Una reseña histórica de los vinos de Chiclana

Cuando Cristóbal Colón partió del puerto de Cádiz, en septiembre de 1493, para iniciar su tercer viaje llevaba en sus bodegas vino de Chiclana. Un vino que durante siglos ha bebido el pueblo sano y llano de toda la Bahía de Cádiz, que se exportó a Europa (Flandes, Francia y Portugal) y a las tierras americanas –Madoz lo reseñó en su Diccionario- y que ha sido sinónimo de prospepridad para la ciudad del Iro. Aunque tras el descubrimiento el cultivo de la vid se extendió a la par que la conquista y colonización por el Nuevo Continente (Hernán Cortés nos da cuenta del cultivo de vides en Nueva España –parte del actual México- y en fecha tan temprana como el año 1525) Chiclana siguió siendo exportadora de vino durante las siguientes centurias. Fundamentalmente a partir del siglo XVI vio aumentada su producción llegando a alcanzar sus viñedos hasta el 18,76% de la superficie cultivada. El número de aranzadas,  la calidad y el precio –más bajo que otros vinos de la comarca- harían los vinos de Chiclana famosos y conocidos haciendo con ello que la ciudad tomase un auge considerable, a la vez que jugaría un decisivo rol en el comercio vitivinícola en la Carrera de Indias.
Sin embargo, mucho antes del descubrimento, en épocas más antiguas, varios historiadores dejaron constancia de nuestros vinos. Los primeros fueron los hispanorromanos Pomponio Mela y Columela. Más tarde, Agustín de Horozco dejó escrita una extensa descripción de los viñedos y vinos de Chiclana tras consultar en los innumerables archivos gaditanos del año 1596  en los que son catalogados como: “…grandes heredades de viñas, i con ellas las de sus moradores tienen grande cosecha de vino i muy bueno.” Más recientemente otros historiadores, entre ellos el malogrado Domingo Bohórquez, dejó fiel constancia en varios de sus libros sobre la importancia de nuestros caldos a partir del siglo XVI y hasta el siglo XIX. Es en este último y en sus cuatro décadas finales, cuando Chiclana alcance, en su industria vitivinícola, la etapa de mayor florecimiento y beneficio socioeconómico. Con la llegada del siglo XX, Chiclana iba a perder casi todo su viñedo como consecuencia de la epidemia de filoxera. Ésta dejó a Chiclana en la más estrecha pobreza hasta que no se inició la plantación de patrones americanos y el injerto de yemas europeas. No obstante, y después de una década de transformación vitícola, nuevamente el  viñedo chiclanero tomaría  un importante impulso con grandes superficies dedicadas al cultivo de la vid con dos formas de producción: por una parte, unas pocas grandes propiedades y, por otra, un importante número de minifundios, base fundamental del viñedo en nuestra población. La década de los ochenta, se caracterizará por el arrancamiento de viñas y viñedos, con una considerable  pérdida de número de aranzadas de dicho cultivo y la consiguiente disminución del número de carretadas de uvas, así como el cierre de bodegas y de una industria dedicada a la elaboración y fabricación de alcohol. Esta situación, debida en parte a los acuerdos firmados con la CCE y a la crisis del vino como bebida popular desbancada por la cerveza y otras bebidas, se estabilizará a comienzos de los noventa del siglo pasado. En la actualidad los vinos de Chiclana, a pesar de la disminución del número de aranzadas dedicadas al viñedo, han iniciado un nuevo viaje, una nueva andadura comercial. Y siempre con la etiqueta  de ser unos vinos elaborados artesanalmente y, cargados de historia.