La última leyenda de Paquiro (y III)

III

 Así fueron pasando los años y un día de agosto, el viejo torero enfermó. Falleció unos días más tarde, en la madrugada del día 8 de agosto de 1876. Durante el día, su cuerpo fue expuesto en la capilla de la hacienda, para ser velado en la madrugada. Al filo de la madrugada, cuando los hombres hablaban tranquilamente junto a la pequeña iglesia, repentinamente se levantó un fuerte viento que provocó destrozos en diversas estancias de la hacienda y una llama de un candil, prendió en el pajar que estaba junto a la capilla. Las llamas alcanzaron a ésta que se incendió por completo, así como el ataúd donde reposaba el cadáver del diestro. No sin grandes esfuerzos se consiguió apagar el incendio, pero ya fue demasiado tarde. Solo quedaron de la iglesia, los cuatro muros. Y de Paquiro, las cenizas. El joven Luis Miguel, apesadumbrado, las recogió y las introdujo en una bolsa de pana. Con el mayor de los cariños, como quien guarda las reliquias o recuerdos de un padre, guardó la bolsa en un baúl, donde permanecieron durante algunos años.

Un buen día decidió visitar España y llegar hasta Chiclana. Así, una mañana partió de la hacienda con una pequeña urna de madera y una parte de las cenizas del torero. El resto lo dejó en la bolsa, dentro del baúl. Tomó un barco y llegó a Cádiz y tras pasar el puente de barcas que cruzaba el río Zurraque, llegó a Chiclana en una polvorienta diligencia. En la ciudad, contó, explicó y narró las andanzas de Paquiro en México y su amistad con él. Relató historias que sólo los más antiguos conocían, pero nadie le hizo el menor caso. Se presentó en el Ayuntamiento y no le creyeron. El alcalde don Pedro Ríos, le agradeció el interés que se había tomado, pero le argumentó que no dejaba de ser una leyenda, pues Paquiro hacía años que había muerto en Chiclana. Incluso lo llevaron al nuevo cementerio de la ciudad y le señalaron la tumba, donde permanecía junto a otros restos de la familia Puerto. Más no se rindió el joven mexicano, pues siguió contando la historia en ventas, ventorrillos y aguachos a todos los parroquianos  que quisieron escucharla. Lo cierto fue que,  la mayoría no le creyeron y  le tomaron por un cuentista  o un advenedizo.

Después de dos semanas intentándolo y viendo que muy pocos le creían, una mañana alquiló una barca e indicándole al barquero que se dirigiese al castillo de Sancti Petri, allí, en un lugar desconocido, enterró las cenizas del que fuera el “Hércules de los ruedos”. A la mañana siguiente volvió a coger la polvorienta diligencia de Cádiz, se embarcó rumbo a México y no volvió nunca más.

IV

En 1986, un grupo de chiclaneros amantes del mundo del toro y fieles a la memoria del gran torero de Chiclana, formaron una comisión pro-monumento a Paquiro. La comisión organizó conferencias, exposiciones y rememoraron la Chiclana romántica de los tiempos del diestro. Uno de ellos, Antonio Cebada Panés, teniendo noticias sobre la existencia de la leyenda a través de un familiar que residía en Veracruz, la contó una noche en una de las reuniones semanales de la comisión. El entusiasmo fue tan grande, tan grandes las ilusiones, que de aquella reunión salió la propuesta de enviar a Cebada Panés a Veracruz para que trajese el resto de las cenizas de Paquiro. En los días siguientes, la propuesta se fue convirtiendo en realidad, pues importantes empresarios chiclaneros decidieron correr con los gastos del viaje. De este modo, pronto y sin más dilación, pues el tiempo apremiaba, partió el bueno de Antonio para México. Nunca se había visto en otra como aquella, pero conociendo su carácter de hombre bueno y su formalidad, todos entendieron que su cometido llegaría a buen puerto. En México permaneció diez días, los suficientes para ir a la Hacienda Torre de los sacos, presentarse ante los dueños, referir la historia, localizar y recoger las cenizas y volver a Chiclana.

Antonio llevó cartas y credenciales del alcalde de Chiclana, Sebastián Saucedo Moreno y las garantías de depositar las cenizas debajo del monumento. Una vez conseguidas las cenizas, las introdujo en una pequeña urna funeraria y partió hacia el aeropuerto de Veracruz, pero allí tuvo que esperar más de diez horas como consecuencia de los trámites legales  para la repatriación de las cenizas. Cuando llegó a Chiclana, era noche cerrada, una noche apacible y calurosa de agosto, precisamente la del día 30, fecha de la inauguración. Antonio llegó tarde al acto. El monumento había sido inaugurado solo unas horas antes. Cansado y a la vez decepcionado por no haber llegado a tiempo de enterrar las cenizas bajo el pedestal de la estatua, tomó la urna con las cenizas del torero y la arrojó con fuerza, pero sin rabia, a las aguas del río Iro.

Diecisiete años más tarde, se dragó el río para localizar la urna y exponerla en el museo taurino, sin embargo, la búsqueda fue infructuosa a pesar de que cuentan que, en las noches de luna llena cuando los rayos de luz penetran bajo las aguas del río (en el  supuesto lugar donde cayó la urna) se puede ver un reflejo de luces de tabaco y oro en el fondo, mientras unas tenues olas producen un suave y leve susurro que al compás de la brisa nocturna se transforma en un sonido semejante o parecido a un: olé, olé, olé… Son las voces de unos seres pequeños que viven junto al río, los “chilfoneros”, que ven entre las aguas, torear a Paquiro.

FIN

La última leyenda de Paquiro (II)

II

Aquel mismo día, a las cinco de tarde, se celebraron las exequias por la muerte del torero. El duelo fue multitudinario y el acompañamiento, sentido por todos los habitantes de la villa y muchos que llegaron de Cádiz, además de otros lugares del reino. Alrededor de aquella hora, el diestro se registraba en una posada de La Línea, agotado por el viaje y a la espera de poder embarcar al día siguiente en Gibraltar, en un barco que se dirigía a Portsmouth con escala en La Coruña. Una semana más tarde, hacía lo propio en uno de los paquebotes que realizaban la ruta postal La Coruña-La Habana. La travesía fue larga, monótona y beneficiosa, pues el tiempo transcurría a favor de su salud. Así, fue recuperando la vitalidad perdida por aquellas traicioneras fiebres.

Un Paquiro al que nadie conoce y que viaja bajo el nombre de Francisco Monterrey, llegó a Cuba quince días más tarde. Sus ropas le delataban como hombre de buena posición: comerciante, fabricante o, simplemente un español que venía a la isla para hacer nuevos negocios o acrecentar su fortuna. En La Habana se instaló en un hotelito de segundo orden. Allí permaneció al menos dos meses hasta que compró, a través de unos intermediarios, unas tierras en la provincia de Cienfuegos. En ellas pretendía fundar una ganadería, adquiriendo reses de España. Durante aquel intervalo y esperando la llegada de las reses, dedica su tiempo a pasear por la ciudad, dándose a conocer como un hombre con dinero, culto y elegante. De esta manera, entabló amistad con un próspero comerciante criollo, y este le introdujo en la sociedad ilustrada que, a imitación de la metrópoli, organizaba reuniones en las casas de los más ilustrados y, adinerados. En una de las reuniones de aquella sociedad colonial, conoció a doña Ana María de Velasco, una joven viuda que vivía de las rentas de unas casas alquiladas que le dejó su difunto marido. Era la dama de moda y un buen partido, pero ella no era mujer fácil de conquistar. Sí en cambio lo fue para Paquiro, que restablecido totalmente había recuperado su garbo torero, las ganas de conquista y, además, estaba dispuesto a emprender una nueva vida. Al poco tiempo ya eran amantes de la época, es decir, novios. Cuando la dehesa estuvo preparada para poder vivir en ella, doña Ana María y Paquiro se fue a vivir a ella, rompiendo con la encorsetada vida de la ciudad. Pero aquel romance apenas si duró dos años, pues doña Ana María de Velasco enfermó y murió de tisis.

El torero, inmerso en una terrible depresión, vendió la finca y se marchó a Veracruz (México). Allí encontró trabajo en una hacienda: la Hacienda Torre de los sacos. Como buen conocedor del campo, sus trabajos fueron reconocidos por los que a su lado trabajaban y los patronos le llamaron para que tomase parte de la administración de la hacienda junto a los viejos capataces. Con el transcurrir de los días,  hizo amistad con un muchacho de veintiún años, de nombre Luis Miguel, descendiente de los primeros chiclaneros que llegaron a Veracruz y a quién, por su desgraciado destino, huérfano de padre y madre a la edad de seis años, fue abandonado por su tía paterna, una arpía desalmada, que se quedó con su pequeña  fortuna.

En las noches heladas al calor de la hoguera, y en las tórridas a la luz de las estrellas, Paquiro fue contándole al joven su historia. Le habló de sus éxitos como torero en los ruedos de España, de su relación en la corte, de su fama y, de su huida de España. Así, retomaba incansable el relato de su vida en un melancólico soliloquio que acababa embargándole de una profunda tristeza, pero con el único consuelo de saber que alguien le escuchaba. Y así, noche tras noche, aquel hombre, que al cabo de unos años había llegado a una ancianidad prematura, contaba con una sinceridad pasmosa su historia y, desvelaba sus pensamientos sin rencor ni temor de su vida pasada. Sólo se lamentaba, alguna que otra vez, de haber abandonado a su familia. Un abandono y una pérdida que ahora le molestaba en el corazón y, pensaba mientras sufría, la suerte que habría corrido.

(Continuará) 

Relatos de Campano (I)

EL AMIGO PROUST

 Se sabe por sus libros, sobre todo por Salones de París, y también por su biografía, que el escritor francés Marcel Proust frecuentaba los salones del hotel Majestic; el mismo donde el marqués tenía como residencia en París. Uno de aquellos días de 1908 en que el señor marqués se hallaba en París alojado en el hotel Majestic tuvo lugar esta historia que a hurtadillas escuchó muchos años después una sirvienta de la señora. También contó algo la sirvienta de Proust, mademoiselle Céleste Albaret, pero sin decir nombres.

 Abrió el periódico por la página de las noticias internacionales y descubrió en una de ellas, una litografía que reproducía un rostro que le era familiar. Por eso, desde el otro extremo de la mesa, le comentó a su mujer:

–¡Qué sorpresa, Paca! A este escritor lo conocemos; lo conocemos de París, del Majestic.

Y señaló con el índice la página en la que aparecía el rostro de un joven escritor, al tiempo que le pasaba el periódico a doña Francisca, que poniéndose las gafas, se acercó y dijo de manera rotunda y certera:

–¡Claro que sí! Es Marcel, el del Majestic.

–Pues acaban de concederle el Goncourt por su libro, A la sombra de las muchachas en flor. Un premio literario muy imporante en Francia –continuó el marqués– aunque de escaso valor económico.

Y le vino a la memoria los recuerdos de un pasado próximo cuando vivieron en París antes de la Gran Guerra. Ahora había acabado y después de aquella brutal pesadilla, los europeos veían un nuevo horizonte distinto, cambiante, en el que ya nada sería igual. Pero para los marqueses, que descansaban en Campano una larga temporada, París, el París que dejaron, era el París de siempre y solo pensaban en viajar de nuevo a la ciudad donde fueron tan felices. Estaban a la espera que en cualquier momento las fronteras se abriesen con normalidad.

Ellos amaban París por muchas cosas y deseaban volver cuantos antes. Porque París antes de la guerra, además de ser la ciudad más bella del mundo, era el centro del mismo mundo. Y la plaza de la ópera, el centro neurálgico, el encuentro de la alta sociedad europea. Esa misma sociedad a la que tan bien retrató ese joven que acababan de concederle el premio, Marcel Proust.

Unos años antes, en una de aquellas tardes grises, cuando la lluvia caía persistente y fina sobre la ciudad, bajaron las escaleras desde el primer piso del Majestic hasta el hall. La marquesa iba ataviada elegantemente con un traje fino de faldas superpuestas –hasta el tobillo–, ajustado corsé y un collar de perlas sobre el cuello. El marqués, no menos elegante, iba vestido de frac y sombrero de copa. Y de golpe se tropezaron con un joven de cabellos largos que entraba al hall con un paraguas mojado en la mano. Éste, al ver a la marquesa con la sombrilla, le sonrió y le dijo:

–Madame, le cambio la sombrilla por el paraguas. No la necesitará hoy.

La marquesa, sorprendida ante las palabaras de aquel desconocido, tuvo la tentación de llamarle descarado, pero una dama como ella no se dirigía a desconocidos. Optó por mirar a su marido, que reía a su lado tapándose la boca con una mano.

¿Era el Proust retratado por Blanche? No. Ese joven Proust tímido y recatado ya había muerto y el que estaba por venir, el Proust novelista, nadie lo esperaba. Era un joven snob más de aquella época.

Igual que muchos de sus conocidos, los marqueses desconocían el talento que ocultaba aquel hombre que en aquellos días estaba escribiendo, curiosamente, En busca del tiempo perdido. Proust era un snob que, como una gasa, absorbía cuanto le rodeaba de los más diversos personajes que pululaban por la vida social parisiense en aquel tiempo feliz de 1908.

Excusez-moi la broma, madame y monsieur, dijo. –Presentándose a continuación–.

–Marcel Proust, poeta.

–Queda usted excusado, monsieur Proust –respondió el marqués–. Somos los marqueses de Bertemati, de España.

–¡Ah, de España! como la duquesa de León. Enchanté.

Y así nació una amistad, corta, pero entrañable amistad que duró hasta poco antes de que se declarase la Gran Guerra. Después, no volvieron a verse nunca más.

La última leyenda de Paquiro (I)

I

 ¿Quién no conoce algunas de las leyendas del afamado, querido y prestigioso lidiador y torero, Francisco Montes, Paquiro? Son muchas las que se conservan en el recuerdo y la memoria de los buenos aficionados al toreo, mucho más en Chiclana, su ciudad natal. No obstante, la que vamos a narrar es la última conocida, fruto de una investigación de hace sólo unos años realizada en la Universidad de Montpellier por el hispanista e historiador  francés François Gabín, de la ciudad de Beziers.

La leyenda se remonta al año 1851 cuando Paquiro volvió a Chiclana, tras la cogida sufrida el año anterior, en la plaza de toros de Madrid. A mediados de marzo unas fiebres intermitentes con fuertes dolores de cabeza le hicieron encamar durante unas semanas. El médico le diagnosticó “fiebres tercianas” instaurándole un tratamiento para atajarlas. Ni el tratamiento ni los remedios empleados, cataplasmas y esencias antiespasmódicas, dieron resultado alguno. Muy al contrario, en los últimos días del mes, las fiebres continuaron debilitando al enfermo. Pero, tras éste progresivo empeoramiento, mejoró súbita y milagrosamente en los primeros días del mes de abril. El día 3, más recuperado, se levantó de la cama aprovechando que su esposa e hijo habían viajado a Cádiz.

Aquel mismo día por la tarde llegó un primo hermano del torero, de gran parecido físico con el diestro,  que trabajaba y vivía en la dehesa del torero cerca de Los Cuartillos del Toril. Había vuelto del campo porque se encontraba enfermo, con fiebre y dolores articulares. El primo le comenta que hace unos días se había pinchado con un alambre mohoso y la herida se le había infectado. Ante el mal estado del enfermo, el mismo Paquiro le ofrece su propia cama. En la mañana del día 4, el matador parte para la dehesa dejando al enfermo en su lecho. Mientras Paquiro paseaba por la dehesa, en casa del diestro, durante la mañana, su primo empeora. La sirvienta, preocupada por la gravedad del que cree que es Paquiro, dio aviso al médico, que creyó que atendía a su paciente de “tercianas”, y no de tétanos. El galeno comprobó su extrema gravedad y piensó que podóa morir. Los síntomas eran alarmantes: rígidez, manchas en la cara y fiebre alta. Su praxis y experiencia le indican que ya no puede hacer nada por él. Los únicos auxilios que necesitaba el paciente eran los espirituales.  Avisado el párraco de San Juan Bautista, acudió presto con dos monaguillos a casa del moribundo para reconfortarle antes del viaje final.

Sin perder un instante, se previene a la familia, que regresa apresuradamente desde Cádiz. Unas horas después, a las cuatro y veinticuatro de la tarde, Francisco Montes Reina, Paquiro fallecía de manera oficial. Era el 4 de abril de 1851. Su cuerpo fue amortajado y vestido con uno de sus trajes de luces más lustrosos y en su pecho se le colocó una cruz con un Santocristo que llevó tantas tarde de gloria por las plazas de España.

La noticia corrió por la villa como un reguero de pólvora y en todas las tertulias de ventas y ventorrillos no se hablaba de otra cosa. Mientras las viejas campanas de la Torre del Reloj tocaban a muerto, los vecinos más piadosos rezaban por el alma del fallecido. Al filo de las ocho de la noche, Paquiro volvía a la villa tras permanecer todo el día en la dehesa. En una venta situada a la entrada del pueblo, al final de la que llamaban la Cuesta de la villa, junto a la fuente de cristalinas aguas donde una gran parte de los habitantes de la villa se abastecían de ella, se entera de la fatal noticia. Paquiro, que venía embozado con una capa negra y un sombrero de ala ancha, no le reconocen en la venta. Mientras apura un vaso de vino, comienzó a urdir un plan. Un plan que desde hacía unos años tenía en su mente. Así, volvió tras sus pasos arreaando a su caballo blanco camino, nuevamente, de la dehesa. Al llegar, se encerró en el casón y, sin encender luz y hoguera, se acuestó. A las cinco de la madrugada, antes de que despuntase el día, se levantó, buscó en un lugar secreto una bolsa de dinero, unos pagarés y otros objetos de valor. Sin más demoras, preparó un saco de mano con algunas ropas y unas alforjas. Dió de comer a su caballo y partió, semioculto por la niebla matutina, hacia el camino de Algeciras.

(Continuará) 

El marqués de Bertemati y Campano (II)

Una nueva entrada del próximo libro: El marqués de Bertemati y Campano, el sueño de un liberal. En esta ocasión, la entrada número 69 (sin fotos).

LA EXPROPIACIÓN

Uno de los momentos más comprometedores y cruciales de Campano fue su posible expropiación. Te puede decir que la preocupación por la expropiación de la hacienda dejó a don José Baleyron muchas noches sin concilar el sueño. El gobierno de la República, dada la necesidad imperiosa de dar respuesta al campesinado ante la gran crisis agropecuaria, había previsto una importante reforma agraria. Las primeras disposiciones que se dictaron fueron sobre la revisión de rentas de fincas rústicas. Sin embargo, ello provocó numerosas protestas, pues éstas no aclaraban algunos aspectos o bien se omitían otros, por lo que en la Gaceta de 1 de noviembre de 1931 apareció, en un solo decreto, todo cuanto se refería a la revisión de rentas rústicas. Campano, con una importante superficie de cabida para arrendamientos[1] de entre dos y tres años, se vería afectada. Y me dirás: ¿en qué modo?

Don José Baleyron estudió con detenimiento el decreto y pronto encontró soluciones. Sin embargo, en el horizonte aparecía otra de las preocupaciones, tal vez la más acuciante, la que vino con la Ley de la Reforma agraria, que no vería la luz hasta septiembre[2] de 1932. Era una Orden de la Dirección General de Reforma Agraria[3] que establecía la declaración de toda finca afectada por dicha reforma. La orden aparecía en la Gaceta[4]. La finca de Campano, como las grandes fincas de Chiclana, tuvo que registrarse para determinar si se hallaba afectada por dicha ley. Así, casi un mes después[5], don José Baleyron, como apoderado y en nombre de don Manuel José de Bertemati y Pareja, marqués de Bertemati, presentaba ante el registrador de la propiedad de Chiclana, don Antonio García Trevijano[6] la Declaración de Fincas afectadas por la Ley de la Reforma Agraria[7].

Don José no se daba por vencido y se afanaba en demostrar los avances de la hacienda, como si en aquellos momentos estuviese a pleno rendimiento, con un marqués joven y activo, dueño de su extraordinaria iniciativa y experiencia en una tierra que comenzaba a dar sus frutos. Al margen de ello había redactado las “excepciones que afectaban a la finca” y por las cuales Campano no sería expropiado. Aludía en el primer punto a los terrenos dedicados a explotaciones forestales, verdadera riqueza en aquellos momentos. Continuaba con las dehesas de pastos y monte bajo y las de puro pasto, así como los baldíos, eriales y espartizales, pues no eran susceptibles de un cultivo permanente en un setenta y cinco por ciento de su extensión superficial. Y en tercer lugar justificaba que Campano como otras fincas, por su ejemplar explotación o transformación, podía ser considerada como modelo de perfección técnica y económica. En este tercer punto clasificaba a la hacienda[8] por cultivos, contabilizando cada hectárea, centiárea y área cada uno de ellos.

Y añadía que, si no se modificasen las excepciones, no serían expropiables las explotaciones forestales[9] de eucaliptos, el pinar[10] de tercera clase, ni monte bajo, también no susceptible de cultivo permanente en un elevado tanto por ciento de la extensión[11]. Y como de las restantes porciones se tenía derecho a conservar una parte equivalente[12], según marcase la Junta Provincial, de tierras dedicadas al cultivo herbáceo y teniendo en cuenta el coeficiente de Campano en cuanto a cultivos herbáceos, la hacienda perdería la viña, los cereales y frutales, y el olivar completo.

Pero realizado el estudio, se llegaba a la conclusión de que tal vez no fuese expropiada, según el apartado número trece que en la sexta base especificaba:

Quedarán exceptuadas de la adjudicación temporal y de la expropiación las siguientes fincas: B) Los terrenos dedicados a explotaciones forestales. C) Las dehesas de pastos y monte bajo y las de puro pasto, así como los baldíos, eriales y espartizales  no susceptibles de un cultivo permanente de su extensión superficial[13]. D) Las fincas que por su ejemplar explotación técnica o transformación puedan ser consideradas como tipo de buen cultivo técnico o económico.

 Y exponía don José:

 Es mi parecer que se debe solicitar que se incluya esta finca en el párrafo (D) de la base sexta; pero no tengo confianza alguna de que se consiga. Ahora sí creo que no ofrecerá duda la aplicación de las excepciones indicadas en los párrafos (B) y (C) de la misma base.

 La declaración la firmaba don José en Campano en septiembre de 1932. Ya se encontraba enfermo, pues a partir de 1931 su enfermedad[14] se fue agravando teniendo que guardar cama cada cierto tiempo. Todo el estudio fue minuciosamente supervisado a la espera de noticias la Junta Provincial; noticias que, como comprenderás, nunca llegaron a Campano ni a ninguna otra finca de la lista de expropiables en Chiclana.

Llegaron otros gobiernos republicanos y llegó la guerra, y los braceros y jornaleros pasaron de la posibilidad real de una distribución de tierras –legalizadas por la República– al “mito del reparto” que tantos años pervivió en la mente popular campesina –auspiciada por el Partido Comunista– hasta mediados de los años setenta con la recién estrenada democracia en el reinado de Juan Carlos I.



[1] 2.981 y media aranzadas. [2] El día 15 de septiembre de 1932. [3] Del día 30 de diciembre de 1932. [4] Gaceta del día 1 de enero de 1933. [5] El día 30 de enero de 1933 a las doce y cuarenta y cinco. [6] Antonio García Trevijano fue alcalde de Chiclana entre el 10 de abril de 1938 al 24 de noviembre de 1939. [7] Declaración de Fincas afectadas por la Ley de Reforma Agraria presentada el 30 de enero de 1930. (Anexo nº 17) [8] Superficie total: 1.349 hectáreas, 52 áreas y 51 centiáreas. [9] 80 hectáreas y 11 áreas. [10] 101 hectáreas, 59 áreas y 34 centiáreas. [11] Ello correspondía el 75% de la extensión: 725 hectáreas y 48 centiáreas. Todo ello sumaba un total de 925 hectáreas, 7 áreas y 88 centiáreas. [12] Entre 300 y 600 hectáreas. [13] En un 75%. [14] Desconocemos dicha enfermedad, pues solo hemos podido encontrar una pequeña  referencia en el periódico de Chiclana La Semana: “Se ha visto obligado a guardar cama desde hace varios días bastante molesto del mal que le aqueja, el digno administrador de Campano don José María Baleyron”.