Alistamientos, alegaciones y deserciones

Bailén no fue, ni mucho menos, el fin del ejército napoleónico en la península. La derrota francesa supuso que, el propio emperador, tomase las riendas de la guerra en España. Así, el 6 de noviembre de 1808 se puso a la cabeza de un ejército de 80.000 hombres. Unos días después, Soult entraba en Burgos; el general británico Blake era derrotado en Espinosa de los Monteros. El día 19 cayó Santander en manos francesas y unos días más tarde, Lannes vencía a Castaños y caía Tudela. El día 30, la victoria de Napoleón en la batalla de Somosierra abrió las puertas de Madrid al ejército imperial y capituló, honrosamente, el 4 de diciembre. En ese tiempo, la guerra se había desencadenado sin cuartel, una guerra de aniquilamiento y llena de crueldades.

La población chiclanera, lejos de la guerra, vivía con cierta inquietud los últimos acontecimientos bélicos y la entrada en Madrid del ejército francés. Desde septiembre, se había recibido una comunicación de la Junta Suprema de Sevilla y un ejemplar para el alistamiento en la que se prevenía la necesidad de soldados útiles, de armas,  y voluntarios de la villa. Así se hizo por edictos y pregones en los sitios y formas de costumbre llamando a “…todos los Mozos solteros, casados y viudos sin hijos de la edad de diez y seis hasta cuarenta y cinco años desde el día once por el término de diez desde la oración en adelante de cada noche para que se  presenten á exponer las exenciones que le asistan que le serán oídas y decididas verbalmente siendo conformes á el espíritu del mandato de la Suprema Junta..” De esta manera, se formarían por parte del cabo de la Partida de Milicias de la villa, una lista de hombres que habrían de partir para formar parte del ejército español. Se inició un período de alegaciones que habrían de presentar los llamados a filas en las Casas Consistoriales –ayuntamiento y lugar donde se celebraban los cabildos- que considerasen que podrían ser eximidos del servicio activo, como fue el caso del conductor de la valija de correspondencia de la villa a través de su jefe y administrador que exponía estaba “exento de alistamiento por estar en Correos”. La comisión municipal le exceptuó, con la coletilla “mientras lo fuese”.

Sin embargo, un hecho curioso ocurrió durante este período. Un número determinado de alegaciones que realizaban un grupo de hombres, en las que manifestaban que sus esposas se encontraban embarazadas. El médico de la comisión reconoció a seis embarazadas. “…reconocidas atentamente supuesto el principio que no hay signo seguro de concepción, sin embargo, que todas están bien instruidas en los síntomas que padecen las embarazadas, no obstante, que cada una padece en el modo y en las ocurrencias de los embarazos por distintos términos me obliga á expresar que todas son iguales en la relación quándo sus síntomas como asimismo en todas ellas menos en una hallo que ó ellas favorecieron el mes de Septiembre ó el mes de Septiembre las favorecieron a ellas, en cuanto á sus relaciones, con el bien entendido que de estos dos es María del Rosario Ruiz y María Palacios reconocido y tocado sus vientres con bastante cuidado les encuentro una ligerísima tumefacción en la situación del útero; y así mediante á que está misma mantiene varias equivocaciones no puedo afirmar que sean lexitimos embarazos, y así no se les debe dar crédito a sus expresiones (…)  Por lo que respecta á Leonor Manuela González Mujer de Antonio Quiñones la juzgo embarazada de seis meses pues demuestra si hay en este punto alguna lextimidad ó firmeza para ser acompañada de los signo mas ciertos. Chiclana 13 de diciembre de mil ochocientos y ocho”.

Estas valoraciones tocológicas del médico contrastaba con los diagnósticos realizados por la matrona de partos, titular de la villa, Josefa Domínguez que comparecía ante el secretario cumpliendo lo mandado por la Junta: “… que manifestó haber reconocido a las Mujeres que constan en la nota devuelta que asimismo le entregaron á las que les  aseguró haberlas hallado a todas embrazadas de tres a quatro meses y un de seis. Y  por no saber firmar lo ejecuto yo el Secretario, en Chiclana á trece de Diciembre de mil ochocientos y ocho.” ¿Quién mentía y quién decía la verdad? Cualquier artimaña era válida para no ir a la guerra.

Los prófugos y desertores eran buscados entre las casas y campos de sus familiares, por lo que se dictaron bandos con decretos y órdenes rigurosas para los mismos y para los encubridores. Además, se les aplicaba las leyes militares con un juicio sumarísimo que acababa, si se demostraba su deserción, en la pena capital. En el alistamiento de diciembre de 1808, cincuenta y cuatro mozos  chiclaneros fueron inscritos en los Batallones de Marina y cinco en el de Caballería de Voluntarios de Sevilla. Al finalizar el año, quince eran prófugos. Sin embargo, a pesar de todas estas severas medidas muchos soldados, que ya habían participado en alguna batalla, desertaban del Ejército refugiándose donde podían. Una parte de ellos se integraban en las diversas partidas de guerrilleros repartidas por el territorio y otros buscaban escondite por los campos lejos de la guerra. Por ello, no extrañó un edicto de finales de diciembre en el que se insistía en los mismos términos y avisaba a todos los vecinos: “luego que sepan que en esta Villa se abrigan Soldados ú Oficiales de los extraviados y dispersos del combate de Somosierra, den inmediatamente cuenta a cualquiera de los Señores Vocales de esta Junta particular para proceder contra ellos a lo que lugar”.