Palabras para Fernando Quiñones

Y tuvo que morirse Fernando un 17 del mes de noviembre, el mes del Don Juan Tenorio, para que le reconociesen lo que hizo y lo que fue, lo que nos dio, lo que nos entregó, también lo que se nos escapó de su poesía y de sus relatos… y de su vida. Porque tal vez no supimos pedirle más vida, más arte, más literatura.
Para ser poeta sólo hay que nacer en el Sur, dijo alguna vez un poeta. Y Fernando Quiñones nació en el Sur cuando casi finiquitaba la monarquía alfonsina. Nació en Chiclana de la Frontera el 6 de marzo de 1930. Poeta, narrador, novelista, dramaturgo, ensayista, articulista… todo cabe en Quiñones porque el bueno de Fernando fue, literariamente, un volcán en plena actividad, incluso hasta cuando dormía. Su vida era, la búsqueda del lenguaje puro de la vida, de la palabra. Palabras sobre el papel cuando escribía; palabras cuando susurraba al mar, su mar, el atlántico gaditano. Su vida era la palabra cuando susurraba al aire, a los aires; al de Levante y al de Poniente. Por ello, Fernando Quiñones es original y esencial. Y es original, además, por la inmensa versatilidad de sus palabras. Palabras capaces de alcanzar cotas insuperables, con un estilo propio y del Sur. Y por otro lado, su dominio de un lenguaje variopinto y justificado, lenguaje de la calle (mejor podemos decir: de la vida) que incorpora pronto a su universo particular con un desparpajo y alegría singular. El mismo Fernando llegó a decir: “desde chico, las palabras me sabían en la boca a caramelos o boquerones, a tierra o a incienso o a sudor”.
De Chiclana se trasladó, junto a su padre, a la capital gaditana donde transcurriría su infancia y adolescencia; donde nacería a la vida de poeta y escritor; donde surgirá su fuerza vital, su dinamismo incesante, desbordante y pletórico que le acompañaría toda la vida. Allí, en Cádiz, encontraría su vocación, pasión y sentimiento, porque sin sentimientos no hay literatura en Fernando; sin pasión no hay versos en Quiñones. Así, amaría profundamente su poesía y su rebeldía. Pronto Cádiz se le quedó pequeña, constreñida y cercada, y en cuanto supo y pudo viajó en pensamientos y acción y partió hacia otros lugares buscando nuevas fronteras para su arte. Descubrió otro mar y otro amor y más tarde, en Madrid, un trabajo alimentario con el que vivir él y su familia. Anteriormente, en la villa madrileña y gracias a Camilo José Cela (que le apadrinaría en aquel Madrid en blanco y negro de la dictadura franquista) conoció a un grupo de escritores. Y otro gaditano en Madrid, Carlos Edmundo de Ory, le introduce igualmente en un círculo de escritores en el que se reencontraban a menudo: Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Caballero Bonald y la propia Carmen Martín Gaite entre otros. Allí conocería a su amigo Félix Grande y a Francisca Aguirre. Todo ello le proporcionó la ilusión necesaria para continuar tenazmente (incansable a la fatiga y a los contratiempos) con su propósito de vencer y convencer en las letras españolas. Tarea difícil para la inmensa mayoría de las minorías que sobresalen en las letras españolas como Fernando. Porque Fernando Quiñones, para bien de las letras españolas, está considerado en la actualidad como uno de los primeros espadas representantes de la narrativa de finales del siglo pasado en la literatura española, o hispánica, como dijo Borges de él. En el relato corto, dentro de su amplia gama de temas y motivos, fue un maestro consumado del género, junto con su poesía, mucho antes de dar el paso a la novela y al teatro. En todos los géneros, en todos los palos que tocó Fernando, dejó su impronta de buen hacedor y la figura de un gran prosista.  Fajador de mil historias, Fernando siempre fue, desde su niñez, un contador, un relator de historias; de sus historias, aquellas vividas y oídas, y de las revividas magistralmente en sus relatos y cuentos. Sus vivencias fueron el espejo donde se reflejaron sus historias y su poseía, algo fundamental, la vida, en la obra quiñoniana. Como él mismo dijo en su discurso de investidura de doctor honoris causa en la Universidad de Cádiz: “la literatura es para uno, sobre todo, una proyección de la vida (…) la vida trémula”.
Al cumplirse once años de su despedida de la vida, su viaje al más allá, su obra está más vigente, más presente, actual y viva. Y también su palabra.

Publicado en Diario de Cádiz, el 17 de noviembre de 2009