Prisioneros de Bailén en Chiclana

Aún no se habían apagado los ecos triunfalistas de la Batalla de Bailén, cuando la Junta Local de Chiclana recibió un oficio del Capitán General e Intendente de la provincia de Cádiz, Tomás de Morla. En él que se prevenía de una orden de la Junta Suprema de Sevilla y anunciaba la llegada de unos prisioneros franceses de la Batalla de Bailén. Un hecho –el de la estancia de estos prisioneros- que en la historiografía general de este período no se ha hecho mención alguna, pero que tiene para Chiclana especial interés social y humano. Chiclana vivirá, en agosto de 1808, un episodio singular dentro de su dilatada historia. Por primera vez acogería a un número de prisioneros a los que tendría que atender –además de custodiar- alimentar y dar cobijo. Y todo ello en una difícil coyuntura, cual fue una economía de guerra. Máxime cuando el Estado requería tropas y pertrechos para alimentar a los soldados y a la recién iniciada guerra contra el francés.

En junio se había formado la Junta Local  y casi un mes después -entre el 14 y el 19 de julio-  el Segundo Cuerpo de Observación de la Gironda -22.000 hombres- bajo las órdenes del general Pierre-Antoine Dupont de L´Etang era derrotado en las cercanías de la ciudad de Bailén por las tropas españolas -26.000 hombres- al mando del general Francisco Javier Castaño Aragorri. Una intensa batalla en la que murieron 460 franceses y 243 españoles, con 1.600 heridos por parte gala y 735 de la parte hispana. Lo espectacular, sin embargo, no fueron los muertos ni la derrota en sí –la primera en Europa de Napoleón- sino el número de prisioneros -20.000 hombres- del ejército imperial; del Ejército de Napoleón Bonaparte.

La batalla fue un conjunto de combates y escaramuzas que duraron cinco días hasta la confrontación final del día 19 de julio. Fue una batalla atípica en la que Castaños –con su experiencia- y su Estado Mayor jugaron una de las mejores bazas de la guerra. Influyó la orografía del terreno, el calor, los movimientos de tropa y, algo tan fundamental como el apoyo de la población civil de Bailén. Todo este cúmulo de circunstancias hizo que la balanza de la victoria se decantara del lado español. Cuando se firmó la capitulación –el día 22 de julio- en Andujar, se pactaron 23 artículos principales y 4 adicionales. En ellos se desarrollaban los detalles de la rendición, así como su ceremonial, la entrega e incautación de armas, el destino de los prisioneros y la repatriación a Francia. En este último apartado, el viaje a Francia, se especificaba que se haría en navíos ingleses –España, tras la batalla de Trafalgar no tenía una flota en condiciones para navegar hasta Francia- custodiados por españoles. Así, casi de inmediato, se procedió enviar a 15.000 prisioneros a los puertos más cercanos. Partieron de Bailén hasta Utrera y de allí a El Puerto de Santa María y Puerto Real.

Al llegar a tierras gaditanas se encontraron que la realidad era bien distinta a lo pactado. Se produjo un incumplimiento –parte de culpa la tuvo el almirante inglés Codingwood- del traslado a Sanlúcar y Rota para el embarque de los prisioneros al puerto francés de Rochefort. Ante tal tesitura la Junta Suprema de Sevilla decidió que no emprendiesen el viaje hacia su patria: “…no se embarquen por ahora y que se repartan en los Pueblos más remotos del teatro de la Guerra para que en ellos sean custodiados y además a cubierto de los insultos que pueden hacerles algunos díscolos…” De este modo, se enviaron prisioneros a Menjíbar, Cabra, Morón… Y a Chiclana. No es de extrañar esta medida, pues el odio al francés se había generado en toda España a raíz de los acontecimientos del 2 de mayo en Madrid y del brutal y terrible saqueo de Córdoba. Fueron dos grandes errores de Joachim Murat y del inefable ejército napoleónico que nunca pensaron en la reacción de un pueblo herido en su honor, pues aunque inculto, atrasado y pobre supo defender su libertad y el suelo patrio.

El 10 de agosto se recibió en Chiclana el informe de acogida en el que se decía entre otras cosas: “Que sean alojados en Conventos que se puedan evacuar en todo ó partes; en edificios públicos o en Casas grandes particulares; que á esa Villa se destinan doscientos individuos de Tropa, diez Oficiales y un Geje; encargándose particularmente de dichos Prisioneros, uno de los Señores Vocales…” En la misma sesión de la Junta se acordó que fuesen alojados en el convento de San Telmo de los padres agustinos y en los “almacenes de los arcos” que tenía en las Albinas la condesa de Torres, viuda de José Retortillo. Pero ante la necesidad de hacer importantes obras en éstos -para un mejor alojamiento- unos días más tarde se decidió que se hiciese en casas particulares como la de los Rabasquiero -en la calle de la Fuente-, en la casa de Antonio Pizano o en la del conde del Parque entre otros. También se formaron doce compañías de milicia ciudadana –compuesta por cuatro hombres- para la custodia, así como la necesidad de escopetas o fusiles. Asimismo, la Junta previno: “asistir á aquellos con ocho reales diarios y con libra y media de pan, doce cuartos y utensilios; y que todo será satisfecho mensualmente por un Pagador general…” Y a falta de camas, un oficio de Cádiz decía: “el mejor medio (…) será hacerles unas esteras de la paja nea que hay en ese término que son cómodas (…) como las que usan los Cortijos de Campo de una vara de ancho por dos y medio de largo para que la parte sobrante sirva de cabezal”. En otro comunicado, el mismo Morla daba las directrices del buen trato que se dispensaría a los prisioneros. Terminaba el oficio diciendo: “Y hacerles sentir y conocer en lo posible nuestros sentimientos humanos y generosos para con ellos”.

En marzo de 1809, tras siete meses de exquisito trato en Chiclana partieron los franceses hacia un viaje sin retorno, como otros muchos –que habían vivido en peores condiciones en pontones- hacia las islas Baleares. Allí arribaron el 5 de mayo. En Mahón la falta de instalaciones sanitarias –saturadas de enfermos y heridos españoles- hizo imposible el desembarque, por lo que fueron trasladados a la isla de Cabrera. Comenzaba para ellos una dura etapa bien distinta a la que vivieron en Chiclana. Abandonados a su suerte, muchos de ellos murieron de enfermedades e inanición. Sólo 3.600 prisioneros de la batalla de Bailén regresaron a Francia en mayo de 1814 –ya casi finalizada la guerra-. Se cerraba para nuestro país una de las páginas más negras de su historia. Para España, el cautiverio de Cabrera fue algo tan lamentable que hasta el propio Menéndez Pelayo lo calificó como de inhumano, aún a pesar de las penalidades y barbaridades que los españoles hubieron de soportar durante la guerra.

Publicado en Chiclana Información, el 22 de agosto de 2008