La villa de Chiclana ante la Guerra de la Independencia

El día 28 de mayo de 1808, aunque oficialmente declarada el 6 de junio, la Junta Suprema de Sevilla proclamaba en toda la nación española el anuncio de guerra contra el Gobierno francés. La guerra, fue, por tanto, una guerra proclamada cuando ya no había más atisbo de esperanza, cuando la sospecha de la usurpación se convirtió en cruda realidad. En su cautiverio de la isla de Santa Elena, Napoleón llegó a decirle a Las Cases, su amigo y compañero de cautividad: “La guerra de España me ha perdido”. No fue la única vez que el corso se lamentó de haber provocado la guerra en España. Y, siempre que lo hizo, se manifestó con desdén, con frustración y con el sabor amargo de la derrota.

Hasta la villa chiclanera y desde Sevilla llegaba, por vereda, una orden en los siguientes términos: “La Suprema Junta de Gobierno, en desempeño de su soberana representación, y en defensa de su legítimo Rey el Señor Don Fernando Séptimo, habiendo roto los Vínculos que la unían con la Francia, por injusto proceder de su Emperador, ha resulto dar principio á la Guerra más activa contra aquel Gobierno…” Ante semejante orden, se reunió el Consejo, en sesión de cabildo, el 2 de junio 1808 bajo la presidencia de Josef María Gómez, abogado de los Reales Consejos, corregidor y capitán de guerra de la villa de Chiclana; don Nicolás Morales y don Francisco Pascual Morales, alcaldes ordinarios; don Bartolomé Hariza, Don Fernando Tirado y don Juan Pérez Regidores; don Antonio Jurado y don Francisco García, diputados de abastos; don Gerónimo Aragón y Cristóbal de Segovia, síndico procurador general y personero del común. El presidente e individuos que componían el Consejo de Justicia y Regimiento de esta Villa trataron, resolvieron y acordaron formar la Junta Local de Chiclana y, mediante un bando municipal (el bando número uno de la guerra) dirigido a la población,  solicitar voluntarios para el ejército, apelando a la “defensa  de la Patria, Religión y nuestro rey don Fernando”.

La Junta Local comienza dictando un número determinado de medidas para organizar, en caso necesario, la defensa de la villa, así como abrir una suscripción voluntaria de todos los vecinos para contribuir a la guerra esperando: “Que la necesidad exiga no acudir a préstamos forzados ni de otra manera violenta; pero que sería justa, atendidas las circunstancias del día”. Para ello, y por dar ejemplo, se elaboró una lista de comunidades, hermandades y particulares a quienes se le había de oficiar para el donativo voluntario en auxilio de las tropas españolas, a la vez que se pasaba un oficio al vicario “para que con arreglo á el bando número primero se celebre rogativa por tres días de la Proxima Pascua de Pentecostés, implorando a el todo Poderoso, el asierto de la Suprema Junta en sus disposiciones y felicidad de las Tropas Españolas…” A este respeto hay que decir, que en la mayoría de las iglesias de los pueblos de España, los curas párrocos leían las proclamas incitando al levantamiento popular como había sucedido en las grandes ciudades del país. Pero en el mayor de los casos, no hubo reacción alguna de los habitantes, salvo en las elites y aquellos que ostentaban el poder local.

Unos días después, el día 10 de junio, sólo dos vecinos se alistaron voluntariamente. La gran mayoría de los ciudadanos proseguían con sus tareas cotidianas, particularmente los campesinos, que andaban por aquellas fechas ajetreados en la recogida de la cosecha, sobre todo la de los cereales, pues 1808 fue un año de una gran cosecha de trigo. La inmediatez de guerra abierta hacía necesaria la premura del alistamiento, así como las constantes demandas y órdenes que llegaban de la Isla de León, motivos suficientes para que la Junta Local dictase una nueva proclama que sería leída en todas la iglesias de la villa y puestas a lectura pública en los lugares habituales: “¿Dónde está el entusiasmo, amor y lealtad con que proclamasteis a nuestro Rey Fernando? ¿Quién no diría que seríais los primeros en ofreceros voluntariamente a tomar las Armas? Solo dos vecinos han sido tan generosos, ¿Y qué queréis, seguir una inacción tan culpable? ¡No permita Dios, que los vecinos de esta leal Villa, sean marcados con semejante divisa! La Junta de Gobierno os llama, y os invita para que luego os alistéis baxo las Banderas que ya caminan a tomar una justa satisfacción del Enemigo en defensa de la Religión, y de la Patria.”

Se insiste de tal manera, que en el cabildo siguiente, se designan los nombramientos de dos diputados de la Junta Local: Francisco Pascual Morales y Bartolomé Hariza, ambos alcaldes ordinarios, quedando los demás capitulares (concejales) para acompañarlos con el fin de poder ejecutar con la mayor celeridad que se requería en tales circunstancias el alistamiento de voluntarios. Sin embargo, las preocupaciones de los ciudadanos eran otras, como la petición de un buen número de vecinos que solicitaban al Consejo, se tomarán las medias necesarias para evitar que los presos indultados del penal de Cádiz por la Junta Suprema –con motivo del estado de guerra- anduviesen por el término cometiendo desmanes y delitos. Así el Cabildo, con el ánimo de mantener la calma decidió organizar una “cuadrilla de Tiradores con destino al Campo compuesta por todos los que se ganen su vida en esta profesión”  y se nombró a Josef  Meléndez como cabo de la partida. Y para el interior de la villa, además de las Rondas de policía -que saldrían todas las noches- se nombraría una ronda de vecinos presidida por los capitulares con la colaboración de ciudadanos en calidad de “vecinos honrados” para que “ronden y celen al pueblo y sus mercancías a fin de evitar conmociones e inquietudes: haciendo separar los corrillos en que haya más de cinco individuos y tomen todas aquellas reglas de precaución que les dicte su zelo y amor por el bien y quietud pública”.

Mientras tanto en Cádiz, el 14 de junio, y tras el asesinato del general Solano (el único que se opuso en mayo a los deseos de los franceses) la escuadra del almirante francés Rosilly, que se encontraba fondeada en la rada del puerto de Cádiz, fue atacada y neutralizada por la artillería gaditana. Se iniciaban así, las hostilidades contra el agresor francés en una guerra que, como en todos los tiempos y todas las épocas de la historia, ha sido un factor desencadenante y consecuente de grandes miserias, catástrofes y pérdidas inútiles de vidas humanas. El escritor francés, Stendhal, en su juicio sobre Napoleón diría: “Fue un hombre dotado de extraordinarios talentos y de una peligrosa ambición (…) estuvo comprometido en varias guerras que hicieron correr ríos de sangre, aunque en ninguna, si se exceptúa la guerra de España, fue el agresor”.

Publicado en Chiclana Información, el 13 de junio de 2008