Manuel José de Bertemati y Campano (I)

A punto de terminar mi último y nuevo libro, Manuel José de Bertemati y Campano, el sueño de un liberal, mi último viaje entorno a la historia de Campano, publico las tres primeras entradas. El libro consta de dos partes. La primera es un relato en el que el autor narra a un amigo –real– que vivió en Campano, cómo era la hacienda, desde su fundación hasta la llegada de los salesianos. En la segunda parte se transcriben un importante número de documentos hallados, algunos rescatados de las llamas en el último momento, que han servido para construir el relato. Las fotografías están intercaladas en las páginas que corresponde al relato.

 HOY…

Tú y yo, aquí, contemplando este paisaje; bueno, parte de él, claro está, transformado por la voluntad de un hombre hace más de cien años. ¿Te has preguntado alguna vez, qué seríamos los dos sin esa lejana intervención humana? No creo que sea consecuencia del efecto mariposa, pero sí de un cúmulo de elementos y situaciones que han hecho que tú y yo formemos parte de este territorio geográfico y sentimental. Porque para nosotros es mucho más que un lugar, que un bonito paisaje. Es un tiempo de Historia, y de nuestra intrahistoria.

Mira allá a lo lejos con evocación, y verás otro tiempo y a otras personas, a los tuyos, a ti mismo. Es como un viaje en el tiempo. Yo así me veo y los veo. ¡Ahí están nuestros mayores! No son imágenes fabuladas, son imágenes de nuestra memoria que se superponen unas encimas de otras, en distintos planos, en distintos niveles.

Hoy, amigo, quiero recordarte las figuras de los marqueses de Bertemati y relatarte algunas de las historias que me contaron de nuestro de Campano. También otras que he descubierto, auténticas serendipias[1], en documentos y papeles antiguos de la que fue, la Colonia Vitícola de Campano; aquella que esparcía su emperadora cola sobre el océano, en el finisterre de unas tierras, desde el pie de la histórica torre de El Puerco hasta donde manaba una fuente clara y escondida en el rocadal milenario.

 ERA CAMPANO…

En 1883, desde su principio hasta su fin, en el legendario mar de Alcides[2], un paraje idílico, como una tierra mítica soñada. Porque fue un sueño, como una Atlántida imaginada o un Tartessos desaparecido y enigmático. Era allí donde el dios Pan velaba por pastores y cabras antes de que un hombre comenzase a proyectar, sobre ella, sus sueños; sueños sobre unas rudas arenas y una selvática vegetación, solo interrumpida, por pequeñas hijuelas y veredas. Allí donde la matemática mano del agrimensor trazó líneas sobre esta tierra virginal para convertir, en Campos Elíseos, lo que fue improductivo durante siglos; donde Vesta virginal habría de repartir fecundidad. Allí, en una tierra donde crecería el trigo, la avena y la cebada; donde la alondra cantaba al viento y las gaviotas anidaban en los huecos de las torrenteras; donde convivían la retama, la salvia, la carrasca, el mirto y el lentisco entre un océano azul y un mar de pinos verdes con sus islas de alcornoques.

 FUE EN UN FLORIDO MES DE MAYO…

De 1884, que el calendario sorprendió en martes, cuando el arado Oliver[3]clavó su incisiva reja –con la fuerza del vapor– sobre la piel áspera y seca de la tierra para abrir el primer surco. Entonces y solo entonces, el sol, el dulce sol de mayo, penetró hasta el fondo dejando ver la riqueza acumulada durante siglos. Ante aquel milagro del progreso y, de la naturaleza, los invitados al gran espectáculo lanzaron un ¡Ohhhhhh! prolongado que como una letanía fue de boca en boca; de unos a otros y, todos comprendieron, que aquel surco era el principio de la modernidad en aquel pago agrario. La prensa jerezana, el importante periódico El Guadalete, recogió para la historia el momento de la inauguración:

Es grande y levantado el propósito que al Sr. Bertemati ha guiado en su proyecto. La rica comarca andaluza, tan bendecida por el cielo como mal tratada por los hombres, carece mucho de población rural, y por tanto, el perfeccionamiento de los sistemas agrícolas, es de marcha lenta y fatigada en ella (…) Salvando todos los escollos el Sr. Bertemati en empresa tan ardua como la que acomete con noble y generoso ánimo, y dando pruebas de singular patriotismo, funda una colonia, que debe considerarse como un paso más en la senda de la prosperidad nacional[3].

 La idea de la colonia, no era nueva y se basaba en otras[4] repartidas por el territorio nacional amparadas por la ley de colonización agraria de 1868. Fueron también otros marqueses, condes y algún político, los poseedores de estas colonias agrícolas nacidas para el progreso y que hoy forman parte de la Historia y del patrimonio industrial y cultural de nuestro país.


[1] Serendipia: Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o causal (RAE). [2] Me refiero a Hércules o Heracles llamado en su juventud Alceo o Alcides en honor de su abuelo llamado Alceo. [3] El Guadalete, periódico político y literario. Jerez de la Frontera, 29 de mayo de 1884. [4] Además de Campano-Chiclana, propiedad del marqués de Bertemati) fueron modelos de colonias: El Plantío de Remisa-Aravaca, del marqués de Remisa; Santa Eulalia-Sax, del conde de Alcudia; San Pedro de Alcántara-Marbella del marqués del Duero; Dehesa Campoamor-Orihuela del poeta y político Ramón de Campoamor. (Juárez Sánchez Rubio, C. y Canales Martínez, G.: Colonización agraria y modelos de hábitat (siglos XVIII-XX).