La última leyenda de Paquiro (II)

II

Aquel mismo día, a las cinco de tarde, se celebraron las exequias por la muerte del torero. El duelo fue multitudinario y el acompañamiento, sentido por todos los habitantes de la villa y muchos que llegaron de Cádiz, además de otros lugares del reino. Alrededor de aquella hora, el diestro se registraba en una posada de La Línea, agotado por el viaje y a la espera de poder embarcar al día siguiente en Gibraltar, en un barco que se dirigía a Portsmouth con escala en La Coruña. Una semana más tarde, hacía lo propio en uno de los paquebotes que realizaban la ruta postal La Coruña-La Habana. La travesía fue larga, monótona y beneficiosa, pues el tiempo transcurría a favor de su salud. Así, fue recuperando la vitalidad perdida por aquellas traicioneras fiebres.

Un Paquiro al que nadie conoce y que viaja bajo el nombre de Francisco Monterrey, llegó a Cuba quince días más tarde. Sus ropas le delataban como hombre de buena posición: comerciante, fabricante o, simplemente un español que venía a la isla para hacer nuevos negocios o acrecentar su fortuna. En La Habana se instaló en un hotelito de segundo orden. Allí permaneció al menos dos meses hasta que compró, a través de unos intermediarios, unas tierras en la provincia de Cienfuegos. En ellas pretendía fundar una ganadería, adquiriendo reses de España. Durante aquel intervalo y esperando la llegada de las reses, dedica su tiempo a pasear por la ciudad, dándose a conocer como un hombre con dinero, culto y elegante. De esta manera, entabló amistad con un próspero comerciante criollo, y este le introdujo en la sociedad ilustrada que, a imitación de la metrópoli, organizaba reuniones en las casas de los más ilustrados y, adinerados. En una de las reuniones de aquella sociedad colonial, conoció a doña Ana María de Velasco, una joven viuda que vivía de las rentas de unas casas alquiladas que le dejó su difunto marido. Era la dama de moda y un buen partido, pero ella no era mujer fácil de conquistar. Sí en cambio lo fue para Paquiro, que restablecido totalmente había recuperado su garbo torero, las ganas de conquista y, además, estaba dispuesto a emprender una nueva vida. Al poco tiempo ya eran amantes de la época, es decir, novios. Cuando la dehesa estuvo preparada para poder vivir en ella, doña Ana María y Paquiro se fue a vivir a ella, rompiendo con la encorsetada vida de la ciudad. Pero aquel romance apenas si duró dos años, pues doña Ana María de Velasco enfermó y murió de tisis.

El torero, inmerso en una terrible depresión, vendió la finca y se marchó a Veracruz (México). Allí encontró trabajo en una hacienda: la Hacienda Torre de los sacos. Como buen conocedor del campo, sus trabajos fueron reconocidos por los que a su lado trabajaban y los patronos le llamaron para que tomase parte de la administración de la hacienda junto a los viejos capataces. Con el transcurrir de los días,  hizo amistad con un muchacho de veintiún años, de nombre Luis Miguel, descendiente de los primeros chiclaneros que llegaron a Veracruz y a quién, por su desgraciado destino, huérfano de padre y madre a la edad de seis años, fue abandonado por su tía paterna, una arpía desalmada, que se quedó con su pequeña  fortuna.

En las noches heladas al calor de la hoguera, y en las tórridas a la luz de las estrellas, Paquiro fue contándole al joven su historia. Le habló de sus éxitos como torero en los ruedos de España, de su relación en la corte, de su fama y, de su huida de España. Así, retomaba incansable el relato de su vida en un melancólico soliloquio que acababa embargándole de una profunda tristeza, pero con el único consuelo de saber que alguien le escuchaba. Y así, noche tras noche, aquel hombre, que al cabo de unos años había llegado a una ancianidad prematura, contaba con una sinceridad pasmosa su historia y, desvelaba sus pensamientos sin rencor ni temor de su vida pasada. Sólo se lamentaba, alguna que otra vez, de haber abandonado a su familia. Un abandono y una pérdida que ahora le molestaba en el corazón y, pensaba mientras sufría, la suerte que habría corrido.

(Continuará)