Orden del general Villatte para la fortificación de la villa

Ante la seria amenaza de una nueva ofensiva aliada, los generales franceses aumentaron las medidas de seguridad poniendo en alerta a toda la línea de bloqueo. También llegó nuevo material bélico, sobretodo granadas y obuses, que utilizaron contra Cádiz. No obstante, de nada sirvieron aquellos nuevos artefactos. En Chiclana, se reforzó la línea, se aseguraron los fuertes y reductos, y se redobló la guardia en la puerta imperial, única entrada y salida permitida a partir de aquellos momentos. Del mismo modo, se establecieron normas más severas para el control de los habitantes de la villa, así como la meticulosidad en los pasaportes de los ciudadanos que entraban y salían de ella. Sin embargo, el general Villatte, consideró todas aquellas medidas insuficientes, por lo que ordenó cerrar y fortificar Chiclana, que se hallaba sin amurallar desde su fundación como villa. En su orden incluía además, la construcción de nuevos cuarteles para la tropa. Pero, a pesar de dicha orden, tal proyecto no fue de fácil de acometer, porque el pueblo de Chiclana lo impidió con su intervención pasiva.

A finales de abril del año anterior, 1811, en la sesión de cabildo del día 25, el corregidor leyó un oficio dirigido a la Municipalidad con una tajante orden que el general Villatte había dictado. Ésta terminaba de manera amenazadora diciendo que se comenzaran con urgencia: “de lo contrario serían muy funestas las consequencias”. Ante tan taxativa orden, los miembros capitulares asistentes, convencidos de que no había otra solución que obedecerla y, careciendo de fondos municipales, entendieron, después de un largo debate, que la única forma de llevar a cabo las obras que el general había “proyectado” era poner en pública subasta la dehesa de La Nava, perteneciente a los Propios de la villa y solicitar a los vecinos pudientes un préstamo forzoso.

Todo parecía que posible y realizable. No obstante, las trabas comenzaron desde el principio, a pesar de que se nombró diputado a un munícipe afrancesado, Lucas Seré, para que diese cuenta a la Municipalidad del desarrollo de ellas. Un mes más tarde, no se había recaudado todo el dinero del préstamo forzoso solicitado, pues estaba por recolectar la cosecha y no tenían caudal para el empréstito; por otro lado, el expediente de la enajenación de la dehesa de La Nava fue devuelto por el prefecto por forma indebida, por lo cual hubo de presentarse uno nuevo, un mes más tarde. En julio, la guerrilla asestó uno de los grandes golpes de efecto de toda la ocupación: el robo de 83 bueyes del “Ingenio, Parque y trabajos del Exército y a otros particulares que le auxiliaban”.

En octubre quedaba suspendida la subasta pública de La Nava por no haberse celebrado el cabildo abierto decretado por el prefecto de la provincia. Ese mismo mes, la Municipalidad solicitaba al prefecto, mediante representación, que le suplicase al mariscal Victor, duque de Bellune, que se suspendiesen las obras por falta de liquidez municipal, a lo que contestó el prefecto que se abstuviesen de ello, pues era indispensable y necesaria. Un mes más tarde, en noviembre, el propio general Villatte pedía un nuevo esfuerzo económico a los vecinos pudientes de la villa para que aportasen 15 carretas y 32 bueyes para las obras del cerramiento del pueblo y la construcción de cuarteles. A comienzos de 1812, en enero, el comandante de la plaza prevenía de las irregularidades que se cometían con las carretas y bueyes destinadas a las obras. También en ese mismo mes llegaban nuevas tropas a Chiclana y se tenía necesidad de atenderlas y alojarlas.  Asimismo, el presidente de la Junta de obras exponía a la Municipalidad, a través de un oficio del capitán encargado de las obras, de la falta de interés en el cobro de los arbitrios y del desorden y faltas en el suministro de las carretas. Los munícipes le respondieron que ello se debía a los continuos robos de los “insurgentes”. Se nombró a un nuevo corregidor, Antonio Lozano, que protestó mediante recurso, pero no fue aceptada su protesta por las autoridades francesas. Al mismo tiempo, varios vecinos presentaron memoriales ante el Cabildo para que se les exonerasen de una nueva aportación extraordinaria para el servicio de las carretas. En febrero se apremiaba al capataz de las carretas por la falta de cinco de ellas. Al mes siguiente, una orden dictaba que era necesaria la sustitución de los vecinos que habían trabajado durante siete meses en las obras porque “era justo descansar” y obligaba a que se eligiese una nueva Junta para que nombrase nuevos vecinos en cabildo abierto para sustituir a los anteriores.

Un año más tarde de dar comienzo las obras, en abril de 1812, se volvía a sustituir al corregidor. Esta vez el elegido fue el afrancesado, Juan Bautista Hernández. En el decreto de nombramiento del mariscal Soult, duque de Dalmacia, se incluía la disposición de: “indemnizar (al nuevo corregidor) los 46 bueyes que le fueron robados el día 9 (…) por los Brigans (guerrilleros) en los alrededores de la Villa…” Aun así, los chiclaneros continuaban saboteando las obras. En el cabildo del 11 de junio, el corregidor manifestó: “Instado por los Señores General y Comandante de la Plaza para hacer reparar qualquier ruina que se note en las paredes y murallas que sirven de cierro al Pueblo y particularmente para que tapen los agujeros, que en adelante se adecenten en el Barrio Nuevo y Sn. Sebastián…” pues tenían “presunciones casi ciertas que estos son abiertos por los vecinos…” Por ello, las autoridades militares obligaron a la Municipalidad,  que fuesen los vecinos quienes los reparasen a su cargo. Asimismo se leyó un oficio del capitán Barrabino, encargado de las obras, en el que instaba a la Municipalidad “a la conclusión de las obras y de las forma en que las proyectó el Mayor de Ingeniero, Sr. Legantil”. Los munícipes, una vez más justificaron la miserable situación en que se hallaba la villa y sus habitantes: “que quiza si a los trabajadores se les socorriese con raciones de pan y carne podría la Municipalidad ayudarles a la verificación…”

A principios de agosto, la falta de carretas en la conducción de materiales para las obras hizo que el corregidor propusiese que, seis de ellas encargadas de los suministros del ejército imperial, fuesen destinadas a las obras. Sin embargo, los vecinos no cumplieron la orden. Al cabildo siguiente, los munícipes determinaron que se multasen con 50 ducados cada uno de ellos y el dinero recaudado, aplicado a los gastos del amurallado. No fue necesaria dicha medida, pues una representación de los vecinos acudió a la siguiente sesión y se comprometieron a repartir la carga entre todos. El día 11 el, presidente y el diputado de la Junta de obras (munícipes ambos) presentaban ante la Municipalidad los documentos justificativos del manejo de las cuentas y sus cargos, al tiempo que pedían se les admitiese su dimisión y exoneración. También el corregidor presentaba varios documentos en los que se acreditaban las obras “hechas en la muralla del Pueblo”.  Se acordó  asimismo “se satisfaga al respecto lo que se debe a los operarios y se reserven los documentos de justificación…” Los días en Chiclana, del Primer Cuerpo del Ejército del Mediodía, estaban contados. Todas las justificaciones serían pocas para presentarse ante las nuevas autoridades, pues todos tendrían que rendir cuentas de la ocupación.

El 25 de agosto de 1812, los franceses se marchaban de Chiclana sin haber podido finalizar el cierre total de la villa. Un gran esfuerzo de los chiclaneros, que no sirvió para nada útil. Tras 30 meses de ocupación, el ejército imperial francés emprendía un viaje sin retorno… Al menos durante los once siguientes años.