Bagdad, campo de batallas

Bagdad, la ciudad de ensueño a la que viajamos una tarde lenta de verano y que nos sumergió en un mundo de exóticos ambientes dejando en nuestra memoria, para siempre y desde entonces, una huella indeleble en nuestro territorio más íntimo y personal, no sólo es hoy una sombra o una quimera de lo que fue antaño, sino una ciudad de clima siniestro, lúgubre y plomizo, en donde los atentados envuelve la vida día tras día dejando una estela de cadáveres destrozados y familias al borde de la locura. Un “loco Bagdad”, como hace unos días llamó una emisora de televisión a la capital de Irak tras un atentado, pues, como si de una naturaleza humana se tratase, el símil evidencia el delirio y la demencia de una ciudad donde “la vida no vale nada”, como cantaba el cubano Pablo Milanés, y en donde se libran dos guerras: una de independencia frente al invasor extranjero y una civil entre hermanos; la primera tan semejante a aquella otra nuestra, aquí, en España, contra otro imperio, el napoleónico.

Razón han tenido los que en más de una ocasión han comparado a Bagdad, en esta guerra, como un campo de batalla. Y resulta evidente ante los palmarios hechos bélicos que cada día ocurren en la capital iraquí. Pero no es la primera vez que la ciudad bagdadí es partícipe y protagonista de esta locura humana. Muchos siglos antes existió una Bagdad llena de plenitud, de infinita plenitud, desde cuyo esplendor otra ciudad, la Córdoba de los Omeyas logró fundirse  y competir a la vez, por su grandeza y sabiduría. Aquella Bagdad, una ciudad de ensueño para locos y menesterosos, para adivinadores y cuenta cuentos, para viajeros de papel. Y tan rica de aventuras y culturas, tan fascinante, como viajar con la mente por sus múltiples y extrañas formas de vida, de sus modos de vivir y convivir de diferentes pueblos que hizo posible, en su conjunto, la formación de un imperio. Un imperio que llegó a alcanzar un importante nivel cultural en el siglo IX y un poderoso progreso político y económico. Este desarrollo, sin embargo, la llevó al caos en un lento, pero inexorable proceso de disgregación política poniendo fin a su esplendor y a la dinastía del califato abbasí. Fue el primer síntoma de guerra, la primera batalla solapada en una rebelión, la de los fatimíes, en el año 940.

Levantada en el desierto, la primera Bagdad no duró más de un siglo. Su fundador, el abbasí al-Mansur, descendiente del profeta y segundo califa mandó edificarla  en el 762 disponiendo la misma en círculos concéntricos alrededor del palacio califal. Una ciudad estratégicamente situada en la ruta comercial de la India y  China con Occidente. Tan perfecta y llena de bienestar que un bagdalí entonces, era un ser envidiado por cualquier naturaleza humana, pues tenía la ciudad el prodigio de ser un compendio del mundo. Así lo quiso al-Mansur, que la fortificó y amuralló, construyendo una amplia y larga avenida de lo largo del Tigris. Se había propuesto hacerla la gran capital del imperio y así, ostentó el título capitalino entre el año 762 al 766. Unos años más tarde, en el 812, fue saqueada a causa de las luchas intestinas sucesorias entre los hijos del califa. No obstante, aquel vergel de plantas exóticas y palmeras regadas por canales volvió a brillar durante los siglos IX al XIII en una inusitada transformación: se ampliaron las murallas, se construyeron escuelas, palacios, mezquitas, zocos y mercado y, baños, alcanzando a ser el gran centro cultural y artístico que anteriormente había sido.

Sólo la invasión de las hordas del mongol Hulagu, nieto de Gengis Kan, el 15 de febrero de 1258, acabó con el Bagdad cosmopolita y rico, el centro urbano más importante del mundo islámico. A pesar del saqueo, la muerte del último califa abbasí Mustasim y el incendio a la ciudad, muchos edificios se mantuvieron en pie logrando así su persistencia en el tiempo y en la Historia. A la conquista mongol de 1258, le siguió la invasión, de julio de 1401, del también mongol Tamerlán que tomó la ciudad con un poderoso ejército. Esta invasión está considerada como la segunda gran batalla por Bagdad. Desde 1508 a 1534, la ciudad permaneció bajo el poder de los persas safevíes que la perdieron durante las guerras turco-persas. En 1526 el turco Solimán el Magnífico luchaba contra el sha Tamasp. Solimán marchó hacia Persia con un imponente ejército reconquistando la ciudad de Tabriz y entrando en Bagdad en 1534. De esta manera finalizaba la tercera gran batalla de Bagdad.

Nuevas revueltas y victorias persas hicieron que la ciudad volviera a ser ocupada por los súbditos del sha, pero seis años más tarde, el impetuoso empuje de un ejército turco otomano dirigido por el sultán Murad IV logró, tras un duro asalto, hacerse con la ciudad. Desde ese momento fue una importante ciudad del imperio otomano formando parte de las tres grandes zonas geo-políticas de Mesopotamia junto con Mosul y Basora. Así permaneció hasta la Primera Guerra Mundial cuando en marzo de 1917 tuvo lugar la cuarta batalla de Bagdad en la que el general británico Maude entra en la ciudad tras el repliegue turco del general Halil Bajá, que retiró el ejército  del norte de la ciudad. Se iniciaba una nueva ocupación, esta vez bajo la supervisión y el mandato del Reino Unido que ante la sublevación y revuelta de 1919-1920 instauraron, al año siguiente, una monarquía cuya autoridad central sería el hijo del jerife Husein del Hiyaz, Feisal I de Irak. A pesar de que en 1932, la Sociedad de Naciones reconocía la soberanía de Irak, los británicos volverían a invadirla en la Segunda Guerra Mundial.

En el año 1958 se produjo la revolución iraquí liderada por Karim Kasseman contra la monarquía hachemita. Surge entonces, en el partido baasista -contrario a Kassem- la figura de Saddam Hussein, un joven revolucionario ambicioso y soñador. Encarcelado y perseguido, tras la caída y muerte de Kassem es ascendido a vicepresidente del país haciéndose con el poder absoluto en julio de 1979 tras la dimisión, por motivos de salud, del presidente Al Bakr. Con un poder supremo semejante al de los emperadores romanos, se convierte en un dictador, tirano y genocida que invade Kuwait en agosto de 1990. Había estallado la Primera Guerra del Golfo. La guerra no llega a Bagdad, pero enciende la espoleta de un fututo conflicto armado. El 21 de marzo de 2003, Estados Unidos y una fuerza internacional aliada, entre las que se incluía España, atacan a Irak iniciándose la Segunda Guerra del Golfo. Así comenzaba una precipitada marcha hacia la capital, que desde entonces, libra su quinta batalla. La batalla más larga y sangrienta de la historia de Bagdad.

Scherezade, la bella y exótica protagonista de los cuentos de Las mil y una noches termina uno de sus clásicos relatos diciendo: “No mates al inocente por causa del culpable (…) Mientras, vio llegar, con esperanza, las primeras luces de la mañana.” Y Walt Whitman, el preclaro poeta norteamericano y precursor de la no violencia escribió en su libro, Hojas de Hierba: “Cuando la obediencia es incuestionable, cuando la servidumbre es completa, / Ninguna nación, estado o ciudad de este mundo, recobran jamás su libertad.”

Publicado en Chiclana Información, el 17 de agosto de 2007.