Crónica de la riada de 1965 en Chiclana de la Frontera (I)

TODOS FUERON VALIENTES

En el casco histórico los más previsores buscaban las tablas y el yeso para evitar lo que cada otoño sucedía con un simple chaparrón. Era el 19 de octubre de 1965 y ese día, como otros, comenzó a desbordarse el río sin saber ni preveer nadie, lo que iba a suceder unos minutos más tarde. Dicen que fue una gota fría. Para colmo de males, a ello se unió la pleamar. Y vino lo que vino: la mayor, la más terrible, la más grave de cuantas inundaciones había azotado a la ciudad. Desde entonces será el acontecimiento, de mediados del siglo XX, más recordado en Chiclana.

Un viejo refrán castellano dice “que dejan recuerdos espantosos los octubres que comienzan tormentosos”. Un gran recuerdo espantoso dejó entre los habitantes de Chiclana aquel mes de octubre, a pesar de que no fue tormentoso, pues las temperaturas permanecieron más altas de lo habitual y no había venido con grandes lluvias. Pero eso fue hasta que llegó aquel día. Y llegó con mucha agua. Llovió copiosamente durante la noche y la mañana. Se recordaba la riada e inundación de diciembre de 1962 y otras anteriores. Los mayores incluso recordaban la de junio de 1930. Sin embargo, en esta ocasión la ciudad iba a verse muy comprometida por tanta agua como bajada por el río; el río Iro. Un río desbordado por unas aguas con una fuerza capaz de arrastrar paredes, muros, adoquines, animales, árboles y enseres, y que alcanzarían, en algunos lugares, hasta seis metros de altura. Ni hubo pérdidas humanas, pero sí muchos valientes. Valientes fueron las gentes corriente que lo perdieron todo; verdaderos héroes anónimos llenos de coraje fueron los que ofrecieron su mano a los que estaban en apuros; familias enteras solidarias que dieron lo mejor de sí mismos para ayudar y socorrer a sus vecinos, a los más próximos, pero también a los más apartados y desconocidos. Fueron personas anóminas cuyos gestos quedaron en el corazón de sus vecinos o de sus familias y, aunque no fueron reconocidos, ni nombrados ni mentados, fueron unos valientes. De todos los dramáticos episodios de aquel día, la gesta heroica que destaca sobre todos ellos es el salvamento de los cincuenta niños del comedor infantil de Auxilio Social. Este drama, felizmente resuelto, es el eje central de la tragedia, el más conocido, aunque también hubo otros dignos del mismo merecimiento que abordaremos a lo largo de nuestra narración.

Durante estos cincuenta años, el suceso ha quedado anidado en la memoria colectiva de los habitantes de la ciudad. Y ya sea a través de ellos o de las crónicas periodísticas, se han ido construyendo unos relatos que merecen una mayor profundidad histórica. Nosotros también hemos querido construir un relato, a caballo entre la crónica etnográfica y la historia, para aportar y añadir ciertos datos documentales guardados en nuestro importante Archivo Histórico Municipal. Así, hemos elaborado una crónica municipal y al mismo tiempo nos hemos centrado en las actas capitulares y en los expedientes incoados a unos valientes que, a riesgo de perder sus vidas, la expusieron para salvar la de otros. Sus nombres han quedado en escritos, oficios y comparecencias. La gran mayoría en expedientes sin acabar que, el tiempo ha amarilleado.

Hoy encaja bien, para estos tiempos de hipermodernidad recordar, con nostalgia, los sucesos del pasado. Pero éste en particular no debe, dentro del “todo-conmemorativo” hipermoderno, exaltar el pasado, ni entrar en el frenesí conmemorativo, ni incluso revivir aquel tiempo, porque éste es más intimista que otros; que otros momentos de la Historia, pero llega a tener un poder de evocación tan grande que, desde los más jóvenes hasta los más viejos siguen recordándolo sin la borrosidad que el tiempo da a la memoria. Y si bien es un hecho de la memoria individual de cada chiclanero que vivió aquellos terribles momentos, hoy pertenece a toda una comunidad.

Publicado en el libro Barro y lágrimas por el autor. Navarro Editorial. Chiclana, 2015.