Fin de la ocupación francesa en Chiclana

A mediados de agosto de 1812, tras la batalla de Arapiles, Madrid fue liberado por el ejército angloespañol al mando de lord Arthur Wellesley (futuro duque de Wellington). Chiclana se vería libre de la opresión francesa unas semanas después. No fue, en esta ocasión, una entrada triunfal del ejército aliado en la villa chiclanera, como lo fue en la capital de España (que sería recuperada por los franceses en noviembre del mismo año) sino el desmantelamiento del gran campamento militar existente en la villa.

Después de treinta meses de ocupación, los chiclaneros de entonces, se vieron libres de la presencia del invasor francés que se había acantonado en la villa a partir del 7 de febrero de 1810. Era un cuerpo de ejército compuesto por conscriptos bisoños junto a veteranos de otros campos de guerra europeos que, al mando del mariscal Victor, no pudieron tomar la Isla de León ni entrar en Cádiz. Así se estableció en Chiclana el cuartel general del Primer cuerpo del ejército imperial del Mediodía de España, a la espera de poder atacar y asaltar al pequeño reducto –la Isla de León y Cádiz- que todavía no se encontraba bajo las águilas imperiales de Napoleón. Una espera que se haría larga y, a la postre, infructuosa, pues ese trozo de suelo patrio jamás sería tomado por los “vencedores de Austerliz”. Durante todo el período de ocupación los franceses gravaron con pesadas cargas a la villa, además de la obligación de acoger y mantener a soldados y oficiales en las casas de los vecinos, así como la imposición de contribuciones excepcionales para mantener, no sólo a la tropa, sino al sostenimiento general de la guerra. Y si bien en un principio habían sido requisados los bienes a los emigrados (aquellas personas que abandonaron la villa antes de la llegada de los franceses) a Cádiz, ante la enorme demanda de víveres y pertrechos necesarios para mantener al ejército, fue insuficiente para las demandas que exigían las autoridades francesas. Nuevas exigencias hicieron que los franceses naturalizados en Chiclana sirvieran de interlocutores ante el todopoderoso duque de Bellune, el mariscal Victor, para que tuviera en consideración el gran esfuerzo económico que estaban realizando los vecinos de la villa y perdonase ciertos tributos.

Sin embargo, en agosto de 1812, la pesadilla estaba a punto de llegar a su fin. El ejército imperial iniciaba un viaje sin retorno. En días anteriores al levantamiento del campamento, se habían visto partir hacia El Puerto de Santa María más de 9.000 soldados, señal inequívoca de que algo trascendente estaba cambiando el signo de la guerra en la península. El movimiento de tropas imperiales era la consecuencia inmediata de la cada vez más importante y vital intervención y ayuda inglesa, además de la declaración de guerra de Napoleón a Rusia y su posterior ocupación cuando la Gran Armée cruzó el río Niemen, el 24 de junio de 1812. La necesidad de soldados para la campaña rusa hizo que Napoleón sacase de la península ibérica alrededor de 50.000 soldados. Así, dejó desguarnecidas ciertas zonas ocupadas de España, entre ellas, las provincias de los cuatro reinos de Andalucía. No obstante, la guerra continuaría en el Centro, en el Levante español y en el Norte hasta 1814.

Unos días antes de la partida, el comandante de la plaza de Chiclana, el general Cassagnne, se había reunido con la Junta Local para tomar ciertas decisiones relativas a la marcha, entre ellas, el nombramiento de varios vecinos: “…comisionados para recibir los efectos pertenecientes a la Artillería del Exército Imperial a Sr. D. Nicolás Tocino, Sr. D. Thomás Manjón y Sr. D. Josef Quecuti en calidad de vecinos.” Unas horas después, al amanecer del día 25, los chiclaneros más madrugadores vieron salir de la villa lo que quedaba de aquel Primer cuerpo del ejército francés que partía hacia Sevilla con los pertrechos, mujeres y niños que podía llegar consigo. Aquel amanecer, preludio de una libertad efímera -que usurparía Fernando VII-, fue de júbilo, de alegría y llanto. Sentimientos todos ellos verdaderos y sentidos, pues cuentan las crónicas que muchos fueron los padecieron y muchos –soldados barbilucios imperiales- los que dejaron amores y amoríos en esta tierra y, otros muchos, los que aliviaron su economía como fue el caso de taberneros y cantineros.

Una vez libre la villa de franceses, los representantes de la Junta Local pusieron en conocimiento de las autoridades de Cádiz la liberación, sucediéndose en los siguientes días diversos escritos y bandos desde Cádiz, donde aun permanecía la Regencia, y en los que conminaban a las autoridades municipales de Chiclana a normalizar la vida de los vecinos. Así, el 2 de septiembre, se  recibió en la villa un decreto para “que se jure en las dos parroquias existentes en la villa la Constitución Política de la Monarquía Española”. Del mismo modo, el 3 de  septiembre, don Antonio Cano Manuel, Secretario de la Regencia de Gracia y Justicia enviaba una notificación al juez de primera instancia de la villa de Chiclana, don Miguel Antonio Rodrigo para que implantase el decreto de 16 de julio de 1812 en cuanto al cese de circulación de moneda francesa”, pues tanto en Chiclana como en otros pueblos ocupados circulaba moneda francesa de oro y plata. A pesar de ello, tardaría en normalizarse la vida de los chiclaneros y mucho más su economía, pues durante la ocupación los franceses habían acabado con la agricultura, con el incipiente tejido industrial y con las obras de infraestructuras dejando a Chiclana totalmente arruinada.

Publicado en Chiclana Información, el 31 de agosto de 2007. (Refundido para el blog).