El 5 de marzo de 1812, un año después de la batalla

A comienzos de marzo de 1812 la situación en la Chiclana ocupada era insostenible. La miseria, el hambre y la desolación se habían apoderado de la población, mientras que el ejército imperial, transcurrido un año de la batalla, aún se sentía inseguro y amenazado en sus posiciones  ante la posibilidad de un nuevo ataque angloespañol, pues la Batalla de Chiclana supuso, al margen de las 2.300 bajas francesas, un grave inconveniente para los soldados imperiales acantonados en la villa chiclanera: poner la línea en estado de máxima alerta.

A mediados de febrero llegaba a Chiclana el mariscal Victor y sus edecanes para realizar, una visita de inspección a la localidad y comprobar  in situ el lento ritmo de trabajo del cerramiento de la villa y de la construcción de los nuevos cuarteles. Fue hospedado  en una de las mejores casas y agasajado por la Municipalidad con los máximos honores que se le podía dispensar. Días después, se recibía un decreto del propio mariscal, que pasaba el comandante de la plaza, con  “las reglas para la formación y organización de las Milicia Cívica”. La Municipalidad respondía a tal orden con un oficio en el que exponía la grave situación del “pueblo en las actuales circunstancias de miseria e imposibilidad en que se halla con la formación de la referida milicia…” y le recordaba una anterior orden en la que se excluían de dicho servicio a los pueblos de Puerto Real y la propia Chiclana.

En las sesiones de los cabildos de los días 6 y 7 de marzo, los asuntos a tratar fueron órdenes del comandante de la plaza. Una de ellas era relativa a la reparación de un horno de brea “que en las Casa de las Monjas sita en los carriles (actual calle Bailén) que había inutilizado Dn. Nicolás Tocino”. Se desconoce el motivo o los motivos que llevaron a este vecino pudiente a destrozar el horno de las monjitas, pero algo tuvo que acontecer de extraño cuando  fue llevado a cabildo y, una vez deliberado el asunto, fue multado con 50 ducados, además de ser obligado a reparar el horno. Otro de los asuntos importantes fue la decisión de realizar una representación (documento escrito) dirigido al general comandante de las Divisiones del Centro en la que se exponía la imposibilidad suministrar al ejército de 10 bueyes, 30 carneros y 15 cerdos para salar.

Estas contribuciones se hacían cada día más difíciles, pues la esquilma durante los meses anteriores fue exagerada y los vecinos pudientes, los que podían contribuir, estaban al borde de la ruina y la miseria. Por ello, la Municipalidad no cesaba de enviar representaciones, tanto al mariscal Victor como al todopoderoso mariscal Soult. Solo por mediación del general Villatte, la villa chiclanera se libró de ciertas contribuciones. Pero a pesar de ello, la firmeza del invasor era monolítica. Así, la difícil coyuntura por la que transcurría la población, no permitía a sus habitantes un solo resquicio, ni para la alegría, ni para el lamento.