Crónica de la riada de 1965 en Chiclana de la Frontera (II)

EL RELATO DE UN NIÑO

Cuando le pregunto por aquel día me responde que lo primero que recuerda es la lluvia; la lluvia y las palabras de su madre al asomarse a la ventana: “el río va tan crecido que se parece al Ebro con su inmenso caudal”. Minutos después de su jocoso comentario, el río era un mar como lo fue in illo tempore, cuando los fenicios arribaron hasta Chiclana; un mar, no precisamente de sonrisas sino de zozobra. Y la preocupación por sus hijos se instaló en la mente de la mujer. El agua comenzó a subir por las escaleras de la casa. Todos fueron al piso superior, pero antes recogió una estatuilla de la Virgen de los Remedios y la puso en el cuarto escalón superior, con dos mariposas encendidas… Este hombre, que hace cincuenta años era un niño, no puede continuar el relato porque se ha emocionado. “No te lo creerás, pero fue el máximo nivel donde llegaron las aguas. En aquel escalón se paró el agua. Yo tenía siete años y recuerdo el río, al que tanta veces había visto a seis o siete metros del suelo tenerlo a solo medio metro de mi vista. Luego estaba el sonido y el ímpetu con que venían las aguas. Mis hermanos y yo vimos pasar por delante nuestro a vacas, troncos de árboles, palmeras, muebles, un seiscientos y muchas cosas más”. La casa quedó en medio de las aguas; por un lado las que corrían desbocadas por el cuace del río y, por otra, las que inundaban la calle como consecuencia del desbordamiento. La azotea en donde se encontraba, era un privilegiado pero peligroso mirador, pues se estaba en la incertidumbre de si los cimientos resistirían el continuo embate de las aguas sobre ella. Y resistió a pesar de que el agua había horadado una parte de ellos.