis económica nubla el cielo de Chiclana, desde la delegación de Cultura de nuestro Ayuntamiento se ha querido rendir homenaje a aquel pueblo de Chiclana, a todas aquellas personas que tanto sufrieron la riada, y al mismo tiempo, recordar la fecha de la efemérides. Para ello se ha creado una Comisión Asesora con el encargo de realizar una programación de actividades socio-culturales en torno a la riada. Entre ellas esta exposición, El río de la memoria: 50 años de la riada. Su objetivo primordial es, que el público tenga una visión histórica de lo que sucedió, al margen de esa otra simbólica y personal, la de cada visitante en particular. Es una muestra evocativa –pero sin extraños conjuros– y por tanto emotiva, que tiende o pretende estimular emociones y recuerdos; añoranza para otros, de un tiempo y de una Chiclana que se fue con la riada. Porque la riada del sesenta y cinco forma parte de la memoria colectiva de sus habitantes, sobretodo, de aquellos que han pervivido estos cincuenta años con el recuerdo de aquel lejano drama padecido.

Un recorrido por las dos salas que la componen, muestran al público más de doscientas piezas diferentes entre fotografías, documentos y otros objetos relacionados con la riada. Con ello hemos pretendido mostrar algunos aspectos, concretos si caben, de lo que fue la catástrofe. La exposición se inicia con tres grandes fotos aéreas de Chiclana de 1963 –de Paisajes Españoles– en la que se pueden apreciar con gran nitidez y calidad fotográfica la Chiclana urbana de la época. Junto al título de la exposición, la primera página del Diario de Cádiz un día después de la riada y a continuación un plano general de Chiclana, de marzo de 1965.

Sobre las paredes de ambas salas, y de manera temática, hemos presentado una nueva visión fotográfica de la riada con el importante reportaje de Juman –Juan Martinez Neto– que existe en el Archivo Histórico Municipal, al que hemos añadido otras fotos, la mayoría inéditas, de fotógrafos locales como Juan Barberá Baro, Juan Martínez González, José Chaves, Agustín Carmona. A todas ellas se suman las aparecidas en la revista AMA y Cádiz Gráfico y otras muchas del archivo personal de los chiclaneros que gentilmente han cedido ese extraordinario material para esta exposición. También se unen a estas, al final del recorrido, una colección de seis retratos de Pedro Leal, de otros tantos protagonistas, en un antes y después.

En las vitrinas se han expuestos diferentes objetos relacionados con la vida cotidiana que nos evocan aquel tiempo de nuestra historia, muchos de ellos cargados de símbolos, y que son a la vez documentos históricos. Junto a estos, otros seleccionados documentos –en papel– que se custodian en nuestro Archivo Histórico Municipal, tan interesantes como dignos de la Smithsonian o cualquier museo nacional. Son documentos, cartas y oficios que al margen de su historicidad cumple con la función cultural de dar sentido, dar significado simbólico de un tiempo y de una sociedad como la chiclanera del sesenta y cinco.

En la primera de ellas, como una bienvenida, vamos a encontrar el reloj de el bar “El 22”, cargado de tiempo y de mármol, de saetas estáticas que señalan la hora más comprometida del día en el propio bar, las fotos gastadas de tantas veces como se han enseñado, y algunas botellas que sobrevivieron a las aguas. Contiguo a ellas, tres documentos periodísticos: la crónica del Diario de Cádiz del día siguiente a la inundación, una reseña del periódico El Alcázar y un extenso reportaje de la revista AMA. En la segunda vitrina hallaremos una colección de botones salvados del agua y restos de encajes de la mercería de Canito. En su parte posterior destacamos como sobresaliente, un documento relativo al expediente del salvamento de los niños del comedor social; la Cruz de Beneficencia concedida a Victoria Baro Sánchez y dos fotos de ella: una el día de la imposición de la cruz y otra junto a los niños, unos días después de la inundación.

Y ¿quién no conoce y sabe de la veterana tabla de madera, simple y sencilla, que durante más de cuarenta y ocho años guarda de las aguas la zapatería de Eloy, la de los hermanos Aragón? Pues aquí está, junto a un par de zapatos testigos de la riada, señera y destacada, vigilante y protectora tanto ella como sus dueños de su negocio familiar.

En esta misma sala presentamos una magnífica película en 8 milímetros de Juan Barberá en la que no solo grabó la inundación de 1962, antesala de la que vendría, sino retazos deportivos de la Chiclana de aquellos años y escenas de su vida cotidiana. Un interesante documento testimonial de la época; de aquellos felices sesenta. En la última vitrina de la primera sala, se enseña las cartas de condolencia y apoyo que el ayuntamiento chiclanero recibió de distintos ayuntamientos de España, destacando la carta-aerograma del padre Pedro Tung, desde Formosa. También diversos telegramas, uno de ellos del propio ministro de Marina, Nieto Antúnez.

Al fondo de la sala, el documental que hemos editado para la exposición; un claro ejemplo etnográfico en el que se muestran veinticinco personas que nos narran y relatan, en diversos fragmentos, sus propias experiencias y evocan en sus mentes la realidad de aquel día. Son aquellos que vivieron cerca del peligro, que pasaron por instantes complicados o que fueron capaces de auxiliar, atender… echar una mano al desvalido, a aquellos que necesitaban ayuda, porque no podemos olvidar el ejemplo de solidaridad que aquella tarde, y en días sucesivos, el pueblo de Chiclana, la gente de Chiclana, fue capaz de demostrar ofreciendo su cara más humana, la de un pueblo unido en la desgracia pero arropada por el consuelo y la ayuda de sus vecinos. Ellos son una muestra representativa y significativa de los chiclaneros y chiclaneras testigos del desastre. Ellos son la cara afectiva de la riada, sin filtro para las emociones, donde a veces se les quiebran, de contenida emoción, sus voces.

No podía faltar el homenaje a quienes nos ayudaron en el rescate y evacuación de las personas atrapadas en distintos lugares de la ciudad. Como representante de todos ellos hemos podido contar con una curiosa colección de herramientas y materiales del Parque de Bomberos de Cádiz y Chiclana. De éste último, restaurada y auténtica pieza de museo, una motobomba que en aquel día realizó maniobras de desagüe.

En la segunda sala, un óleo pintado por J. López G. en 1900 en el que se plasman las márgenes del río, el antiguo teatro –siempre existió un teatro en el lugar– y el Puente Grande –icono de la ciudad en el siglo XIX–. También nos enseña una Alameda del río, protagonista indiscutible de lo ocurrido. En la primera vitrina nos encontramos con dos proyectos relativos al río Iro que se hallan en nuestro Archivo Histórico Municipal: uno, de 1840, es el expediente para la subasta de las obras de relleno, y otro de 1876, sobre las obras necesarias para construir la parte del Puente Chico de madera arruinado e irreparable. El puente, aquel Puente Chico inolvidable, es la gran pérdida de los que no perdieron nada personal o familiar; el puente como símbolo de un pueblo que fue. A primera vista hemos expuesto su planimetría, de 1926, donde se puede observar, si se mira con detenimiento, no solo el fino y detallado trazado de las líneas del experto delineante, sino las diferentes cotas de altura de las aguas en bajamar y pleamar y una referencia a la inundación de 1902, que también tuvo que ser importante. Junto a ésta se ha añadido, después de la inundación del sesenta y cinco, una nueva, señalando la altura que alcanzaron las aguas –que según esta marca– sobrepasó completamente al puente. A continuación, al lado, cuatro fotografías de varios instantes de su construcción. Inmediato a estos planos del puente están los del kiosco de la música, pues kiosco y puente formaban parte del proyecto y ambos fueron víctima propiciatoria de las aguas. Al kiosco le sucede todo lo contrario que al puente, pocos se acuerdan de él. Tanto fue así que con la reconstrucción de los dos puentes se olvidaron del elemento más coqueto, más lúdico, el de mayor y más popular ámbito, necesario para un pueblo que tendría que alzar la vista nuevamente al horizonte, sin fango y sin lágrimas, y volver a sonreír.

Esta primera vitrina contiene, además diversos documentos, cartas, oficios y fotos; una pequeña colección de postales del siglo XIX cedida por varios coleccionistas, entre ellas la inundación de 1902, y un banderín de los años sesenta con una vista del río. En la siguiente, la segunda, podemos observar documentos relativos a las medidas higiénicos-sanitarias y a la vacunación antitífica, así como una jeringa con su caja esterilizadora, un bote de cristal para el alcohol –de aquella época– y una bombona para el uso de algodón hidroxilo. Frente a ella, un cartel de toros de la corrida en pro de los damnificados de la riada que se celebró en la extinta plaza de toros de Cádiz. Cercano a él, una foto del diestro local, Emilio Oliva junto al alcalde y al gobernador civil de la provincia entregando el cheque con la cantidad recaudada. En la última vitrina hallaremos diversos documentos municipales alusivos a los daños provocados a particulares, la entrega de enseres, un cofre de madera rescatado del fango de un hogar siniestrado, una libreta de horas extras del Banco Español y otros varios documentos. Finalmente se exponen, a ambos lados de la pared, los seis grandes retratos que con anterioridad hemos señalado; a su lado de cada uno de ellos, las fotos de los mismos protagonistas, cincuenta años antes. Y en formato digital, sobre pantalla, en constante bucle, se reproducen todas las fotos conocidas de aquellos inolvidables días de octubre.

Así, con todos estos elementos expositivos hemos querido que cuando el visitante finalice el recorrido por la exposición, se sienta partícipe de ella, no solo como mero espectador u observador sino como un elemento expositivo más, de primer orden, como formando parte de alguna manera, ya simbólica o real, de lo que sucedió aquel día 19 de octubre de 1965 en una ciudad sumergida por las aguas.

Publicado en el catálogo de la exposición: El río de la memoria: 50 años de la riada. Ayuntamiento de Chiclana de la Frontera, 2015.