La última leyenda de Paquiro (I)

I

 ¿Quién no conoce algunas de las leyendas del afamado, querido y prestigioso lidiador y torero, Francisco Montes, Paquiro? Son muchas las que se conservan en el recuerdo y la memoria de los buenos aficionados al toreo, mucho más en Chiclana, su ciudad natal. No obstante, la que vamos a narrar es la última conocida, fruto de una investigación de hace sólo unos años realizada en la Universidad de Montpellier por el hispanista e historiador  francés François Gabín, de la ciudad de Beziers.

La leyenda se remonta al año 1851 cuando Paquiro volvió a Chiclana, tras la cogida sufrida el año anterior, en la plaza de toros de Madrid. A mediados de marzo unas fiebres intermitentes con fuertes dolores de cabeza le hicieron encamar durante unas semanas. El médico le diagnosticó “fiebres tercianas” instaurándole un tratamiento para atajarlas. Ni el tratamiento ni los remedios empleados, cataplasmas y esencias antiespasmódicas, dieron resultado alguno. Muy al contrario, en los últimos días del mes, las fiebres continuaron debilitando al enfermo. Pero, tras éste progresivo empeoramiento, mejoró súbita y milagrosamente en los primeros días del mes de abril. El día 3, más recuperado, se levantó de la cama aprovechando que su esposa e hijo habían viajado a Cádiz.

Aquel mismo día por la tarde llegó un primo hermano del torero, de gran parecido físico con el diestro,  que trabajaba y vivía en la dehesa del torero cerca de Los Cuartillos del Toril. Había vuelto del campo porque se encontraba enfermo, con fiebre y dolores articulares. El primo le comenta que hace unos días se había pinchado con un alambre mohoso y la herida se le había infectado. Ante el mal estado del enfermo, el mismo Paquiro le ofrece su propia cama. En la mañana del día 4, el matador parte para la dehesa dejando al enfermo en su lecho. Mientras Paquiro paseaba por la dehesa, en casa del diestro, durante la mañana, su primo empeora. La sirvienta, preocupada por la gravedad del que cree que es Paquiro, dio aviso al médico, que creyó que atendía a su paciente de “tercianas”, y no de tétanos. El galeno comprobó su extrema gravedad y piensó que podóa morir. Los síntomas eran alarmantes: rígidez, manchas en la cara y fiebre alta. Su praxis y experiencia le indican que ya no puede hacer nada por él. Los únicos auxilios que necesitaba el paciente eran los espirituales.  Avisado el párraco de San Juan Bautista, acudió presto con dos monaguillos a casa del moribundo para reconfortarle antes del viaje final.

Sin perder un instante, se previene a la familia, que regresa apresuradamente desde Cádiz. Unas horas después, a las cuatro y veinticuatro de la tarde, Francisco Montes Reina, Paquiro fallecía de manera oficial. Era el 4 de abril de 1851. Su cuerpo fue amortajado y vestido con uno de sus trajes de luces más lustrosos y en su pecho se le colocó una cruz con un Santocristo que llevó tantas tarde de gloria por las plazas de España.

La noticia corrió por la villa como un reguero de pólvora y en todas las tertulias de ventas y ventorrillos no se hablaba de otra cosa. Mientras las viejas campanas de la Torre del Reloj tocaban a muerto, los vecinos más piadosos rezaban por el alma del fallecido. Al filo de las ocho de la noche, Paquiro volvía a la villa tras permanecer todo el día en la dehesa. En una venta situada a la entrada del pueblo, al final de la que llamaban la Cuesta de la villa, junto a la fuente de cristalinas aguas donde una gran parte de los habitantes de la villa se abastecían de ella, se entera de la fatal noticia. Paquiro, que venía embozado con una capa negra y un sombrero de ala ancha, no le reconocen en la venta. Mientras apura un vaso de vino, comienzó a urdir un plan. Un plan que desde hacía unos años tenía en su mente. Así, volvió tras sus pasos arreaando a su caballo blanco camino, nuevamente, de la dehesa. Al llegar, se encerró en el casón y, sin encender luz y hoguera, se acuestó. A las cinco de la madrugada, antes de que despuntase el día, se levantó, buscó en un lugar secreto una bolsa de dinero, unos pagarés y otros objetos de valor. Sin más demoras, preparó un saco de mano con algunas ropas y unas alforjas. Dió de comer a su caballo y partió, semioculto por la niebla matutina, hacia el camino de Algeciras.

(Continuará)