Después de la batalla de Chiclana

El 6 de marzo de 1811, un día después de la batalla, se celebró una nueva sesión ordinaria de cabildo en la villa de Chiclana de la Frontera. Solo tres miembros de la Municipalidad (compuesta por seis regidores y un Corregidor) asistieron a ella. Cuatro de ellos, incluido el Corregidor, faltaron a la habitual junta municipal. Ante la falta de concurrentes no se evacuaron los asuntos y peticiones del día, salvo el nombramiento provisional de cuatro vecinos contribuyentes en sustitución de los regidores ausentes. Tampoco se hizo referencia a la batalla en ningún párrafo del acta de aquella sesión, tan sólo unas ambigüas palabras como: “en las críticas circunstancias del día”. Sin embargo, ello no significaba que los chiclaneros conocieran la gravedad de lo ocurrido en el campo de batalla, pues la misma noche del día 5, tras la retirada de las tropas francesas hacia villa, la población fue asaltada y saqueada por los soldados imperiales supervivientes de la batalla.
Dos días después de la batalla continuaron las requisiciones y peticiones de medios y suministros a la Municipalidad, para el abastecimiento del Primer Cuerpo del Ejército Imperial del Mediodía. Y cinco días más tarde se leía, en sesión capitular, dos oficios de apremio para el pago de una deuda de más de 2.000 reales de vellón. Una petición imposible de realizar ante la falta de fondos y medios, por lo que los munícipes acordaron, el día 19, oficiar una representación al prefecto de la provincia y al general Victor dirigida al mariscal Soult. En ella se le suplicaba al mariscal, que tuviese consideración:

“… de la misera situación en que se halla esta Villa y sus avitantes: lo que estos han sufrido, perdido, dado y padecido por la presencia del Exercito Imperial (…) muy particularmente en las circunstancias de las desgracias del dia cinco del corriente sufriendo con la mayor constancia los desastres que acarrea la tropa en semejantes casos”.

Y apelaba a la autoridad y prudencia del general Villatte para que a través de él, el pueblo fuese “libertado de  toda contribución”. Por tanto, la situación en Chiclana después de la batalla fue más severa y comprometida quedando sus habitantes reducidos a la más grande de las miserias. Tras los saqueos y robos de los primeros días, la población se quedó sin trigo y harina, y sin carne. Incluso se utilizaron algunos bueyes de labor para la manutención de la población civil y del Ejército imperial. Parecía el fin, pero aún no lo era. Tendrían que transcurrir diecisiete meses más para que los chiclaneros pudiesen mirar al cielo y ver las estrellas, en libertad.

Publicado en Diario de Cádiz el 6 de marzo de 2011 (Refundido después de su publicación para su adapción al blog).