La confesión

LEYENDA ROMÁNTICA

Nunca olvidó la mueca de crueldad en aquellos pequeños y brillantes ojos, a pesar de los pocos años que tenían. Aquel día había llovido durante toda la mañana aunque era a mediados de junio. No era de extrañar, en verano siempre llovía en la ciudad. Una revolución le había llevado hasta allí y ahora casi dos años después en aquella tierra extranjera iba a volver a su patria. Él no llegó, por más que lo intentó, a adaptarse a aquella situación, ni a la ciudad, ni mucho menos al país. Desde los primeros meses sintió añoranza de Madrid y de los que allí quedaron: la familia, los íntimos, los compañeros de lucha… Además de otras cosas y otros recuerdos. Sobre todo los de los últimos días de la revolución: las barricadas en las calles, el fuego ciego de las armas de un bando y otro, el estruendo de las descargas artilleras, los cuerpos ensangrentados sobre las aceras, la carga de la caballería y, el empuje final de una columna humana llena de furia contra caballos y jinetes. Después cayó la tarde, se tomó la plaza, y solo se oyeron los gritos de victoria de los vencedores y el miedo de los vencidos… Luego llegó la noche, la inmensa noche revolucionaria. Y la noche trajo consigo las hogueras, las inquietudes y las indecisiones; los saqueos, las reuniones y un comité deliberando hasta un amanecer pletórico de libertad con un nuevo Gobierno. También llegó el camino del exilio para muchos.

Muchos días sintió él, en la gran urbe londinense, húmeda, gris y cosmopolita la llamada de la patria, pero su obligación estaba allí y así desde el primer día la tomó con la responsabilidad necesaria que requería el encargo. Pero aquella tarde de junio iba a ser su último paseo en la ciudad y le apeteció hacer una caminata más larga de la habitual. Se alejó tanto de la ciudad, que alcanzó los peligrosos arrabales en donde en cada esquina podía acechar un delincuente. Al intuir el peligro dio la vuelta pensando que era demasiado arriesgado. Se volvió y observó que era tarde, aunque las últimas luces crepusculares dejaban sobre el río unos bellísimos colores abanderados de una tarde de verano. Fue, quizás, el día más hermoso que cuantos había vivido en Londres. Por la mañana, la fina lluvia relajando el ambiente mientras firmaba los documentos oficiales, y en aquellos instantes, liberado ya de cualquier protocolo, disfrutando y observando cómo un horizonte despejado con olor a humedad cubría a la ciudad. Así le pareció o tal vez lo sentía en lo más profundo de su corazón. Siguió andando por East End con un andar presuroso. No quería llegar tarde a la reunión con Mr. Wilson.

A la altura de St. James`s Park tropezó con él un jovencito que venía corriendo como huyendo de algo o perseguido por alguien. Sus ojos, unos pequeños ojos claros, estaban desencajados. Delataban una extraordinaria excitación y en cierta forma, miedo. Corría con los brazos extendidos llevando en una de sus manos una navaja de barbero abierta. Nuestro paseante se apartó de su camino, hacia el lado derecho de la acera, y lo dejó pasar. Sin embargo, al cruzarse ambos, un leve roce con su brazo derecho hizo que el jovenzuelo le tocase con la navaja en la bocamanga del gabán. Se miró y vio que tenía sangre a la altura del antebrazo, muy cerca de la mano. Por un instante pensó que le había cortado, pero como no había sentido dolor, se tranquilizó y comprobó que el corte solo afectaba a la bocamanga, por lo que dedujo que la navaja estaba manchada de sangre. Limpió con presteza las gotas de sangre y continuó su paseo. Al pasar por Charing Cross se detuvo un instante para confirmar el horario de trenes del día siguiente. No era necesario porque Sardoal ya se había ocupado de ello, sin embargo, la miró y observó que no había cambios en las salidas. Siguió caminando hasta St. Martin´s para llegar justo a tiempo a la reunión prevista.

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Aún no había amanecido. Por la ventana apenas se divisaba la luz de las farolas que permanecían encendidas, como estáticos vigilantes, indicando el trazado de la calle por donde en breve debería llegar un carruaje. Eran las seis y media de la mañana. Cinco minutos más tarde llamaron a la puerta de su habitación. La abrió y un saludo cortés de Juan Sardoal rompió el silencio matinal de la estancia. “¿Nos vamos?” “Sí, vayámonos” respondió. Abajo, en un carruaje que le llevaría a él junto con Sardoal hasta la estación de Charing Cross, le esperaba Javier Sepúlveda. Fue éste quien llamó su atención cuando comentó la noticia que The Times publicaba en su edición de la mañana: “Murder in St. James´s Park”.

En ella se relataba el asesinato de una prostituta que había sido degollada la tarde anterior en aquel parque. El periódico aseguraba que algunos paseantes vieron correr, por las cercanías, a un chico con una navaja ensangrentada entre sus manos. Scotland Yard solicitaba a otros transeúntes que le hubiesen visto, se pusiesen en contacto con ellos en la comisaría más próxima.

Sorprendido por la noticia, su primer impulso, el más válido, fue contar a los dos funcionarios españoles lo que le había ocurrido en las inmediaciones del parque al regresar de su paseo vespertino. Tenía que acudir a la policía y contar lo que vio. Contar el aspecto del jovenzuelo, su fisonomía, su vestimenta y… sus ojos, aquellos ojos que tanto le llamaron la atención. Pero no sirvió para mucho cuanto dijo a sus dos acompañantes, porque ambos funcionarios le aconsejaron que lo mejor era subir al tren y partir. Los billetes de la agencia marítima no podían canjearse para el día siguiente. Habría que esperar entonces hasta que un nuevo paquebot partiera de Portsmouth dentro de diez o quince días hacia Santander. Y luego claro, un nuevo papeleo para justificar el retraso. Ellos conocían sobradamente como era la burocracia en la oficina londinense de la representación española de Hacienda para la Deuda externa. El ministro, el señor Madoz, no permitía dilación alguna en asuntos tan delicados. La información y los documentos habrían de estar en Madrid en el día y a la hora señalada.

Sobre la bóveda victoriana de la estación sonó con estrépito el silbido agudo de una locomotora a punto de partir, al tiempo que un humo negro inundaba aún más el ambiente contaminado de la estación. La despedida fue corta, cordial y sincera. “Tenga usted un buen viaje, don Antonio” le dijo Sardoal estrechándole la mano cuando con un pie en el pescante el comisario interventor subía al tren. Del mismo modo actuó Sepúlveda. Don Antonio respondió amablemente: “Muchas gracias, amigos”. Los dos funcionarios vieron cómo el tren se ponía en marcha lentamente hasta perderse entre una negra columna de humo y la niebla matinal.

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Nadie mejor que yo puede saber esta historia porque Sardoal y Sepúlveda están bajo sus tumbas y don Antonio pasó a mejor vida hace cinco años. Ahora la narro por las terribles consecuencias que tuvo sin saber nadie lo que pudo haber ocurrido si don Antonio hubiese informado a Scotland Yard. El hecho ocurrió hace muchos años, en 1858, en Londres. El destino o la pura coincidencia; las circunstancias de que yo me hallaba en Madrid en un puesto de redactor y mi relación, mi corta relación, con don Antonio fueron las necesarias para que esto que he contado, me lo contase a mí y a nadie más. Días más tarde de su regreso y, una vez entregado el cargo, los documentos y los informes traídos de Londres, don Antonio quiso hacer un viaje a Andalucía. Hacía años que no regresaba a su país natal y deseoso de ello, se lo contó a su esposa que a regañadientes aceptó quedarse con sus hijos en Madrid. Uno de aquellos días, antes de salir hacia tierra andaluza, andaba yo por los mentideros literarios de la Puerta del Sol en busca de alguna noticia que insertar en el periódico en el que era redactor, La Correspondencia de España, cuando me tropecé con él. Nos saludamos como antiguos compañeros de antaño en El Eco del Comercio y nos fuimos andando hasta el café Suizo, donde fue recibido con alegría por sus íntimos. Entre los que reconocí se encontraban Tomás Rodríguez Rubí, Antonio Ferrer del Río, Adelardo López de Ayala y el avezado Bretón de los Herreros, que en un rincón junto a una de las ventanas leía El Clamor del Público.

Después de una y mil cosas, de despachar con simpatía a todos y de contar algunos chascarrillos ocurridos en Londres tomamos de aquel café que a su parecer le supo a gloria aunque le hubiesen puesto de la misma leche que daba la osa madrileña. ¡Ganas tenía de tomarse un café en compañía de sus amigos! También llegó, envejecido me pareció, a don Antonio Gil y Zárate. Contó que no se hablaba bien de salud aunque sus males no eran de cuidado. Puesto al día por sus amigos de algunas noticias políticas pasaron pronto a la cuestión literaria y para sorpresa de casi todos y a excepción de Ferrer del Río, que dijo que como le conocía bien y por eso ya lo había intuido, dijo que no había escrito nada importante en Londres. Era ya de noche cuando nos despedimos. Antes del saludo final y cuando todos se habían marchado me comentó que al cabo de unos días haría un viaje a Cádiz. Me invitó a que le acompañara si mi periódico me lo permitía y así durante el camino me hablaría de sus proyectos futuros. Acepté con la condición que el periódico me diese licencia y pagase los pasajes y la estancia, el resto correría de nuestra parte. A cambio don Antonio escribiría dos artículos sobre el viaje.

No habían pasado ni tres días cuando quedamos para salir al día siguiente a las cinco y media de la mañana y tomar la diligencia de Andalucía. Antes de la hora yo ya estaba en la casa de postas con mi bolso de viaje y mi maletín de mano. Le vi llegar, alto y garboso, con su andar peculiar y su sonrisa franca, su mostacho y sus empañados lentes azules. Tardamos más de lo previsto en salir, pues tuvimos que esperar al embarque de las maletas, las sombrereras de las señoras pasajeras y los sacos de noche. “Tengo que decirte algo, amigo Manrique” me dijo en tono confidencial. Esperé la confidencia con impaciencia. Luego continuó: “Yo me mareo en el coche cuando hago un recorrido de varias leguas si me quedo en las plazas centrales de la diligencia. Así que pediré una plaza de alguna de las ventanas”. No hubo reparo por mi parte y esperamos al resto de los viajeros a pie de coche.

Los mozos no tardaron en enganchar el tiro y una vez hecha la maniobra partimos a la voz potente del mayoral que sonó tras un silbido del látigo, tan común como preciso para que los caballos comenzaran a tirar de la pesada diligencia. Sentados cada viajero en su lugar, don Antonio cayó sobre la ventanilla derecha y yo, en medio de él y de una joven señora que, con un niño de seis años, viajaba hasta Aranjuez. Al otro lado, un comerciante de mermelada de Murcia. Enfrente, una señora distinguida y regordeta, su marido, un alto capitán de barco y por último, un viajante de comercio de Sevilla. “Me temo que este viaje será interesante” me espetó. “Me encanta escuchar las conversaciones de los pasajeros. No imaginas lo valiosas que son para nuestro oficio”. Asentí con la cabeza sin hablar. Mientras tanto dejábamos atrás la capital.

Como estaba previsto hicimos nuestra primera parada en Aranjuez, cambiamos de tiro y se bajaron la señora y el niño. Subieron un padre de mediana edad y un hijo, que iban hasta Jerez, de siete u ocho años con cara de pillo y ojos… ojos muy despiertos y vivarachos. Tengo que contarte algo, Manrique, que me sucedió hace poco en Londres”. Yo estaba a punto de contestarle: “Lo que usted quiera don Antonio” pero se adelantó y antes de terminar mi pensamiento continuó: “Cada vez que veo unos ojos claros y tan despiertos de un jovenzuelo me llega un recuerdo nefasto y bastante desagradable. Y cada vez me asalta la duda y hasta me horrorizo”. No dijo nada y sacó la cabeza  por la ventanilla como para coger una bocanada de aire, no sé si para que le despertara de la somnolencia del viaje, para tomar fuerza o porque se sentía fatigado. No conocía suficientemente a don Antonio, pero sí sabía de sus arranques humorísticos. Me dije: “Quiere entretenernos con una de sus historias y asustar al joven”. Esperé muy paciente que reanudara sus palabras, pero no llegaron en un buen rato y cuando alcanzó a hablar fue de un asunto bien distinto del que nos traíamos entre manos.

Al día siguiente continuamos nuestro camino felizmente, sin contratiempos, y con un fuerte espíritu de resistencia sabiendo lo que faltaba para llegar a Despeñaperros: nuestra segunda parada y nuevo cambio de tiro. Durante aquel largo viaje me convirtió en su confidente y le escuché como un confesor escucha a un pecador. Así iba yo haciendo cálculos y tomaba notas de cuanto me relataba mientras nos acercábamos a Andalucía. En la segunda noche de parada, en aquella posada de mal parar me habló de lo sucedido en Londres en su último día y de su desasosiego sobre un misterioso crimen cometido en Saint James´s Park. “Nunca olvidaré aquellos ojos vivaces y claros que parecían salirse de sus órbitas”. “Y luego, con el transcurrir del tiempo, me viene de vez en cuando a la memoria, sueño con ellos, con aquellos ojos tan enigmáticos como amenazantes”. “No sé, tal vez sea autosugestión, pero cada vez que lo pienso, ya te lo he dicho: me aterroriza.”

Yo también soñé aquella noche con las circunstancias de aquel crimen hasta el punto de despertarme agobiado y sudoroso. Miré por el ventanuco de mi camarote y escuché los sonidos de la noche mientras miraba la clara luz de la luna iluminar aquellos montes. Sentía un trasiego de pasos y movimientos que a mí me parecieron extraños, pero que eran de lo más natural en las posadas. Oía arrastrar algo pesado, como un gran baúl que por la mañana comprobé que era un tonel de vino y un martilleo continuo o el sonido de un hacha sobre una mesa de madera. Sentí sollozar a un niño y a un búho cantar. Una molestia en mi espalda, a pesar del cansancio del viaje, no me dejaba dormir y volvió mi mente sobre la historia que don Antonio me había contado. Imaginé Londres, con calles oscuras y siniestras, y pensé cómo sería en aquellos instantes la noche allí.

Los siguientes días no fueron más torturadores que los anteriores aunque a mí me lo pareciesen. El dolor de espalda con el continuo vaivén de la diligencia no ayudaba a mi salud, que veía por momentos menguada. El propio don Antonio se sintió preocupado por ella e incluso me aconsejó que me apease en la primera posada que parásemos. No estaba yo tan mal como él me creía y valerosamente insistí en hacer el viaje completo.

Cuando dejamos el camino de Puerto Real a Cádiz y nos dirigíamos derechitos por medio de las salinas hacia Chiclana me sentí aliviado con fuerza para respirar profundamente y decir, sin que nadie me preguntase: “Huele a mar.” Se hizo un silencio que me pareció prolongado, pero que fue interrumpido por las palabras de don Antonio: “No, huele a sal; la sal de la tierra”.

La entrada a Chiclana me pareció bella, a pesar de los socavones del camino, con aquellos álamos blancos tan bien alineados, las simétricas huertas a ambos lados de la alameda y las primeras casitas blancas. La parada, en una cuadrangular alameda de frondosos árboles, estaba bulliciosa a la hora en que arribamos a ella. Nos apeamos y desentumecimos nuestros huesos que a estas alturas estaban tan destrozados como los huesos de un pollo en una recova. Al pisar Chiclana, don Antonio recordó con nostalgia su niñez por aquellas calles y campos; la ribera del río y sus barcos, el cerro de Santa Ana. Y su calle. Allí  nos dirigimos a casa de su nonagenario tío Francisco para abrazarlo después de muchos años sin hacerlo. Aún vivía en la misma casa y en la misma calle donde don Antonio había nacido.

Y allí, sentado en la casapuerta en una silla de enea, su bastón y su cigarro entre los labios se encontraba el viejo tío Paco, al que tanto había querido y al que tan pocas veces había abrazado durante tantos años. Su padre antes de morir en Cádiz le pidió que fuese a visitarle; que no se olvidara de él, pues no sabía cuanto le quería y cuanto le admiraba su tío. Pareció que cayó en saco roto el consejo postrero del anciano padre, sin embargo, don Antonio nunca lo olvidó. Y henos ahora aquí los dos, delante del tío Paco. “Tío Paco no sé si me reconoces después de estos años, soy tu sobrino Antonio, el hijo de tu hermano Antonio. Me pareció que el anciano no le había escuchado. Pero solo fue mi parecer porque el viejo levantó la cabeza y dijo: “¿Antoñito…Antoñito?” “Sí tío, soy Antoñito”. Y ya no hubo más palabras que las de un ininteligible balbuceo del viejo y las lágrimas que don Antonio derramaba sobre el hombro de su tío. Yo me retiré prudentemente y salí a la calle buscando un lugar donde hospedarnos esa misma noche. Cuando volví sonaba una guitarra en la casa y un canturreo de un mozo que decía así: “Toito te lo consiento / menos que te metas con mi mare / que mare no hay más que una / y a ti te encontré en la caye”.

Mi presencia paralizó el cante, calló la guitarra y don Antonio me presentó a la tertulia allí reunida. A continuación me dijo: “¿Sabes, amigo Manrique, que soy poeta gracias a mi tío Paco? El me enseñó cantares como el que acabas de oír, o la seguiriya que recordé el día del triunfo de El trovador y que dice así: “No soy de esta tierra / ni en ella nasí: / la fortuniya, roando, roando, / m´ha traío hasta aquí.” Yo en mi afán de emularlos empecé a componer a mi manera. Después vinieron las lecturas y la afición por Meléndez Valdés, pero eso ya fue viviendo en Cádiz”.

Al caer la tarde bajamos hasta una calle que le llamaban “De la Vega” por estar cerca de la vega del río y aunque no hay ricas casas señoriales como en otras calles, solo en su principio, es una calle llena de comercios. Allí se encuentran sombrererías, tiendas de paños, tiendas de vino y agüachos, y una librería donde vimos en su escaparate varias obras del poeta. Cuando vino la noche, regresamos junto al viejo tío y antes de las once estábamos descansando en nuestros jergones. Al mediodía partimos hacia Cádiz y allí don Antonio abrazó a su madre y a sus hermanos y permanecimos varios días de asueto, descanso y encuentros con sus amigos. No había pasado más de una semana en Cádiz cuando tuvimos que partir nuevamente hacia Madrid. No quiero recordar, por la emotividad, los abrazos y los besos de la despedida. Su madre lloraba en silencio y don Antonio, por no llorar, no quiso ni decir adiós.

A la vuelta pasamos una noche en Écija. Antes de la cena y paseando ambos por los alrededores de la villa, desde un pequeño otero mirando hacia la plaza dijo don Antonio: “Écija reposa envuelta / en el manto de la noche / y el cielo ya no dibuja / sus almenajes y torres”. En mi ignorancia quise hacer un cumplido al vate y a las estrofas que acababa de pronunciar, pensando que las había compuesto para el momento. Con sonrisa socarrona y de muy buen humor de respondió: “Gracias compañero de viaje por tu franqueza y admiración, pero aún te queda mucho por leer. Amigo Manrique, estos versos los compuse hace ya muchos años, pero no me extraña que no los conozca, fue en 1842”. Finalmente llegamos a Madrid y cada cual cumplió con lo acordado con el periódico: don Antonio escribiendo sus dos artículos y yo una extensa crónica en varios capítulos del viaje, pero en ninguno de ellos mencioné la confesión de don Antonio.

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En 1886, veintiocho años más tarde de aquel viaje, llegué como corresponsal del periódico El Globo a Londres. Por aquellos días, al margen de las noticias de Egipto y las alabanzas a la administración de lord Cromer tuve que cubrir una que, por escueta, pasó desapercibida en un primer momento para la prensa española acreditada en la city londinense. No fue hasta el segundo crimen cuando se difundió más y cuando yo recordé la historia que me contó don Antonio en el inolvidable viaje a Andalucía. De forma inmediata relacioné los hechos ocurridos treinta años antes e indagué por mi cuenta preguntando en Scotland Yard. Después a la gente de  los comercios que quiso hablarme en el distrito de Whitechapel y me atreví incluso a preguntar a personas prostibularias o cercanas al mundo de los latrocinios. Anduve por aquellas calles sembradas por el terror de un desconocido descuartizador de prostitutas al que comenzaron a llamarle Jack El Destripador por la forma en que mutilaba los cadáveres de sus víctimas. Me entrevisté con un médico que andaba a la caza de la misma noticia que yo. Se llamaba Arthur Conan y tenía poca clientela, por lo que en su tiempo de consulta sin pacientes compartimos información suficiente para que él escribiese una segunda novela sobre un detective, que luego sería famoso y al que apodó Holmes, y yo diversos artículos sobre aquellos asesinatos en El Globo a los que les puse todo el interés periodístico necesario para que el público español siguiese con el mismo entusiasmo y atención que los británicos. Fueron crónicas exhaustivas llenas de detalles e indagación periodística, pero tuve la torpeza de aventurarme sobre la identidad del asesino y los círculos, cercanos al poder, de donde yo sospechaba que provenía. Estas crónicas, a la postre, fueron las últimas que escribí desde Londres y que pondrían fin a mi carrera de reporter. Un cablegrama desde Madrid exigía mí vuelta a la capital de España con un nuevo destino: los archivos del periódico. Mis superiores me dijeron que allí tendría tiempo para seguir investigando o fantaseando, dijo en tono de sorna el subdirector, crímenes sin resolver en esta capital. Y aquí me tienen amigos lectores investigando la muerte de doña Petra García, portera de una casa de huéspedes de la calle de la Reina. Fue degollada con una navaja barbera una noche de junio de 1858, sin apenas humedad ni niebla, cuando pasaba por los jardines de la ribera derecha del Manzanares, justo por donde cruzan los cazadores de Madrid cuando un domingo de caza enfilan los bosques en busca de sus presas.