Antonio García Gutiérrez y la crítica literaria en la prensa madrileña

CONFERENCIA-COLOQUIO PRONUNCIADA EL 19 DE OCTUBRE DE 2013 EN EL MUSEO DE LA CIUDAD ORGANIZADA POR EL ATENEO DE CHICLANA Y EL BICENTENARIO DEL POETA

TRES AUTORES EN BUSCA DE GARCÍA GUTIÉRREZ

A don Vicente Palacio Atard, in memoriam.

Buenas tardes a todos. Antes que nada dar las gracias al Ateneo, al que me honro pertenecer desde su fundación, por invitarme a esta charla-coloquio, así como al coordinador del Bicentenario de García Gutiérrez, mi amigo Juan Carlos Rodríguez. Tras la intervención de mis dos compañeros que me han precedido, Quino y Pedro, yo quiero comenzar  parafraseando el inicio de El trovador que dice: “Nadie mejor que yo conoce esa historia”. Me refiero a lo que acaba de señalar Pedro González sobre el cuadro de Esquivel donde se hallan todos los románticos de la época a excepción de Larra, Espronceda y García Gutiérrez. Hace muchos años, en 1973, conocí la referida obra del pintor sevillano y estuve convencido que Aureliano Fernández Guerra era García Gutiérrez. Gran chasco me llevé cuando aquel mismo año, en viaje de estudios a Madrid, vi por primera vez el gran óleo en el Casón del Buen Retiro y pude comprobar que no era nuestro querido don Antonio. Un poco después y tras la lectura de una aproximación biográfica sobre nuestro poeta comprendí que era imposible que estuviese plasmado en el cuadro, pues se hallaba en Hispanoamérica.

Mi intervención tratará sobre García Gutiérrez y sus obras dramáticas en la prensa madrileña (nacional), sin mencionar sus comedias y solamente una zarzuela. Serán  unas pinceladas, pues sería extensa si pretendiésemos analizar tan solo la mitad de sus obras. Por ello haremos un rápido bosquejo por sus éxitos más importantes y por sus fracasos más sonados, que de todo tuvo don Antonio.

En términos generales podemos decir que la crítica periodística le trató bien. Tanto a él como persona, como a sus obras. De manera coloquial y usando el argot popular tenemos que decir que el de Chiclana siempre “tuvo la prensa en el bolsillo”.Y es que, el bueno de don Antonio, recibió a lo largo de su vida pocas críticas severas, que las tuvo, y algunas más, negativas cómo no. El resto, la inmensa mayoría, fueron favorables alcanzando amplias abalanzas y comparándolo, en más de una ocasión, con Moreto, Lope de Vega y Calderón.

La gran primera referencia, cronológicamente, fue la de Mariano José de Larra tras el apoteósico triunfo de El trovador. Se publicó en el periódico El Español los días 4 y 5 de marzo de 1836: El plan “es rico, valientemente concebido y admiráblemente desenvuelto (…) Todos los defectos de El trovador nacen de la poca experiencia dramática del autor (…) Hay muchas entradas y salidas que están justificadas (…) El drama tiene “sabor caballeresco y calderoriano díficil de igualar (…) reconocemos un instinto dramático seguro, y que nos es fiador de que no será éste el último triunfo del autor (…) Como modelos de ternura y de dulcísima y fácil versificación (…)

Eugenio de Ochoa en la revista El Artista escribió de El trovador: “Si el drama no hubiera sido bueno, el triunfo del poeta no hubiera sido un triunfo literario, sino un triunfo de circunstancias, un triunfo de un voluntario de Isabel II. Pero el público al aplaudir a El trovador no ha pensado más que en su mérito real y positivo, ni podía ser de otra manera”. El trovador le inspiraba al público: “… sensaciones profundas como se las han inspirado obras de los que están acostumbrado a mirar como los maestros del arte y el saber”.

El periódico El Semanario pintoresco, que dirigía Ramón Mesonero Romanos, al segundo drama de García Gutiérrez, El paje, le achacaba estar carente de filosofía: “pensamos más bien que se limitó al objeto de tejer una fábula que le ofrecía situaciones de efecto…” Y señalaba que aún así, “el mecanismo literario del drama, sus bien conducidas escenas; su aminado diálogo” eran buenos. Y del autor: “… tiene en él un digno intérprete, el habla de Calderón y de Moreto, un feliz continuador”.

En 1837, el drama Magdalena, que no fue aprobado por la Junta de lectura, pues opinó “que el drama no era digno de salir a la palestra”. Sin embargo, la prensa se posicionó en contra esta decisión considerando injusta su desaprobación. El diario El Español argumentaba: “No es de la Magdalena, a nuestro parecer, de donde el señor García Gutiérrez espera el renombre literario que tiempo ha conquistó y hoy disfruta; pero mucho menos puede temer por ella descrédito ni mengua alguna en su opinión, si aquel drama (como nosotros lo entendemos) es sobradamente digno de otros muchos aplaudidos de su género. Este drama debía merecer, ya que no el entusiasmo, a lo menos la estimación general. Su autor es una garantía de éxito de la pieza”. Y así fue, pues la obra se imprimió. El autor vendió sus derechos al editor José María Repullés y se publicó aquel mismo año obteniendo una gran acepción por parte del público. Se reeditó en junio de 1844.

 Antes de finalizar el año de 1837, el de Chiclana volvía con un nuevo drama a los escenarios. Se trataba del drama, El rey monje. La crítica elogió al autor: “…sus composiciones, aunque en corto número, no han dejado de ir selladas con aquella marca de suave colorido que distingue el estilo de este afectuoso poeta…” Del drama afirmaba: “…los tres primeros actos del nuevo drama compiten en belleza, distribución y poesía con lo más florido del Trovador, y a todas luces, según nuestro juicio, aventajan a cuantas escenas posee nuestro teatro moderno”.

Los siguientes años son difíciles para García Gutiérrez. No consigue el éxito con ninguno de sus nuevos dramas. Como resulta evidente la crítica le fue adversa. En 1842 se estrena Zaida. Fue un error o una de sus muchas precipitaciones. Era sosa y anodina. La Gazeta dijo: “El análisis de Zaida se hace en siete palabras: es mala y ha estado mal ejecutada (…) silbada sin oposición y con justicia por el público madrileño”. En La Iberia musical dieron de ella: “Medianamente versificada, su argumento ofrece mezquino interés para el espectador” Y ello unido a mal papel de los actores resultó que fue terriblemente silbada. Y aconsejaba a su autor: No dejarse llevar “por momentos de irreflexión dando a la escena producciones de semejante naturaleza”.

Sin embargo, un año más tarde iba a conseguir un nuevo éxito con un drama que la prensa saludaría con grandes titulares, Simón Bocanegra. El periódico El Reflejo manifestaba en sus páginas: “Adelantándonos a anunciar lo primero la feliz acogida por parte del público, prevenimos el mal sentido de algunos demasiados cavilosos pudieran dar a la opinión que vamos a emitir (…) descubriremos en él mucho genio, mucha poesía, dotes no vulgares en un escritor dramático.  Y el conservador  El Heraldo declaraba oportunamente: “… la versificacion hace recordar los mejores trozos de Lope de Vega, por su gala, facilidad y hermosura. Pocos habrán que igualen en estas dotes al señor García Gutiérrez, y ninguno seguramente que le aventaje…”.

En el drama, Un duelo a muerte, las opiniones de la crítica estuvieron enfrentadas. El Contemporáneo insistía en el talento del autor: “… el señor García Gutiérrez ha señalado el rumbo, y fijado el derrotero de la dramática española, con el peso de su gloria y la autoridad de su ejemplo”. Por su parte, el liberal, El Clamor del público puntualizaba: “Escasa novedad, la fábula imaginada por el señor García Gutiérrez, se desliza lánguidamente hasta el segundo acto (…) El señor García Gutiérrez no ha brillado nunca por la riqueza de la inventiva…”.

Otro de sus grandes triunfos, Venganza catalana, tan apotéosico como El trovador (siempre presente en la crítica) fue elogiada desde la noche del estreno, el 4 de febrero de 1864, hasta su última representación después de 57 noches consecutivas en el teatro Español. El redactor de La Correspondencia de España dijo del drama: “…es un monumento literario, un esfuerzo de genio, de talento, que solo es dado a proivilegiadas naturalezas”. Y La Iberia: “… es sin duda la más brillante hoja de su corona de poeta”. El periódico La España por su parte: “El señor García Gutiérrez no se pertenece ya después de su último triunfo, es nuestro, pertenece a España, pertenece al catálogo de genios del teatro”. Y la revista hispano-americana La Violeta: “Es una creación titánica, inmensa, es uno de los mayores esfuerzos gigantescos del arte moderno”.

 Apenas había transcurrido un año del éxito de Venganza catalana cuando se estrenó Juan Lorenzo . Fue uno de sus grandes fracasos, de público y de crítica. La Gaceta Oficial señalaba: “No es la obra más acabada de su autor pero encierra magníficos trozos de elevada poesía. El argumento ofrece escasa novedad y el desenlace es sobrado lento”.

De sus zarzuelas son pocas las críticas favorables. Siempre se le criticó el porqué escribía tantas zarzuelas. Incluso después de ingresar en la Real Academia Española. Había una gran razón, al menos para García Gutiérrez: necesitaba recurrir a ellas para subsistir. Como ejemplo, La cacería real, de la que El Clamor del público dijo que era una “composición drámatica de escaso mérito, y que además adolece de un realismo exagerado y aún ridículo (…) carece de enredo y acción (…) la fábula trivial, camina sin orden ni concierto, porque no hay en ella personajes que interesen”. Tal vez la más apreciada fue El grumete.

En su último período creativo aún tuvo algunos éxitos entonados, pero sin la trascendencia de los anteriores y menos lisonjeros. La crítica le siguió aclamando. Fue el caso de Un grano de arena, su última  obra. Los elogios fueron desmesurados, claro que se trataba un insigne y consagrado Antonio García Gutiérrez. La Correspondencia de España la catalogó de “verdadera joya literaria y joya en verdad de peregrino valor y de gran precio”.

Al final de su vida literaria y de su trayectoria vital se le juzgaba más por su persona y por el peso adquirido a lo largo de los años, que por sus últimas obras. Es cierto que escribió mucho. Él mismo lo dijo: “Creo que he escrito demasiado”. Tal vez por ello, algunas de ellas carezcan del gran talento que nuestro paisano poseía. Pero no denostemos a nuestro poeta ni a nuestro Romanticismo español, cosa que con frecuencia ocurre en nuestro país, salvo ilustrísimas excepciones. Tomemos el ejemplo de otros países, sobre todo Estados Unidos, donde se estudia e investiga con interés e inquietudes este período de la literatura española. Entre los últimos estudios críticos recordamos a voz de pronto a nuestra compatriota en la Universidad de Pensilvania, María Luisa Guardiola Tey.

Antes de finalizar quiero recordar, porque además está de plena actualidad, las palabras con que Mariano José de Larra terminaba el análisis de El trovador: “En un país donde la literatura apenas tiene más premio que la gloria, sea ese siquiera lo más lato posible; acostumbrémosno a honrar públicamente el talento, que esa es la primera protección que puede dispensarle un pueblo, y es la única también que no pueden los gobiernos arrebatarle”.

Antonio García Gutiérrez, el romántico castizo

 CONFERENCIA PRONUNCIADA EL 3 DE OCTUBRE DE 2013 EN LA CASA DE CULTURA DE CHICLANA DE LA FRONTERA ORGANIZADA POR LA FUNDACIÓN FERNANDO QUIÑONES

Buenas noches señoras y señores, amigos todos. Gracias por vuestra presencia. Antes de continuar, quisiera dar las gracias a la Fundación Fernando Quiñones por invitarme a dar esta conferencia que, con el título de García Gutiérrez, un romántico castizo, como le llamó Menéndez Pelayo, vamos a desarrollar. Gracias y enhorabuena a mi compañero Pedro, por la introducción sobre el Romanticismo y los románticos que vivieron o visitaron Chiclana durante este interesante período de la Literatura Española.

Comienzo con un poema de amor: El corazón habitado:

    Abrirme el corazón con un cuchillo, 
echarte dentro y y luego recoser  
  de nuevo el pecho mío y casa tuya 
          para que siempre en él y nunca en otro,
   lo habitaras como un pájaro blanco 
                hasta los días de la resurrección y el juicio. 

Este poema no es de Antonio García Gutiérrez sino de Fernando Quiñones, de su libro Las crónica de Al-andalus y está basado en un texto del poeta andalusí Ibn Hazm, nacido en el 994 y fallecido en 1063. Es mi pequeño homenaje a Fernando.

Al hablar de García Gutiérrez tenemos que decir, que gozó en vida de un gran predicamento en el teatro; desde su triunfo con El trovador  hasta su última obra, Un grano de arena -si bien con matices muy distintos-, pues en ésta última y ya consagrado como figura nacional del teatro, los elogios fueron hiperbólicos. Sin embargo, toda esta fama conseguida en vida, con el transcurrir del tiempo su obra y su figura se han ido diluyendo hasta perderse entre otros poetas y dramaturgos menos significativos que él. Si hoy es desconocida su obra, más desconocida es su obra romántica, y más desconocida es su vida a pesar de ser uno de esos “andaluces de relámpago” como escribió Miguel Hernández muchos años después. Un “hombre de luz que a los hombres /almas de hombres les dio.” Lo que si es bien cierto, sin discusión alguna, es que García Gutiérrez  y El trovador fueron “una de las piedras blancas en el camino del romanticismo español”, como dijo el crítico Jenaro Artiles en el siglo pasado. Su aportación al Romanticismo fue, haber sido el mejor poeta dramático de su época, solo superándole Zorrilla en lo lírico.

García Gutiérrez es un caso de vocación temprana. Terminado el grado de bachiller su padre le matricula en el Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz, sin embargo no suspiraba por las ciencias, sino por las letras y su corazón de poeta ya rebosaba de versos en aquellos años de adolescencia. Aunque integrado en la vida cultural y literaria de la ciudad, no se hallaba satisfecho. El cierre de la universidad por un decreto de Fernando VII, su descontento en Cádiz y la pérdida de su primer amor, Laura, fueron ingredientes suficientes para decidir salir de la ciudad hacia Madrid. Antes de partir le escribe a su amor, que marcharía a la América española con su familia, el poema Soledad.

                                           ¡Adiós, Laura infeliz! Mientras huyendo  
                                           del seno de tu amor busca los mares  
                                           tu faz de rosa en lágrima bañada,  
                                           yo, yo cuitado, de dolor expiro.
                                           ¡Con funesto rigor la suerte impía  
                                           hoy me ha robado tu beldad que adoro…!  
                                           No cese nunca el canto de agonía;  
                                           jamás se extinga mi incesante lloro.  

 Viaja a pie hasta Madrid junto con un compañero. Pronto recorre los mentideros literarios frecuentando la vida bohemia y literaria del Madrid de 1833, el año de la muerte del monarca absolutista y el año del inicio en España del Romanticismo según Allison Peers, aunque otros autores hablaban de 1835 con Don Álvaro y la fuerza del sino, o La conjuración de Venecia un año antes.

En el Café de Levante y en el del Príncipe, al que llamaban El Parnasillo conoce a escritores inmersos en la nueva escuela romántica: Larra, Espronceda, Ventura de la Vega, Escosura y Ferrer del Río, amigo y primer biógrafo y de quien tenemos el primer retrato del poeta: “…un joven de pálido semblante, de anteojos y poblada melena, desaliñadamente vestido y dotado de un alma accesible al enternecimiento y al entusiasmo…”. Es el momento histórico de la proclamación de Isabel II como reina de  España. Todos los románticos apoyaban a la reina-niña; se era romántico en la medida que se era liberal y García Gutiérrez lo era plenamente. En aquellos días compone, mentalmente primero, unos versos que más tarde escribirá en su habitación en donde malvive, sin quitar o poner una coma. Son aquellos versos que dicen así:

                                           ¡Ven al trono de España, niña inocente,   
                                           de libertad y unión precioso emblema!   
                                           Ven y coloca en tu tranquila frente      
                                           tu envidiada magnífica diadema. 

Es un ejemplo paradigmático de los románticos. Para los románticos la imaginación no ordena, crea. Así nacen sus composiciones y su primer drama, El trovador, que fue el verdadero triunfo del Romanticismo en España. Con El trovador se rompieron las cadenas del Neoclasicismo; la ruptura con todas reglas del teatro anterior, cuyas algunas de sus obras perduraban. Hay que recordar que aún en 1833, Larra escribió una crítica sobre una de las representaciones de El sí de las niñas de Moratín, que tuvo en considerable éxito.

El trovador no solo rompe las reglas, sino que instaura en España dos costumbres extranjeras: la francesa de salir el autor a saludar al final de la obra y la británica de que ofrecer la empresa teatral una función extraordinaria en beneficio del autor. ¡Bendita costumbre para aquellos autores que casi se morían, como nuestro autor, de hambre. Este triunfo de El trovador no significó, en modo alguno, que el nuevo teatro solo se habría de basar, como eje fundamental el amor, bien sentimental, bien pasional con un trasfondo más o menos histórico cuya acción se desarrollaba en la Edad Media. También era importante los pensamientos que contenía la obra, cierta filosofía, sin querer con ello pretender filosofar; nada más lejos del pensamiento romántico.

Después de aquel gran triunfo escribió nuevos dramas, El Paje, El rey monje con los que alcanzó medianamente el éxito. Pero irremediablemente llegaron, como no, los fracasos y las desilusiones: Magdalena (prohibida por la censura), El bastardo, Samuel, o el desdicho Juan de Suavia, drama escrito en prosa junto con Isidoro Gil. La mayor parte de ellos pecan de ligereza y precipitación. Y toma conciencia de que si quiere ser original y seguir triunfando no puede repetirse. El contratiempo de Magdalena, tal vez le hizo entrar en cierta depresión. Pensó en irse a América. Sin embargo, esperó un nuevo éxito. No fue por un nuevo drama original, sino por la reposición de El trovador en el teatro de la Cruz, en 1842. El éxito fue indiscutible. La crítica dijo: “Si el Romanticismo ha pasado de moda, el señor García Gutiérrez se ha salvado del anatema, y el público busca sensaciones fuertes con El trovador.

En el intervalo de este éxito y el que vendría dos años después, escribe uno de sus mayores  fracasos: Zaida. Fue tachada de sosa y con personajes anodinos. La fuerte crítica tal vez le sirvió para enderezar el rumbo. Y como escribió de su carácter su amigo Ferrer del Río, a García Gutiérrez: “Le caracteriza una tenacidad incontrastable, caprichosa y rebelde (…) poderoso en el primer empuje dirigido a abrirse calle, rompe con todo…”  Esa tenacidad incontrolable le llevará, en 1843, otra vez al éxito con una de sus mejores obras: Simón Bocanegra, de la cual Verdi haría su segunda ópera, superior a Il trovatore. pero menos popular. Con Simón Bocanegra rompe con esquemas anteriores aunque mantiene sus temas favoritos: una guerra civil, una venganza y unos amores desdichados. Siete años le habían costado alcanzar nuevamente el triunfo. La critica dijo: “Dramas como Simón Bocanegra no mueren nunca y mantienen el interés de la moderna escuela”. Nos hallamos en 1843 a punto de finalizar, de una manera más o menos cronológica, el apogeo del Romanticismo. Hecho que no significa que fuese su fin como movimiento literario y político, pues éste habría de perdurar al menos dos décadas más.

Retomando las palabras de Ferrer del Río y después de desaparecida la fuerza con la que creó Simón Bocanegra, García Gutiérrez cayó en la apatía: “Su desidia le induce a tenderse a la larga: necesita que le lleven de una mano a remolque, y aún así al menor descuido retrocede lo andado, y se entretiene en tortuosos rodeos. Este es el rasgo clave de todas las vicisitudes y glorias en su vida…” Un año después del triunfo de Simón Bocanegra decide viajar a Hispanoamérica. Los motivos eran varios y aludía a que no le gustaba el raro ambiente teatral de aquel tiempo en Madrid. También por sentirse algo despechado por no recibir recompensa del Gobierno conservador de Narváez. Éste había concedido ciertos puestos en instituciones culturales a algunos escritores más conocidos y él, liberal, se quedó fuera. Tal vez se fuese a buscar nuevas fuentes de inspiración. A sus íntimos les dijo que quería visitar México para componer un poemas épico relativo a la conquista de Nueva España por Hernán Cortés. Algo curioso en un romántico, pues los románticos silenciaban en sus composiciones la conquista española de América. Nadie, ni su propia mujer, Carmen Martínez Zorrilla pudo convencerle para que se quedara.

Es un tiempo, este de mediados de siglo, propicio para las grandes aventuras, propias del siglo y de un romántico como García Gutiérrez. Parte de España a principios de enero de 1844, solo con su fama. Allí en América le esperaban admirados y seguidores de su obra. En el mismo puerto de La Habana es recibido por miembros del Liceo Artístico y Literario. Trabaja como periodista en La Habana, además escribe un nuevo drama: La mujer valerosa. Pasa posteriormente a México y se instala en Mérida de Yucatán (poema sobre la conquista de Nueva España).

Más tarde vuelve a La Habana escribe Los alcaldes de Valladolid y una parodia de El trovador: Los hijos del tío Tronera. Otra vez a Mérida (El duende de Valladolid, El secreto del ahorcado). Es acogido con cariño e interés por la elite cultural meridana entre los que se halla un grupo de jóvenes poetas yucatecos como José Antonio Cisneros. Éste en su Diego El mulato reconoce y agradece al poeta de Chiclana, sus enseñanzas. Participa en la guerra México-Estado Unidos (1847) atendiendo a un herido en la Batalla de Churubusco; episodio más que romántico, humano, del español que sentía cómo se derramaba su sangre, la sangre hermana mexicana.

Ausente ya varios años de la patria, en ese mismo de 1847 escribe un poema titulado España publicado en México D.F. Años más tarde, en 1865, próxima la revolución, escribirá un nuevo poema titulado A España de fondo y sentido distinto lleno de pesimismo ante la crítica situación de España:

                                          ¿Por qué funesto error, por qué demencia    
                                           hemos venido a tan infame estado     
                                           que a disfrazar las llagas del pecado   
                                           No basta ya la hipócrita apariencia?   

                                           La virtud, la hidalgía, en la experiencia
                                           de su estéril valor se han estrellado,  
                                           y mi patria infeliz es ya un mercado  
                                           en que se vende a gritos la conciencia.  

                                           No hay gloria, no hay dolor, no hay sacrificio  
                                           que por viles parásitos hambrientos  
                                           no se convierta en propio beneficio;

                                           Ya la gangrena avanza por momentos    
                                            y bajo el ancho pedestal del vicio 
                                            restallan del estado los cimientos.      
                                           

Es un soneto que, curiosamente, nos acerca a la realidad actual casi 150 años después. Parece que la gran hipérbole de la Historia se ha convertido por un momento en una traicionero círculo del que difícilmente puede salir nuestro país.

De México vuelve a la isla de Cuba y lo encontramos como director, efímero director, de una revista para damas en La Habana llamada El Colibrí. Allí escribe varios poemas y composiciones netamente románticas de un exquisito lirismo como El Lirio azul:

                      No escondas, hermosa, / velando la frente   
              la lágrima ardiente / que nubla tu faz.    
                             No escondas el rostro / do en tristes dolores      
       si pinta de amores / el fuego voraz.

                                            Jamás tu hermosura / lució tan ufana,    
                                            brillante y galana, / al sol de tu amor    
                                            como hoy que se nubla / la luz de tus ojos       
                                            con tristes enojos / de llanto y dolor…  

Regresa a España a finales de octubre de 1849 y vez por primera vez a su hija Magdalena, una niña de cinco años nacida durante su estancia en América. El encuentro fue uno de los momentos más emotivos y sentimentales del poeta. De sus dos hijos, Magdalena y Ricardo, ella fue su preferida.

En 1850 comienza intercalar dramas y comedias en su producción. Si hasta 1847 había compuesto veintisiete dramas originales y cinco comedias, a parir de ésta década escribe trece comedias, quince zarzuela y tan solo siete dramas hasta 1880, fecha de Un grano de arena.

El giro en su producción no deja de tener contenidos o aspectos románticos. No hay que olvidar que la comedia, la alta comedia en esta época, es fruto o participa de muchos conceptos del drama romántico. Y la zarzuela, es una “zarzuela restaurada romántica” o “zarzuela grande” a diferencia de las zarzuelas del tiempo de Calderón en la que se llamó ópera cómica. No fue el primero de los románticos en escribir libretos para zarzuelas. Con anterioridad lo habían hecho Mariano José de Larra (1831), Bretón de los Herreros (1839), Ventura de la Vega (1851) y Tomás Rodríguez Rubí.

Esta evolución es fruto del momento literario, del Romanticismo ecléctico como le llamó Allisons Peers. Es un Romanticismo intermedio, mesetario, que llegará hasta 1854. Ese mismo año tendría lugar la revolución de 54 contra el gobierno del conde de San Luis, “la última revolución romántica” como le apodó Bécquer y en la que García Gutiérrez participa activamente.

En 1855 no consigue triunfar con la zarzuela La cacería real. Ese mismo año, su participación en la revolución se ve premiada con un importante cargo: Comisario-interventor de la Deuda española en Londres. A su vuelta de Londres dos años después estrena Un duelo a muerte. La crítica la alaba y le pide que abandone la extravagancia de la zarzuela. Habían pasado quince años del éxito su drama La mujer valerosa y ocho de La Baltasara que no consiguió convencer ni al público ni a los críticos.

Su Ingreso en la Real Academia Española, en 1862, con el discurso nada romántico: La poesía vulgar castellana no le hará desistir de la zarzuela, uno de sus medios de subsistencia y también de fama.

En los últimos estertores del Romanticismo escribe sus dos últimas grandes obras románticas. En febrero 1864 Venganza catalana , con un rotundo y espectacular éxito; hasta cincuenta y siete representaciones conseguidas. Y un año después llega, el fracaso de Juan Lorenzo. Tal vez el más conseguido de sus dramas; el preferido del poeta. Tras el triunfo de la revolución de 1868, La Gloriosa, escribe ¡Abajo los Borbones! Son versos de circunstancia como le ha llamado Ricardo Navas-Ruiz. Es en realidad, un himno contra Isabel II a la que culpa de todos los males del país. Le llama: “… esa desdichada fanática y vulgar”.

Es el final del Romanticismo en nuestro país, que desde 1866 parecía agotado o superado. A las puertas de la revolución nace un nuevo movimiento literario: el Realismo y aparece en el panorama nacional de las letras la generación del 68 con Pedro Antonio de Alarcón, José María Pereda, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós y Leopoldo Alas, Clarín. Estos dos últimos harán referencias a García Gutiérrez en sus obras (Mendizábal y La estafeta romántica y, La regenta).

El nuevo Gobierno le nombra cónsul en Bayona, que posteriormente permutará por Génova. Apoya fervientemente la monarquía de Amadeo I. En 1872 ostenta la dirección del Museo Arqueológico Nacional y se repone El trovador en el teatro del Circo, treinta y cinco años después de su estreno en el del Príncipe. Ese mismo año se estrenará su último drama histórico, Doña Urraca de  Castilla. Tras el efímero reinado de Amadeo I se proclama la I República y tres 11 meses de gobierno republicano el 29 de diciembre de 1875 se restaura la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII, quien le respeta el puesto oficial en el Museo. Durante este período, García Gutiérrez deja prácticamente de escribir. Tras la muerte de la reina María de las Mercedes, escribe un soneto de circunstancias, para una  corona poética, más sentimental que romántico:

                                            Ayer corona temporal ceñía    
                                            al pasar por la vida transitoria;    
                                            hoy goza en el alcázar de la gloria       
                                            los resplandores del eterno día. 

                                            Fue hasta ayer amorosa compañía     
                                            del esposo real con breve historia,     
                                            y dejándonos sólo su memoria,      
                                            hoy se eleva a más alta jerarquía. 

                                            Fue como el ave que remonta el vuelo    
                                            en demanda del sol, dejando el nido      
                                            que acaloraba con amante celo.  

                                            El pecho de su esposo ha malherido   
                                            su breve fin, y queda sin consuelo.  
                                            Le ha dejado el dolor y no el olvido.       

El 26 de agosto de 1884, García Gutiérrez fallece en casa de su hija Lena en la madrileña calle Fuencarral, 139, actualmente 125. Él quiso un entierro humilde, pero no su pudo cumplir con su deseo. La Correspondencia de España le llamó: “… rey inmortal de la dramática española”. El redactor de El Día describía la habitación donde se hallaba el cadáver: “Cuatro blandones de cera le alumbraban, y sus reflejos, saliendo de la estancia mortuoria, penetraban en otra situada en frente de ellas, y llegaban hasta iluminar un estante de libros donde estaban las obras en que se encierra el genio del hombre ilustre que le dio vida. La cruz, el signo santo de la Redención, dominaba en el triste cuadro, y parecía señalar al extender sus brazos, el término de la vida muy el principio de la inmortalidad”. El Globo decía de él: “¡Insigne introductor del romanticismo en nuestra patria! (…) gobernó en ella como indiscutible soberano! García Gutiérrez fue el ideal de toda una generación (…) Es que el genio goza de inmortalidad… Y García Gutiérrez era un genio”.

Lo había adelantado Larra dos días después del triunfo de El trovador en 1836 en su famoso artículo en el diario El Español: “Hijo del genio y aristócrata del talento”.

Sin embargo, Antonio García Gutiérrez pasó de la inmortalidad al olvido. Pero hoy aquí no nos resignamos a dejar en el olvido aquel que fue el poeta romántico más castizo de la dramaturgia española del siglo XIX.

Muchas gracias.