Enero de 1808, el preámbulo de una revolución

Comienza este año de 2008 con la vista puesta en las distintas actividades que tendrán lugar en nuestro país para conmemorar los doscientos años del estallido de la Guerra de la Independencia. Una guerra cuyo antecedente fue la revolución “popular” iniciada el 2 de mayo en Madrid. Una revolución donde el pueblo fue el gran protagonista de principio a fin. Y, además, fue el más afectado por la tragedia. Una revolución que provocó, antes que nada y contra el invasor, un sentimiento de usurpación (de hecho en los primeros años y tras la contienda, se le llamó la “Guerra de la Usurpación”) y, posteriormente, un sentimiento o toma de conciencia nacional. Fue, sin lugar a dudas, una usurpación generalizada de la vida y la hacienda de los españoles de entonces. Y ante la usurpación y la compra de voluntades nacieron varias tendencias que perduran hasta la actualidad.

Así, la lucha contra el francés despertó un sentimiento de pertenencia, de unión. Pero a su vez provocó una separación entre dos cosmovisiones bien distintas: los conservadores y los liberales. Fue de algún modo, una guerra civil y una revolución que, larvada durante más de un siglo, alcanzaría su cenit en la guerra civil española de 1936-1939. De hecho cuando acabó ésta, Franco utilizará los mitos de la Guerra de la Independencia como una parte de la historia de España que entroncaba con el momento del “glorioso movimiento nacional”. Otra usurpación de la historia de un general que se decía a sí mismo ser responsable de sus actos, solo ante Dios y ante la historia. Pues bien, tanto la una como la otra hoy son herencias históricas que hay que asumir. Las dos forman parte de nuestra memoria histórica.

Los antecedentes de la guerra son bien conocidos. España, aliada de Francia, sufrió en Trafalgar ante los británicos, su derrota naval más severa, al menos la que le dejó incapacitada para dejar de ser una potencia naval capaz de afrontar su defensa y la de sus colonias de ultramar. Una alianza, un pacto ambicioso que Godoy, con la quiescencia de Carlos IV, había planeado a propuesta de Napoleón. Así, el 18 de octubre de 1807, las primeras fuerzas  imperiales francesas entraban en España por los Pirineos al mando del general Junot. Llegaban antes incluso de la firma del Tratado de Fontainebleau, que no sería efectivo hasta su firma en Madrid el día 27, cuando los batallones imperiales, el 10 por ciento del total de sus tropas disponibles en Europa, habían ocupado una parte significativa del norte. Pero además, esta alianza dejó debilitado el Ejército español con la salida de los hombres del marqués de la Romana hacia el norte de Europa. Así, España convertida en uno de los países satélites de Napoleón dejó de ser dueña de su destino para tomar el que le tenía reservado el emperador de los franceses.

La envidia y los odios que suscitaba Godoy, el favorito de la regia pareja formada por Carlos IV y María Luisa de Parma, tendrán como consecuente más inmediato que una parte de la nobleza, la más vil y canalla, comenzara a intrigar entre el pueblo, con el apoyo de Fernando, el príncipe de Asturias. El heredero al trono de España. Un joven e inmaduro, nada ilustrado, desquiciado por los celos y con una extraña personalidad entre esquiva y desconfiada. Rodeado de su camarilla de conspiradores pensaba que el tiempo jugaba a su favor, pero los vientos soplaban a favor de Napoleón que estaba minando, gracias a su diplomacia en contra de los Borbones, las relaciones de hispano-galas. Mientras tanto, Godoy, gran admirador del emperador aspiraba  convertirse en rey de una parte de Portugal.  Sin embargo, los planes de Napoleón eran otros y sus tentáculos se iban extendiendo pacífica y lentamente sobre la península.

El Primer ejército francés ocupaba, a mediados de noviembre, Portugal camino hacia Lisboa y, el Segundo cuerpo de observación de la Gironda, se instalaba en Burgos el 21 de noviembre para proteger la vanguardia. En la vieja Salamanca, un destacamento de 5.000 franceses tomaba pacíficamente la ciudad. El 9 de enero, un nuevo cuerpo de ejército, el denominado de Las Costas del Océano, al mando del mariscal Moncey, alcanzaba la frontera española. El  6 de febrero la División de observación de los Pirineos occidentales se asentaba en Pamplona tomando la fortaleza de la ciudad y más tarde la de San Sebastián. La vitola de ejército invencible en Europa, la marcialidad de sus soldados con sus impecables uniformes y sus brillantes charreteras suscitaba una gran curiosidad entre el pueblo. Incluso en muchas personas despertaba simpatías. Con la miopía política reinante en la aparente Corte carolina, nadie pondrá en sobreaviso a los reyes, a sus consejeros y al propio Godoy. Cuando así suceda, la ocupación será un hecho consumado. Entonces, un ejército imperial formado por 80.000 hombres se encontrará acantonado sobre la piel de toro. Será cuando la preocupación y el pánico sacudan al Gobierno del favorito.

Aquella gran ambición personal de Godoy, va a ser a la postre, la causa que desencadene el enfrentamiento armado. Serán pues, los nobles, humillados por el favorito durante largos años, quienes subleven a un pueblo ignorante, hasta entonces público pasivo, que tomará las armas sin saber por quién y para qué. Pronto, “en el campo de batalla, la guerra se cobrará su amargo e inútil sacrifico.” El inútil y amargo sacrificio del pueblo liso y llano. Será la hora para que el pueblo español entre en la Historia. Por ello, estamos bien seguro que en este bicentenario, las revisiones historiográficas se ceñirán más en la historia social y humana de aquellos españoles, que sufrieron y padecieron la Guerra de la Usurpación, la Guerra de la Independencia.

Publicado en Chiclana Información, el 25 de enero de 2008 (Refundido para el blog).